Sobre la naturaleza en el pensar martiano

Guillermo Castro H.

“Naturaleza es todo lo que existe, en toda forma -espíritus y cuerpos;

corrientes esclavas en su cauce; raíces esclavas en la tierra;

pies, esclavos como las raíces; almas, menos esclavas que los pies.

El misterioso mundo íntimo, el maravilloso mundo externo,

cuanto es, deforme o luminoso u oscuro, cercano o lejano,

vasto o raquítico, licuoso o terroso, regular todo, medido todo

menos el cielo y el alma de los hombres [palabra ininteligible] es Naturaleza.”

José Martí[1]

En el pensar martiano, la naturaleza constituye un importante elemento articulador, junto a otros como la virtud, la Humanidad, nuestra América y Cuba. Se trata de una categoría a un tiempo científica y cultural – y por tanto estética, moral, afectiva y política. Así emerge en usos que van desde sus textos tempranos sobre Guatemala y Venezuela, a los que en 1882 dedica a la muerte del filósofo Ralph Waldo Emerson[2] y del científico Charles Darwin[3], su poemario Versos Sencillos, su ensayo mayor Nuestra América[4] – ambos de 1891-, y sus cartas a María Mantilla[5], en las vísperas del permanente fulgor de su caída en combate.

            En esos significados se hace sentir la convergencia en el universo intelectual de Martí de corrientes de pensamiento que van desde el peculiar deísmo de Baruj Spinoza (1632-1677) hasta el materialismo dialéctico de Federico Engels y el positivismo de Herbert Spencer. La huella de Spinoza, por ejemplo, se hace sentir cuando en 1882 se pregunta

“¿Pero está Dios fuera de la tierra? ¿Es Dios la misma tierra? ¿Está sobre la Naturaleza? ¿La naturaleza es creadora, y el inmenso ser espiritual a cuyo seno el alma humana aspira, no existe? ¿Nació de sí mismo el mundo en que vivimos? ¿Y se moverá como se mueve hoy perpetuamente, o se evaporará, y mecidos por sus vapores, iremos a confundirnos, en compenetración augusta y deleitosa, con un ser de quien la naturaleza es mera aparición?”[6]

Y, de allí, a afirmar en 1883 que “A Dios no es necesario defenderlo; la naturaleza lo defiende.”[7]

            Al propio tiempo, ese vínculo coincide con el momento de la geocultura del sistema mundial en que Federico Engels resalta dos etapas en el proceso histórico de formación de la ciencia como campo del saber. La primera, correspondiente al siglo XVII, es aquella en que se separa de la teología, para afirmar “la inmutabilidad absoluta de la naturaleza”, la cual, cualquiera fuese su origen “una vez presente permanecía siempre inmutable, mientras existiera”, – lo cual abría a crítica, por ejemplo, la credibilidad de los milagros.

Con ello, en oposición a la historia de la humanidad, “que se desarrolla en el tiempo”, a la naturaleza “se le atribuía exclusivamente el desarrollo en el espacio”, negando “todo cambio, todo desarrollo” en ella. Esa situación empezó a cambiar con la publicación en 1755 de la Historia universal de la naturaleza y teoría del cielo, de Immanuel Kant, en la cual “La cuestión del primer impulso fue eliminada; la Tierra y todo el sistema solar aparecieron como algo que había devenido en el transcurso del tiempo.” Ahora, la Tierra pasaba a ser el resultado  de un proceso de “devenir y de cambio”, [8] del que hacían parte su estado geológico, geográfico y climático, como sus plantas y animales. Todo ello vino a encontrar respaldo con el desarrollo de la ciencia en campos como la geología, la física, la astronomía, la química y la biología, que se vio coronada con la publicación de El Origen de las Especies, de Charles Darwin, en 1859.

En ese entorno, Martí asumió y mantuvo como un problema de primer orden el vínculo entre la ciencia como forma específica del conocer, y la cultura, como campo más amplio del saber. Para 1875, cuando era un joven intelectual de 22 años de edad que colaboraba en México en una publicación vinculada al liberalismo radical de su tiempo, se refirió a la ciencia como “el conjunto de los conocimientos humanos aplicables a un orden de objetos, íntima y particularmente relacionados entre sí”, precisando que ella era “el fundamento de conocer: no es el resultado de haber conocido.”[9] Y agregó enseguida una observación que vendría a ser constante en su relación con el mundo natural:

Lo verdadero es lo sintético.  En el sistema armónico universal, todo se relaciona con analogías, asciende todo lo análogo con leyes fijas y comunes. Como desde las eminencias abarcan los ojos extensión mayor de tierra, desde el resultado concreto, desde la ley común y fija, desde la deducción análoga que de la contemplación de los seres resulta, abárcase y compréndese número mayor y naturaleza clara de los seres creados.[10]

Desde allí pudo decir Martí, ya en la década de 1880, que los hechos eran “la base del sistema científico, sólida e imprescindible base, sin la cual no es dado establecer, levantar edificio alguno de razón”, agregando enseguida una observación que sería especialmente importante en este terreno a todo lo largo de su vida:

Pero hay hechos superficiales, y profundos. Hay hechos de flor de tierra y de subsuelo. Y a veces, así como el rostro suele ser diverso del hombre que lo lleva, así la forma y aparente del hecho es contraria a su naturaleza escondida y verdadera. Y hay hechos del mundo del espíritu.”[11]

Y a esto agregó una observación que atribuye el vínculo entre esos hechos de carácter diverso, pero interdependientes entre sí, a la interacción constante entre la especie humana y su entorno natural en términos que bien podrían encontrar lugar en la historia ambiental latinoamericana. “Cuando se estudia un acto histórico, o un acto individual,” dijo,

cuando se los descomponen en antecedentes, agrupaciones, accesiones, incidentes coadyuvantes e incidentes decisivos, cuando se observa como la idea más simple, o el acto más elemental, se componen de número no menor de elementos, y con no menor lentitud se forman, que una montaña, hecha de partículas de piedra, o un músculo hecho de tejidos menudísimos: cuando se ve que la intervención humana en la Naturaleza acelera, cambia o detiene la obra de ésta, y que toda la Historia es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana, parecen pueriles esas generalizaciones pretenciosas, derivadas de leyes absolutas naturales, cuya aplicación soporta constantemente la influencia de agentes inesperados y relativos.[12]

            Aquí hay dos elementos de especial interés. Uno consiste en esa “intervención humana en la Naturaleza” -que Engels remite al trabajo como medio orgánico de relación entre ambas partes-, y hace de la Humanidad parte activa en la historia de lo biosfera.[13] El otro, en el rechazo de Martí a aquellas “generalizaciones pretenciosas, derivadas de leyes absolutas naturales”, características del cientificismo positivista dominante en la cultura del Estado liberal oligárquico, que él sometería a tan dura crítica a todo lo largo de su obra.

            De ese rechazo vendría el reconocimiento a “aquel combate entre la imaginación americana y el molde trasatlántico”[14]. En ese reconocimiento anuncia, además, el del derecho de los pueblos de nuestra América a construir desde sí mismos, y para sí, sus relaciones con su entorno natural, para crear su propio mundo nuevo en el viejo Nuevo Mundo del colonialismo Noratlántico. Desde allí, dijo,

el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.[15]

Y a eso solo cabe agregar lo que el propio Martí diría cuatro años después: que “Esto es luz, y del sol no se sale.”[16]

Alto Boquete, Panamá, 21 de noviembre de 2023


[1] “Juicios. Filosofía” / 2. s.f. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XIX, 364.

[2] “Emerson”. La Opinión Nacional, Caracas, 19 de mayo de 1882. Ibid., XIII, 17-32.

[3] “Darwin ha muerto”. La Opinión Nacional, Caracas, julio de 1882. Ibid., XV, 371-382.

[4] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 15-22

[5] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XX, 207-220.

[6] “Emerson”. La Opinión Nacional, Caracas, 19 de mayo de 1882. 1975, XIII, 26- 27,

[7] “Agrupamiento de pueblos”. La América, Nueva York, junio de 1883. Ibid., VII, 326.

[8] Engels (1875): “Introducción a la Dialéctica de la Naturaleza”. C. Marx, F. Engels. Obras Completas en Tres Tomos. Editorial Progreso, Moscú, 1974. III, 45.

[9] “Escenas mexicanas”. Revista Universal, México, 18 de junio de 1875.Ibid., VI, 233 – 234.

[10] Ídem.

[11] Artículos varios: “Serie de artículos para La América”. Ibid., XXIII, 44.

[12] Ídem

[13] Engels, Federico (1876): “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. Ibid, III: 66-79.

[14] “Rafael Pombo”. Colombia, s.f. Ibid., VII, 408.

[15] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Ibid., VI, 17.

[16] “En casa”, Patria, 26 de enero de 1895. Ibid. V, 468 – 469.

Panamá: la novedad en el centro

Guillermo Castro H.

Dos elementos de especial importancia se combinan en la crisis por la que atraviesa Panamá. En lo económico, al decir de un comentarista que opta por permanecer anónimo, la economía panameña – tras los problemas que enfrentan los servicios financieros y la exportación de servicios legales debido a escándalos como el de los Panama Papers -, depende hoy de actividades que ya han llegado o están por llegar a un punto de maduración. Tal es el caso de los servicios logísticos – el Canal, el aeropuerto internacional de Tocumen y los puertos, que -asume un lego-, encaran el problema de que el rendimiento de lo invertido en esos servicios tenderá a ser decreciente.

Ante esa situación, emerge en la región Nor Occidental del litoral Atlántico, poco poblada y mal integrada al territorio nacional, una transnacional canadiense que viene explotando desde hace años – al amparo de un contrato declarado inconstitucional por la Corte Suprema de Justicia ya en 2017– un gran yacimiento de cobre. La ilegalidad de esa situación, y el impacto ambiental de esa explotación, han generado el más amplio movimiento de protesta social desde la promovida por la llamada Cruzada Civilista, que en 1987 puso en crisis al régimen militar establecido tras la muerte del General Omar Torrijos, y precedió al golpe de Estado de diciembre de 1989.

Han sido notables la amplitud de ese movimiento, y la tenacidad de su. Esas virtudes, con todo y ser frágiles, y fácilmente perecederas, han llevado a un nuevo nivel de deterioro al régimen político establecido tras aquel golpe de Estado. La protesta, en efecto, ha recogido el descontento acumulado con la subordinación del poder del poder Legislativo al intento del Ejecutivo de aprobar una nueva versión del viejo contrato, que no resuelve las causas de su inconstitucionalidad. Todo el peso de la crisis reposa ahora sobre el poder Judicial, pues la Corte Suprema de Justicia debe pronunciarse ante media docena de denuncias contra el contrato de marras.

De momento, han ocurrido dos importantes novedades políticas. Por un lado, la completa parálisis de los partidos políticos en vísperas de las elecciones presidenciales y legislativas previstas para el 5 de mayo de 2024. La bajura de su perfil no puede ser más conspicua, tras haber acaparado hasta hace quince días la vida política del país con sus disputas, acusaciones mutuas y negociaciones de alianzas. A eso se agrega hoy un hecho novedoso, que podría llegar a tener gran trascendencia si sobrevive a su éxito inicial.

Se trata de la movilización contra la empresa minera – y contra la minería metálica a cielo abierto – de un gran número jóvenes estudiantes y profesionales, con amplio respaldo en las capas medias de la capital y del interior del país. Esa resistencia, de claro corte patriótico, ha tenido dos consecuencias en particular. Por un lado, ha creado un centro de facto en el sistema político, que se ubica entre la derecha y la izquierda tradicionales en el país. Por otro, ha establecido a los problemas ambientales como un tema relevante en la agenda nacional.

Con ello, esa agenda tiende hoy a articular el crecimiento económico incierto con la inequidad persistente y la degradación ambiental constante en la vida política de un país cuyos sectores dominantes no han estado en capacidad de percibir la relación entre esos problemas, señalada por el papa Francisco ya en 2015 al plantear urbi et orbi que

Cuando se habla de “medio ambiente”, se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados. Las razones por las cuales un lugar se contamina exigen un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad. Dada la magnitud de los cambios, ya no es posible encontrar una respuesta específica e independiente para cada parte del problema. Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza.[1]

Por su parte, la izquierda que tenemos – encabezada por el sindicato de trabajadores de la construcción, asociaciones de educadores del sector público, un conglomerado de pequeñas organizaciones políticas y otras de pueblos originarios, en particular el gnobe-buglé de la región Occidental, fronteriza con Costa Rica – ha impuesto el cierre de vías de comunicación que crea el riesgo de paralizar sectores completos de la economía nacional para exigir que el contrato sea derogado de inmediato. La derecha, a su vez, ha optado por denunciar la tolerancia del poder Ejecutivo ante tales cierres, y exigir la intervención de la fuerza pública para garantizar la libre circulación. Entretanto, el nuevo centro -por así llamarlo – ha optado por una estrategia de persistencia no violenta, a la espera de lo que decida la Corte Suprema.

Lo que ocurra una vez declarada – o no – la inconstitucionalidad del contrato minero aún no es objeto de discusión pública. Tampoco se previó lo que ocurriría si el gobierno relegaba al olvido lo discutido en la mesa de diálogo con las organizaciones sociales que paralizaron el país en julio de 2022. Aún no parecen estar dadas la condiciones para ese tipo de debate. De momento, todas las partes operan a partir de objetivos de corto plazo, y ninguna ha estado en disposición – o capacidad – de presentar una estrategia que ofrezca al país la posibilidad de encaminarse a una situación de prosperidad equitativa, sostenible y democrática.

En esta cortedad de miras radica el problema mayor. Pocas veces, como ahora, ha sido tan importante lo que advirtiera José Martí a todos los pueblos de nuestra América en 1887, cuando empezaban a incubarse para todos los problemas que todos enfrentamos hoy:

Agitar, lo pueden todos; recordar glorias, es fácil y bello: poner el pecho al deber inglorioso, ya es algo más difícil: prever es el deber de los verdaderos estadistas: dejar de prever es un delito público: y un delito mayor no obrar, por incapacidad o por miedo, en acuerdo con lo que se prevé.[2]

Alto Boquete, Panamá, 16 de noviembre de 2023


[1] Carta Encíclica Laudato Si’ Del Santo Padre Francisco Sobre el Cuidado de la Casa Común. Cursivas: GCH.

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

[2] “Discurso en conmemoración del 10 de octubre de 1868, en Masonic Temple, Nueva York. 10 de octubre de 1887.” Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV, 218.

Panamá: estar a lo real.

Guillermo Castro H.

“A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu.

Lo real es lo que importa, no lo aparente.

En la política, lo real es lo que no se ve.

La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior,

los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país

de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos.”

José Martí, 1891[1]

Panamá ha conocido en estas semanas manifestaciones masivas de descontento social y protesta política. En lo inmediato, esas protestas han tenido por objeto el rechazo a una transnacional minera que desde hace veinte años viene explotando a cielo abierto un enorme yacimiento de cobre y oro en los linderos del Corredor Biológico del Atlántico Mesoamericano, al amparo de un contrato declarado inconstitucional por la Suprema Corte de Justicia del país veinte años atrás. En lo mediato, sin embargo, la protesta se ha dirigido contra el régimen político establecido a partir del golpe de Estado de diciembre de 1989, que de 1990 acá ha tolerado primero, y ampliado año con año después, este tipo de manejos de los recursos de la Nación.

            Ese repudio había tenido ya una primera expresión en las grandes movilizaciones de protesta ocurridas en julio de 2022, encabezadas por organizaciones sociales de base popular que reclamaban el derecho de las capas medias y los trabajadores a recibir del Estado tanto apoyo, al menos, como el que éste le ofrece al conjunto mayor del sector empresarial. Aquel movimiento obligó a los organismos gubernamentales a dialogar con las organizaciones sociales para acordar ese apoyo en ámbitos como los de la atención en salud, la seguridad social, la educación y el incremento constante en los precios de los productos de primera necesidad. De allí resultó una serie de propuestas que el Estado remitió de inmediato al olvido, salvo en casos puntuales como el subsidio al precio de los combustibles.

            Este año la situación ha sido distinta. A las protestas contra la minera – y contra la minería metálica a infierno abierto, como la ha llamado uno de nuestros poetas– se sumó la denuncia del deterioro de la vida política, particularmente en lo relativo al incremento del clientelismo, la desmesura de los privilegios del poder legislativo, y el claro interés del gobierno en otorgar a la empresa minera un nuevo contrato, que en la práctica establecía un nuevo enclave colonial en el país.

A eso se agregó un elemento nuevo en la política criolla: la movilización masiva de estudiantes, profesionales y trabajadores que habían sido niños en 1989 o nacieron después, sin llegar a conocer más vida política que la organizada por el régimen establecido a partir de aquel golpe de Estado. Así las cosas, el alcance y la riqueza de estas movilizaciones inaugura, en la práctica, una etapa nueva en la historia política de Panamá. De ella puede decirse, con José Martí, que

Precede a las grandes épocas de ejecución, como la sazón a la madurez, un movimiento espontáneo de almas por donde conoce el observador la realidad oculta a los que sólo la quisieran ver coronada de flores, y en cuanto ven espinas, ya niegan que sea realidad. De un lado decrecen, sin más fuerzas que las necesarias para sostener el catecismo importado, las criaturas oscilantes y apagadizas de la colonia, que no aciertan a mantener definitivamente con el brazo las libertades a que aspiran con la razón; y de otro crecen, con el orden intuitivo y oportuno de la naturaleza, las fuerzas creadoras que de los elementos coloniales deshechos compondrán, bajo la guarda del mar y la historia, la nación futura.[2]

            La sociedad panameña ha ingresado, así, en una crisis que no encontrará solución en ningún intento de retorno al estado de cosas anterior. Esta crisis ha tenido su expresión principal en el rechazo al contrato minero, condenado como un intento de venta del país y su patrimonio a un consorcio de empresas extranjeras. En ese plano, el gobierno nacional intentó sustentar su interés en otorgar el contrato en los beneficios económicos que traería al país, sin llegar a captar que aquello que estaba en disputa no era el precio que se ponía al interés nacional, sino el interés de los ciudadanos en que su nación no fuera vendida.

            Algo cambió de julio del 22 a noviembre del 23, y ese algo ha dejado descolocados en mayor o menor medida a todos los participantes en el proceso político que vive el país. Unos, espantados de corazón o por encargo, advierten una negra agenda del comunismo, que busca crear el caos para hacerse con el poder. Otros parecen creer que estamos en un torbellino que gira en dirección a una transformación revolucionaria aún por definir. Y la mayoría silenciosa de quienes dependen de su trabajo para vivir aspira a ver a su país convertido en una república moral, próspera, equitativa y sostenible.

            Es a favor de estos últimos que soplan los vientos del cambio. En efecto, lo que está en crisis aquí es un modelo de desarrollo cuyas raíces se remontan al siglo XVI, que organizó el país en función de la demanda de servicios de tránsito interoceánico, y del beneficio de quienes controlan la oferta de esos servicios, que hoy han venido a ser de apoyo a la circulación del capital a escala global. La columna que soporta toda la producción de riqueza y toda la generación de pobreza en Panamá consiste en una Plataforma de Servicios Transnacionales estructurada en torno al canal interoceánico.

Esa plataforma incluye hoy, además, un Centro Financiero Internacional, y servicios de logística, transporte, telecomunicaciones y sedes de empresas transnacionales. La labor de constituir la plataforma venía en curso desde la década de 1970; se aceleró a partir de la transferencia del Canal del gobierno de los Estados Unidos al de Panamá, y hoy parece acercarse al límite sus posibilidades de expansión.

Así las cosas, el paso al extractivismo minero fue percibido como un mecanismo para sostener un proceso de crecimiento económico basado en el despilfarro de las ventajas comparativas del país – como la abundancia de agua, biodiversidad, y de posibilidades de conectividad interoceánica e interamericana – que no contempla como un problema la creciente inequidad en el acceso de la población al progreso técnico y sus frutos, como alguna vez definió Raúl Prebisch al desarrollo. Tal es, a fin de cuentas, lo que cabe en la racionalidad de esta modalidad de organización del país, su territorio y su población que ya crea más problemas de los que puede resolver.

      En el caso del Canal, por ejemplo, la concentración de la población y la inversión en el corredor interoceánico ha terminado por afectar las cuencas de los ríos que proveen el agua para el funcionamiento de la vía interoceánica y el consumo de los habitantes del enclave. Esto solo podrá ser resuelto incrementando la competitividad de la ventaja comparativa representada por la capacidad de los ecosistemas panameños para garantizar el abastecimiento de agua y preservar la biodiversidad del país.

Esto solo podrá lograrse vinculando la innovación tecnológica al cambio social, en términos que permitan ampliar la base social del mercado nacional, y articularlo de manera mucho más eficiente a los servicios que ofrece el enclave canalero para ampliar y diversificar sus actividades productivas. La lógica que sustenta la racionalidad del enclave minero no solo conspira contra las necesidades del país, sino que además lo hace contra la posibilidad misma de hacer sostenible el desarrollo humano en el Istmo.

Hemos llegado, en breve, al momento de reconocer que han quedado atrás para siempre los días en que se proclamaba que sin Canal no podía haber país. Ahora ingresamos a una fase nueva en nuestra historia, en la que descubrimos que sin país no habrá Canal. Así las cosas, cerramos con Martí la reflexión que él nos ayudó a iniciar: “En cosas de tanto interés”, nos dijo, “la alarma falsa fuera tan culpable como el disimulo. Ni se ha de exagerar lo que se ve, ni de torcerlo, ni de callarlo. Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se les puede evitar. Lo primero en política, es aclarar y prever.”[3]

Alto Boquete, Panamá, 8 de noviembre de


[1]  “La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”. La Revista Ilustrada, Nueva York, mayo de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 158.

[2] “Las Antillas y Baldorioty Castro”. Patria, 14 de mayo de 1892. IV, 405.

[3] “Congreso Internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias. I. Nueva York, 2 de noviembre de 1889”. La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de 1889. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 46-47.