De Francisco y José en la cultura política nuestra

Guillermo Castro H.

“Las religiones, en lo que tienen de durable y puro,

son formas de la poesía que el hombre presiente;

fuera de la vida, son la poesía del mundo venidero:

¡por sueños y por alas los mundos se enlazan!:

giran los mundos en el espacio unidos,

como un coro de doncellas,

por estos lazos de alas.

Por eso, la religión no muere,

sino se ensancha y acrisola,

se engrandece y explica con la verdad de la naturaleza

y tiende a su estado definitivo de colosal poesía.”

José Martí, 1887[1]

Este texto ha llegado ya al sexto aniversario de su versión original, cuando Francisco se acerca a sus doce años de responsabilidad papal y Martí a los 130 de su vida en nosotros. Es bueno el momento, cuando los problemas de nuestra transición civilizatoria parece agravarse sin esperanza visible de solución, para regresar por la espiral del tiempo al pasado a través del presente y examinar lo escrito ayer como si lo hubiera sido para mañana.

Decíamos entonces que, a lo largo de su formación y sus labores en la Iglesia católica, y desde ella, el Papa Francisco había forjado cuatro principios que articulan su labor pastoral.[2] Estos principios, más allá de su naturaleza teológica, sintetizan aquella larga tradición social, cultural y política de nuestra América que encontró una de sus expresiones más afortunadas en 1891, al advertirnos José Martí que entre nosotros “no hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”[3]

Estos principios facilitan comprender tanto la gestión del Papa – que busca renovar su Iglesia y preservar su unidad en un mismo empeño -como las relaciones entre esa gestión y las modalidades de incidencia que su pontificado anima y promueve en la vida de nuestras sociedades. No es casual el primero de el primero de esos principios nos advierta que el tiempo es superior al espacio: para Mercedes de la Torre,por ejemplo, esto “permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos”, poniendo procesos en marcha, en la confianza de que el tiempo “ilumina y transforma los eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno”. [4]

El segundo principio nos dice que la unidad prevalece sobre el conflicto, pues favorece la construcción de soluciones de consenso a los grandes y pequeños problemas de la vida en el cambio de épocas que nos ha tocado vivir. Esta construcción no es un mero ejercicio de ingeniería política. Por el contrario, ocurre a partir de “una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda.”

El tercer principio tiene especial pertinencia en nuestra cultura política. Nos advierte que la realidad es más importante que la idea, con todo lo que eso implica en una región concebida y construida a partir del empeño de élites sucesivas de imponer la civilización a la barbarie, el progreso al atraso, y el desarrollo al subdesarrollo en lo que fue de 1750 a 1950, y desde fines del siglo XX, el pensamiento único en muy diversas manifestaciones.

Aquí, como en los dos principios anteriores, se hace evidente el vínculo entre el pensar de ambos coterráneos a casi 130 años de distancia. Para Martí, en efecto,

La ciencia, en las cosas de los pueblos, no es el ahitar el cañón de la pluma de digestos extraños, y remedios de otras sociedades y países, sino estudiar, a pecho de hombre, los elementos, ásperos o lisos, del país, y acomodar al fin humano del bienestar en el decoro los elementos peculiares de la patria, por métodos que convengan a su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él. Lo demás es yerba seca y pedantería.”[5]

Por contraste, la superioridad de lo real expresa la rica y compleja historia del proceso de formación de las identidades características de nuestras sociedades. Las experiencias de esa historia, por ejemplo, afloran en el texto que Martí dedicara en 1891 a advertir sobre las primeras expresiones del expansionismo norteamericano sobre nuestra América. “A lo que se ha de estar”, dijo entonces “no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente.” Y pasa enseguida del principio filosófico a sus implicaciones prácticas: en la política, nos dice, “lo real es lo que no se ve”, porque ella consiste en

el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos.[6]

            Esta convergencia no es de extrañar, si atendemos a la vigencia de los grandes principios estructurante del pensar martiano, como distinta a la actualidad de lo pensado por Martí en vida. De entre esos principios, destacan en particular su fe en el mejoramiento humano, la utilidad de la virtud, la intimidad del vínculo entre lo social y lo natural, y la necesidad de luchar por el equilibrio del mundo.

            De esa visión del mundo le venía entender, en términos prácticos, que en la carrera de la política “habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política”, que debía sustentarse en “el estudio de los factores reales del país.” Conocer esos elementos, decía “basta”, porque quien ponía de lado, “por voluntad u olvido, una parte de la verdad”, terminaba por caer “a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella.”[7]

La referencia martiana a la totalidad como ámbito de la política tiene una correspondencia manifiesta con el cuarto principio de Francisco, para quien el todo es superior a la parte. Esto, dice Mercedes de la Torre, permite entender “por qué el Papa está pidiendo a los movimientos eclesiales no cerrarse en sí mismos, sino ver más allá y trabajar en comunión y junto a la Iglesia universal.” Ese no cerrarse, por otra parte, no es pasivo. Más allá de las fronteras eclesiales e ideológicas, Francisco entiende que su Iglesia debe incidir activamente en la lucha por el bien común de nuestra especie, pues ambas comparten un mismo mundo y un mismo destino.

En las expresiones utópicas de ese mundo por venir resuena, desde el trasfondo cultural de nuestra América y con más vitalidad de lo que muchos imaginan, el “habrá Patria para todos o no habrá Patria para nadie” del prócer uruguayo José Gervasio Artigas. En su desarrollo a lo largo del tiempo – siempre superior al espacio – esa idea fundadora alcanzó una especial riqueza en su elaboración por José Martí, cuando afirma:

Levantando a la vez las partes todas, mejor, y al fin, quedará en alto todo: y no es manera de alzar el conjunto el negarse a ir alzando una de las partes. Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer; – y ni se ha de permitir que con  el engaño del santo nombre se defienda a monarquías inútiles, religiones ventrudas o políticas descaradas y hambronas, ni porque a estos se dé a menudo el nombre de patria, ha de negarse el hombre a cumplir su deber de humanidad, en la porción de ella que tiene más cerca. Esto es luz, y del sol no se sale.[8]

Grande, la América nuestra: si de allá venimos, y tanto compartimos, ¿hasta dónde no hemos de llegar, si somos capaces de ejercernos en la plenitud de nuestra cultura y nuestras capacidades? El Nuevo Mundo de ayer, en verdad, abre el camino al mundo nuevo de mañana, y nos incita a emprenderlo con todos, y para el bien de todos los que coincidimos en la fe en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud, nuestra unidad con la naturaleza, y en la necesidad de aportarnos en la lucha por el equilibrio del mundo.

Alto Boquete, Panamá,

2 de agosto de 2018 / 30 de noviembre de 2024


[1] “La excomunión del padre McGlynn”. El Partido Liberal, México, 1887. La Nación, Buenos Aires, 4 de septiembre 1887, con el título “El conflicto religioso en los Estados Unidos”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.XI, 242-243.

[2] Francisco (2013): “Cuatro principios para la transformación de la realidad” . Exhortación apostólica Evangelii Gaudium http://www.aciprensa.com/Docum/evangeliigaudium.pdf

[3] Y añade: “Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.” “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.”Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975: VI, 17.

[4] Mercedes De La Torre: “Los cuatro principios fundamentales del Papa Francisco”.

http://www.religionconfidencial.com/cronica_de_roma/principios-fundamentales-Papa-Francisco_0_2475352443.html

[5] “Crece”. Patria, 5 de abril de 1894. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. III, 117.

[6] “La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”. La Revista Ilustrada, Nueva York, mayo de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975: VI, 158.

[7] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975: VI, 18.

[8] Y concluye: “Patria es eso. – Quien lo olvida, vive flojo, y muere mal, sin apoyo ni estima de sí, y sin que los demás lo estimen: quien cumple, goza, y en sus años viejos siente y trasmite la fuerza de la juventud: no hay más viejos que los egoístas: el egoísta es dañino, enfermizo, envidioso, desdichado y cobarde.” “En casa”, Patria, 26 de enero de 1895. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana,1975: V, 468 – 469: 

Leave a comment