Construir la certidumbre

Guillermo Castro H.

“la vida no es sólo el comercio ni el gobierno, sino es más,

el comercio con las fuerzas de la naturaleza y el gobierno de sí:

de aquéllas viene éste: el orden universal inspira el orden individual:

la alegría es cierta, y es la impresión suma;

luego, sea cualquiera la verdad sobre todas las cosas misteriosas,

es racional que ha de hacerse lo que produce alegría real,

superior a toda otra clase de alegría, que es la virtud:

 la vida no es más que ‘una estación en la naturaleza’.”

José Martí, 1882[1]

La crisis general que está en curso en el sistema mundial tiene una dimensión socioambiental que ha de ser decisiva en su desarrollo. Allí viene tomando cuerpo una contradicción entre la geocultura y la geopolítica del sistema que se hace sentir en la creciente tensión que tiene lugar entre el pensar económico y el ecológico como ejes dominantes en el análisis de los problemas que genera esa crisis en su desarrollo.

Esa tensión se expresa, por ejemplo, en la organización de los campos del saber generada por el desarrollo del capitalismo hacia mediados del siglo XIX, a partir de la segregación de las ciencias de lo natural, de lo social y de lo humano. En ese plano, la crisis socioambiental plantea problemas que demandan establecer vínculos cada vez más fecundos entre esos campos, como los que toman forma en torno a la discusión sobre el Antropoceno, esta “época actual, en la que los humanos y nuestras sociedades nos hemos convertido en una fuerza geofísica global.”[2]

Desde allí, por ejemplo, hemos podido enriquecer nuestra comprensión de los vínculos entre la biosfera, como ámbito del planeta en el que la vida crea las condiciones para su propia existencia, y actúa así como una fuerza geológica, y la noosfera, que resulta de la transformación de la biosfera por la actividad de la especie humana. [3] Con ello, podemos ver que el Antropoceno se expresa hoy como una noosfera enloquecida desde la Gran celeración en la que vinieron a culminar, a mediados del siglo XX, las contradicciones entre la especie humana y su entorno natural forjadas por el desarrollo del capital desde fines del siglo XVIII.[4]

Esa noosfera enloquecida ha generado ahora la transición a un nuevo sistema Tierra, que continuará con o sin la presencia de los humanos. Vemos desplegarse por el planeta una expansión incesante del extractivismo, sobre todo en el Sur global, acompañada por un colapso incremental de ecosistemas y de la pérdida de la biodiversidad que albergan, y de una  creciente variabilidad climática. La expansión de los conflictos socioambientales contribuye a masificar migraciones internacionales desde el caos incremental que azota al Sur hacia el Norte en el que los eventos climáticos extremos encienden las alarmas de las compañías aseguradoras.

El gran conflicto cultural y político que anima a esta transición es aquel que enfrenta la necesidad sistémica de un crecimiento económico sostenido para la acumulación infinita de ganancias, con la necesidad de luchar por la sustentabilidad del desarrollo humano. La compleja magnitud de estos problemas ha generado ya un creciente clima de incertidumbre en nuestras sociedades, que resulta paralizante y aun regresivo cuando sirve de caldo de cultivo a toda la fauna de pastores y profetas del apocalipsis que medra en las redes sociales, y en algunos sectores del ambientalismo.

Esta circunstancia demanda construir una certidumbre sustentada en la capacidad de nuestra gente para el mejoramiento humano, para el ejercicio de la utilidad de la virtud, y para luchar por el equilibrio del mundo. Esa certidumbre es indispensable para recurrir al debate como catalizador del cambio político – esto es, como un ejercicio de cultura en acto – que permita trascender el catastrofismo para avanzar en la lucha por la sustentabilidad.

Esto demandará abordar el ambiente como el producto de relaciones históricas entre las sociedades humanas y su entorno natural, para identificar las opciones de cambio que resultan de esa historia ambiental. En nuestra circunstacia, construir la certidumbre sobre nuestra capacidad para encarar la crisis socioambiental es imprescindible para encarar problemas globales desde las realidades glocales en que la crisis se hace sentir en primer término. Esto ayudará a entender que si deseamos un ambiente distinto, será necesario construir – desde lo glocal hacia lo global – una sociedad que sea diferente en su capacidad para generar un desarrollo humano sustentado en una prosperidad equitativa y democrática.

Identificar los rasgos fundamentales de esa diferencia, y los medios para construirla, es el mayor desafío del saber en el Antropoceno. Se trata, en breve, de construir una ruta de tránsito hacia el trabajo con la naturaleza y ya no contra ella, pasando de una visión ecológica de la crisis a una socioambiental, que vincule la innovación tecnológica al cambio social que demanda la sustentabilidad del desarrollo humano.

A fin de cuentas, la fuente mejor de la certidumbre que demanda esta tarea nos vienede nosotros mismos. La crisis socioambiental, en efecto, ha venido a constituir en nuestra América espacios de encuentro cada vez más amplios entre movimientos sociales y culturales de resistencia al despojo y la devastación, que nos dan voz y actitud propias en la batalla global por la sustentabilidad del desarrollo humano.

Así, desde nosotros mismos podemos decir, como lo hiciera José Martí cuando el antropoceno iniciaba el camino que lo llevaría a la Gran Aceleración cuyas consecuencias padecemos hoy, que

Estos países se salvarán porque, con el genio de la moderación parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.[5]

Alto Boquete, Panamá, 19 de abril de 2024


[1] “Emerson”. La Opinión Nacional, Caracas, 19 de mayo de 1882. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XIII, 24.

[2] Steffen, Will; Crutzen, Paul J. Crutzen and McNeill, John R.: “The Anthropocene: Are Humans Now Overwhelming the Great Forces of Nature?”. Ambio Vol. 36, No. 8, December 2007 Royal Swedish Academy of Sciences 2007, 615. http://www.ambio.kva.se https://openresearch-repository.anu.edu.au/bitstream/1885/29029/2/01_Steffen_The_Anthropocene%3A_Are_Humans_2007.pdf

[3] Al respecto: Vernadsky, Vladimir (2007): La Biosfera y la Noosfera. Ediciones lVIC / Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. https://pdfcoffee.com/v-i-vernadsky-la-biosfera-y-la-noosfera-pdf-free.html

[4] Al respecto, la plenitud de la conciencia con que fue llevada a cabo la devastación de ecosistemas y culturas completas por las potencias coloniales en la periferia del mercado mundial es puesta en evidencia en Fressoz, Jean-Baptiste (2014): “Losing the Earth knowingly. Six environmental grammars around 1800”, ilustra.

https://www.academia.edu/19596740/_Loosing_the_earth_knowingly_Six_environmental_grammars_around_1800_in_Hamilton_Gemenne_and_Bonneuil_The_Anthropocene_and_the_global_environmental_crisis_Routledge_2014

[5] Martí, José: “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Ibid. VI, 19-20.

Aludir al futuro, eludir el presente

Guillermo Castro H.

“¿Cómo es posible pensar en el presente

o un presente bien determinado

con un pensamiento elaborado

para problemas del pasado

a menudo bien remoto y superado?

Si esto sucede, significa

que se es “anacrónico” en el tiempo propio,

que se es fósiles

y no seres modernamente vivientes.”

Antonio Gramsci[1]

Cuando nos proponemos ver el mundo de cierta manera, y no de otra, es bueno definir esa visión con la debida propiedad. Si aspiramos a un desarrollo humano que sea sostenible, por ejemplo, conviene reflexionar sobre el contenido de los términos de esa expresión.

Esto puede parecer simple, pero no es sencillo. Esos términos, para empezar, se refieren a circunstancias que debemos construir desde una realidad ya construida, y no a partir de metas ya establecidas a las que debemos llegar. Todos ellos, además, constituyen expresiones originadas en el pasado que deseamos superar, y a menudo se presentan en forma de metáforas que expresan más (y menos) de lo que parecen decir a primera vista.

Ese es por ejemplo el caso de la sostenibilidad, asociada normalmente a la expresión “desarrollo sostenible”. De ese desarrollo se dice poco que vaya más allá de la necesidad de encontrar alguna solución duradera a los graves conflictos que hoy aquejan a las relaciones de las sociedades humanas entre sí, con sus propios integrantes, y con su entorno natural. En este terreno, las Humanidades nos ayudan a comprender mejor el lugar que ocupa esa carencia en el proceso mayor de la historia natural de la especie humana, a partir del examen de la función que desempeñan las metáforas en la formación del conocimiento.

La metáfora, en efecto, posee la capacidad de combinar simultáneamente a múltiples significados no excluyentes entre sí. Así lo hace José Martí al decir que su verso es “como un puñal / que por el puño echa flor” y al mismo tiempo “un surtidor / que da un agua de coral”. Esto le permite aludir a aquellos factores de incertidumbre que nutren las situaciones de malestar en la cultura, facilitando el paso de la intuición a la certeza, y de ésta a la acción. 

En esta tarea, la metáfora operar mediante intercambios muy diversos entre campos distintos de la cultura y el conocimiento. Así, por ejemplo, la comprensión básica de nuestras relaciones de el mundo natural se ve facilitada cuando nos referimos a la naturaleza como una madre generosa que trabaja para sostener a sus hijos, pero que puede también someterlos a duro castigo si éstos abusan de ella.

A la inversa, la noción de desarrollo – heredera de las de civilización y progreso, y de los fósiles correspondientes a la vida pasada de la que surgieron esas nociones – opera a partir de la apropiación, por parte de las ciencias sociales, de un concepto proveniente de la biología, que designa el proceso de formación, maduración y muerte de los organismos vivientes. La metáfora, sin embargo, alude y elude a un tiempo el sentido más profundo de aquello que señala.

Así, al atribuir al excluir del desarrollo como categoría social y económica la muerte del organismo que se desarrolla, atribuye un carácter natural a hechos de carácter cultural, limitando la posibilidad de comprender las contradicciones que los animan. En este sentido, visto como metáfora, el desarrollo sostenible alude al agotamiento de aquella visión del mundo que, entre las década de 1950 y 1970, sintetizó en el desarrollo (sin adjetivos) la esperanza de que el crecimiento económico sostenido permitiera que el progreso técnico y sus frutos llegaran a toda la Humanidad, y garantizara bienestar social y participación política crecientes para todos.

Sin embargo, la metáfora del desarrollo sostenible elude al propio tiempo referir ese agotamiento al de las condiciones históricas en que tomó forma aquel concepto original. En verdad, el desarrollo del que se trata es el de nuestra especie a lo largo de los últimos diez mil años en su doble dimensión biológica y sociocultural. Los problemas de ese desarrollo incluyen, por supuesto, aquellos que se derivan de las condiciones creadas por ese proceso en el curso de los últimos cinco siglos – y del XX en particular.

Esas condiciones van desde el extraordinario crecimiento del número de los humanos hasta la formación de nuestra primera comunidad mundial, el despliegue de formas de intervención en la naturaleza y de niveles de producción de bienes y desechos sin precedentes. En el proceso, las formas de relación social y cultural que hicieron posible todo esto vinieron a entrar en contradicción creciente con las necesidades que se derivan de esos resultados.

La metáfora, aquí, elude considerar el hecho de que ese proceso general tiene una historia particular, y no puede ser confundido con las formas históricas que contribuyeron a su despliegue hasta generar problemas nuevos y más complejos de los que en contribuyó a resolver. Esto nos obliga a decidir si aún cabe subordinar el desarrollo humano a la preservación de una forma histórica de organización social que hoy conspira contra sus bases naturales de sustentación, o si va llegando la hora de encarar la construcción de formas nuevas de socialidad, que faciliten el pleno aprovechamiento de las enormes conquistas que ha logrado nuestra especie en materia de ciencia y tecnología.

Asumir esta disyuntiva obliga a trascender la metáfora del desarrollo sostenible, para pasar del problema de hacer sostenible una forma histórica particular del desarrollo humano, a encarar la necesidad de encontrar y construir las formas nuevas que hagan sostenible ese desarrollo en el futuro. Hoy, en suma, ya resulta evidente que nuestro desarrollo será sostenible por lo humano que llegue a ser y que ese carácter tiene y tendrá su expresión más clara en nuestras capacidades para la cooperación solidaria.

Haber llegado a esta disyuntiva constituye quizás el mayor de nuestros logros como especie. La forma en que la encaremos definirá no solo nuestro destino en el planeta en que ha tenido lugar el desarrollo de nuestra especie que hemos llegado a ser a lo largo de los últimos dos millones de años, al menos.

Alto Boquete, Panamá, 26 de marzo de 2024


[1] Gramsci, Antonio, 1999: Cuadernos de la Cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci. Ediciones ERA, México. IV, Cuaderno 11 (1932 – 1933): “Apuntes para una introducción y una iniciación en el estudio de la filosofía y de la historia de la cultura”, p. 245 – 247.