Aquí, con nosotros

Guillermo Castro H.*

A Cintio Vitier,

en su sol del mundo moral

Señora Embajadora de la República de Cuba en Panamá.

Compañeros y amigos todos:

Nacido en 1853, tenía 42 años al morir. Dejaba, tan joven, una obra literaria y política que ya abarca más de 28 tomos, escrita con un dominio hasta ahora insuperado del potencial expresivo de la lengua española. Y nos legaba además el acto primero de una época nueva en la historia de nuestra América, cuyos conflictos, contradicciones y promesas siguen definiendo a la vez los términos en que ejercemos nuestra existencia, y el juicio que ese ejercicio merezca.

La muerte en combate de José Martí, que hoy conmemoramos, confirma lo que afirma el himno marcial de los cubanos: morir por la Patria, en efecto, es vivir. Pero ella confirma además lo que él advirtió a sus compatriotas en el Manifiesto de Montecristi, conque los convocaba en marzo de 1895 a seguirlo en la contienda a la que entregaría su propia vida apenas dos meses después. “Honra y conmueve pensar”, decía,

que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo[1].

Aquella independencia por la que luchaba era a un tiempo la misma y otra que aquellas por las que había luchado el resto de las naciones hispanoamericanas entre 1810 y 1825. La misma, porque tenía como objetivo la creación de un Estado nacional independiente en las últimas colonias de España en América. Y otra, por dos razones al menos, expresadas con énfasis creciente en los años inmediatamente anteriores a 1895, que conviene resaltar aquí.

En primer término, la lucha contra el dominio colonial español sobre Cuba y Puerto Rico, iniciada en 1868, entraba en su fase final en una circunstancia entonces inédita, que Martí describe en términos de especial trascendencia para lo que entonces llegaría a ser también el futuro cercano de Panamá. “En el fiel de América”, decía, “están las Antillas”

que serían, si esclavas, mero pontón de guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, – mero fortín de la Roma americana; – y si libres- y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora – serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio – por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles – hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo -… Es un mundo lo que estamos equilibrando:  no son sólo dos islas las que vamos a libertar.[2]

Tras el “nosotros” que subyace a este razonamiento se encuentra la segunda de las razones que distingue a la empresa a que convocaba Martí. Aquel “nosotros”, en efecto, carecía de equivalente en la gesta de 1810. En la Cuba del siglo XIX – por razones cuyo análisis tendría que ser planteado en otro momento y lugar -, no llegó a formarse una oligarquía agroexportadora capaz de aspirar al poder del Estado. Y en el resto de la América hispana, hacia 1890 esa oligarquía había utilizado aquel poder para darle a sus Estados un acentuado carácter liberal en lo económico, conservador en lo político y reaccionario hasta el tuétano en lo social.

De este modo, el momento en que Cuba se acerca a su segundo intento de obtener la independencia mediante el recurso a la guerra es también aquel en que va siendo evidente la incapacidad del Estado liberal oligárquico para representar el interés general de las jóvenes Repúblicas hispanoamericanas. Ahora, quienes han pasado a un papel de primer orden en el planteamiento de los problemas de relación entre la soberanía nacional y la soberanía popular – como parte además del problema aún más amplio de encontrar un lugar equitativo y próspero para las sociedades hispanoamericanas en un mundo que se acerca con rapidez a la disputa entre potencias imperialistas por el control del mercado mundial -, son los representantes de una generación de intelectuales y políticos proveniente de una pequeña burguesía formada en el servicio público, la enseñanza y las profesiones liberales.

Esa generación de intelectuales nuevos, forjada en el fracaso de la Reforma Liberal de la década de 1870, llega dispuesta a luchar por hacer realidad la promesa pendiente de crear, en las antiguas colonias de España en América, verdaderas Repúblicas construidas con todos, y para el bien de todos. En Cuba como en toda la América hispana ese grupo social madura con rapidez a lo largo de la década de 1880, y mantiene entre sí intercambios, solidaridades y contactos cuyo alcance no cesa de asombrarnos. No es casual que una parte sustantiva de la obra de Martí esté compuesta por la correspondencia con que acude a esa tarea colectiva, y por los artículos de prensa en que va dando cuenta del modo en que de ella va resultando una visión nueva de la América hispana, y de su lugar en el mundo.

Esto nos permite entender que la grandeza y la trascendencia de Martí no le vengan sólo de sus indudables méritos personales, sino además de su capacidad para convertirse en el primero entre sus iguales de Cuba y la América hispana. En él encontramos la expresión más alta de un proceso histórico que, si por un lado había destruido ya la posibilidad de que las tareas de construcción nacional pudieran ser desempeñadas por la intelectualidad positivista creada para sus propios fines por el Estado Liberal Oligárquico, por el otro planteaba demandas culturales y políticas que sólo podían ser encaradas por intelectuales capaces de actuar desde organizaciones de complejidad adecuada a la solución de los problemas que el viento del mundo, y sus propios huracanes interiores, planteaban a nuestras sociedades.

De Martí puede decirse, así, lo que él dijera de Simón Bolívar en 1893, ya en la plenitud de su impulso creador: que no es

que los hombres hacen los pueblos, sino que los pueblos, con su hora de génesis, suelen ponerse, vibrantes y triunfantes, en un hombre. A veces está el hombre listo y no está el pueblo. A veces está listo el pueblo y no aparece el hombre.[3]

Pero habría que decir más, porque en ese momento aquel pueblo aparecía ya como sujeto pleno de su propia historia en el Partido Revolucionario Cubano organizado por Martí y sus compañeros en 1892.

Estamos ahora ante un medio nuevo para un propósito nuevo: conquistar el poder político para transformar las formas de vida y mentalidad que constituían el legado peor del origen colonial de estas sociedades, de modo que pudieran incorporarse con voz y propósitos propios al mundo moderno. Así, la contienda a que convoca el Partido Revolucionario Cubano en 1895 ya no es la última guerra de independencia, sino la primera de liberación nacional en nuestra América. Y en esta relación entre el intelectual como organizador, y la organización desde la que actúa, Martí se nos presenta a un tiempo como el productor y el fruto de la más fecunda y trascendente de sus obras.

Caso singular éste, que alienta la esperanza en tiempos de confusión e incertidumbre, en que la circunstancia de mayor dificultad y atraso político contribuye a estimular la propuesta estratégica más audaz, y de más largo aliento.  Y esa singularidad resalta aún más en la perspectiva del camino intelectual y político recorrido por Martí desde las frustraciones que experimentó con el fracaso de la primera guerra de independencia cubana de 1868-1878, pasando por sus encuentros y desencuentros con el liderazgo histórico del movimiento patriótico cubano a lo largo de la década de 1880; sus experiencias de exilio en Estados Unidos y de servicio a Hispanoamérica entre 1881 y 1891, y el fruto mayor de aquella experiencia intelectual y política, que en enero de 1891 da de sí el ensayo “Nuestra América”, primero, y un año después culmina en la organización del Partido Revolucionario Cubano.

Ese proceso de construcción de sí, y de sus medios, encuentra una de las mejores expresiones de su punto de partida y su necesidad en aquellos apuntes de 1884 en que se decía a sí mismo que no había letras, “que son expresión,”

hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Estamos en tiempos de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos. Están luchando las especies por el dominio en la unidad del género… ¿Se unirán, en consorcio urgente, esencial y bendito, los pueblos conexos y antiguos de América? ¿Se dividirán, por ambiciones de vientre y celos de villorrio, en nacioncillas desmeduladas, extraviadas, laterales, dialécticas…?[4]

Y asombra la certeza conque siete años más tarde llega a conclusiones justas, precisas y eficientes sobre el carácter de esa esencia, y las formas de darle expresión en “Nuestra América”, que es como el acta de nacimiento de nuestra contemporaneidad.

Allí dirá que el origen de nuestros males radica en que está pendiente de solución el problema de la independencia, que “no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”. Y que precisamente por eso, “para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”, la América nuestra debe ser comprendida y creada desde sí, entendiendo que no hay en ella batalla verdadera “entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”[5].

La cercanía de ese juicio no puede ser más evidente a la luz de las experiencias de nuestros pueblos, que durante los últimos treinta años han conocido un crecimiento económico mediocre e incierto, una desigualdad social persistente y un deterioro ambiental sostenido. La estabilidad política lograda a cuenta de la desmovilización y desintegración de las organizaciones sociales y populares se torna cada vez más precaria; nuestras economías regresan a modos de inserción en el mercado mundial que recuerdan a los de fines del siglo XIX, y parecen ya distantes los días en que nos proponíamos pensar por cuenta propia, y nos esforzábamos por formar los intelectuales que nuestros países requerían para enfrentar los problemas que ese pensamiento identificaba como fundamentales.

Nuestros tiempos se parecen más a los del 1884 de Martí, que a los de su 1895. Aun así, podemos conocerlos y entenderlos mejor incluso de lo que él conoció y comprendió los suyos, porque la crisis que enfrentamos hoy tiene sin duda origen en la persistencia agravada de los problemas que él señaló para nosotros desde entonces. Hoy, ante la bancarrota ideológica, política y moral del neoliberalismo, puesta en evidencia en cuanto empiezan nuestros pueblos a hacerse oír tras el estupor inicial de la imposición del justamente llamado “Consenso de Washington”, descubrimos que – parafraseando la frase famosa del Manifiesto de Montecristi -, nuestra América vuelve a la lucha por hacerse dueña de su propio destino al calor de movimientos sociales nuevos, que van planteando objetivos de complejidad cultural y política muy superior a los de nuestro pasado reciente, y ponen al día otra vez la demanda de la revolución democrática que corone y otorgue sentido a la obra de construcción de nuestros Estados nacionales.

Culminan ahora los tiempos que Martí anunció. Están ante nosotros, otra vez, las tareas que él emprendió. Y siendo tan grande la dificultad es al mismo tiempo más sencillo enfrentarla, porque lo mejor de su obra está aquí, con nosotros, para darnos aliento en el camino. Por lo mismo, y desde aquella delicada honestidad de los afectos que profesaba a sus amigos más cercanos, es justo y necesario llamar a proteger lo mejor de su legado con la misma advertencia con que culminara, en abril de 1894, la explicación que daba a sus compatriotas sobre el alma de la revolución, y el deber de Cuba en América. Que nadie se llame a engaño: hoy, como ayer y más,

Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la Humanidad entera. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos. [6]

Queridos compañeros y amigos:

Era yo muy joven cuando mi madre me contó de la emoción a la vez profunda y serena que había sentido al visitar la tumba de Martí en Santiago de Cuba. Hoy, cuando he llegado a una edad mucho mayor de la que tenía él al momento de su muerte, puedo decirle a ella y a ustedes, desde mi propia experiencia, que no hay sitio tan hermoso como aquel en que vive el Apóstol en cada uno de nosotros. Desde ese lugar en que somos uno los de todas las patrias que somos, quiero expresarles mi aprecio por la paciencia con que me han permitido compartir estas reflexiones.

Muchas gracias

Panamá, 19 de mayo de 2022


* Texto ofrecido en un acto de homenaje a José Martí a 127 años de su caída en combate, en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá.

[1] “Manifiesto de Montecristi”, 25 de marzo de 1895. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, Tomo 4, p. 101.

[2] Idem., p. 142.

[3] “La fiesta de Bolívar en la Sociedad Literaria Hispanoamericana”, 31 de octubre de 1893.  Obras Completas, ibid., Tomo 8, p. 251.

[4] “Cuaderno No. 5”, en Cuadernos de Apuntes, ”. Obras Completas, ibid., Tomo 21, p. 164.

[5] ”. Obras Completas, ibid., Tomo 6, pp. 17 a 19.

[6] Idem., p. 143.

El camino a un orden nuevo

Guillermo Castro H.

“Estudien, los que pretenden opinar.

No se opina con la fantasía, ni con el deseo,

sino con la realidad conocida,

con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras

que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo. […]

Y fundemos, sin la ira del sectario, ni la vanidad del ambicioso.”

José Martí, 1894[1]

Quizás el relato más importante a nuestro alcance sobre la crisis de un orden mundial sea la novela El Nombre de la Rosa, del semiólogo y medievalista italiano Umberto Eco, publicada allá por 1980.[2] Hoy, cuando vemos a la Humanidad al borde del gran desorden mundial que puede anunciar (o no) la generalización de la guerra contra la OTAN librada por Rusia en el territorio de Ucrania, podemos ver también que a la Rosa de Eco no le falta ningún pétalo a medio siglo de haber florecido.

            En la novela, ubicada hacia 1327, el agotamiento de la Edad Media se hace evidente en el conflicto y las guerras entre el Papado y el Sacro Imperio Romano-Germano por la hegemonía en lo que hoy llamamos Europa. En el plano de la cultura, este conflicto se expresaba ya en los primeros signos de ruptura entre la vieja cultura medieval y la que anuncia la transición a la modernidad, representadas en el monje ciego Jorge de Aragón, y el sacerdote franciscano Guillermo de Baskerville, respectivamente. Faltaban aún doscientos años para el cisma de Occidente, y cien más para el nacimiento del mercado mundial. No en balde, la últimas palabras del franciscano, son “Hay demasiada confusión aquí. Non in conmotione, non in conmotione Dominus.”[3]

De esa clase de conmoción son los cambios que nos ha tocado conocer a principios del siglo XXI. Al respecto, dice el analista argentino Julio Gambina,

La globalización o mundialización impulsada desde los 80/90 del siglo pasado se sustentaba en la “cooperación” global para el “libre comercio”, afirmada en la base del desarrollo de las fuerzas productivas impulsadas por la innovación tecnológica, la informática, la inteligencia artificial y la difusión de la digitalización. Esa base material supuso un crecimiento de la productividad del trabajo que interviene en la disputa del ingreso a favor de la ganancia y en contra de los ingresos populares, especialmente ante los problemas económicos del 2020/22, cierre económico y pandemia mediante. La situación se expresa en el alza de los precios, que se manifiesta como inflación y que preocupa al poder mundial ante la desestabilización y aliento al conflicto social que ello puede generar. De ese modo, lo que aparece en la coyuntura de los últimos años del sistema mundial, es una dinámica de “no cooperación” que viene desde antes de la pandemia. [4]

Para Gambina, tales cambios en el llamado “tablero de las relaciones internacionales” constituyen señales del “desorden” del orden vigente desde 1991, “e indicios de búsquedas de nuevos rumbos en la conducción del sistema mundial.” La circunstancia inmediata, sin embargo, es de tal complejidad que muchos perciben este cambio de épocas desde la perspectiva de un fin de los tiempos, agravada además por la activa deshistorización de toda cultura llevada a cabo por el noeliberalismo de 1990 acá.

Porque en efecto, esto es a un tiempo nuevo y no. Los cambios de época se han expresado siempre en un incremento de las tensiones sociales, las contradiciones económicas y los conflictos políticos que, llevado a sus grados extremos, han dado lugar a enfrentamientos militares. El surgimiento del mercado mundial, por ejemplo, fue un periodo de guerras de conquista y de enfrentamientos que condujeron a la creación de monarquías coloniales, primero, y de Estados republicanos después. ¿Y qué decir de la transición entre aquel la primera organización colonial del sistema mundial y su subsiguiente organización internacional, intermediada por la Gran Guerra de 1914-1945?

Lo importante, ahora, es que un tiempo se agota ante nuestra vista, mientras otro emerge de las posibilidades que esa alteración en el curso de lo que hasta hace poco tendíamos a considerar “normal”. Porque en efecto, ¿cómo puede ser “normal” un circunstancia en la cual – dice Gambina – “la preocupación por la pandemia continua  y la inflación volvió a la agenda de los problemas en la economía mundial, en un marco no resuelto de “cambio climático”, a lo que ahora se agrega el conflicto bélico por la hegemonía en Eurasia?

            Quizás cabría decir que todo esto se agrava debido a que – en la misma medida en que aún no alcanzamos a comprenderlo en toda su complejidad – carecemos aún del lenguaje correspondiente a la nueva realidad que emerge. Por lo mismo, debemos cuidar el uso del lenguaje que muere, y contribuir a la construcción del que demanda el tiempo que viene.  

En tiempos así, Guillermo de Baskerville aconsejaría tomar como punto de partida el lugar y la función de cada parte en la evolución del todo, recordándonos además la superioridad de de lo real sobre lo ideal, la del tiempo sobre el espacio y, en particular, la de la unidad sobre el conflicto. Eso nos ayudará a comprender el curso del mundo si conocemos el camino que nos ha traido a la circunstancia que hoy llamamos nuestra. A eso se refiere Christopher Wickham – historiador de otra gran transición, la del mundo antiguo al medieval-  cuando nos dice que el desarrollo histórico “no va a ninguna parte, sino que, al contrario, procede de algún sitio.”[5] Para Guillermo de Baskerville había demasiada confusión en la fase inicial de la descomposición del mundo medieval en que Umberto Eco le dio vida. Hoy, probablemente, podría construir mejor sus preguntas desde el reino de este mundo.

Alto Boquete, Panamá, 7 de marzo de 2022


[1] “Crece”. Patria, 5 de abril de 1894. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. III:121.

[2] El Nombre de la Rosa y apostillas. (2016) Traducción de Ricardo Pochtar. Lumen, España.

[3] Op. Cit., p. 667.

[4] Julio C. Gambina / 27/02/2022. “El conflicto entre Rusia y Ucrania es expresión del desorden mundial. https://www.alainet.org/en/node/215009.”

[5] Europa en la Edad Media. Una nueva interpretación. Crítica, Barcelona, 2017. http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/europa_en_la_edad_media.pdf

Tal nuestro riesgo, tal nuestra esperanza

Guillermo Castro H.

El concepto de formación económico – social – elaborado por Marx a fines de la década de 1850, pero incorporado al desarrollo del marxismo solo en la segunda mitad del siglo XX -, permite referir aquel otro, más amplio y abstracto, de modo de producción, a sociedades específicas en tiempos puntuales.  El primero, en efecto, resalta el hecho de que en toda sociedad existe “una determinada producción que asigna a todas las otras su correspondiente rango [e] influencia”, la cual constituye “un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve.”[i]

En Panamá, el tránsito interoceánico ha desempeñado un importante papel en el desarrollo histórico del Istmo durante miles de años, a partir de múltiples rutas existentes en el territorio. De cinco siglo acá, sin embargo, ese tránsito se ha concentrado en una ruta específica para una función específica: facilitar la la circulación del capital a escala mundial.

De allí ha resultado una formación económico – social que podemos llamar transitista, cuya formulación teórica no se origina en nuestro marxismo, sino desde nuestro liberalismo. El transitismo, en efecto, fue presentado por primera vez al país por Hernán Porras en 1953, en un ensayo de vasta influencia en nuestra cultura, destinado a demostrar que en Panamá había clases sociales, sino grupos étnicos vinculados entre sí por sus relaciones con la oligarquía blanca que controlaba las relaciones de todos con la economía de tránsito.[ii]

Veinte años después, el transitismo fue objeto de generalización teórica por parte del historiador Alfredo Castillero.[iii] Eran tiempos nuevos: la oligarquía blanca había perdido el control político de la situación, y una alianza entre los cholos del interior y los mestizos de la Capital negociaba con Estados Unidos el fin de su enclave colonial en Panamá.

Desde esa circunstancia, Castillero enfatizó tres rasgos fundamentales en el transitismo. Uno fue la concentración del tránsito interoceánico por una sola ruta, bajo control de una potencia extranjera. Otro, la subordinación de las actividades productivas en el conjunto del territorio del país a las necesidades del tránsito. Y el último, la concentración de la renta producida por el tránsito, y del poder político en el Istmo, en los sectores sociales que controlan esa actividad.

Hoy, las actividades asociadas a la circulación del capital en el mercado mundial generan cerca del 90% del Producto Interno Bruto de Panamá, mientras las vinculadas a los sectores industrial y agropecuario se disputan el 10% restante. Esas actividades, además, se concentran en el Corredor Interoceánico establecido a lo largo del Canal de Panamá, que ya concentra el 50% de la población del país.

El factor determinante en la formación transitista panameña durante el siglo XX radicó en el control del Corredor Interoceánico por una potencia extranjera. En el XXI, la integración del Canal a la economía interna, y del país al mercado global, crearon una circunstancia inédita en nuestra historia. Esto, a su vez, inauguró un proceso de transición que aún está en marcha, y que determinará en su momento las nuevas formas de organización del país.

Esas formas nuevas ya se anuncian en la reorganización territorial de la economía y la sociedad panameñas. Esa reorganización va desde la creación de nuevas vías interoceánicas en diversos puntos del país,  a la recuperación de nuestra función como puente terrestre entre las Américas, y la presencia de formas nuevas y más complejas de actividad económica más allá del Corredor interoceánico.

Por otra parte, esa transición opera a partir del empeño de los sectores conservadores en preservar un orden de cosas en el que constiuyen una minoría social con el poder de una mayoría política. Esto genera una brecha creciente entre esa minoría social y los sectores mayoritarios del país, que demandan una reforma del Estado que garantice la representatividad del sistema político y permita organizar el tránsito de una manera no transitista, de modo que los frutos de esa actividad lleguen a todas las regiones del país.

Es a través de este aflorar de viejas y nuevas contradicciones que participamos, junto a todos los pueblos de nuesta América, en una circunstancia en la que el mundo “está en tránsito violento, de un estado social a otro.” Ante un cambio tal, si no hay una gestión política previsora,

los elementos de los pueblos se desquician y confunden; las ideas se obscurecen; se mezclan la justicia y la venganza; se exageran la acción y la reacción; hasta que luego, por la soberana potencia de la razón, que a todas las demás domina, y brota, como la aurora de la noche, de todas las tempestades de las almas, acrisólense los confundidos elementos, disípanse las nubes del combate, y van asentándose en sus cauces las fuerzas originales del estado nuevo: ahora estamos, en cosas sociales, en medio del combate.[iv]

Tales nuestros riesgos; tal, nuestra esperanza.

Panamá, 5 de marzo de 2019

 

[i] Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. I. Siglo XXI Editores, México, 2007. I, 27 – 28.

[ii] “Papel histórico de los grupos humanos en Panamá” (1953). Gandásegui, Marco (compilador): Las Clases Sociales en Panamá. CELA, segunda edición, Panamá. 2002, 41-78.

[iii] Nueva Sociedad Nº 5, San José, marzo-abril, 1973, pp 35-50; Estudios Sociales Centroamericanos Nº 5, San José, mayo-agosto, 1973, pp.  65-114;  Revista Cultural Lotería, Panamá, agosto-septiembre 1973, de la cual se tiró una separata, y Anuarios de Estudios Centroamericanos Nº1, San José, 1975.

[iv]Cuentos de Hoy y de Mañana, por Rafael Castro Palomares”. La América, Nueva York, octubre de 1883. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. V, 109.

 

Algunos errores útiles

1875: “algunos errores útiles”. Proteccionismo, libre cambio y camino propio en José Martí

Guillermo Castro H.

 “No estriba el amor patrio en afianzar la libertad:

estriba en labrar un pueblo en que la libertad se afiance”

José Martí [1]

1875 ha de haber sido un año extraordinario en aquella forja de sí mismo que fue la vida de José Martí. Cabría imaginarlo, quizás, como el año en que el metal fundido salió de su horno de origen en busca del molde que le diera utilidad y sentido plenos en el servicio a los pueblos de que formaba parte el suyo. Y ese primer momento de búsqueda tuvo lugar en el mejor escenario imaginable: México, donde la Reforma Liberal había generado las expresiones más intensas del conflicto entre reacción y progreso que allí vendría a desembocar en aquella peculiar síntesis– ilustrada por la convivencia bajo tutela estatal del cientificismo positivista y el catolicismo ultramontano – que encontró expresión política en la dictadura de Porfirio Díaz entre 1876 y 1910. Ya después sería Cuba el yunque, y el Partido Revolucionario Cubano el martillo que le darían a Martí su forma y su estatura definitivas.

En México, además de reunirse con su familia al regreso de su exilio en España, Martí recibió una cálida acogida en un grupo de jóvenes intelectuales liberales de clara orientación democrática, y de un patriotismo que buscaba caminos hacia el futuro en un mundo que tendía a organizarse en una comunidad de Estados nacionales. El país emergía entonces de un prolongado y devastador período de guerras por la Reforma Liberal y contra la intervención extranjera. Su economía estaba en ruinas, y dependía sobre todo de la exportación de metales preciosos para abastecerse de bienes de consumo indispensables.Esa situación fue sintetizada en los siguientes términos por Martí en su columna de prensa para la Revista Universal:

“Se elabora, se extrae, se cultiva.

Lo que se extrae, va decayendo; lo que se cultiva, no va aumentando; lo que se elabora, sofócase y debilítase en la competencia que lo extranjero viene a hacerle, y que por sus timideces o impericias no puede nuestra industria sostener. La economía ordena la franquicia; pero cada país crea su especial economía. Esta ciencia no es más que el conjunto de soluciones a distintos conflictos entre el trabajo y la riqueza: no tiene leyes inmortales; sus leyes han de ser, y son, reformables por esencia. Tienen en cada país especial historia el capital y el trabajo: peculiares son de cada país ciertos disturbios entre ellos, con naturaleza exclusiva y propia, distinta de la que en tierra extraña por distintas causas tengan.”

Y de tal panorama – de una manera que llegaría a ser característica de su reflexión social y política -, concluía Martí lo siguiente:

” A propia historia, soluciones propias. A vida nuestra, leyes nuestras. No se ate servilmente el economista mexicano a la regla, dudosa aun en el mismo país que la inspiró. Aquí se va creando una vida; créese aquí una economía. Álzanse aquí conflictos que nuestra situación peculiarísima produce: discútanse aquí leyes, originales y concretas, que estudien, y se apliquen, y estén hechas para nuestras necesidades exclusivas y especiales.”[2]

Un mes antes, ese razonamiento había sido precedido por un análisis de los orígenes del problema en el que encontramos elementos que recuerdan del debate contemporáneo sobre las consecuencias socio-ambientales y económicas del neoliberalismo en nuestra América. Decía Martí entonces:

“La tierra es perpetua: séanlo las fuerzas que a vivir de la tierra se apliquen. Fuerzas constantes y productoras, elementos creadores, industrias transformadoras de los elementos que hoy existen. Nada pone la manufactura extractiva en lugar de lo que arranca. La industria fabril crea y transforma, en cambio, de un modo siempre nuevo productos fijos y constantes, en los que se asienta el verdadero bienestar de una nación.”

Y añadía: México “no es útilmente rico”, pues “su riqueza comenzará a ser útil al país, cuando pueda aplicarse en beneficio de él mismo, y no haya de llevarse fuera de la patria en pago de las más sencillas necesidades materiales y domésticas.”

De eso deducía una conclusión que seguramente asombró entonces, como quizás asombre hoy. Frente al dogma liberal de la libertad de comercio, propuso lo que recomendaría 16 años después en su ensayo Nuestra América: entender ”que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas” [3], lo cual en el caso de México en 1875 significaba comprender que

“Cuando perturbaciones y errores anteriores han alejado de su cauce natural a un país, sucede frecuentemente que necesita este para su bienestar la comisión de algunos errores útiles. Ordena la economía, por más que hiciera bien en limitarse a aconsejar, que sea franco y libérrimo el comercio de todos los efectos extranjeros.”

Y concluía entonces:

“Utilísima es para un país formado la libertad absoluta de comercio: ¿es de la misma manera útil para un país que se forma? La libertad comercial es, a más de conveniente, justa. Cuando han constituido la vida de un país injusticias esenciales, ¿no será todavía necesario el cumplimiento de injusticias transitorias? El comercio libre es bueno; pero realizado en nuestro país, extinguiría en su nacimiento las abandonadas industrias nacionales.

Fuera impolítico y erróneo cerrar hoy los puertos a los efectos extranjeros: parece necesario limitar su introducción con derechos relativamente crecidos; pero sólo una manera se ofrece de destruir la vacilante situación actual de la riqueza: la competencia es esta manera única; la competencia que no podrá establecerse con los arbitrios generales de la hacienda, que la misma manera gravan al efecto de consumo que se introduce, que la instrumento de trabajo que nada debería pagar.” [4]

Aquel debate se prolongaría aún hasta octubre de 1875. El día 9 de ese mes, el joven Martí lo situaría en una perspectiva más general y más precisa a un tiempo:

“Luchan perpetuamente en la vida social los dos principios generadores, el de la dominación, todo error; el de la libertad, todo nobleza. En economía política aquel se llama proteccionismo; este se llama libre cambio. Pero ¿es de inteligencias que se estiman, dejarse arrastrar por el sistema aprendido? Una razón sana debe estudiar el conflicto y encadenar a la justicia práctica la simpatía prematura.

Hay un medio seguro de no errar en el sistema general: estudiarlo en sus casos particulares. El sistema hacendario de México es abigarrado y confuso: consiste en no tener sistema. Cada doctrina tiene en él sus triunfos; pero de esta mezcla de residuos no puede resultar una conducta franca y lógica.”[5]

Ante tal situación, dice Martí, debe adoptar la doctrina mejor, que debe adaptarse, hade ser aquella “cuyos frutos alcanzan a una clase más numerosa.” De allí pasa al ataque a la doctrina del proteccionismo. “He ahí”, dice, “el patriotismo de los proteccionistas: la ganancia del fabricante sobrepuesta al beneficio de la gran masa de la patria.” Por contraste, dice, es “indiscutible” que la industria nacional “está interesada en el libre cambio”, si entiende que tal industria “no es el provecho de algunos industriales aislados”, sino “el desarrollo progresivo de las fuerzas trabajadoras de la nación, aplicadas a la elaboración de sus productos.”

Y añade:

“El proteccionismo ahoga el comercio; no alimenta el interés de las naciones extranjeras, que se alejarán de nosotros por la inutilidad de sus relaciones mercantiles. Privaríamos de vida a los puertos, y arrebataríamos a nuestro pueblo naciente el medio de colocarse por la imitación y el trato mutuo a la altura de los países formados.

El libre cambio atrae a los pueblos extraños; nos dan sus productos baratos, y abren mercados a los nuestros; nos dan de su vida, en cambio de lo que contribuyamos a la suya. Vivirán nuestros puertos, y nuestra civilización se afianzará.

El patriotismo consiste en procurar el mayor bien para el número mayor.”

 El debate entre protección y libre cambio, por supuesto, no era nuevo en 1875. Así, por ejemplo, en enero de 1848, Carlos Marx – a sus 29 años -, había pronunciado en una sesión pública de la Sociedad Democrática de Bruselas su Discurso sobre el Libre Cambio, en el que concluyó lo siguiente:

“No creáis, señores, que al criticar la libertad comercial tengamos el propósito de defender el sistema proteccionista.

Se puede ser enemigo del régimen constitucional sin ser partidario del viejo régimen.

Por lo demás, el sistema proteccionista no es sino un medio de establecer en un pueblo la gran industria, es decir, de hacerle depender del mercado mundial; pero desde el momento en que depende del mercado mundial, depende ya más o menos del libre cambio. Además, el sistema proteccionista contribuye a desarrollar la libre concurrencia en el interior de un país. Por eso vemos que, en los países donde la burguesía comienza a hacerse valer como clase, en Alemania, por ejemplo, realiza grandes esfuerzos para lograr aranceles protectores. Para ella son armas contra el feudalismo y contra el poder absoluto; son para ella un medio de concentrar sus fuerzas y de realizar el libre cambio en el interior del propio país.

Pero, en general, el sistema proteccionista es en nuestros días conservador, mientras que el sistema del libre cambio es destructor. Corroe las viejas nacionalidades y lleva al extremo el antagonismo entre la burguesía y el proletariado. En una palabra, el sistema de la libertad de comercio acelera la revolución social. Y sólo en este sentido revolucionario, yo voto, señores, a favor del libre cambio.”[6]

Todo esto es del mayor interés en nuestra circunstancia contemporánea. Desde circunstancias y perspectivas distintas, y para propósitos diferentes, Marx y Martí convergen en una postura afín con veintisiete años de diferencia. ¿Podría alguien en su sano juicio sustentar que la postura martiana no era la más avanzada posible en la sociedad mexicano de su tiempo: apoyar a un libre cambio destructor del viejo orden, frente a un proteccionismo que buscaba conservarlo? ¿Podría alguien, también, sostener que la alternativa a los desastres del libre comercio neoliberal en nuestra América sea el retorno a alguna variante desarrollismo liberal proteccionista de las décadas de 1950 a 1970?

Hoy, como en 1875, el bien mayor para el número mayor. La economía que necesitamos es aquella que haga de ese criterio una prioridad para la asignación de recursos escasos entre fines múltiples y excluyentes, para asegurar el desarrollo progresivo de las fuerzas trabajadoras de nuestra América, aplicadas a la elaboración de sus productos. Para la señora Thatcher no había alternativa al neoliberalismo. Para nosotros, trascenderlo es la única alternativa.

[1] “Boletín”. Revista Universal. México, 14 de agosto de 1875. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. II, 170.

[2] “Boletín”. Revista Universal. México, 14 de agosto de 1875. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. II, 170 – 171. [cursiva: GCH] Era así evidente que la república democrática y equitativa a que aspiraba aquella generación de jóvenes liberales necesitaba ser próspera para llegar a ser. En aquellos debates cabe encontrar una de las raíces que, ya exilado en Nueva York, llevó a Martí a decir en 1884 que “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno. Y el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la naturaleza.” La América. Nueva York, mayo de 1884. VIII, 288 – 292.

[3] “Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.”

“Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 20 – 21.

[4] “Boletín”. Revista Universal. México, 14 de julio de 1875. Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000. II, 122 – 124.

[5] “Proteccionismo y libre cambio”. Revista Universal. México, 9 de octubre de 1875.

http://www.josemarti.cu/wp-content/uploads/2014/06/44.1-Proteccionismo-y-libre-cambio.pdf

[6] Discurso sobre el libre cambio. Pronunciado por Marx el 9 de enero de 1848 en una sesión pública de la Sociedad Democrática de Bruselas.https://www.marxists.org/espanol/m-e/1847/miseria/009.htm