Desigualdad, prehistoria, historia

Desigualdad, prehistoria, historia

Guillermo Castro H.

Hace tiempo ya, el filósofo panameño Jorge Giannareas me dio una lección de sencillez ejemplar sobre lo más intrincado de los misterios del desarrollo social: la diferencia, me dijo, es un hecho natural, pero la desigualdad es una construcción social. En lo que hace a Panamá, los rasgos fundamentales de esa construcción social han sido puestos en evidencia, una vez más, por el Consejo de la Concertación Nacional, al señalar que el crecimiento económico del país, “si bien es importante […] no es suficiente para lograr un mayor bienestar de la sociedad”.

El Consejo, en efecto, destacó en su último informe “que en el país, con una de las “economías más dinámicas” de la región, persisten profundas desigualdades según región, género, color y etnia. Es decir, de acuerdo con la Concertación, se observan “grandes brechas entre la capital y su entorno, y el resto del país””. Al respecto, se añade allí, el compromiso de que parte de los ingresos del Canal fuesen para reducir “las disparidades sociales”, “no se ha cumplido”.[1]

La idea de que el crecimiento económico no ha sido lo bastante importante como para reducir la desigualdad social, en todo caso, puede ser engañosa. En realidad, podría incluso ocurrir que la desigualdad social es uno de los factores contribuyentes al tipo de crecimiento económico dominante en Panamá – esto al, al crecimiento generado por la formación económico social organizada en torno al control de los beneficios del tránsito interoceánico de bienes y capitales por parte de una minoría que, a partir de ese control, termina apropiándose como grupo privado de la inmensa mayor parte de la riqueza producida por el país entero.

Esto, por otra parte, no sólo no es nuevo, sino que tiende a empeorar. Observado el caso en perspectiva histórica, cabe recordar que hacia 1985 fue motivo de alarma descubrir que uno de cada cuatro panameños vivía. En aquellos tiempos eso representaba el 25% de dos millones de personas, o sea unos 500.000 panameños. A lo largo del siglo XXI, esa cifra ha tendido a estabilizarse en el 30%, poco más, poco menos. Pero la población es ahora de 3.8 millones de habitantes, con lo cual ahora son 1,250,000 los habitantes del Istmo que viven en la pobreza.

Esta situación, por otra parte, no es privativa de Panamá. Cerca de la mitad de los 7 mil millones de seres humanos que pueblan el planeta vive en condiciones de pobreza, sea absoluta, sea relativa. Así, resulta evidente que – en un mundo en el que el 1% de la población más rica acumula tanta riqueza como el 50% de la más pobre -, nos encontramos ante una situación estructural, no coyuntural, que se expresa con mayor crudeza (pero no exclusivamente) en las sociedades del capitalismo periférico.

De hecho, esta situación es consustancial al desarrollo de esa economía. Como alguna vez dijera Fernand Braudel, la desigualdad es una antigua compañera del desarrollo humano: ha existido en todas las sociedades, aunque sólo en la capitalista ha venido a ser organizada como un mecanismo de desarrollo.[2] Todo gira aquí en torno al intercambio entre trabajadores privados de propiedad, que no poseen más que su fuerza de trabajo, y propietarios privados que demandan fuerza de trabajo para producir la plusvalía que incremente el valor de su capital.

Al respecto, por ejemplo, Carlos Marx – escribiendo en tiempos en que el moderno sistema mundial llegaba a su primera madurez (que por cierto incluía el aporte de enormes masas de esclavos africanos en Brasil, Cuba y los Estados Unidos) – observaba que, en la economía realmente existente de entonces acá, la pobreza está implícita en la condición misma del trabajador. En este sentido, decía,

 Si ocurre que el capitalista no necesita el plustrabajo del obrero, éste no puede realizar su trabajo necesario, producir sus medios de subsistencia. Entonces, si no puede conseguirlos a través del intercambio, los obtendrá, caso de obtenerlos, sólo de limosnas, que sobren para él del rédito. […] Como, por añadidura, la condición de producción fundada en el capital es que él produzca cada vez más plustrabajo, se libera más y más trabajo necesario. Con lo cual aumentan las posibilidades de su pauperismo.[3]

 Cuando estas ideas fueron plasmadas, el autor consideraba que el mundo moderno se reducía a un núcleo integrado por Inglaterra, Alemania, Francia y los Estados Unidos, rodeado por una periferia de regiones coloniales y países atrasados. Siglo y medio después, ¿cómo opera esto en el proceso de globalización, cuando el sistema internacional está integrado por unos 200 Estados nacionales y la economía mundial funciona como una unidad en tiempo real?

En lo más visible, emerge ahora – nuevamente – una situación de pobreza estructural en las economías centrales, en la medida en que los trabajos más sencillos, que demandan mayor cantidad de mano de obra de bajo costo de producción, son desplazados hacia economías de la periferia, a cargo de lo que algunos llaman el “proletariado exterior”. Y esas economías centrales, por su parte, pasan a recibir una migración creciente de trabajadores desplazados de la periferia por el desarrollo de ese mismo capitalismo global, trabajadores excedentes con respecto a la demanda de trabajo para el propio proletariado exterior.

Esos trabajadores migrantes se dedican fundamentalmente a actividades que producen poco valor – como las labores de cosecha en la agricultura de agronegocio -, o no producen valor alguno, como las de prestación de servicios personales. Pero el mecanismo, además, se reproduce al interior de las propias economías periféricas con la descomposición de la vieja economía campesina, con sus virtudes culturales y sus muchas miserias físicas y morales, ante el auge del agronegocio de exportación; la emigración masiva que traslada la miseria del campo a las ciudades donde hoy residen 7 de cada 10 latinoamericanos, y el abultamiento del sector informal de baja calificación.

En vida de Marx, la población mundial ascendía a unos dos mil millones de personas el buque de vapor se imponía en los océanos como el ferrocarril en tierra firme, y el telégrafo era el medio más avanzado de comunicación. El cambio tecnológico y de escala es evidente, como debería serlo la continuidad del mecanismo fundamental. En la tensión entre ambos – con especial referencia a las condiciones subjetivas, entre las cuales destaca la añoranza por la edad dorada imaginaria del pequeño propietario rural, que tan a menudo acompaña a los descendientes de los migrantes del campo, hoy incorporados a labores de servicios de cuello blanco o de delantal – es donde cabe ubicar la definición de las estrategias de política para transformar esta situación en un sentido progresivo.

Al respecto, dice Marx, en el capitalismo realmente existente al desarrollo del plustrabajo “corresponde el de la población excedente. En diferentes modos de producción sociales, añade, diferentes leyes rigen el aumento de la población y la superpoblación; la última es idéntica al pauperismo.” Dichas leyes “se pueden reducir simplemente a las diferentes maneras en que el individuo se relaciona con las condiciones de producción o […] de reproducción de sí mismo como miembro de la sociedad, ya que el hombre sólo en la sociedad trabaja y practica la apropiación.” Y añade:

 La disolución de estas relaciones con respecto a tal o cual individuo, o a parte de la población, los pone al margen de las condiciones que reproducen esta base determinada, por ende en calidad de sobrepoblación y no sólo como privados de recursos, sino como incapaces de apropiarse de los medios de subsistencia por medio del trabajo, en consecuencia como paupers. No es sino en el modo de producción fundado en el capital donde el pauperismo se presenta como resultado del trabajo mismo, del desarrollo de la fuerza productiva del trabajo.[4]

 

¿Hasta dónde puede sostenerse un régimen de producción así constituido, en una época en la que a la universalización del pauperismo que produce se agrega la del deterioro de sus bases naturales de sustentación? Intuimos que esta situación de crecimiento económico mediocre, acompañado de deterioro social y degradación ambiental constantes, anuncia de algún modo una suerte de fin de los tiempos, lo cual a su vez debería remitirnos al problema de las transiciones entre los regímenes de población correspondientes a distintos regímenes históricos de producción, etc.[5]

Al respecto, por ejemplo, Perry Anderson nos dice que la experiencia histórica de procesos como los de las transiciones de la Antigüedad al feudalismo, y de éste al capitalismo contradice “las creencias ampliamente compartidas por los marxistas”, en las que un modo de producción entra en crisis cuando “unas vigorosas fuerzas (económicas) de producción irrumpen triunfalmente en una retrógradas relaciones (sociales) de producción y establecen rápidamente sobre sus ruinas una productividad y una sociedad más elevadas.”  Para Anderson, por el contrario, añade, la crisis opera a lo largo de un proceso en el que “las fuerzas de producción”

 

tienden normalmente a estancarse y retroceder dentro de las relaciones existentes de producción; estas tienen entonces que ser radicalmente cambiadas y reordenadas antes de que las nuevas fuerzas de producción puedan crearse y combinarse en un modo de producción globalmente nuevo. Dicho de otra forma: en una época de transición, las relaciones de producción cambian por lo general antes que las formas de producción, y no al revés.[6]

 

Tal vendría a ser la forma en que opera el principio de que una sociedad no cambia sino cuando se agotan las formas de producción y desarrollo que ella es capaz de generar. Y ese agotamiento, a su vez, vendría a operar a lo largo de una crisis prolongada, cuyo final no consiste en el paso a una forma superior de desarrollo del modo de producción antiguo, sino en la transición a un modo de producción nuevo.

Que sea nuevo, por otra parte, no significa que sea mejor. La novedad, por ejemplo, puede consistir en una mayor dependencia de la pobreza estructural o, si se quiere, de la población excedente necesaria para mantener deprimidos los salarios de la fuerza de trabajo, lo cual – en tanto que organización de la desigualdad, Braudel dixit – implicaría formas cada vez más brutales de discriminación y represión, y conflictos cada vez más peligrosos por el reparto de la renta global entre los grupos de poder dominantes en el sistema mundial.

Pero la novedad puede consistir también en que ocurra aquel tránsito del reino de la necesidad al de la libertad que ponga fin a la prehistoria de la humanidad, en cuyo caso lo excedente vendría a ser el pauperismo.[7] Con ello, la desigualdad social cedería su lugar a la diferencia natural, y la diferencia así socializada vendría a estimular y enriquecer los procesos que lleven a transformar el Nuevo Mundo de anteayer en el mundo nuevo de mañana. Lo importante, así, es comprender que no existe un pasado al cual regresar sino opciones de futuro entre las cuales escoger. Nuestra es, pues, la responsabilidad fundamental por nuestro propio destino, como personas y como especie.

 

Panamá, febrero / marzo de 2014

 

 

 

 

 


[1] Rodríguez, Isidro: “Crece la brecha social en el país”. La Prensa, 18 de febrero de 2014.

[2] En Dinámica del Capitalismo. Fondo de Cultura Económica, México, 2002.

[3] Marx, Carlos: Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. Siglo XXI Editores, 2007. II, 110.

[4] Marx, 2007. II, 110 – 111. Y añade enseguida: “En cierto estadio de la producción social, pues, puede existir sobrepoblación, inexistente en otro estadio. Los colonos que enviaban los antiguos, por ejemplo, eran sobrepoblación, vale decir, no podían seguir viviendo en el mismo espacio sobre la base material de la propiedad, id est, las condiciones de producción. Su número puede parecer muy magro en comparación con las condiciones modernas de producción. De todos modos, estaban muy lejos de ser paupers. Pero sí lo era la plebe en Roma, con su panis et circenses. La sobrepoblación que llevó a las grandes Invasiones de los Bárbaros supone a su vez otras condiciones.”.

 

 

[5] Algo sabemos, por ejemplo, del papel que desempeñan en esas transiciones las catástrofes demográficas – que aceleran la reducción de la población excedente generada por el antiguo régimen, y contribuyen a modelar las opciones para el desarrollo de uno nuevo – en casos como el de las epidemias ocurridas en los procesos de desintegración del Imperio Romano de Occidente entre los siglo III y V; de la transición del feudalismo al capitalismo en el XIV, y de la incorporación de los territorios americanos al mercado mundial, particularmente en la América Española, entre los siglos XVI – XVIII. En los hechos, sin embargo, la catástrofe demográfica – tan del gusto de los imaginarios apocalípticos de la cultura de masas capitalista de nuestro tiempo – hace parte importante, pero no necesariamente decisiva, de procesos de complejidad mucho mayor.

 

[6] Así, pues, la consecuencia inmediata de la crisis del feudalismo occidental no fue una rápida liberación de nueva tecnología ni en la industria ni en la agricultura, que tendría lugar únicamente después de un intervalo considerable. La consecuencia directa y decisiva fue más bien una extensa transformación social en el campo de Occidente, porque las violentas rebeliones rurales de la época condujeron imperceptiblemente, a pesar de su derrota, a cambios en el equilibrio de las fuerzas de clase en pugna por la tierra.”. Anderson, Perry: Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo. Siglo XXI (1979) 2007, p. 208

[7] “Ninguna formación social, dice Marx, desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas de progreso en la formación económica de la sociedad el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana.” Marx, Carlos: Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859).

http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.htm

 

 

Nosotros los de ahora y los de entonces

Guillermo Castro H.
Conferencia inaugural en el XIV Congreso Nacional de Sociología
Universidad de Panamá, 16 de agosto de 2012
Para Lourdes, siempre
1929 – 2009
La crisis de 1929 tiene especial importancia para el análisis de la que enfrentamos hoy, al menos en dos sentidos. El primero y más general corresponde a su alcance y su importancia histórica. Con ella, el ciclo de desarrollo liberal clásico, que a partir de 1914 había ingresado en plenitud a su fase imperialista, recibió el impulso final que lo llevaría a desembocar – a través de la II Guerra Mundial, y las que la precedieron en España y China – en la fase de desarrollo del moderno sistema mundial que hoy designamos con el término “globalización”. El segundo tiene un carácter más específico. La gestión de la crisis de 1929 proporcionó un importante modelo de referencia en la formación de varias generaciones de científicos sociales latinoamericanos, en lo relativo a la comprensión del lugar y el papel de la región en los procesos de formación y transformación del sistema mundial.
            Así, para las ciencias sociales latinoamericanas en las décadas de 1950 y 1960, el manejo de la crisis de 1929 fue percibido como exitoso en cuanto había logrado dos importantes objetivos. Uno, contener y revertir su terrible impacto inicial y, otro, conducir al sistema mundial a un escalón superior de desarrollo civilizatorio. En el proceso, la ideología del progreso – sucesora a su vez de la de la civilización, tan cercana a las oligarquías de nuestra América – cedió su lugar a la del desarrollo, más adecuada a un mundo que dejaba de estar organizado en metrópolis y colonias para constituirse en una comunidad de Estados independientes vinculados entre sí por un único mercado mundial. Y, de una manera en nada casual, fue entre nosotros donde el desarrollo vino a convertirse en un cuerpo teórico y un imaginario colectivo determinante en la conducta de nuestras sociedades y sus Estados hasta la década de 1980.
Como todo modelo explicativo, éste contiene imprecisiones. Lo descrito en el párrafo anterior, por ejemplo, corresponde a las formas más visibles de gestión de aquella crisis, tales como la intervención masiva del Estado en la economía, la ampliación de los derechos democráticos de las capas medias y los trabajadores en los Estados nacionales de la época, y la creación de servicios públicos eficientes de salud pública, educación masiva y seguridad social en esos países. John Maynard Keynes, en lo económico, como Franklin Delano Roosevelt en lo político y lo social constituyen sin duda los héroes más relevantes de aquel momento histórico en este nivel de visibilidad.
            Un segundo nivel, que ha ganado en visibilidad en estos tiempos, hace a las dos grandes reformas que conoció el sistema mundial en el camino hacia la superación de la crisis. La primera se refiere a la creación de un verdadero sistema monetario internacional a partir de los acuerdos de Breton Woods, en julio de 1944. La segunda, y más notoria, a la creación del moderno sistema interestatal, estructurado como una Organización de las Naciones Unidas, que pasó de medio centenar de Estados fundadores en octubre de 1945, a casi doscientos medio siglo después.
            Estos dos niveles de visibilidad en la gestión de aquella crisis fueron el resultado, también, de circunstancias que hoy no tienen equivalente. La primera y más notoria en el plano político fue la claridad de las opciones enfrentadas: el liberalismo al centro, con el fascismo a la derecha y el comunismo estalinista a la izquierda, definieron de manera prístina el escenario de la geopolítica mundial entonces. Y a eso cabría agregar la amplitud de los espacios sociales, ambientales y políticos de maniobra conque contaba entonces el sistema mundial, y de los que carece hoy.
La baja presión demográfica de una población muy inferior a la actual, sometida en su mayor parte a un vasto sistema colonial – al que cabía agregar los que en aquellos años eran considerados como “espacios vacíos” de la América Latina -, permitía contar con reservas de recursos humanos y naturales que ya no están disponibles. En lo político, el espacio de maniobra se desplegaba en dos vertientes. Por un lado, el carácter restrictivo de la vieja democracia liberal imperante en las sociedades de capitalismo más maduro estimulaba la construcción de consensos en torno a la ampliación de los derechos ciudadanos de las capas medias y los trabajadores. Por el otro, se desplegaba la lucha por alcanzar esos derechos a través de la conformación de Estados nacionales en las regiones coloniales de Asia, África y Oceanía.
Allí, además – como en nuestra América -, esa lucha por derechos elementales se combinaba con el carácter primario de las expectativas sociales. Si el analfabetismo supera la mitad de la población adulta, la expectativa de vida al nacer no va más allá de los cincuenta años, la industrialización no se ha iniciado y la organización de los trabajadores es una novedad, concesiones relativamente pequeñas por parte de los grupos dominantes en materia de educación, salud y seguridad social pueden producir transformaciones importantes y de impacto duradero en el desarrollo social.
Y estaba, por supuesto, el enorme espacio de maniobra que ofrecía el sistema colonial para un crecimiento económico renovado. Si éste ya había cumplido su función inicial de subsidio masivo al despegue del capitalismo en los países centrales, su reorganización como sistema de economías nacionales pudo ofrecer – como en efecto lo hizo – un enorme impulso al nuevo ciclo de expansión económica que tuvo lugar entre las décadas de 1950 y 1970, hasta desembocar en la creación de algunas de las condiciones previstas por Gramsci a comienzos de la década de 1930, cuando en sus cuadernos de la cárcel anotaba lo siguiente:
Atlántico – Pacífico. Función del Atlántico en la civilización y en la economía moderna. ¿Se trasladará este eje al Pacífico?  Las masas de población más grandes del mundo están en el Pacífico: si China y la India se convierten en naciones modernas con grandes masas de producción industrial, su alejamiento de la dependencia europea rompería el equilibrio actual: transformación del continente americano, traslado desde la orilla atlántica a la orilla del Pacífico del eje de la vida americana, etcétera. Ver todas estas cuestiones en términos económicos y políticos (tráficos, etcétera).[1]
Otros niveles de visibilidad en la gestión de la crisis de 1929, muy cercanos a este comentario de Gramsci, han sido y son mucho menos percibidos. En lo que hace a la geocultura del sistema mundial, por ejemplo, el énfasis en la formación del concepto de desarrollo puede ocultar la maduración de formas complejas de identidad, pensamiento y organización política en la periferia del sistema, que han venido a tener importantes consecuencias hasta hoy. Así, por ejemplo, los casos del pensamiento radical democrático de José Martí (1853 – 1895) en América Latina, sintetizado en su ensayo Nuestra América, de enero de 1891; del pensamiento nacional democrático de Sun Yat Sen (1886 – 1925), en China, sintetizado en los Tres Principios del Pueblo – democracia, nacionalismo y bienestar -, y los del humanismo patriótico de Mahatma Gandhi (1869 – 1948) y Nelson Mandela.
Tampoco recibe la atención debida el hecho de que la transición al sistema internacional a partir de la gestión de la crisis de 1929 dependió en una constante medida del recurso a la violencia y el autoritarismo en su periferia. Convertida primero en zona caliente de la Guerra Fría, pasó a ser después el escenario de los llamados “Estados fallidos”, cuya viabilidad depende de la presencia de fuerzas de ocupación extranjeras. Así, a la secuencia inicial de violencias en Palestina, Corea, Argelia, el África ecuatorial, el Sudeste asiático y América Latina, ha sucedido la situación de conflicto endémico, abierto o soterrado en los Balcanes, el Asia Central, el Medio Oriente, el África sub sahariana, y México y Colombia, por mencionar sólo casos muy visibles.
Hoy, en todo caso, está en crisis lo que resultó de aquellas transformaciones. La crisis financiera de 2008, en efecto, se vio precedida por crecientes dificultades en el funcionamiento de los mecanismos de gestión del sistema internacional. Esta dificultad se hizo evidente ya a principios de la década de 1990, en el intento de conciliar el imaginario del desarrollo en el sistema internacional – expresado en el papel del organismo creado para promoverlo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo -, con el reconocimiento de la insostenibilidad de ese objetivo que emerge como problema en la Cumbre de la Tierra de 1992.
A esa dificultad de orden ideológico y cultural se agrega, poco después, la de orden político que resulta del fracaso del intento de transitar hacia un sistema internacional organizado en torno a la Organización Mundial del Comercio, como resultado de la resistencia masiva a la versión neoliberal de la globalización. A partir de allí, el proceso de globalización pasó a tener dos voceros enfrentados entre sí: los Foros de Davos y de Porto Alegre. Y si bien el primero expresa la aspiración a una organización mucho más eficiente del desarrollo desigual y combinado a escala mundial, y el otro la demanda de un mundo en el que la equidad y la sostenibilidad se requieran mutuamente para un desarrollo que mereciera ser llamado humano, el enfrentamiento entre ambos – como lo advirtiera Immanuel Wallerstein en 2004 -, no está referido “a si estamos o no a favor del capitalismo como sistema mundial”, si no al hecho de que la que está en cuestión es
en lo más esencial, si el sistema de reemplazo será jerárquico y polarizante (esto es, igual o peor que el sistema actual) o será en cambio relativamente democrático e igualitario. Estas son opciones morales básicas, y estar de uno u otro lado determina nuestras políticas.[2]
XXI
Esta crisis – nuestra crisis – ha venido a expresar, así, el agotamiento de las premisas políticas, culturales y ambientales que habían sostenido la transformación del moderno sistema mundial a partir de la segunda postguerra, y definido el de las ciencias sociales como discurso explicativo de su desarrollo.[3] Por lo mismo, ella se ubica de lleno en el terreno de la hegemonía, en cuanto expresa la incapacidad de la geocultura del sistema mundial para dar cuenta de su contradicción más profunda: la del carácter desigual y combinado del desarrollo que ese sistema organiza, del cual depende para existir, y en cuyo marco debe encarar sus problemas o enfrentar el riesgo de su propia implosión.
La complejidad de esta circunstancia nos obliga – y seguirá haciéndolo – a reexaminar una y otra vez nuestras conclusiones sobre el carácter y el significado de esta crisis en el desarrollo del mundo que hemos conocido. Nos encontramos, así, en una circunstancia muy semejante a la que encaraba la generación de jóvenes revolucionarios latinoamericanos de la que formaba parte José Martí en 1881:
Nacidos en una época turbulenta, arrastrados al abrir los ojos a la luz por ideas ya hechas y por corrientes ya creadas, obedeciendo a instintos y a impulsos, más que a juicios y determinaciones, los hombres de la generación actual vivimos en un desconocimiento lastimoso y casi total del problema que nos toca resolver. […] Establecer el problema es necesario, con sus datos, procesos y conclusiones.- Así, sinceramente y tenazmente, se llega al bienestar: no de otro modo. Y se adquieren tamaños de hombres libres.[4]
            El proceso de globalización ha creado ya, en efecto, opciones de un nuevo tipo – desde ciudades – Estado como Singapur hasta regiones económicas de creciente integración política y ascendiente global, como las de Asia Pacífico y el Mercosur -, cuyos oportunidades y necesidades de desarrollo desbordan las capacidades de las estructuras políticas de cooperación intergubernamental, y de las economías organizadas a partir de mercados nacionales. En ese marco, también, están en marcha nuevos y complejos procesos de concentración y centralización del capital. Asistimos otra vez a la destrucción masiva de empleos y de organizaciones productivas; a incrementos en la productividad derivados de la innovación tecnológica combinada con la sobrexplotación de los trabajadores; a la formación de sectores de actividad económica nueva, como el mercado de servicios ambientales, y al conflicto entre nuevas fracciones del capital.
En nuestra América, en conjunto con – y más allá de- los procesos de reforma democrática y estabilización económica que ocurren en Estados tan diversos como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba, Brasil, Chile, Uruguay y Argentina, se acentúa el proceso de reorganización territorial de las economías iniciado en la década de 1990. Nuestra región, cada vez más urbanizada, expande sus fronteras de recursos, organiza como verdaderas biofábricas sus espacios de agroexportación, e intensifica la transformación de la naturaleza en capital natural por los medios más diversos, desde la inversión en megaproyectos de infraestructuras, el desarrollo de nuevas y más eficientes modalidades de inserción en el mercado global de servicios ambiéntales, y la creación de los marcos legales y culturales que esos mercados requieren para operar con eficiencia en el nivel glocal.
Todo esto, naturalmente, se presenta acompañado de una cauda de conflictos entre estructuras de convivencia y modelos de gestión política, social, económica y ambiental viejos y nuevos. Esto abre espacio a la formación de alianzas de estas nuevas fracciones con sectores de capas medias urbanas y de pobres de la ciudad y el campo resocializados para bien o para mal en el curso de estos procesos. Y, frente al carácter esencialmente defensivo de las luchas populares en este terreno, establece un campo fecundo para el desarrollo de opciones alternativas que sean viables en cuanto faciliten la creación colectiva de nuevas formas de expresión del interés general de comunidades territoriales, regionales nacionales complejas.
            Nada de esto implica que las luchas sociales – y sin duda la lucha de clases – hayan dejado de ser el motor de la historia. Supone, simplemente, que ese motor ha pasado a operar en un nivel de complejidad que nos obliga a replantearnos una vez más lo que sabíamos o creíamos saber sobre su funcionamiento. ¿De qué clases se trata, en esta etapa de esta historia?; ¿cuáles son, cómo son, dónde están?; ¿qué tienen de común, qué de distinto con el pasado inmediato y mediato del que proceden?; ¿cómo y dónde se estructuran las relaciones que mantienen entre sí en las distintas regiones y las diversas escalas del sistema mundial en que actúan? Y en estos términos, ¿qué posibilidades existen de identificar y establecer formas nuevas de expresión de intereses colectivos, y las formaciones sociales y políticas capaces de ejercer ese interés en cada región y cada ámbito del sistema?
Para las ciencias sociales en general, y para las nuestras en particular, esto plantea singulares desafíos. El primero y más complejo, sin duda, es dejar de ser lo que han sido y son: ámbitos especializados para el estudio del mercado, la sociedad y el Estado en un mundo en el que la historia sólo puede ocuparse del pasado. Estamos otra vez en aquella situación de 1845, en que cabía afirmar que la tarea de interpretar el mundo debía ceder su lugar a la explicarlo para transformarlo. Nos toca, otra vez, recuperar y ejercer aquella negativa “a separar las diferentes disciplinas académicas” a que se refiere Eric J. Hobsbawn cuando, al analizar el significado contemporáneo de la obra de Carlos Marx, señala que, para éste,
Las relaciones sociales (es decir, la organización social en el sentido más amplio) y las fuerzas materiales de producción, a cuyo nivel corresponden, no pueden ser divididas. “La estructura económica de la sociedad está formada por la totalidad de estas relaciones de producción”.[…] El desarrollo económico no puede quedar reducido a “crecimiento económico”, y mucho menos a la variación de factores aislados como la productividad o el índice de acumulación de capital”.[5]
Esto es tanto más necesario en cuanto que la nuestra es, en lo político, una circunstancia de hechos cumplidos. El programa neoliberal es uno de esos hechos, al menos en su forma de Consenso de Washington, por más que muchas de sus políticas lo hayan sobrevivido. El programa inicial de resistencia a las consecuencias del neoliberalismo está agotado también. Los sectores subordinados carecen de un proyecto alternativo. Los sectores dominantes también. En ambos campos se acentúan las contradicciones internas, con la salvedad de que es más viable la resistencia desde estructuras profundas de encuadramiento y dominación que permanecen esencialmente intactas, que el paso a una ofensiva general de los dominados contra esas estructuras.
Las cosas, en suma, ya no son lo que eran, ni volverán a serlo. Tampoco, sin embargo, han llegado a ser lo que serán. Por lo mismo, cabe recordar que, si bien nunca existe un pasado al cual regresar, la crisis abre ante nosotros múltiples opciones de futuro a construir. A esas opciones es que cabe referir todas las propuestas que afloran por todos los ámbitos de nuestra cultura, desde el bien vivir hasta  la demanda de un mundo en que quepan todos los mundos.
Al propio tiempo, esta circunstancia – en que los conflictos que emergen de la crisis se combinan con los que fueron mediatizados pero no resueltos en el ciclo hegemónico que culmina – ofrece nuevas posibilidades de construcción de entendimientos entre movimientos sociales emergentes que se expresan desde racionalidades y con voces sin cabida en la geocultura que implosiona. El detalle de esos entendimientos en casos particulares será diverso, pero sus lineamientos fundamentales ganan cada día en claridad: gobierno basado en el consenso; autoridad funcional, no jerárquica ni de casta; igualdad sustentada en la equidad; armonía en las relaciones sociales, y en las interacciones entre sistemas sociales y sistemas naturales, y una producción centrada en valores de uso, y en la valoración de los recursos a partir de la función que cumplen en los ecosistemas que los proveen.
Lo esencial, ahora, es que los sectores oprimidos – siempre a la defensiva, siempre empujados a la dispersión por el acoso incesante de los opresores- despliegan capacidades de iniciativa y concertación que habían estado ausentes de la política latinoamericana desde la década de 1980. Una vez más: no hay en nuestra América batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. Volvemos al camino que va de Martí a Mariátegui, y allí al Che, a la Teología de la Liberación y a los movimientos sociales nuevos. El pequeño género humano que dio de sí a Bolívar ha dicho otra vez ¡basta!, y otra vez ha echado a andar.
Buenos Aires – Panamá, septiembre de 2009 / agosto de 2012


[1] Cuadernos de la Cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci. A cargo de Valentino Gerratana. Ediciones ERA, México, I, 276.
[2] “Después del desarrollismo”. Ponencia presentada en la conferencia “Development Challenges for the 21st Century”, Universidad de Cornell, Octubre 1, 2004.
[3] En estas circunstancias – sobre todo a partir del derrumbe del socialismo en la Unión Soviética y Europa Oriental, que hace recaer todo el peso de la crisis sobre el centro liberal – no es de extrañar que  se multipliquen lo que Gramsci llamó “fenómenos morbosos” que caracterizan la fragmentación de los marcos preexistentes de referencia y control. Tal es el caso de la creciente importancia política que adquiere la difusión de los fundamentalismos de todo tipo, regresiones populistas, fragmentación y disolución de formaciones estatales, migraciones sin control y situaciones de carácter cuasi maltusiano que asolan regiones completas, como el África subsahariana, en un marco de erosión generalizada de las formas tradicionales de autoridad moral y política y de generalización del recurso a la violencia como medio de control social.
[4] José Martí, Cuadernos de apuntes, 1881. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.
[5] Cómo Cambiar el Mundo. Marx y el marxismo 1840 – 2011. Crítica, Barcelona, pp. 143 – 144.