Las ideas, y el viento

Guillermo Castro H.

“Andan por el aire las ideas del siglo,

porque cada siglo tiene su atmósfera de ideas:

[con] aquel brío, color e influjo que tienen las ideas vivas,

surgidas, como un ave del nido sorprendido,

de cada tajo en el pecho, o noche del cerebro,

que trae luego la luz.”

José Martí, 1885[1]

Está en curso un vasto proceso de cambios en las formas del pensar, que expresa paso a paso aquellos otros que la especie humana va ocasionando en el entorno socioambiental del que depende su existencia, y en los valores que norman su conducta. Atender a esto es tanto más importante si recordamos que estos cambios en la intensidad del viento en el mundo – para utilizar la feliz expresión del argentino Aníbal Ponce-, pueden conducirnos tanto a huracanes tan violentos como el desatado por el sionismo sobre el pueblo palestino, como vientos que nos ayuden a llegar a buen puerto en un mundo nuevo.

            Estos cambios nunca ocurren de súbito: se llega a ellos, y es posible incluso preverlos si se cuenta con la cultura necesaria para identificar y comprender los signos que los anuncian. Uno de esos signos, por ejemplo, radica en nuestra percepción de los problemas que esta circunstancia plantea al desarrollo humano.

Así, por ejemplo, la cultura aún dominante en esta época que concluye percibe a la biosfera como una fuente de materia prima para la producción de ganancias. Esto, a su vez, se expresa en el hecho de que esa cultura hace de la racionalidad del capital una de sus vigas maestras. Hoy, sin embargo, la creciente conciencia sobre los problemas que emergen en nuestras relaciones con el entorno natural explica la importancia que viene adquiriendo otra disciplina, la ecología, como astrolabio mayor en nuestra circunstancia.

El camino que nos trae a este cambio viene de mediados del siglo XIX. De entonces datan las primeras manifestaciones del deterioro del entorno natural debido a la intensificación de las presiones humanas generadas a partir de la I Revolución Industrial. Y de entonces viene también la indagación en torno al origen y el desarrollo de la materia viviente, que llevó a la teoría de la evolución mediante la selección natural, planteada por Charles Darwin (1809-1882) en su libro El Origen de las Especies, en 1859.[2]

A partir de allí, el conocer de la naturaleza fue ganando en riqueza y complejidad. Así, en 1869 el biólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919) creó el término ecología, para designar “el estudio de la interdependencia y la interacción entre los organismos vivos – animales y plantas- y su ambiente – seres inorgánicos”.[3] Para entonces, también, Carlos Marx entraba de lleno a discutir la especificidad de las formas de relación entre nuestra especie y su entorno natural, y el modo en que se esa relación metabólica se veía alterada por las modalidades que le imponía el desarrollo del capital.[4]

Esta expansión del conocer de la complejidad de nuestro entorno natural la naturaleza abrió el camino por el cual el biogeoquímico ruso Valdimir Vernadsky (1863-1945) llegó -entre mediados de las décadas de 1930 y 1940 – a dos conceptos de gran valor para el pensar ecológico.  Uno fue el de biosfera, que designa el ámbito de la Tierra en el que la interacción de los seres vivientes entre sí y con su entorno abiótico crea las condiciones para la existencia de la vida en nuestro planeta.[5] El otro fue el de noosfera – o esfera del saber hacer – que designa las transformaciones de la biosfera generadas por la especie humana para adaptarla a sus necesidades. Ambos conceptos, como vemos, guardan entre sí una relación semejante a los de naturaleza y ambiente en nuestro tiempo.

Para 1995, los biólogos norteamericanos Lynn Margulis y Dorion Sagan, en un hermoso libro titulado ¿Qué es la vida?, sintetizan lo que va de la obra de Darwin a la de Vernadsky en los siguientes términos:

Vernadsky hizo en relación al espacio lo que Darwin en relación al tiempo: así como Darwin demostró que todas las formas de vida descienden de un ancestro remoto, Vernadsky demostró que todas las formas de vida habitan un espacio materialmente unificado, la biosfera.[6]

De allí resultó, además, que la interacción entre múltiples especies en la Tierra daba lugar a un gigantesco ecosistema planetario, capaz de sobrevivir a múltiples desafíos, así fuera a costa de extinciones masivas en su biodiversidad.

Aportes como esos fueron creando las condiciones para que, de 1972 en adelante, se advirtiera el desarrollo de la noosfera – sobre todo a partir de la década de 1950- alteraba la biosfera de una manera que ponía en riesgo la sustentabilidad del desarrollo de la especie humana. Así lo advirtió el informe Los Límites del Crecimiento,[7] elaborado por un equipo de científicos del Instituto de Tecnología de Massachussets y publicado por un centro de pensamiento empresarial -el Club de Roma- en las vísperas de la primera conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, realizada ese año en Estocolmo.[8] De entonces data, y de ese legado cultural proviene, el viento del mundo generado por la grave crisis socioambiental – como bien la definiera el papa Francisco en su encíclica Laudato Si’ – que padece hoy la especie humana.

El viento que impulsa ese cambio ya constituye un rasgo de nuestro tiempo. Aun así, para comprenderlo en cabalidad en cuanto a su origen y sus opciones, es bueno recordar lo observado por Federico Engels en 1876, cuando advertía que en la naturaleza “nada ocurre en forma aislada”, pues cada fenómeno “afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de esta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples.” Y desde allí resaltaba la característica distintiva de nuestra especie en esa trama de interacciones:

Resumiendo: lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina. Y ésta es, en última instancia, la diferencia esencial que existe entre el hombre y los demás animales, diferencia que, una vez más, viene a ser efecto del trabajo.

Sin embargo, no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. […] Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente.[9]

A esto solo cabría agregar que la organización de esos procesos de trabajo está determinada por los intereses dominantes en cada sociedad. De allí que, si deseamos un ambiente distinto, tendremos que construir sociedades diferentes. De esa noche del cerebro, operando en la oscuridad de la crisis, “que luego trae la luz” nos vienen las ideas vivas de que nos hablara Martí. Ellas nos llevan a buscar y encontrar los vientos del mejoramiento humano, la utilidad de la virtud y el equilibrio del mundo que nos permitirán establecer un orden futuro en el que la armonía de nuestras relaciones con la naturaleza exprese la de las relaciones de los seres humanos entre sí.

Alto Boquete, Panamá, 4 de marzo de 2024


[1] “Cartas de Martí”. La Nación, Buenos Aires, 11 de enero de 1885. X, 134-135.

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Selecci%C3%B3n_natural La teoría de Darwin tuvo un equivalente, por las mismas fechas, en los descubrimientos del naturalista – inglés, también – Alfred Russell Wallace (1823-1913).

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Ernst_Haeckel

[4] Para John Bellamy Foster, por ejemplo, “la relación del trabajo y el capitalismo con el metabolismo de la Tierra está en el centro de la crítica del orden existente”, pues allí radica la contradicción principal en nuestras relaciones con la biosfera en esta fase de la historia de nuestra especie. “Introducción” a The Dialectics of Ecology: Society and Nature. Monthly Review Press, New York, 2024. https://monthlyreview.org/2024/01/01/the-dialectics-of-ecology-an-introduction/?mc_cid=76986b72f2&mc_eid=ea9c7c4b70

[5] https://www.academia.edu/22554569/V_I_Vernadsky_La_biosfera_y_la_noosfera; https://es.wikipedia.org/wiki/Bi%C3%B3sfera

[6] Margulis, Lynn, y Sagan, Dorion (1995): ¿Qué es la vida? Prólogo de Niles Eldridge. Tusquets Editores, España, 2009: 45. Y agregan: “Vernadsky describió la vida como un fenómeno global en el que la energía solar era transformada. Veía en el crecimiento fotosintético de bacterias verdes y rojas, algas y plantas verdes el ‘fuego verde’ cuya propagación, alimentada por el sol, obligaba a los otros seres a hacerse más complejos y más dispersos.”

[7] https://es.wikipedia.org/wiki/Los_l%C3%ADmites_del_crecimiento

[8] https://www.un.org/es/conferences/environment/stockholm1972

[9] “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (1876) https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/1876trab.htm 

Immanuel para este tiempo

Guillermo Castro H.

“El que en el silencio del mundo ve encendidas a solas la luz de su corazón,

o la apaga colérico, y se queda el mundo a oscuras,

o abre sus puertas a quien le reconoce la claridad, y sigue con él el camino.”

José Martí, 1892[1]

Días atrás, Antonio Guterres, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, advirtió que el mundo “está entrando en la era del caos” Existen gobiernos, dijo, “que ignoran y socavan los mismos principios del multilateralismo, sin rendir en absoluto cuentas. El Consejo de Seguridad, principal herramienta para la paz mundial, está estancado debido a las fisuras geopolíticas”.[2] El mundo, agregó, está sometido a “una peligrosa e impredecible ley de la selva” en la cual reina “la total impunidad.” Y esto, además, cuando en 2024 la mitad de la humanidad irá a elecciones en momentos en los que “cada vez más gente está perdiendo confianza en las instituciones y la fe en el proceso político”.

Días después, en un artículo para La Jornada, Raúl Zibechi planteaba que problemas como el cambio climático y la guerra “convergen mostrando el delirio del sistema y la proximidad del colapso”, mientras las bolsas de valores siguen al alza, porque al 1 o 2 por ciento más rico “poco le importa la vida, siempre que no sea la suya”. [3] Esto, mientras la economía global pasa del crecimiento a la contracción en un proceso de larga duración, y “la riqueza del sistema se distribuye cada vez más entre los ricos y los muy poderosos”, dejando atrás a los sectores populares y medios.[4]

En este marco, dice, diversos factores agravan el problema: “las poblaciones tienden a crecer, pero los recursos que las sustentan no lo hacen”, al tiempo que la fractura de las líneas de suministro implica comprar productos más caros, lo cual “retroalimenta el problema de las cadenas de suministro y la escasez de recursos”. A esto se agrega, dice, que mientras estos y otros factores prefiguran situaciones críticas”, el capitalismo ha logrado llevarnos de cabeza al colapso “mientras miramos la pantalla, ignorando la destrucción y la masacre de la vida”.

Así, Guterres y Zibechi Guterres confluyen en sus preocupaciones sobre el presente, aunque divergen en sus perspectivas de futuro. Para el primero, el mundo debe aprovechar la ocasión de la “Cumbre del futuro” que tendrá lugar en septiembre en Nueva York, durante la reunión anual de la Asamblea General de la ONU para “modelar el multilateralismo para los años venideros”. mediante “una reforma en profundidad del Consejo de Seguridad y del sistema financiero internacional, cuyo diseño es ‘anticuado, disfuncional e injusto’ además de que ‘favorece a los países ricos que lo diseñaron’”. Para el segundo, en cambio, la crisis del sistema internacional de organización del mercado mundial establecido a mediados de la década de 1940 – y sustentado justamente en el Fondo Monetario Internacional y la ONU – ha llegado a un punto en que ya es imposible reformarlo, y de lo que se trata es de transformarlo.

Cabe recordar que este proceso ya estaba en curso a fines del siglo XX. Para entonces tuvo dos escenarios mayores: el Foro Social Mundial y el Foro Económico Mundial. De ambos dijo en su momento Immanuel Wallerstein que no se enfrentaban entre sí en la crítica y la defensa del capitalismo, sino en la búsqueda de las vías para sustituirlo. Y de ambos cabe decir hoy que sólo sobrevive el segundo, pues el primero se disolvió años atrás en las aguas del oenegismo progresista.

Para 1997, en todo caso, Wallerstein estaba convencido de que “la primera mitad del siglo XXI será más dificultosa, más perturbadora y, sin embargo, más abierta que todo lo que hemos conocido durante el siglo XX.” [5] Para decirlo se basaba en tres premisas. Una, “que los sistemas históricos, como todos los sistemas, tienen vidas finitas. Tienen un comienzo, un largo período de desarrollo y, finalmente, mueren, cuando se alejan del equilibrio y alcanzan puntos de bifurcación”. Otra, que en esos puntos de bifurcación

surgen dos nuevas propiedades: pequeños inputs provocan grandes outputs (mientras que durante el desarrollo normal se produce lo contrario: grandes inputs provocan pequeños outputs) y el resultado de tales bifurcaciones es intrínsecamente indeterminado.

Y la tercera, “que el moderno sistema-mundo, como sistema histórico, ha entrado en una crisis terminal, y no resulta verosímil que exista dentro de 50 años.” Esto, para apuntar enseguida que el resultado de esa crisis “es incierto”, pues

no sabemos si el sistema (o los sistemas) resultante será mejor o peor que el actual, pero sí sabemos que el período de transición será una terrible etapa llena de turbulencias, pues los riesgos de la transición son muy altos, los resultados inciertos y muy grande la capacidad de pequeños inputs para influir sobre dichos resultados.

De allí llegaba Wallerstein a tres “conclusiones morales.” La primera, “que el progreso no es inevitable, a diferencia de lo que la Ilustración, en todas sus variantes, predicó. Pero no acepto que sea por ello imposible. El mundo no ha avanzado moralmente en los últimos miles de años, pero podría hacerlo.” La seguna era que “la creencia en certezas, una premisa fundamental de la modernidad, ciega y mutila.” Y, por útimo, planteaba que “en los sistemas sociales humanos, los más complejos del universo -por lo que resultan aún más difíciles de analizar-”

la lucha por una buena sociedad es un rasgo permanente. Además, esa lucha toma su mayor significado en los períodos de transición entre un sistema histórico y otro (cuya naturaleza no podemos conocer de antemano) [pues] sólo en esos tiempos de transición resulta posible que las presiones del sistema existente hacia la vuelta al equilibrio puedan ser superadas por lo que denominamos libre albedrío. Por tanto, un cambio fundamental es posible, aunque nunca es seguro, por lo que corresponde a nuestra responsabilidad moral el actuar racionalmente, de buena fe y con energía en busca de un sistema histórico mejor.

Al respecto, dijo, en estos tiempos solo era posible plantear “aquellos criterios que serían la base de lo que llamaríamos un sistema histórico sustantivamente racional”, pues

Un sistema histórico no puede ser igualitario si no es democrático, porque un sistema no democrático distribuye el poder desigualmente, lo que implica que también distribuirá desigualmente todas las demás cosas. Y no puede ser democrático si no es igualitario, ya que en un sistema desigualitario algunos disponen de más medios materiales que otros, y, por tanto, es inevitable que también tengan más poder político

Su cuartaconclusión tiene especial valor para nosotros. La incertidumbre, dijo, “es maravillosa”, pues “la certeza, si fuera real, sería la muerte moral.” Si pudiáramos estar seguros del futuro, no habría apremio moral alguno para hacer cualquier cosa. En cambio, “si todo está por decidir”

entonces el futuro está abierto a la creatividad, no sólo a la creatividad meramente humana, sino también a la creatividad de toda la naturaleza. Está abierto a la posibilidad y, por lo tanto, a un mundo mejor. Pero solamente podemos conseguir un mundo mejor si estamos dispuestos a emplear nuestras energías morales para lograrlo, y estamos prestos a enfrentarnos con los que, bajo cualquier disfraz y arropados en cualquier excusa, prefieren un mundo desigualitario y no democrático.

Alto Boquete, Panamá, 9 de febrero de 2024


[1] “Sobre los oficiosde la alabanza”. Patria, 3 de abril de 1892. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. I, 369-370.

[2] https://www.dw.com/es/ant%C3%B3nio-guterres-nuestro-mundo-ha-entrado-en-una-era-de-caos/a-68195888#:~:text=El%20mundo%20%22est%C3%A1%20entrando%20en,prioridades%20de%20trabajo%20para%202024.

[3] “Cada año más cerca del colapso”, La Jornada / 09 de febrero de 2024

https://www.jornada.com.mx/noticia/2024/02/09/opinion/cada-ano-mas-cerca-del-colapso-2258

[4] oilprice.com (https://goo.su/15lSt)

[5] Conferencia en el Forum 2000: Inquietudes y esperanzas en el umbral del nuevo milenio, Praga, 3 al 6 de septiembre, 1997. https://www.herramienta.com.ar/incertidumbre-y-creatividad