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Doctor en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995 Campos de trabajo: historia ambiental, ecología política, cultura de la naturaleza

Ucrania desde nos

Ucrania desde nos

Guillermo Castro H.

“En cosas de tanto interés, la alarma falsa fuera tan culpable como el disimulo.

Ni se ha de exagerar lo que se ve, ni de torcerlo, ni de callarlo.

Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima,

sino cuando se les puede evitar.

Lo primero en política, es aclarar y prever.”

José Martí[1]

Se atribuye al estratega chino Sun Tzu haber definido la victoria como el control del equilibrio Pocos países hubiera imaginado uno con la capacidad de Ucrania para ejercer el papel de un centro de equilibrio entre Europa y Eurasia, por su posición geográfica, su historia y su riqueza. En cambio, a partir de 2014 optó por convertirse en un protectorado de la OTAN, que ni siquiera la invita a participar en las negociaciones para evitar una guerra que se libraría en su propio territorio.

Al respecto, un artículo de Ilán Semo,[2] señala que en el 2020, el ingreso per capita de Ucrania –3 mil 726 dólares por persona– era un poco más bajo que el de El Salvador –3 mil 796 dólares–. “No siempre fue así”, añade, “Desde la muerte de Stalin,” quien “castigó duramente” al mundo rural durante la colectivización de la tierra entre 1928 y 1934, Ucrania

devino una de las repúblicas más prósperas de la región. Desde los años 50, Moscú trasladó a su territorio la construcción integral de los aviones Antonov, la industria de los reactores nucleares, sus bases enteras de submarinos atómicos (situadas en Crimea precisamente) y la convirtió en el granero soviético.

Sin embargo, al desaparecer la Unión Soviética, la mayor parte de las empresas que fueron privatizadas “cayeron en manos de una de las más inverosímiles oligarquías modernas.” Así,

Cuatro grupos empresariales (concentrados en la construcción, la banca, la producción de alimentos, los medios de comunicación y el comercio) acabaron concentrando 70 por ciento del ingreso nacional. Aunque la mayor parte de ese ingreso proviene de dos fuentes: la renta que Rusia paga a Kiev por permitir el paso de su gas hacia Europa y las exportaciones de trigo a través de los puertos del mar Negro. Desde los años 90, se promulgó una ley que hizo posible (y protege) la concentración de 80 por ciento de la tierra fértil en manos de 21 latifundistas. […] A partir de 1993, la pauperización de los trabajadores del campo y la ciudad resultó prácticamente salvaje. Otro de los ingresos vitales lo representan las remesas anuales de 10 millones de ucranianos, los cuales trabajan estacionalmente en Europa. Cuatro millones de jóvenes han emigrado para siempre. Todos y cada uno de los presidentes (incluido el actual, Volodymyr Zelensky) han provenido de esta casta seudoempresarial.

Esta situación ilustra lo dicho por Immanuel Wallerstein a fines del siglo XX, cuando señaló que la desintegración de la Unión Soviética anunciaba el fin del sistema mundial organizado por los vencedores en la Gran Guerra de 1914-1945, y aceleraría la descomposición de las estructuras de mediación social y política en todos los Estados que integran ese sistema. Conviene recordar, si, que la garantía mayor en el equilibrio de ese sistema – más allá del control por el FMI de una economía mundial dolarizada, o del papel del Consejo de Seguridad de la ONU como garante del equilibrio político del subsistema internacional – fue la Destrucción Mutua Asegurada, como llamaron algunos a un eventual enfrentamiento guerra nuclear entre las dos grandes potencias de la época: Estados Unidos, con el respaldo de la OTAN, y la Unión Soviética, con el del Pacto de Varsovia.

Muchos asumieron que el fin del equilibrio bipolar de 1945 – 1989 abría paso finalmente a un mundo unipolar, organizado por y para la llegada de “el siglo norteamericano” en la historia universal. Ese siglo, sin embargo, tardó apenas diez años en empezar a desintegrarse a partir del brutal atentado contra los miles de trabajadores que ocupaban las Torres Gemelas de Nueva York en el año 2001.

Tras esa acción criminal, de los rescoldos de la Guerra Fría emergió la “guerra sin fin” contra el terrorismo – como la llamara el presidente George W. Bush -, librada en “los rincones más oscuros del mundo” como Afganistán, Irak, Libia, Somalía y Siria, por mencionar algunos ejemplos. A ello se agregó, con la aniquilación de la antigua Yugoeslavia – el desmembramiento del antiguo campo socialista europeo y la limpieza ideológica de sus fragmentos, usualmente a cargo de fuerzas políticas conservadoras colindantes con el fascismo, en países como Hungría, Polonia y (justamente) la Ucrania que vemos hoy.

Ese acontecer, además, liberó al viejo orden mundial de las restricciones que limitaban el despliegue de sus propias contradicciones en las distintas sociedades que lo integraban, incluyendo a la Federación Rusa y los Estados Unidos, cuya democracia liberal se cuenta entre las víctimas de este proceso. Con ello ocurrió lo impensable, pues la batalla por la conquista de la unipolaridad ha venido a convertirse en su contrario: la creciente multipolarización del sistema mundial, visible en casos como los de China, Rusia y, a escala menor aún, India y Brasil.

De esa variante inesperada no ha estado ausente Europa. La salida de la Unión Europea de Gran Bretaña, la creciente autonomía de Alemania y Francia y el carácter retrógrado de los regímenes de Europa Central quizás ayude a entender la reticencia de varios miembros de la OTAN a involucrarse en Ucrania al nivel en que los Estados Unidos lo necesitaría para demostrar en el exterior el liderazgo que la administración Biden no puede mostrar en casa.

En este proceso, nos dice Semo, la nueva oligarquía ucraniana en contró en el nacionalismo europeísta “la fórmula para desmantelar las protestas contra la casta local y construir un nuevo enemigo: la minoría rusa que habita las regiones del este y el sur del país.” El problema, añade, fue que “nunca calculó la respuesta: el secesionismo”, que llevó a la población de Crimea y de la región del Don por integrarse a Rusia, ofreciendo a Estados Unidos la justificación para desatar la crisis mediante una confrontación militar que en la que Ucrania, Europa y Rusia pondrían el mayor número de víctimas y de territorios arrasados.

En esta circunstancia, dice Semo, lo que interesa a la OTAN – que no necesariamente a la Unión Europea -, consiste en “continuar replegando la zona de influencia rusa en Europa, como ha sucedido desde 1993.” Ante esta situación, por cierto el actual presidente de Ucrania, ganó las elecciones de 2021 con el lema “Ni la OTAN, ni Rusia”, lo cual, observa Semo, podría ser “la autentica aspiración de la población ucrania: una postura similar a la que ocupa Finlandia desde la Segunda Guerra Mundial en Europa.” Faltará ver si llega a tener el valor de hacer ahora lo que propuso entonces, o seguirá esperando por una invitación a la mesa en que se discute el destino de la patria de todos los ucranianos.

Alto Boquete, Chiriquí, 4 de febrero de 2022


[1]: “Congreso Internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias. I. Nueva York, 2 de noviembre de 1889”. La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de 1889. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI: 46 – 47

[2] “Ucrania: el subsuelo de la crisis”. La Jornada, México, 3 de febrero de 2022. https://www.jornada.com.mx/2022/02/03/opinion/015a2pol

Antropoceno al Sur

Guillermo Castro H.

El Antropoceno se ha instalado de manera permanente en el debate ambiental. Se trata del entorno en que habrá de definirse el papel del ambiente que hemos creado en el destino de la especie que somos. Como suele ocurrir, sin embargo, en el debate sobre los orígenes del Antropoceno – ubicado en la década de 1950 – no aparecen referencias significativas a la transición ocurrida entonces desde la organización colonial del mercado mundial a su organización interestatal (o internacional, en el lenguaje cotidiano).

            En ese debate, el papel reservado al Sur es remitido sobre todo el incremento de la población – desde unos 2000 millones hasta cerca de 8000 – entre 1950 y comienzos del siglo XXI. En cambio, ocupa un lugar privilegiado el incremento en el consumo de energía generada con combustibleas fósiles, y el gigantesco crecimiento de la producción industrial y agrícola ocurrido en el mundo Noratlántico o financiado desde allí, que ha incluido una enorme acumulación de desechos – incluyendo los llamados Gases de Efecto Invernadero -, el colapso de ecosistemas, y la pérdida de servicios ecosistémicos y biodiversidad.

De un modo igualmente carácterístico en la geocultura del moderno sistema mundial, el debate sobre el Antropoceno tampoco suele considerar el papel cumplido en ese proceso por las transformaciones políticas, económicas y sociales que convergen en la crisis que hoy padecemos. La referencia más relevante al tema data de 1992, y vino del Sur dieciocho años antes de que el término Antropoceno entrara en escena desde el Norte.

El 12 de junio de aquel año, en su intervención ante la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo celebrada en Rio de Janeiro, el entonces presidente de Cuba, Fidel Castro, planteó allí lo siguiente:

Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre.

Ahora tomamos conciencia de este problema cuando casi es tarde para impedirlo.

Es necesario señalar que las sociedades de consumo son las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente. Ellas nacieron de las antiguas metrópolis coloniales y de políticas imperiales que, a su vez, engendraron el atraso y la pobreza que hoy azotan a la inmensa mayoría de la humanidad. Con solo el 20 por ciento de la población mundial, ellas consumen las dos terceras partes de los metales y las tres cuartas partes de la energía que se produce en el mundo. Han envenenado los mares y ríos, han contaminado el aire, han debilitado y perforado la capa de ozono, han saturado la atmósfera de gases que alteran las condiciones climáticas con efectos catastróficos que ya empezamos a padecer.

Los bosques desaparecen, los desiertos se extienden, miles de millones de toneladas de tierra fértil van a parar cada año al mar. Numerosas especies se extinguen. La presión poblacional y la pobreza conducen a esfuerzos desesperados para sobrevivir aun a costa de la naturaleza. No es posible culpar de esto a los países del Tercer Mundo, colonias ayer, naciones explotadas y saqueadas hoy por un orden económico mundial injusto. […] El intercambio desigual, el proteccionismo y la deuda externa agreden la ecología y propician la destrucción del medio ambiente. […] Hágase más racional la vida humana. Aplíquese un orden económico internacional justo. Utilícese toda la ciencia necesaria para un desarrollo sostenido sin contaminación. Páguese la deuda ecológica y no la deuda externa. Desaparezca el hambre y no el hombre. […] Mañana será demasiado tarde para hacer lo que debimos haber hecho hace mucho tiempo.[1]

En efecto, la Gran Aceleración que abrió paso al Antropoceno, en efecto, tiene uno de sus focos de origen en la transformación de la organización original del mercado mundial como un sistema colonial entre 1750 y 1950, en uno interestatal – al que se suele llamar internacional – tras la Segunda Guerra Mundial, en el mismo proceso que condujo a la dolarización del mercado mundial.

No es el caso discutir aquí las razones por las que desapareció el sistema colonial tras la Gran Guerra. Sin duda, su costo de operación debe haber aumentado muchísimo en lo político como en lo militar, y debe haber ocurrido también una disminución de sus beneficios para las potencias coloniales como para las burguesías de las colonias.

Importa destacar, en cambio, que la conformación de esa comunidad de estados nacionales y la dolarización de los intercambios comerciales entre sus integrantes abrió a la explotación y el comercio enormes reservas de recursos naturales, fuerza de trabajo y capacidades de intercambio y consumo que los regímenes de monopolio colonial no estaban en capacidad de movilizar. Dicho en breve, la Raubwirstchaft o “economía del atraco”[2], característica del sistema colonial, conoció un extraordinario proceso de ampliación y diversificación a partir de la década de 1950, que llevó a su extremo el carácter desigual y combinado del desarrollo del mercado mundial.

Desde esta perspectiva de análisis cabría afinar, precisar y sustentar mejor todo el debate en torno a la globalización, planteándola como un camino antes que como un destino. Hacerlo es imprescindible para comprender la diversidad de opciones inherentes a ese camino, y precisar los problemas de orden político  que plantea la gestión del Antropoceno por los herederos de los herederos de quienes lo pusieron en movimiento. Porque en verdad, los pueblos que fueron coloniales serán parte de esa solución, o no habrá solución alguna para la especie que somos todos.

Alto Boquete, Panamá, 9 de enero de 2022


[1] Discurso pronunciado en Río de Janeiro por el comandante en jefe en la conferencia de naciones unidas sobre medio ambiente y desarrollo, el 12 de junio de 1992. (Versiones Taquigráficas – Consejo de Estado). https://rds.org.co/es/novedades/discurso-de-fidel-castro-en-conferencia-onu-sobre-medio-ambiente-y-desarrollo-1992

[2] https://context.reverso.net/traduccion/aleman-espanol/Raubwirtschaft. El término “raubwirstchaft” fue incorporado al debate científico por el geógrafo francés Jean Brunhes (1869-1930). Brunhes incluyó en el contenido del término, además del saqueo de los recursos naturales por parte de los colonialistas, la destrucción de las sociedades y culturas de los pueblos colonizados.En 1910 definió en su obra Principios de geografía humana de Francia su método, “que se ordena en torno a tres series de «hechos esenciales»: la ocupación improductiva del suelo (casas y carreteras); la conquista de plantas y animales (cultivos, ganado) y de la economía que él llama “destructiva” (devastación animal, vegetal y explotaciones minerales).” https://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Brunhes

El ambiente en el colibrí

Guillermo Castro H.

Tres décadas ha durado ya el imperio de la combinación de los males del viejo liberalismo oligárquico con los del neoliberalismo…oligárquico. Allí han coexistido en mutua atracción y repulsión los descendientes de los señores de ayer, y los ascendentes de la lumpen burguesía que va dando de si los de su pasado mañana. Y desde allí, también, nuestra América ha ingresado en una crisis “multimodal” – para decirlo en el lenguaje elegante de los organismos interestatales -, en que se combinan un crecimiento económico incierto, una inequidad social persistente, una disfuncionalidad institucional creciente, y una degradación ambiental constante.

            Esos problemas no pueden ser resueltos por separarado. Tal solución, en efecto, depende de nuestra capacidad para comprender las relaciones que guardan entre sí, y el peso relativo de cada uno en la crisis generada por las modalidades que esas relaciones adoptan en la circunstancia que nos ha tocado encarar. Podemos entender, por ejemplo, que la contradicción principal que anima al conjunto es el conflicto entre una producción cada vez más integrada y unas sociedades cada vez más fragmentadas. Pero debemos entender, también, que el aspecto principal de esa contradicción radica, hoy, en la dimensión ambiental de la crisis general, que ya genera una amenaza para el desarrollo de la especie humana.

La lucha contra esa amenaza, que surge del conflicto entre la especie y el entorno natural del que depende su existencia, cuenta con un recurso invaluable en el corazón mismo del legado cultural de José Martí: la fe en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud, y en el poder transformador del amor triunfante. Desde aquí cabe regresar una y otra vez a aquel “cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria.”[1]

En lo que hace a la dimensión ambiental de la crisis, la primera de esas verdades consiste en la necesidad de abordar los problemas que hoy afectan a nuestro entorno natural a partir del principio de la interdependencia universal de los fenómenos, que Federico Engels planteó con gran sencillez en 1876, en su texto – desgraciadamente inconcluso – El Papel del Trabajo en la Transformación del Mono en Hombre. Allí señaló que en la naturaleza

nada ocurre en forma aislada. Cada fenómeno afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de ésta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples.[2]

Desde allí resulta más sencillo entender otra verdad elemental: que la especie humana crea su propio ambiente mediante el trabajo, que constituye su vínculo orgánico con el medio natural, en un proceso constante en el que al propio tiempo se forma y transforma a sí misma. De ese modo,  los animales se limitan a “utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina.” 

Este dominio, sin embargo -como bien sabemos hoy-, puede producir el riesgo de nuestra propia extinción. De aquí la importancia de recordar una tercera verdad, que nos advierte que después de cada una de nuestras victorias la naturaleza “toma su venganza”, con lo cual

A cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somo capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente.[3]

Una cuarta verdad nos recuerda que en el proceso de modificar su entorno natural mediante el trabajo, la especie humana se modifica también a sí misma y modifica sus formas de existencia. Con ello, a lo largo del tiempo cada sociedad ha producido un ambiente y unos paisajes que le han sido característicos.

Esto nos lleva a una quinta verdad en el ala del colibrí: la que nos dice que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear una sociedad diferente, que tenga como guía en la interacción con su entorno la necesidad de trabajar con la naturaleza, no contra ella, para cambiar con ella, y no forzarla a cambiar. Esa verdad se hace evidente a través del cúmulo enorme de desastres en que ha venido a desembocar la historia de nuestras modalidades de interacción con el entorno natural, que hoy alcanzan una escala planetaria, en cuyo marco ha sido formulada la hipótesis del Antropoceno.

            Ese término define con cierta precisión científica – en lo que hace a las ciencias de la naturaleza, en primer término – el impacto humano sobre el sistema Tierra a partir de la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII y, en particular, de la llamada “Gran Aceleración” de los resultados de esa revolución entre las décadas de 1950 y 1990. En ese sentido, el Antropoceno vendría a estar asociado a la transición entre la organización colonial del mercado mundial entre 1650 / 1950, y la subsiguiente organización interestatal / internacional de ese mercado – que de 1990 en adelante ha ingresado a un proceso de nueva organización transnacional al que se ha venido designando con el término “globalización.

En verdad, hemos participado, sin saberlo ni quererlo, de un extraordinario desarrollo de las fuerzas productivas asociado a la liberación del acceso del capital a las enormes reservas de fuerza de trabajo y recursos naturales de la periferia del sistema mundial, que antes se veía limitado por el sistema colonial.  Todo ello, además, legitimado y promovido por el discurso organizado en torno a la opción entre el desarrollo y el subdesarrollo, dominante en el moderno sistema mundial, donde vino a subsumir y sustituir a los discursos precedentes organizados en torno a la opción entre la civilización y la barbarie, primero, y el progreso y el atraso, después.

En todo caso, la discusión en torno al Antropoceno estimula la formación de nuevas perspectivas analíticas que expresan la transición desde una geocultura organizada en torno a la acumulación incesante de ganancias, hacia otra que toma cuerpo en torno a la sostenibilidad del desarrollo de la especie que somos – y de las formas de organización del trabajo intelectual correspondientes, en todos los campos del saber y en todos nuestros ámbitos de existencia.

En esto, el ambientalismo debe recordarnos a lo que Martí decía de sí mismo en sus Versos Sencillos, de 1891: “Yo vengo de todas partes / y hacia todas partes voy / arte soy entre las artes / y en los montes, monte soy”. Desde allí, también, vemos al ambientalismo incorporarse a aquel vasto proceso cultural planteado por Antonio Gramsci al señalar que

La filosofía de la praxis presupone todo este pasado cultural, el Renacimiento y la Reforma, la filosofía alemana y la Revolución francesa, el calvinismo y la economía clásica inglesa, el liberalismo laico y el historicismo que se encuentra en la base de toda la concepción moderna de la vida. La filosofía de la praxis es la coronación de todo este movimiento de reforma intelectual y moral, cuya dialéctica es el contraste entre cultura popular y alta cultura. Corresponde al nexo de Reforma protestante más Revolución francesa: es una filosofía que es también política y una política que es también filosofía.[4]

Alto Boquete, Panamá, 20 de diciembre de 2021


[1] “Maestros Ambulantes “. La América. Nueva York, mayo de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII: 288 – 292.

[2] “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. Editorial Progreso, Moscú, 1969:385.

[3] Engels (1969:387)

[4] Gramsci, Antonio: Introducción a la filosofía de la praxis. Selección y traducción de J. Solé Tura.

Panamá: del agua y el poliedro

Panamá: del agua y el poliedro

Guillermo Castro H.

El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes,

donde cada punto es equidistante del centro

y no hay diferencias entre unos y otros.

El modelo es el poliedro,

que refleja la confluencia de todas las parcialidades

que en él conservan su originalidad.

Francisco[1]

El agua ha venido a convertirse en un asunto de primer orden al calor – es un decir – de la crisis ambiental. Esa transformación deja dos elementos en evidencia. En primer lugar, que el agua es un elemento natural muy abundante; en segundo, que es un recurso natural cada vez más escaso, si de demanda humana se trata. Distinguir y relacionar esos elementos entre sí facilita comprender el papel que desempeña el agua en nuestra relación con el entorno natural del que depende nuestra existencia.

El agua, en efecto, es un elemento clave en el metabolismo de la biosfera. En lo que nos toca, además, el agua desempeña un papel fundamental en el metabolismo entre toda sociedad y su entorno natural. Así, Nicolo Gligo y Morello resaltan la importancia de ese factor en nuestro desarrollo en su artículo “Notas sobre la historia ecológica de la América Latina”, publicado en 1980, considerado como un texto inaugural de la historia ambiental en nuestra América. Allí nos dicen que en la América anterior a la conquista europea, el desarrollo civilizatorio “se estructuró en torno del recurso básico del agua”, a partir de “dos tipos de civilizaciones hidráulicas: las que manejaron excedentes de agua en ambientes anegadizos[…] y las que regaron en ambiente árido, llamada andina.”[2]

La noción de “manejo” así empleada nos remite a rasgos específicos del papel del agua en nuestra relación con el entorno natural. Todos los seres vivientes, en efecto, usan el agua como elemento natural. La especie humana, sin embargo, la transforma en un recurso natural para su propia reproducción, lo cual incluye – entre otras cosas -, la acumulación y el traslado de ese recurso a donde lo requieran los procesos de producción que esa reproducción demanda.

En este sentido, el agua tiene una historia natural como tiene una historia social. La síntesis de ambas constituye su historia ambiental. Así, el historiador norteamericano Donald Worster, en su artíuclo “El agua en la historia moderna”[3], se refiere al papel de la gestión del agua en la producción de su propio ambiente por los seres humanos, en el marco del proceso de formación y expansión del mercado mundial.

En el curso de ese proceso se formó, dice Worster, “una cofradía de ingenieros”, a partir de la experiencia ganada por los países que hoy llamamos desarrollados en el desarrollo de infraestructuras de  gran escala para la gestión centralizada del agua en sus posesiones coloniales, y en sus propios territorios. De esa experiencia, agrega, “los ingenieros del agua aprendieron […] la absoluta necesidad de un gobierno central que planificara y manejara la propiedad del agua. La conquista [del agua] demandaba el compromiso del Estado, su dinero, su autoridad, su poder burocrático.” (2001:65)

La construcción del Canal de Panamá por el Estado norteamericano entre 1904 y 1914 desempeñó un importante papel en ese aprendizaje. Los ingenieros a cargo de la tarea aprovecharon y enriquecieron lo aprendido por los ingleses en la India y los franceses en Suez, y de los errores cometidos por estos en Panamá en la década de 1880.

Dicho en breve, la abundancia de agua en la región escogida para construir el canal había sido un obstáculo frecuente para el tránsito interoceánico por tierra. Sin embargo, la construcción del canal de esclusas convirtió el poder destructivo del agua del río Chagres como elemento natural en la capacidad productiva del agua transformada en recurso mediante la construcción de los lagos artificiales de Gatún y Miraflores, en las vertientes Atlántica y Pacífica del Istmo.

En este caso, además, la construcción estuvo a cargo de una empresa estatal, cuya autoridad fue preservade mediante la creación de una Zona del Canal cuyo control conservaría el Estado norteamericano hasta la ejecución del Tratado Torrijos-Carter entre 1979 y 1999. Así, la cultura del agua generada por la construcción y operación del Canal – una auténtica cultura hidráulica de corte autoritario, para utilizar la expresión de Karl Wittfogel –[4] quedó constreñida a la Zona, mientras en el resto del territorio persistió una pluvicultura más que milenaria.

De allí resultó un conflicto básico entre un enclave hidráulico inserto en una sociedad pluvícola o, si se quiere entre una extrema centralización y una tendencia constante a la fragmentación del control. A partir de la la década de 1970, la construcción hidroeléctricas ha dado lugar a la formación de nuevos enclaves de cultura hidráulica, en constante conflicto con comunidades campesinas e indígenas de carácter pluvicultural.

Ese proceso, además, se ha extendido a las principales ciudades del país, en las que predomina un bajo nivel de participación social en la gestión del agua recurso, mientras el agua como elemento a menudo es vista como fuente de riesgos de inundación o contaminación. Todo esto se agrava ante una creciente incertidumbre ante efectos del cambio climático y problemas de adaptación al mismo a través de la mitigación de sus efectos.

En todo el país se está a la espera de lo que haga al respecto un Estado de gran resistencia al cambio, a través de gobiernos que se relevan cada cinco años. Sin embargo, el problema del agua es ambiental en su sentido abstracto, científico, pero en su práctica concreta es un problema de ecología política, esto es, de grupos sociales distintos que aspiran a hacer usos mutuamente excluyentes de un mismo recurso.

Panamá necesita como nunca antes crear las condiciones sociales y políticas necesarias para vincular ciencia y experiencia en la gestión del elemento agua de un modo que garantice la producción del agua como recurso. Un objetivo así demanda fomentar el patrimonio natural de la sociedad mediante el fomento de su patrimonio cultural y sus capacidades para la participación de todos en la gestión del recurso de todos.

En verdad, si se desea una ambiente distinto, es necesario crear una sociedad diferente. Para este caso, como para la crisis ambiental toda, esa sociedad será diferente – entre otras cosas – en la medida en que sea poliédrica y no esférica en su visión del mundo, y en su modo de ejercer en la práctica esa visión, con todos y para el bien de todos.

Alto Boquete, Panamá, 18 de marzo de 2021


[1] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 236. Del Santo Padre Francisco a los Presbíteros y Diáconos, a las personas consagradas y a los fieles laicos sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. Tipografía Vaticana, 2013.

[2] Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en la América Latina. Selección de Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo. Fondo de Cultura Económica, México, 1980. Dos tomos. I:129.

[3] Cuadernos Nacionales. Segunda Época, No. 2. Universidad de Panamá, Instituto de Estudios Nacionales, 2001: 59-75.

[4] “The Hydraulic Civilizations”, 1956, en Man’s Role in Changing the Face of the Earth, The University of Chicago Press, 1967. Traducción de Guillermo Castro H. Para Wittfogel la cultura hidráulica corresponde a un tipo de sociedad cuya existencia depende de la gestión del agua a gran escala en territorios muy amplios, lo que a su vez genera un Estado altamente centralizado, burocratizado y despótico, como lo fue el de la Zona del Canal. Esa cultura, por otra parte, se expande más allá de las áreas de control hidráulico directo.

Del Antropoceno como futuro

Del Antropoceno como futuro

Guillermo Castro H.

            Desde fines del siglo XX el sistema mundial ingresó en un período de transición desde lo que había parecido ser una era de paz y progreso hacia en un futuro cargado de tensiones que se ampliaron con rapidez desde lo económico y lo político hacia lo ambiental. Ya en el siglo XXI, esa transición dio lugar a un período de incertidumbre económica, inequidad persistente, degradación ambiental y creciente disfuncionalidad institucional en lo grande como en lo pequeño.

En ese marco de descomposición gradual, la pandemia de COVID 19 irrumpió como un parteaguas. Lo que hasta entonces parecía discurrir de manera dispersa, emergió en conjunto para desatar la crisis más compleja que ha encarado la Humanidad desde la década de 1930.

Esa crisis ha coincidido, además, con la etapa culminante de la llamada Gran Aceleración en la interacción de los humanos entre sí y con la biosfera, en curso desde la década de 1950. Esa aceleración – visible en el doble fenómeno del impacto humano sobre la biosfera y del crecimiento de la población – ha hecho parte de un periodo aún más amplio de nuestra historia ambiental, llamado el Antropoceno.

Así, para los historiadores John McNeill y Peter Engelke, el Antropoceno constituye una etapa en la historia del sistema Tierra en la cual “las acciones humanas” -en particular las vinculadas a la creciente dependencia de los combustibles fósiles- “se sobreponen a la tranquila persistencia de los microbios y los interminables bamboleos y excentricidades en la órbita de la Tierra.” [1]  Para ambos, además, si bien hasta hoy el Antropoceno y la Gran Aceleración coinciden, la segunda lo hace como fase culminante de la transición hacia el primero, que está en curso desde fines del siglo XVIII, como un resultado no previsto de la Revolución Industrial.

La Gran Aceleración, en efecto, “no durará mucho, ni puede hacerlo”, pues el rápido crecimiento demográfico tiende a estabilizarse y empezará a declinar, al tiempo que “la era de los combustibles fósiles concluirá.” Estas tendencias, agregan, “deberían bastar para desacelerar la Gran Aceleración y moderar el impacto humano sobre la Tierra. Eso no llevará al fin del Antropoceno, pero sin duda lo conducirá a una nueva etapa en su desarrollo”.[2] Esa nueva etapa, añaden, “perdurará por largo tiempo en el futuro”. Y aun si alguna calamidad sacara de escena a nuestra especie en ese futuro, “el impacto de nuestras pasadas generaciones perdurará por milenios en la corteza terrestre, en la evidencia fósil y en el clima.”

            El ingreso a esa nueva etapa – que bien podría haber empezado ya, teniendo en la pandemia una expresión del carácter caótico propio de las fases iniciales de toda transición histórica de largo alcance – fomentará el desarrollo de nuevas formas de convivencia humana, si nuestra especie desea sobrevivir. Así, las instituciones políticas, económicas y culturales que conocemos, “formadas en un contexto de desmesura sin precedentes en el uso de los recursos y en el crecimiento económico, deben evolucionar ahora hacia formas compatibles con el Antropoceno – o abrir camino a sus sucesoras”, por poderosas que sean “las inercias intelectuales, sociales y políticas” en el curso de la historia.

            Por contraste con los tiempos que vivimos, dicen, aun cuando el mundo de entre 1750 y 1950 era tumultuoso en muchos aspectos, había confianza en el comportamiento general del clima y en el acceso combustibles fósiles en apariencia inagotables. Esa circunstancia ha cambiado. Ahora, “el clima es menos estable y el sistema Tierra busca un curso sin precedentes”, y el pensamiento y las instituciones “evolucionarán en nuevas direcciones más compatibles con el Antropoceno.” Ya que no podemos salir de esta etapa de la historia del planeta que sostiene nuestro desarrollo, tendremos que ajustarnos a ella “de una u otra manera.”[3]

            Cualquiera sea el resultado de esta crisis civilizatoria, ocurrirá en el entorno global creado por la civilización que se agota: aquella creada por el capitalismo a partir del desarrollo del primer mercado mundial, tan magistralmente descrita por Marx y Engels en El Manifiesto Comunista, hace más de 170 años. Esa civilización, al crear los medios para su propia expansión, creó también los recursos de conocimiento que nos permiten identificar sus límites y advertir el agotamiento de su capacidad para sostenerse en el tiempo.

Hoy, si deseamos hacer sostenible nuestro propio desarrollo como especie, debemos encarar la tarea de crear sociedades distintas a las surgidas en la primera fase del Antropoceno. De este modo, el Antropoceno como categoría histórica resalta la importancia de lo ambiental como dimensión política activa en la transición en curso. Esa transición, decía Immanuel Wallerstein hacia 2003-2005, tenía un alto margen de incertidumbre, pues era muy posible que

en 2050, cuando el capitalismo haya dejado de existir, vivamos en un sistema tanto o más jerárquico e inequitativo que el actual. Pero también es posible que vivamos en un sistema histórico relativamente democrático e igualitario. El resultado será decidido por la actividad política de cada uno ahora y en los 25-50 años por venir. Alcanzar la victoria política dependerá en buena medida de una buena comprensión analítica de las alternativas históricas, así como de un claro compromiso moral con una visión alternativa.[4]

El compromiso moral inherente a esa visión ha tenido múltiples expresiones a lo largo de las luchas por una sociedad más democrática e igualitaria. Una de esas expresiones tiene especial valor en nuestros tiempos de bancarrota del neoliberalismo: la ofrecida en 1888 por por el socialista y ambientalista inglés William Morris, al plantear que

La riqueza es lo que la naturaleza nos ofrece, y lo que un hombre razonable puede hacer para el uso razonable de esos dones. La luz del sol, el aire fresco, alimento, vestimenta y alojamiento dignos y necesarios; la acumulación de conocimientos de todo tipo y el poder de diseminarlos; medios libres de comunicación entre los hombres; obras de arte…todas las cosas que sirven al placer de las personas, de manera libre, viril e incorrupta. Esto es riqueza, y no puedo imaginar otra cosa que valga la pena poseer que no corresponda a una u otra de estas características.[5]

Alto Boquete, Panamá, 28 de marzo de 2021


[1] McNeill, McNeill y Engelke, Peter (2014:2): The Great Acceleration. An environmental history of the Anthropocene since 1945. The Belknap Press of Harvard University Press.

[2] Ibid., 209.

[3] Ibid., 211

[4] “The Ecology and the Economy: What is rational?”. http://fbc.binghamton.edu

[5] Apud Foster, John Bellamy (2020:104): The Return of Nature. Socialism and ecology. Monthly Review Press, New York. Morris (1834-1896), fue un diseñador y arquitecto de gran relevancia crítica en cultura de la Inglaterra victoriana. Fue también uno de los primeros marxistas de ese  tiempo en abrir a discusión los problemas de la cosificación de las relaciones humanas, y de las de los humanos con el mundo natural en la fase ascendente del capital monopólico que triunfaría en la Gran Guerra de 1914-1945 y culminaría la transición de la fase colonial a la internacional en el desarrollo del mercado mundial.

Un hombre en su tarea

Un hombre en su tarea

Guillermo Castro H.

Injértese en nuestras Repúblicas el mundo;

pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas.

Y calle el pedante vencido;

que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo

que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.

Jose Martí[1]

El historiador ambiental costarricense Anthony Goebbel McDermott ha publicado en el Oxford Handbook of Central American History el capítulo titulado “Land and Climate in Central American History”.[2] Allí, dice el autor, procura ofrecer una visión de conjuntode las relaciones entre las sociedades humanas y el mundo natural en Centro América, desde los comienzos de asentamiento humano hasta el presente. Al respecto, dice,

Los principales hallazgos revelan de qué manera los rasgos biofísicos del Istmo condicionaron profundamente el desarrollo cultural y material, al desempeñar un papel a la vez decisivo e inadvertido en la formación de las sociedades humanas que alguna vez habitaron la región, como siguen haciéndolo en el presente. [Al respecto] la historia regional puede ser pensada como un largo y complejo de transición socioecológica, cuyo corolario es el significativo despilfarro de la mayor riqueza que ha ostentado este espacio geográfico desde los orígenes del asentamiento humano: su diversidad biológica y cultural.

Para Goebbel, lo más importante de su trabajo consiste en que sirva como un insumo “para el desarrollo de la historia ambiental en Centroamérica, que aunque siempre prometedor, se suele poner esquivo.” Esa aspiración puede ser modesta en exceso. La publicación de su texto, en efecto, hace parte del desarrollo del nuevo pensamiento ambiental de nuestra América, donde la historia ambiental latinoamericana va consolidando así su presencia en este campo del saber, que terminará por ser el de la historia general de la especie que somos.

A esa contribución de Goebbel se agrega el mérito de incursionar en la larga duración de la presencia humana en el Istmo centroamericano, de un modo que hace cada vez más evidente el vínculo entre la historia ecológica y la ambiental. Así, en el caso de Panamá, la historia ecológica se remonta a unos 6 millones de años, mientras la ambiental abarca, hasta donde sabemos, unos 14 mil. Desde esta perspectiva podemos entender mejor que toda historia ambiental es ecológica, pero no toda historia ecológica es ambiental, pero que ambas forman parte de un mismo proceso.

El aporte de Goebbel hace parte, quizás sin que él mismo lo sepa, de una discusión en curso sobre las relaciones de afinidad y contradicción entre las historias ambientales que están siendo generadas desde las distintas sociedades del planeta. Por lo mismo, tiene una gran importancia importancia para el desarrollo de la nuestra, la latinoamericana.

Con pequeños y grandes logros, en español como en portugués e inglés, la historia ambiental latinoamericana va dando cumplimiento – quizás sin saberlo- a la advertencia que nos hiciera José Martí allá en su ensayo Nuestra América en 1891, ciento treinta años atrás:

Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria.

            Martí, como sabemos, fue persona culta, atenta al desarrollo de las artes y las ideas en ambas riberas del Atlántico, y en la América nuestra. Comprendía, junto a lo mejor de la juventud educada de su tiempo, que las repúblicas debían ser construidas de abajo hacia arriba, por un proceso de creación siempre original, nunca de arriba hacia abajo por mera imitación. Y el sustrato profundo de nuestras repúblicas estaba – justamente – en la profundidad de la historia de nuestros pueblos.

“No más que pueblos en cierne, – que ni todos los pueblos se cuajan de un mismo modo, ni bastan unos cuantos siglos para cuajar un pueblo, -“ nos dijo,

no más que pueblos en bulbo eran aquellos en que con maña sutil de viejos vividores se entró el conquistador valiente, y descargó su ponderosa cerrajería, lo cual fue una desdicha histórica y un crimen natural.  El tallo esbelto debió dejarse erguido, para que pudiera verse luego en toda su hermosura la obra entera y florecida de la Naturaleza. – ¡Robaron los conquistadores una página al Universo![3]

Y sin esa página no puede ser comprendido el libro en su plenitud de futuro.

            ¿Cómo no saberlo desde Panamá? Mi gente ha sido sometida a una educación que no les permite saber que la historia ambiental de nuestra tierra abarca ya catorce mil años, que incluyen la creación de uno de los cinco centros de origen de la agricultura en nuestra América. No saben en qué cuenca residen, pero si en qué circuito votan cada cinco años, pero en cambio encuentran servido cada día en todos los medios de comunicación – incluyendo sus redes sociales – el caldo de cultivo de la desesperanza aprendida.[4]

            Aquí no se trata del rescate de una cultura perdida, sino de continuar la construcción de una nueva, capaz de expresar lo que hemos venido a ser, y lo que desde allí aspiramos a ser. Y en este caso, además, se trata del papel de la historia ambiental – la latinoamericana, y la de América Latina – en esa tarea, más importante que nunca en tiempos de amenaza de extinción, como los que nos ha tocado encarar.

Ciudad de Panamá, 17 de febrero de 2021


[1] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI:18.

[2] Robert H. Holden, editor. 2021. https://www.oxfordhandbooks.com/view/10.1093/oxfordhb/9780190928360.001.0001/oxfordhb-9780190928360,

[3] “El hombre antiguo de América y sus artes primitivas”. La América, Nueva York, abril de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII: 335.

[4] García de Paredes, Gabriel; Jácome, Andrés: “La vagancia del panameño”. https://www.revistaconcolon.com/2021/02/12/la-vagancia-del-panameno/

Tercera fase, en curso

Tercera fase, en curso

Guillermo Castro H.

“El mundo está en tránsito violento, de un estado social a otro. En este cambio, los elementos de los pueblos se desquician y confunden; las ideas se obscurecen; se mezclan la justicia y la venganza; se exageran la acción y la reacción; hasta que luego, por la soberana potencia de la razón, que a todas las demás domina, y brota, como la aurora de la noche, de todas las tempestades de las almas, acrisólanse los confundidos elementos, disípanse las nubes del combate, y van asentándose en sus cauces las fuerzas originales del estado nuevo…”

José Martí[1]

Para María Laura Herrera,

que estudia y trabaja, y razona

Las contradicciones y conflictos puestos en evidencia por la crisis detonada por la pandemia de COVID 19 han renovado el debate sobre el significado y las perspectivas de la globalización. Esta vez, ha sido asumida como un proceso en curso antes que como una fatalidad inevitable, y con ello se abre a discusión si ese proceso conduce a una transformación dentro de un orden ya vigente – en el cual China, por ejemplo desplace de su posición dominante a Estados Unidos – o a una transición hacia una nueva estructura de organización planetaria.

            El orden de que se trata, en todo caso, tuvo su origen a partir del siglo XVI, con la formación delprimer mercado mundial en la historia de los humanos. Ese mercado, como sabemos, ha conocido al menos dos grandes fases en su desarrollo hasta el presente. La primera, transcurrida entre 1650 y 1850, fue la de su constitución como un mercado colonial, organizado en torno a un grupo de economías de la cuenca del Atlántico Norte.

Esas economías llegaron a controlar la fuerza de trabajo, los recursos naturales y los mercados interiores de vastas regiones de Asia, África y nuestra América, sobre todo en el periodo que fue de 1750 a 1850. De ese proceso dijo Marx que el establecimiento del mercado mundial, al menos en esbozo, y de la producción basada sobre el mercado mundial, había sido “la misión particular de la burguesía”, que había sido completada “por la colonización de California y Australia y el descubrimiento de China y Japón.”[2]

Aun así, agregaba Marx, en un territorio mucho mayor que Europa y los Estados Unidos “el movimiento de la sociedad burguesa está todavía en ascenso”. Y en efecto, para fines del XIX aquel movimiento ascendente  dio lugar a la demanda de estados nacionales por parte de las colonias de mayor desarrollo capitalista y de lazos más estrechos con el mercado mundial, desde la India hasta Cuba.

El desarrollo de esas contradicciones dentro del sistema colonial culminó en la Gran Guerra de 1914 – 1945. A partir de allí, el mercado mundial ingresó a su segunda fase de desarrollo, pasando a constituirse en un sistema internacional – o, más precisamente, interestatal. Así, la desintegración del sistema colonial llevó a la comunidad de 51 Estados nacionales que creó la organización de las Naciones Unidas en 1945 a contar con 99 Estados en 1960, 189 en el año 2000 y 193 en 2011.[3]

Con ello, el mercado mundial pasó a estructurarse en un conjunto de mercados nacionales que comerciaban entre sí bajo la tutela de sus Estados nacionales, en una relación de interdependencia organizada para un desarrollo desigual y combinado del capital, cuyo epicentro siguió ubicado en el mundo Noratlántico. Ese desarrollo generó una acumulación de capital sin precedentes, que a su vez facilitó la formación de empresas transnacionales – en particular en los sectores financiero y tecnológico -, que para fines del siglo XX ya contaban con la capacidad de tutelar – por así decirlo – a los Estados que regulan los mercados nacionales.

Es a partir de allí que se inicia la tercera fase en el desarrollo histórico del mercado mundial, en la que estamos inmersos hoy. En esa transición se hace evidente que la solución de problemas complejos da lugar a la formación de problemas nuevos, de complejidad superior. Así, el proceso de globalización, en su primer impulso, ha venido a desembocar en una crisis general alimentada por un crecimiento económico incierto; una inequidad social persistente; una degradación ambiental constante, y una institucionalidad internacional en deterioro, que se expresa en la creciente conflictividad de la geopolítica contemporánea.

Esta crisis no ha de conducir por necesidad al derrumbe del capitalismo, aunque va modificando sin duda las formas de organización y expresión de las luchas que tienen lugar en su seno. De momento, lo que concluye es la capacidad de las burguesías (meramente) nacionales para conducir la transición desde el mercado internacional de la segunda mitad del siglo XX hacia el global, aún en proceso de formación.

Al decir de Carlos Marx y Federico Engels en 1846, “la gran industria universalizó la competencia […], creó los medios de comunicación y el moderno mercado mundial, creando así por primera vez

la historia universal, haciendo que toda nación civilizada y todo individuo, dentro de ella, dependiera del mundo entero para la satisfacción de sus necesidades y acabando con el exclusivismo natural y primitivo de naciones aisladas, que hasta ahora existía. Colocó la ciencia de la naturaleza bajo la férula del capital y arrancó a la división del trabajo la última apariencia de un régimen natural. Acabó, en términos generales, con todas las relaciones naturales, en la medida en que era posible hacerlo dentro del trabajo, y redujo todas las relaciones naturales a relaciones basadas en el dinero.[4]

Aquel mercado mundial es el que hoy se torna una vez más ingobernable. Con ello, sus administradores contemporáneos se ven en la necesidad de escoger entre el riesgo de bloquear su desarrollo, y el de estabilizarlo mediante la ampliación de su base social, garantizando su control por medios tecnológicos cada vez más sofisiticados.

La espiral de nuestra historia nos trae de vuelta, así, a una pregunta que ya fue clásica: ¿Por quién doblan las campanas? Quizás lo hacen por nuestra fe en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud y en el poder transformador del amor triunfante, como lo aprendimos de José Martí. O quizás esta vez lo hacen por los que han acumulado tanto, y tanto tienen que perder. De nosotros depende, como nunca antes.

Ciudad de Panamá, 15 de febrero de 2021


[1]Cuentos de Hoy y de Mañana, por Rafael Castro Palomares”. La América, Nueva York, octubre de 1883. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. V: 109.

[2] Marx a Engels. Londres, [8 de octubre de] 1858. Apud. Dobb, Maurice (1977): Marx como Economista. Editorial Nuestro Tiempo, México, p. 106. Fuente original: Marx, Engels (1957): Correspondencia. Editorial Cartago, Buenos Aires. La “colonización de California” tuvo lugar a partir de la derrota militar de México en la guerra contra Estados Unidos de 1848, y “el descubrimiento de China y Japón” lo tuvo a partir de la apertura forzosa de ese país al comercio exterior entre 1854 y1858, también bajo presión militar de los Estados Unidos.

[3] https://www.un.org/es/sections/member-states/growth-united-nations-membership-1945-present/index.html

[4] Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista. Capítulo I de La Ideología Alemana.

https://www.marxists.org/espanol/m-e/1846/ideoalemana/index.htm

1859-2021: de vuelta al puente sobre aguas turbulentas

Guillermo Castro H.

“con los pueblos sucede como con lo demás de la naturaleza, donde todo lo necesario se crea a la hora oportuna,

de lo mismo que se le opone y contradice.”

José Martí[1]

Seis años hacía del nacimiento de Martí en La Habana, cuando Carlos Marx publicó su Contribución a la Crítica de la Economía Política en 1859, cuyo prólogo constituye un documento de especial interés en el proceso de formación del pensar de su autor.[2]  Por un lado, allí se sintetizan en unas 600 palabras las premisas que Marx había venido elaborando desde mediados de la década de 1840 para dar forma a la visión del mundo que sirve de núcleo a ese pensar. Por otro, su brevedad y concisión otorgaron a ese texto un importante papel en la difusión de esa filosofía hasta nuestros días.

            Allí, por ejemplo, Marx aborda la estructura de lo social a partir de que en “la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales.” Enseguida, añade que el conjunto de esas relaciones de producción constituye “la estructura económica de la sociedad”, sobre la cual se levanta “la superestructura jurídica y política, y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social.” Desde esa perspectiva, el modo de producción de la vida material“condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general”, de lo cual resulta que no es la conciencia del hombre la que determina su ser “sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.”

A partir de esa caracterización general de la formación de lo social como estructura, Marx pasa a exponer el proceso de su transformación, desarrollo y muerte a lo largo del tiempo. Ese proceso, dice, se sintetiza en que

Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social.

Así, al cambiarla base económicase transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella”. Por ello, al estudiar esas transformaciones “hay que distinguir siempre entre los cambios materiales y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo.”

A esto siguen dos observaciones de especial interés para estos tiempos. La primera advierte que ninguna formación social desaparece “antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua.“ Y la segunda añade que, por eso, “la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque […] estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización.”

Estas dos observaciones son particularmente intrigantes. ¿Cuándo alcanza una sociedad el límite de su capacidad para el desarrollo de nuevas fuerzas productivas? ¿Cómo maduran las condiciones para el surgimiento de esas “nuevas y más elevadas relaciones de producción”? Y ¿cómo identifica la humanidad sus objetivos en cada fase de su historia, y el momento de gestación de las condiciones materiales que permiten plantearlos?

Estas preguntas no son poca cosa en un momento de incertidumbre como el que atraviesa el sistema mundial.[3] Las fuerzas productivas nunca han estado tan socializadas, como nunca lo ha estado la apropiación privada del producto social. Y aun así, nos encontramos sujetos a aquella circunstancia en la que, como el propio Marx lo dijera siete años antes, en 1852, en la cual los hombres “hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.”[4]

Y en verdad, hay un límite en la capacidad del pasado para orientarnos en la construcción del futuro, que solo nosotros podemos reconocer y rebasar. El riesgo es grande, pero no puede ser evitado: la sociedad que tenemos, en efecto, ha creado posibilidades inéditas para la solución de los antagonismos de los grupos sociales entre sí y con su entorno natural, y para comprobar así hasta qué punto es cierto que con esta formación social “se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana.”

Alto Boquete, Panamá, 5 de febrero de 2021


[1] “Discurso en conmemoración del 10 de octubre de 1868, en Hardman Hall, Nueva York. 10 de octubre de 1890.” Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV: 252 – 253.

[2] http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.htm

[3] Al respecto, por ejemplo: Katz, Claudio (2021) “E.E.U.U.: ¿Ocaso, supremacía o transnacionalización?”

/ https://www.alainet.org/es/articulo/210790

[4] El 18 Brumario de Luis Bonaparte. C. Marx y F. Engels, Obras escogidas en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú 1981, Tomo I, páginas 404 a 498. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm

La amplitud del nosotros

Guillermo Castro Herrera

¿Qué ha ocurrido en los Estados Unidos? ¿Da lo mismo Biden que Trump, porque cambia el gobierno, pero persiste el Estado? La respuesta elegante en ciertos sectores intelectuales es positiva: parece sagaz, y permite cultivar la imagen de intelectual a la vez crítico y escéptico.

Desde allá, sin embargo, nos llegan percepciones distintas. Una de ellas, propia de conservadores más o menos apocalípticos, se refiere a lo ocurrido como el resultado de una conspiración de las fuerzas del mal. Esa percepción encuentra amplia acogida en el trumpismo criollo, que la incorpora al caldo de sus propios delirios y procura difundirla como un mantra irrefutable.

Otros, sin embargo, nos plantean una circunstancia muy diferente. Así, por ejemplo, David Brooks – corresponsal del periódico mexicano La Jornada en Estados Unidos – nos dice que

Es desafortunado que algunas partes importantes (con excepciones notables) de las fuerzas de izquierda o progresistas en México y otros países latinoamericanos simplemente no han reconocido y felicitado la lucha de sus contrapartes en Estados Unidos. Aún peor, en algunos casos, han declarado que a fin de cuentas lo ocurrido políticamente en el norte “da igual” visto desde el sur.[1]

Y nos recuerda enseguida que “la lucha de los pueblos por la justicia, la dignidad y la autodeterminación en la coyuntura binacional e hemisférica requiere de la solidaridad en su sentido más amplio.”

            Lo ocurrido en Estados Unidos, dice Brooks, es la derrota de una versión neofacista del proyecto neoliberal contra el cual viene luchando un número creciente de organizaciones populares y democráticas de todas las Américas desde hace cuatro décadas. Y desde esa visión plantea que el triunfo logrado allá al Norte “no se llama Biden sino la derrota de un proyecto neofascista”, que abre “otra etapa más de la lucha contra el neoliberalismo”, puesto que

Para las fuerzas progresistas estadounidenses el triunfo electoral es sólo un paso necesario con el fin de continuar la lucha para la democratización fundamental de esta superpotencia que viene de muy atrás y que aún tiene largo camino por delante.

Ese triunfo, explica, se debe en gran medida a la movilización de “un mosaico de movimientos sociales progresistas en su esencia antifascistas y antineoliberales”, que van desde el de “vidas negras” hasta “organizaciones latinas y de migrantes, ambientalistas, sindicalistas progresistas y toda una gama de otras expresiones, sobre todo las de nuevas generaciones.” Y los movimientos de ese mosaico, dice, “son los aliados objetivos de toda lucha contra la derecha neoliberal en cualquier parte del mundo. O sea, son más bien nosotros”.

A esta luz, dice, Biden – sin ser la respuesta ni la solución a los problemas creados por el neoliberalismo,

.

representa algo diferente a Trump en múltiples dimensiones, pero en torno al tema de migración, medio ambiente, justicia racial y derechos de los trabajadores es diferente no porque es buena onda, sino porque los movimientos lo están obligado a proponer y promover esos cambios en política como parte de la lucha desde abajo por la democratización a fondo del país.

            Estas cosas hay que verlas también a la luz de lo mejor de la historia del pensar político de nuestra América. Así, cuando iniciaba su exilio de catorce años en los Estados Unidos, José Martí encaró en los siguientes términos los conflictos sociales que emergían allí:

En esta tierra se han de decidir, aunque parezca prematura profecía, las leyes nuevas que han de gobernar al hombre que hace la labor y al que con ella mercadea.  En este colosal teatro llegará a su fin el colosal problema. Aquí, donde los trabajadores son fuertes, lucharán y vencerán los trabajadores. Los problemas se retardan, mas no se desvanecen. Negarnos a resolver un problema de cuya resolución nos pueden venir males, no es más que dejar cosecha de males a nuestros hijos. Debemos vivir en nuestros tempos, batallar en ellos, decir lo cierto bravamente, desamar el bienestar impuro, y vivir virilmente, para gozar con fruición y reposo el beneficio de la muerte. En otras tierras se libran peleas de raza y batallas políticas.  En esta se libra la batalla social tremenda.”[2]

Lo pensado por Martí entonces vino a desembocar en el ascenso de la lucha de clases que, a mediados de esa década, culminó con la ejecución de los mártires de Chicago. Aquella fue una crisis del capitalismo monopólico en su proceso de expansión, que ya se encaminaba a su fase imperialista. Nos hace falta aún comprender mejor de qué tipo es la crisis que encaramos todos hoy, como parte de un nosotros aun más amplio y diverso del que presenta Brooks.

Pero, y sobre todo, siempre nos hará falta distinguir entre el pensar martiano y lo pensado por Martí. Ese pensar, idealista como fue, tuvo una fuerte impronta dialéctica e historicista. Esa impronta, que en lo político lo vincula estrechamente con Gramsci, por ejemplo, hace del legado de Martí un horno encendido, cuyas puertas debemos mantener abiertas para que no se vea más que la luz. Conocer lo pensado es el camino para comprender su pensar, que hoy – cuando la pregunta de orden es qué hacer – tiene más importancia que nunca.

Alto Boquete, Panamá, 29 de enero de 2021


[1] https://www.jornada.com.mx/notas/2021/01/25/mundo/american-curios-nosotros/

[2] “Carta de Nueva York”. La Opinión Nacional, Caracas, 31 de marzo de 1882. Obras Completas, 1975, IX: 277-278.

Naturaleza, trabajo, humanidad

Guillermo Castro H.

“Individuos que producen en sociedad,

o sea la producción de los individuos

socialmente determinada:

este es naturalmente el punto de partida.”

Carlos Marx[1]

En el debate sobre la crisis ambiental, suele asumirse el conflicto entre la especie humana y su entorno natural a partir de características culturales de nuestra especie para explicar nuestra conducta predatoria y destructiva. Dos factores, sin embargo, permanecen relativamente marginados en ese planteamiento. Uno es el hecho de que somos una especie natural que, como tal, se desarrolla, cambia y evoluciona en interacción con la naturaleza, la cual venía haciéndolo desde antes de nosotros, como seguirá ocurriendo cuando ya no estemos. El otro  consiste en el mecanismo de interacción entre nuestra especie y su entorno natural.

La ausencia de una categoría analítica adecuada para explicar esa interacción explica, por ejemplo, la dificultad de Vladimir Vernadsky para culminar su teoría de la transformación de la biosfera a la noosfera. El intento del gran científico ruso de subsanar esa carencia mediante el recurso al desarrollo de la tecnología a partir del dominio del fuego, confirmó que lo falso es el resultado de la exageración unilateral de uno de los aspectos de la verdad.

En efecto, el cambio tecnológico hace parte del proceso de trabajo, como elemento transhistórico del desarrollo humano. Comprenderlo como tal permite entender mejor las consecuencias de las  formas históricas en que ha sido organizado el trabajo por distintas sociedades a lo largo del tiempo. Al respecto, dice Marx, el trabajo es “en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza”. Y añade:

En el desarrollo de ese proceso el hombre se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales que pertenecen a su corporeidad, brazos y piernas, cabeza y manos, a fin de apoderarse de los materiales de la naturaleza bajo una forma útil para su propia vida. Al operar por medio de ese movimiento sobre la naturaleza exterior a él y transformarla, transforma a la vez su propia naturaleza. Desarrolla las potencias que dormitaban en ella y sujeta a su señorío el juego de fuerzas de la misma. [2]

De este modo, para Marx el trabajo debe ser entendido “bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre”, que lo distingue por su capacidad para concebir por anticipado el objeto que persigue y los medios que requiere para conseguirlo. Con ello, agrega, el trabajador, además de efectuar “un cambio de forma en lo natural”, logra un objetivo que se ha propuesto alcanzar.

Esa “actividad orientada a un fin o sea el trabajo mismo,” es ejercida mediante elementos que incluyen el objeto y los medios (tecnológicos) del proceso en cuestión. Así, la tierra – incluyendo el agua que contiene – “en el estado originario en que proporciona al hombre víveres, medios de subsistencia ya listos para el consumo, existe sin intervención de aquél como el objeto general del trabajo humano.” De esta manera,

Todas las cosas que el trabajo se limita a desligar de su conexión directa con la tierra son objetos de trabajo preexistentes en la naturaleza. […] En cambio, si el objeto de trabajo, por así decirlo, ya ha pasado por el filtro de un trabajo anterior, lo denominamos materia prima.

El medio de trabajo, por su parte, “es una cosa o conjunto de cosas que el trabajador interpone entre él y el objeto de trabajo y que le sirve como vehículo de su acción sobre dicho objeto.” Con ello,

Lo que diferencia unas épocas de otras no es lo que se hace, sino cómo, con qué medios de trabajo se hace. Los medios de trabajo no sólo son escalas graduadas que señalan el desarrollo alcanzado por la fuerza de trabajo humana, sino también indicadores de las relaciones sociales bajo las cuales se efectúa ese trabajo.

El alcance de ese proceso es mucho más vasto de lo que comúmente imaginamos. Todos sus productos se traducen a su vez en otros, en la medida en que  “todos los ramos de la industria operan con un objeto que es materia prima, esto es, con un objeto de trabajo ya filtrado por la actividad laboral, producto él mismo del trabajo.” Así ocurre, por ejemplo, en el caso de  animales y plantas que resultan de transformaciones producidas “durante muchas generaciones”, por el trabajo de nuestra especie. Dígalo, si no, la historia del maíz, producido a partir del teosinte – aquella modesta hierba del altiplano mesoamericano -, transformada por la labor constante de los campesinos indígenas durante siglos, y convertida así en una gran planta de civilización.

En suma, dice Marx, el proceso de trabajo es una actividad “orientada a un fin”:

el de la producción de valores de uso, apropiación de lo natural para las necesidades humanas, condición general del metabolismo entre el hombre y la naturaleza, eterna condición natural de la vida humana y por tanto independiente de toda forma de esa vida, y común, por el contrario, a todas sus formas de sociedad.

Ampliada esa perspectiva,[3] podemos ver en esa interacción la base de toda creación humana, manual e intelectual, como la presentara José Martí en aquel poema cuya primera línea advierte “Ganado tengo el pan: hágase el verso.”[4] Y eso no es poca cosa, si por esa vía (también) llegamos a entender – como vamos haciéndolo – que si deseamos un ambiente distinto, necesitamos crear una sociedad que sea diferente por el propósito y la forma en que organice la interacción de sus integrantes entre si, y con su entorno natural.

Alto Boquete, Panamá, 11 de enero de 2021


[1] Marx, Karl: Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. I. Siglo XXI Editores, México, 2007. I: 3.

[2] Marx, Carlos: El proceso de trabajo. El Capital. [1867] Sección Tercera. Producción del plusvalor absoluto. Capítulo V: Proceso de trabajo y Proceso de valorización. http://webs.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/5.htm. Con relación al vínculo entre el trabajo y el desarrollo humano: Engels, Federico (1876): El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. https://webs.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe3/mrxoe308.htm#fn0

[3] Como Engels lo haría en 1876, en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. https://webs.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe3/mrxoe308.htm#fn0

[4] “Hierro”, http://www.josemarti.cu/wp-content/uploads/2014/06/47_Hierro.pdf