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Doctor en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995 Campos de trabajo: historia ambiental, ecología política, cultura de la naturaleza

Para llegar a Martí

Guillermo Castro H.

“toda nueva teoría estudiada con «heroico furor» […], especialmente si se es joven, atrae por sí misma, se adueña de toda la personalidad […] hasta que se establece un equilibrio crítico y se estudia con profundidad, pero sin rendirse en seguida a la fascinación del sistema o del autor estudiado. Estas observaciones valen tanto más […] cuando se trata de una personalidad en la cual la actividad teórica y la práctica están indisolublemente ligadas, de un intelecto en continua creación y en perpetuo movimiento, que siente vigorosamente la autocrítica del modo más despiadado y consecuente.”

Antonio Gramsci[1]

Introducción

Unos estudian la obra de José Martí por sus cualidades estéticas y morales. Otros lo hacen en lo que tiene por decir, y lo que tenemos pendiente de hacer. Hay mucho de convergente entre ambas perspectivas, pues las luces y las sombras del mañana enriquecen la lectura del ayer martiano, y permiten advertir a tiempo – y a nuestra propia luz – los desafíos que van emergiendo de nuestro devenir en el mundo.

Seis preguntas sencillas ayudan a organizar este estudio. La primera de ellas, por supuesto, es para qué estudiar a Martí. La respuesta es que lo hacemos para conocernos y comprendernos en lo que podemos llegar a ser; para entender mejor al mundo desde nosotros mismos; para imaginar y construir sociedades mejores, con todos y para el bien de todos los que se sumen a ese empeño, y para contribuir al equilibrio de un sistema mundial que en vida de Martí iniciaba el camino que lo llevaría a la Gran Guerra de 1914 – 1945, y que hoy ha ingresado en una crisis global.

Esto nos conduce a preguntarnos qué estudiar en Martí, para acercarnos a esos propósitos. En primer término, el proceso de formación de su visión del mundo, y de la ética correspondiente a esa visión. Para Armando Hart, los valores que sustentaban esa visión eran la fe en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud y en el poder transformador del amor triunfante. Aquí tiene especial importancia el vínculo entre esa visión y la conducta de Martí en lo que hace a su vida personal y política; a su visión del pasado, y de los futuros posibles para los pueblos de nuestra América, y a su presencia en el proceso de formación de la joven generación de intelectuales liberales que, a partir de la década de 1880, iniciarían la crítica del Estado Liberal – Oligárquico y del expansionismo norteamericano, y la lucha por establecer en nuestra América verdaderas democracias republicanas de amplia base social, creciente autonomía económica y fuerte identidad nacional – popular.

            Dicho esto, ¿cómo estudiar a Martí? Ante todo, situándolo en los dos grandes planos de su trayectoria vital: el de su propia vida, entre 1853 y 1895, y el del proceso de transición del periodo colonialista al imperialista – y su correlato cultural de conflicto entre la civilización y la barbarie al conflicto entre el progreso y el atraso – en el desarrollo del moderno sistema mundial. Esto facilitará comprender las formas en que se articulan Cuba, nuestra América y el sistema mundial en transformación en su formación política, en la definición de su postura de abierta oposición al expansionismo norteamericano y, entre 1892 y 1895, al breve y permanente fulgor de su liderazgo político al frente del Partido Revolucionario Cuba.

Dicho esto, ¿dónde estudiar a Martí? Ante todo, en su propia obra, en particular entre 1885 – 1895, de sus 32 a sus 42 años.[2]  A esto se agrega, además, la visión de sus principales intérpretes clásicos, como Cintio Vitier y Roberto Fernández Retamar, y las publicaciones de entidades especializadas como el Centro de Estudios Martianos, de La Habana, Cuba.[3] Esto es indispensable para prevenir algunos riesgos que pueden afectar el estudio de la obra martiana tiene sus riesgos.

¿Cuáles son esos riesgos? Uno es la anacronía, que lleva a citarlo fuera de su contexto histórico, haciendo de opiniones marginales problemas centrales en el debate. Otro es el de la fragmentación de un pensamiento, una oratoria y una poesía de gran riqueza y complejidad, de donde se extraen ideas o versos por la belleza de su construcción sin atender a la lesión que ello pueda implicar para su contenido. Y, naturalmente, está el riesgo de hacer víctima a Martí de los prejuicios provenientes de la propia cultura liberal que él buscó trascender, como ocurre en el caso de sus reflexiones sobre la religiosidad y el anticlericalismo.

            En suma, ¿qué podemos aprender con Martí? En primer término, a conocer y comprender mejor la capacidad de nuestra gente para el mejoramiento humano y el ejercicio de la virtud. Desde allí, a comprender y fortalecer la unidad del género humano, entendiendo a la patria como “aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer”, por lo cual no ha de negarse el hombre “a cumplir su deber de humanidad, en la porción de ella que tiene más cerca. Esto es luz, y del sol no se sale. Patria es eso”.[4] Y, desde el ejemplo mismo de su vida, aprendemos a entender mejor el poder de las ideas en el proceso de transformar el mundo, y el papel de los intelectuales en esa tarea. Aprendemos, en suma, a crecer con el mundo, para ayudarlo a crecer.

Panamá, septiembre de 2019 – marzo de 2022

  1. ¿Para qué estudiar a Martí?

Estudiamos a Martí para conocernos y comprendernos en lo que hemos llegado a ser, y en lo que podemos llegar a ser; para entender mejor al mundo desde nosotros mismos; para imaginar y construir sociedades mejores, con todos y para el bien de todos los que se sumen a ese empeño, y para contribuir al equilibrio de un sistema mundial que en vida de Martí iniciaba el camino que lo llevaría a la Gran Guerra de 1914 – 1945, y que hoy ha ingresado en una crisis global.

  1. ¿Qué riesgos hay en el estudio de Martí?

Los peligros de Martí /GCH

Uno es la anacronía, que lleva a citarlo fuera de su contexto histórico, haciendo de opiniones marginales problemas centrales en el debate. Otro es el de la fragmentación de un pensamiento, una oratoria y una poesía de gran riqueza y complejidad, de donde se extraen ideas o versos por la belleza de su construcción sin atender a la lesión que ello pueda implicar para su contenido. Y, naturalmente, está el riesgo de hacer víctima a Martí de los prejuicios provenientes de la propia cultura liberal que él buscó trascender, como ocurre en el caso de sus reflexiones sobre la religiosidad y el anticlericalismo, o de la condición femenina en su tiempo y sus mundos.

Los peligros de Martí

Guillermo Castro H.

Universidad de Panamá, 2007; Círculo Martiano de la Universidad de Panamá, 22 de julio de 2015

Entrar en contacto con la obra de José Martí nos ofrece una rara oportunidad de conocer, en un mismo autor, una visión del mundo dotada de una ética acorde a su estructura, y el ejercicio de esa éticas en un quehacer político sostenido por la fe en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud, y en el poder triunfante del amor.  En esa perspectiva, y precisamente por su valor para la tarea de conocernos y ejercernos en nuestra propia circunstancia, conviene llamar la atención sobre tres grandes peligros que nos acechan en la obra de Martí. Uno es el del anacronismo, que nos lleve a asumir como si fueran contemporáneos pensamientos y situaciones correspondientes al último cuarto del siglo XIX; otro, el de la fragmentación, que nos mueva a recordar y citar frases aisladas de su obra, al calor del enorme atractivo estético y moral de su palabra escrita, y el tercero está en olvidar que lo sentimos como un contemporáneo porque se forjó por enterocomo un hombre de su tiempo, como intentamos nosotros serlo del nuestro, que tomó forma con él.

Ante estos peligros, no hay recurso mejor que leer a Martí desde las advertencias de su propia obra, en particular aquella que hiciera en 1894 a los que deseaban intervenir en el debate sobre la lucha por la independencia de Cuba:

Estudien, los que pretenden opinar. No se opina con la fantasía, ni con el deseo, sino con la realidad conocida, con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo. Evitar lo pasado y componernos en lo presente, para un porvenir confuso al principio, y seguro luego por la administración justiciera y total de la libertad culta y trabajadora: ésa es la obligación, y la cumplimos. Ésa es la obligación de la conciencia, y el dictado  científico.[5]

            Atendiendo a esto, quizás convendría empezar por el tercer peligro. La obra de Martí, en efecto, expresa un largo proceso de forja de la vida misma – la inteligencia, la afectividad, y sobre todo el carácter – del autor, desde la disyuntiva con que se lanza aún adolescente a la vida política en 1869 – “O Yara, o Madrid” -, hasta el párrafo admirable de la carta inconclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado, que escribía en la víspera de su muerte en combate, 26 años (apenas) después:

[…] ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber – puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo – de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.  En silencia ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.[6]

            La vida en que tuvo lugar esa forja fue a la vez intensa y compleja. Basta examinar por ejemplo la valiosa cronología elaborada por el historiador cubano Ibrahim Hidalgo, para encontrarnos con una infancia y una adolescencia vividas en condiciones de gran modestia, atemperada y enriquecida por afectos y solidaridades como los de su maestro, Rafael María Mendive, y de su amigo y compañero Fermín Valdés Domínguez. Esa adolescencia culmina en 1870, con la condena a trabajos forzados primero, y al destierro en España después, impuesta por las autoridades coloniales españolas en castigo por sus actividades de propaganda a favor de la independencia de Cuba.

            España, 1871 – 1874; México, 1875 – 1876; Guatemala 1877 – 1878; Cuba, 1878 – 1879; Nueva York, 1880; Venezuela, 1881; Nueva York, 1881 – 1895 y, en ese año final, Cuba otra vez y para siempre. Ese es el periplo fundamental de su existencia, a lo largo del cual se enamora, tiene un hijo, ve fracasar su matrimonio, debe vivir lejos de los suyos, sufre reveses, es expulsado de su país y de países que ama como al suyo propio, y habita durante la cuarta parte de su vida en una sociedad que siempre le fue ajena.

En ese decurso también conoce triunfos, descubre y entiende el mundo, y las razones y maneras de transformarlo, y se gana el aprecio y la admiración de muchos, en muchas partes. Y todo esto, siempre, en condiciones de una modestia material tan extraordinaria como su riqueza moral, sintetizadas en las frases con que saluda a los trabajadores irlandeses pobres de Nueva York que habían encontrado guía y consuelo en su párroco, el padre McGlynn:

¡La verdad se revela mejor a los pobres y a los que padecen! ¡Un pedazo de pan y un vaso de agua no engañan nunca![7]

La formación y las transformaciones del pensar martiano a lo largo de esa vida pueden seguirse en los textos que le van dando forma. En su primera juventud, esa forma se expresa en lo que va de la publicación de su alegato El Presidio Político en Cuba, en 1871, hasta el inicio de sus actividades de colaboración con el periodismo liberal mexicano entre 1875 y 1876. Son años de prueba y crecimiento: el joven luchador por la independencia de su patria se descubre y se ejerce en el descubrimiento, en sí, de la vocación aun más amplia de constructor de sociedades nuevas. Esa etapa, como sabemos, concluye con su rechazo al golpe de Estado que inauguró en México, en 1876, la dictadura que ejercería el General Porfirio Díaz hasta 1910.

Con ese rechazo inicia Martí el tránsito a la madurez, cuyo primer paso probablemente corresponda al artículo Extranjero, publicado en 1876, con que se despide de México, expulsado por la hostilidad del porfirismo. “Aquí”, dice, “fui amado y levantado; y yo quiero cuidar mis derechos a la consoladora estima de los hombres”. Por lo mismo, añade, “donde yo vaya como donde estoy, en tanto dure mi peregrinación por la ancha tierra, – para la lisonja, siempre extranjero; para el peligro siempre ciudadano.”[8]

La plenitud de esa maduración, sin embargo, requerirá aún de otras experiencias: la de su paso por la Guatemala en que Justo Rufino Barrios se afirma como caudillo liberal; la de su breve retorno a Cuba al amparo de las garantías ofrecidas a los independentistas cubanos por el gobierno español al concluir la primera Guerra de Independencia en la Paz del Zanjón y, finalmente, la de su paso por Caracas, cancelado por el clima opresivo de la dictadura liberal de José Guzmán Blanco.

En lo que hace a su producción intelectual, este período de maduración y crisis de su primer ideario liberal abarca lo que fue desde su folleto Guatemala, de 1878, a su fecunda labor de corresponsal del periódico La Opinión Nacional, de Caracas, entre 1881 y 1882. Y esa transición culmina en 1884, cuando Martí ingresa al proceso de construir su plena madurez con aquella carta extraordinaria que dirige al General Máximo Gómez para comunicarle que no podrá seguir acompañándolo en un nuevo intento de reiniciar la lucha por la independencia de Cuba, concebido como un proyecto puramente militar. Allí le dice el joven exiliado al más prestigioso de los jefes militares de la primera Guerra de Independencia:

Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento; y cuando en los trabajos preparativos de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante el espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Uds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra?[9]

            Con esa carta se inicia el camino de Martí a su plenitud. En ella se anuncia ya la idea de que el problema no era el cambio de forma, sino el de espíritu, para evitar que la colonia siguiera viviendo en la República, que encontrará su más plena expresión en el ensayo Nuestra América, publicado en México, en el periódico El Partido Liberal, el 30 de enero de 1891. Allí sintetiza Martí su experiencia de hispanoamericano, transformada ya en la demanda de una revolución democrática continental, ante a la frustración del componente democrático y popular de las revoluciones de Independencia, por el irresistible ascenso al poder de la alianza entre las fracciones liberal y conservadora de las oligarquía latinoamericanas.

La plenitud martiana alcanza su cumbre más alta en la creación del Partido Revolucionario Cubano y su periódico, Patria, en 1892, como parte de una empresa “americana por su alcance y espíritu”[10], encaminada a culminar lo que en 1889 había llamado “la estrofa pendiente del poema de 1810”. Porque, en efecto, la América nuestra ya es por entero consustancial a su patria cubana.

Así lo expresará en 1895 en el Manifiesto de Montecristi, que firman él y Máximo Gómez, para llamar al asalto final contra el colonialismo español en Cuba: “Honra y conmueve pensar”, dirá allí,

que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo.[11]

            Y a lo largo de todo ese proceso, la dimensión afectiva de la humanidad de Martí se expresará en el contrapunto constante entre el discurso político, la creación poética y la honestidad de los afectos que inspiran su correspondencia personal. No se podrá nunca comprender al político Martí sin vincularlo al Martí poeta. Tras el vínculo entre ambos subyace la clave de lo que Julio Antonio Mella llamara – ya en la década de 1920 – el “misterio” de la íntima unidad entre la alta cultura y la cultura popular, que en la obra poética martiana alcanza una expresión de especial riqueza en sus Versos Sencillos , de 1891 – ejemplo singular de cubanía publicado en el mismo año que Nuestra América -, como en su obra política destaca la concepción del Partido Revolucionario Cubano como una organización tan rica y compleja, a un tiempo, como la sociedad que se proponía transformar, y como el proyecto al que apuntaba esa transformación.

            Es únicamente desde esta lectura de cuerpo entero que podemos encarar el peligro de la fragmentación del pensar martiano.[12] Así, esbozado el hombre entero, cabe situarlo desde su humanidad en su tiempo, y en el nuestro, con una salvedad que siempre es útil.

El tiempo, en efecto, constituye un elemento fundamental para la organización de nuestro entendimiento. Por lo mismo, hay que tratarlo con el cuidado necesario para evitar sobre todo la confusión entre el tiempo cronológico, vacío de significado social, y el histórico, que sólo encuentra en lo social su significado.

Esta distinción resulta especialmente importante para nosotros, integrantes de aquel pequeño género humano advertido en 1815 por Simón Bolívar, constituido en el marco del proceso más vasto de la formación del sistema mundial y que expresa – como quizás ningún otro grupo humano del mundo – las contradicciones y las promesas en que ese sistema involucró a nuestra especie entera. En esta perspectiva, cabe preguntarse por los puntos de contacto y de conflicto entre el tiempo cronológico y el histórico en lo que hace a la formación y las transformaciones de la cultura y el pensamiento social de la América Latina.

Para Francois – Xavier Guerra[13], por ejemplo, el siglo XVIII se inicia en Hispanoamérica hacia 1750, con la Reforma Borbónica, y concluye con la disolución del imperio español en América entre 1810 y 1825. Aún más breve podría ser el XIX, delimitado por lo que va de las guerras de independencia – en sus dimensiones civil y patriótica -, a las de Reforma, que definieron los términos en que vino a constituirse el sistema de Estados nacionales que harían viable una inserción nueva de Iberoamérica en el sistema mundial por entonces aúnen formación.

Aquí, sin embargo, hay que hacer otra importante salvedad. Como lo señalara el historiador panameño Ricaurte Soler, en la transición del XIX al XX opera en nuestra América un factor externo de trascendencia aún mayor que la Reforma Borbónica en nuestro ingreso al XVIII: el surgimiento del imperialismo como fase superior del capitalismo. Esa novedad en la historia del moderno sistema mundial, diría Soler, conspiró activamente contra el contenido progresista de la Reforma Liberal, favoreciendo en cambio la formación de un sistema de Estados de corte autoritario, que promovían el libre comercio mediante la oferta, como ventaja mayor de las economías de la región, de recursos naturales y mano de obra baratas, a cambio de capital de inversión y de vías de acceso para la comercialización de esos recursos como materias primas en el mercado mundial.

Esa frustración del componente más radical y democrático de las revoluciones de independencia constituyó un importante elemento formativo en una nueva generación de jóvenes intelectuales de la región, que tendría en Martí a un auténtico primus inter pares. Esa generación se percibían a sí misma como moderna en cuanto se ejercía como liberale en lo ideológico, demócrata en lo político, y patriota en lo cultural, y aspiraba desde allí a representar con voz propia a sus sociedades en lo que entonces era llamado “el concierto de las naciones”.

Para esa generación, la formación del Estado Liberal Oligárquico tuvo lugar en una circunstancia de crisis cultural que, hacia 1881, Martí expresó en los siguientes términos:

No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en  ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya – Hispanoamérica. Estamos en tiempos de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos. Están luchando las especies por el dominio en la unidad del género.[…] Lamentámonos ahora, de que la gran obra nos falte, no porque nos falte ella, sino porque esa es señal de que de que nos falta aún el pueblo magno de que ha de ser reflejo.[14]

Desde allí empieza a tomar forma la transición a nuestra contemporaneidad, que encontrará su acta de nacimiento en el ensayo Nuestra América. Las líneas de fuerza en torno a las cuales irán cristalizando nuestro hacer social, político y cultural surgen, así, de un pensamiento democrático de orientación popular y antioligárquica, radical en su afán de ir a la raíz de nuestros problemas, y centrado en la construcción de nuestras identidades a partir de la demanda de injertar en nuestras repúblicas el mundo, siempre que el tronco de ese injerto fuera “el de nuestras repúblicas”.

La enorme vitalidad de la cultura construida por los latinoamericanos a lo largo del período ascendente de su siglo XX histórico se expresa, hoy, en la riqueza con que se despliega la (re)construcción de nuestras identidades en el marco de la desintegración de la bárbara civilización que dio de sí al neoliberalismo, cuyas consecuencias ya amenazan la sostenibilidad misma del desarrollo de nuestra especie. Nuestra América ha venido a situarse, así, en aquel lugar de la historia en que ubicara Martí a los Estados Unidos en 1886. Todo, en efecto, nos dice hoy que será aquí, entre nosotros y por nosotros, donde habrán “de plantearse y resolverse”

todos los problemas que interesan y confunden al linaje humano, que el ejercicio libre la razón va a ahorrar a los hombres mucho tiempo de miseria y de duda, y que el fin del siglo diecinueva dejará en el cenit el sol que alboreó a fines del dieciocho entre caños de sangre, nubes de palabras y ruido de cabezas. Los hombres parecen determinados a conocerse y afirmarse, sin más trabas que las que acuerden entre sí para su seguridad y honra comunes. Tambalean, conmueven y destruyen, como todos los cuerpos gigantescos al levantarse de la tierra. Los extravía y suele cegarlos el exceso de luz. Hay una gran trilla de ideas, y toda la paja se la está llevando el viento.[15]

El tiempo de resistir, así, abre paso otra vez entre nosotros al tiempo de construir. Y en esa construcción, otra vez también, tocará un papel de primer orden a la cultura de los latinoamericanos.

Aquí, ahora, el problema principal para nuestras comunidades de cultura consiste en crecer con nuestra gente, para ayudarla a crecer. Una vez más, no hay entre nosotros batalla entre la civilización y la barbarie, como lo quieren los neoliberales, sino entre la falsa erudición y la naturaleza, como lo advertiera Martí en 1891.

Hoy, el hacer político, social y cultural de los latinoamericanos llega otra vez a aquel punto de ebullición en el que los encontrara Martí al ingresar a su primera madurez. Hoy luchan de nuevos las especies – pobres de la ciudad y el campo, trabajadores manuales e intelectuales de la economía formal y la informal, indígenas, afroamericanos, campesinos – por el dominio en la unidad del género. O, si se quiere, por constituirse en el bloque histórico capaz de crear, finalmente, el mundo nuevo de mañana en el Nuevo Mundo de ayer.

Para eso están, precisamente, las reservas más profundas de nuestra cultura y nuestra eticidad, sintetizadas en la convicción de la utilidad de la virtud y la posibilidad del mejoramiento humano que nace del conocimiento de nuestro proceso de formación, y se expresa día con día en la labor de constituirnos. Desde esa convicción, podemos leer sin peligros a Martí: él es uno de los nuestros, como nosotros somos de los suyos.

  1. ¿Qué estudiar en Martí?

En primer término, el proceso de formación de su visión del mundo, y de la ética correspondiente a esa visión. Para Armando Hart, los valores que sustentaban esa visión eran la fe en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud y en el poder transformador del amor triunfante. Aquí tiene especial importancia el vínculo entre esa visión y la conducta de Martí en lo que hace a su vida personal y política; a su visión del pasado, y de los futuros posibles para los pueblos de nuestra América, y a su presencia en el proceso de formación de la joven generación de intelectuales liberales que, a partir de la década de 1880, iniciarían la crítica del Estado Liberal – Oligárquico y del expansionismo norteamericano, y la lucha por establecer en nuestra América verdaderas democracias republicanas de amplia base social, creciente autonomía económica y fuerte identidad nacional – popular.

  1. ¿Cómo estudiar a Martí?

Ante todo, situándolo en los dos grandes planos de su trayectoria vital: el de su propia vida, entre 1853 y 1895, y el del proceso de transición del periodo colonialista al imperialista – y su correlato cultural de conflicto entre la civilización y la barbarie al conflicto entre el progreso y el atraso – en el desarrollo del moderno sistema mundial. Esto facilitará comprender las formas en que se articulan Cuba, nuestra América y el sistema mundial en transformación en su formación política, en la definición de su postura de abierta oposición al expansionismo norteamericano y, entre 1892 y 1895, al breve y permanente fulgor de su liderazgo político al frente del Partido Revolucionario Cuba.

Gramsci / Sacristán

“Si se quiere estudiar el nacimiento de una concepción del mundo nunca expuesta sistemáticamente por su fundador (y cuya coherencia esencial tiene que buscarse no en cada escrito ni en cada serie de escritos, sino en el desarrollo entero del variado trabajo intelectual que contiene implícitos los elementos de la concepción) hay que realizar previamente un trabajo filológico minucioso, con el máximo escrúpulo de exactitud, de honradez científica, de lealtad intelectual, de eliminación de todo concepto previo, apriorismo o partidismo.  Hay que reconstruir, antes que nada, el proceso de desarrollo intelectual del historiador considerado, para identificar los elementos que han llegado a ser estables y “permanentes”, o sea, que han sido tomados como pensamiento propio, distinto de y superior al “material” anteriormente estudiado y que ha servido de estímulo; solo estos elementos son momentos esenciales del proceso de desarrollo.”

1999 (1970): 384 – 385. “Cuestiones de método.” Textos de los Cuadernos posteriores a 1931.

Gramsci / Sacristán

“[…] toda nueva teoría estudiada con “heroico furor” (o sea, cuando no se estudia por mera curiosidad exterior, sino por un interés profundo) y durante cierto tiempo, especialmente cuando se es joven, atrae por sí misma, se adueña de toda la personalidad, y luego queda limitada por la teoría posteriormente estudiada, hasta que se impone un equilibrio crítico y se estudia con profundidad, sin rendirse enseguida al atractivo del sistema o del autor estudiados.  Esta serie de observaciones se imponen aún más cuando el pensador estudiado es más bien impulsivo, de carácter polémico, y carece de espíritu de sistema: cuando se trata de una personalidad en la cual la actividad teórica y la práctica están indisolublemente entrelazadas, cuando se trata de una inteligencia en creación continua y en movimiento perpetuo que siente vigorosamente la autocrítica del modo más despiadado y consecuente.”

1999 (1970): 385. “Cuestiones de método.” Textos de los Cuadernos posteriores a 1931.

  • ¿Dónde estudiar a Martí?   

Ante todo, en su propia obra, en particular entre 1885 – 1895, de sus 32 a sus 42 años.[16]  A esto se agrega, además, la visión de sus principales intérpretes clásicos, como Cintio Vitier y Roberto Fernández Retamar, y las publicaciones de entidades especializadas como el Centro de Estudios Martianos, de La Habana, Cuba.[17] Esto es indispensable para prevenir algunos riesgos que pueden afectar el estudio de la obra martiana tiene sus riesgos.

  • A modo de conclusión: aprender de Martí

En primer término, a conocer y comprender mejor la capacidad de nuestra gente para el mejoramiento humano y el ejercicio de la virtud. Desde allí, a comprender y fortalecer la unidad del género humano, entendiendo a la patria como “aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer”, por lo cual no ha de negarse el hombre “a cumplir su deber de humanidad, en la porción de ella que tiene más cerca. Esto es luz, y del sol no se sale. Patria es eso”.[18] Y, desde el ejemplo mismo de su vida, aprendemos a entender mejor el poder de las ideas en el proceso de transformar el mundo, y el papel de los intelectuales en esa tarea. Aprendemos, en suma, a crecer con el mundo, para ayudarlo a crecer.

Bibliografía

Gramsci, Antonio, 1999 (1970): Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Siglo XXI Editores, México y España.

Martí, José, 1975: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.

Martí, José, NNN-NNN: Obras Completas. Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana.


[1] Introducción a la filosofía de la praxis. Selección y traducción de J. Solé Tura

[2] La Edición Crítica de sus Obras Completas, en proceso de elaboración por el Centro de Estudios Martianos de La Habana, Cuba (actualmente en tomo 29 / 1887), está disponible en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (http://biblioteca.clacso.edu.ar/), y las antologías Nuestra América y Obra Literaria, en https://www.clacso.org.ar/biblioteca_ayacucho/index.php

[3] http://www.josemarti.cu/instituciones/centro-de-estudios-martianos/

[4] “En casa”, Patria, 26 de enero de 1895. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. V: 468 – 469:

[5] Martí, José: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. III, 121: “Crece”.[Patria, 5 de abril de 1894

[6] Martí, José: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. IV, 167: “A Manuel Mercado. Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895.”

[7] Martí, José: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975.  XI, 139: “El cisma de los católicos en Nueva York”. El Partido Liberal, México. La Nación, Buenos Aires, 14 de abril de 1887

[8] Martí, José: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975.  VI, 362, “Extranjero”. El Federalista. México,  diciembre 7 de 1876

[9] Martí, José: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975.  I, 177 – 178: “Al General Máximo Gómez” [New York, 20 de octubre de 1884].

[10] Martí, José: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975.  III, 138 – 139: ““El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución y el deber de Cuba en América”.[Patria, 17 de abril de 1894]

[11] Martí, José: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975.  IV, 101: “Manifiesto de Montecristi”

[12] Y es curioso constatar cómo pudieron contribuir el propio Martí – y la lealtad de los primeros martianos – a la formación de este peligro. Porque, en efecto, la organización inicial y más conocida de su obra completa – dispuesta por él mismo ante la eventualidad de su muerte – ocurre por temas, no por años, y si bien permite profundizar con rapidez en aspectos puntuales, dispersa y oculta en cambio las conexiones transversales en la formación y transformación de su pensar. Pero a grandes males, grandes remedios. La edición crítica de las Obras Completas de José Martí, que ya adelanta el Centro de Estudios Martianos en La Habana, está organizada cronológicamente, y ayudará sin duda a conjurar el peligro de la fragmentación. Aun así, el riesgo disminuirá en la medida en que se tenga presente el elemento organizador que, en el pensar martiano, representa su compromiso irreductible con Cuba en su América. En esta tarea, también, será siempre útil poner en contexto las expresiones parciales – a veces mínimas, como la frase que nos enseña que “honrar, honra” – de su pensar. Y, enseguida, la atención constante a las advertencias que nos ofrece la historia de la cultura, en lo que hace al valor, el significado y los dilemas que en su tiempo planteaban términos como el de “naturaleza” y, por supuesto, todo el inmenso campo de lo que hoy llamamos la perspectiva de género.

[13] Así, por ejemplo: Guerra, Francois-Xavier, 2003a: “Introducción”; “El ocaso de la monarquía hispanica: revolución y desintegración” y “Las mutaciones de la identidad en la América hispánica”, en Guerra, Francois – Xavier y Annino, Antonio (Coordinadores), 2003: Inventando la Nación. Iberoamérica. Siglo XIX. Fondo de Cultura Económica, México. Guerra, Francois – Xavier, 1993: Modernidad e Independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Editorial MAPFRE, Fondo de Cultura Económica, México, y 1988: México: del Antiguo Régimen a la Revolución. Fondo de Cultura Económica, México (2a. ed.), 2 t.

[14] Cuaderno de Apuntes 5.[1881] En Martí, José, 1975: Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana. Tomo 21, p. 164.

[15] 1975, XI, 144: “El cisma de los católicos en Nueva York”. El Partido Liberal, México. La Nación, Buenos Aires, 14 de abril de 1887.

[16] La Edición Crítica de sus Obras Completas, en proceso de elaboración por el Centro de Estudios Martianos de La Habana, Cuba (actualmente en tomo 29 / 1887), está disponible en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (http://biblioteca.clacso.edu.ar/), y las antologías Nuestra América y Obra Literaria, en https://www.clacso.org.ar/biblioteca_ayacucho/index.php

[17] http://www.josemarti.cu/instituciones/centro-de-estudios-martianos/

[18] “En casa”, Patria, 26 de enero de 1895. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. V: 468 – 469:

Los tiempos del tiempo

Guillermo Castro H.

“Todo está dicho ya; pero las cosas, cada vez que son sinceras, son nuevas.

Confirmar es crear.

Lo que hace crecer el mundo no es el descubrir cómo está hecho,

sino el esfuerzo de cada uno para descubrirlo.”

José Martí, 1890[1]

En verdad, vivimos tiempos de gran incertidumbre, en los que por momentos no parece haber siquiera dónde reposar la mirada. El mundo está sumergido en una crisis ambiental – en gran parte provocada por nosotros mismos, los humanos –, en la cual va tomando forma un sistema Tierra muy distinto al que ayer apenas dábamos por normal. A eso se agregan una crisis geopolítica, que por momentos parece llevarnos a los linderos de una nueva guerra mundial, y transformaciones geoeconómicas que anuncian una etapa enteramente nueva en la historia del mercado mundial.

            Nada esto, sin embargo, significa que vayamos hacia un destino ya definido. Estamos en un cambio de épocas, como aquel en que Martí se refería a la angustia “con que se vive en todas partes del mundo en la época de transición en que nos ha tocado vivir”.[2] Y buscaba, como el hombre culto que era, las razones de esa transición en la historia de su tiempo.

“El siglo último”, decía – refiriéndose al XVIII, que culminó con la Revolución Francesa – “fue el del derrumbe del mundo antiguo: éste es el de la elaboración del mundo nuevo”.[3] Con ello, viendo más allá de la angustia que generaba la incertidumbre de tan vasto proceso, no vacilaba en afirmar – como podemos hacerlo nosotros -, que la ciencia y la libertad “son llaves maestras que han abierto las puertas por donde entran los hombres a torrentes, enamorados del mundo venidero.”[4]

Ese optimismo sobre el futuro no se asentaba en ilusiones, sino en una clara visión de las contradicciones que emergían en aquella transición, y la impulsaban. “El mundo”, decía,

está en tránsito violento, de un estado social a otro. En este cambio, los elementos de los pueblos se desquician y confunden; las ideas se obscurecen; se mezclan la justicia y la venganza; se exageran la acción y la reacción; hasta que luego, por la soberana potencia de la razón, que a todas las demás domina, y brota, como la aurora de la noche, de todas las tempestades de las almas, acrisólanse los confundidos elementos, disípanse las nubes del combate, y van asentándose en sus cauces las fuerzas originales del estado nuevo.[5]

Para nosotros, en nuestra América, lo realmente importante es preguntarse por el origen de nuestro cambio de épocas, las opciones de futuro que nos ofrece, y lo que podemos hacer al respecto. La respuesta a estas preguntas (aún) no llega al detalle necesario. De momento, solo podemos intuir la tendencia general, dentro de la cual lo importante, como nos dice Martí, es el esfuerzo de cada uno por contribuir al aporte de todos en la construcción de esa verdad.

Los caminos de ese aporte son muchos. Quizás el más importante sea, en cualquier caso, el que lleve a la transformación de los términos del ejercicio de la dependencia de la especie humana respecto al entorno natural que sostiene su existencia. Esto tiene especial importancia en al menos tres sentidos.

Uno consiste en que esa dependencia respecto al entorno natural vincula nuestros problemas locales con los que afectan al conjunto de la Humanidad en el planeta entero. Otro, en que ese vínculo nos ayuda a comprender que el ambiente es el resultado de las interacciones que hemos establecido las sociedades humanas y su entorno natural, y que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear sociedades diferentes. Y el tercero, en que nos ayuda a comprender que nuestra dependencia respecto al mundo natural es insostenible en una perspectiva de crecimiento económico sostenido, cuando lo que ahora necesitamos es hacer sostenible nuestro propio desarrollo como especie.

Se trata, en breve, de alcanzar aquel fin de la prehistoria de la Humanidad que para Marx anunciaba el comienzo de la etapa de nuestro propio desarrollo humano en la que finalmente todos podamos compartir la visión que inspiraba en Martí su lectura del filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson:

El objeto de la vida es la satisfacción del anhelo de perfecta hermosura; porque como la virtud hace hermosos los lugares en que obra, así los lugares hermosos obran sobre la virtud. Hay carácter moral en todos los elementos de la naturaleza: puesto que todos avivan este carácter en el hombre, puesto que todos lo producen, todos lo tienen. Así, son una la verdad, que es la hermosura en el juicio; la bondad, que es la hermosura en los afectos; y la mera belleza, que es la hermosura en el arte. […] La naturaleza inspira, cura, consuela, fortalece y prepara para la virtud al hombre. Y el hombre no se halla completo, ni se revela a sí mismo, ni ve lo invisible, sino en su íntima relación con la naturaleza.[6]

            Alto Boquete, Panamá, 24 de febrero de 2020


[1] “Francisco Sellén”. El Partido Liberal, México, 28 de septiembre de 1890. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.V:190.

[2] “La exhibición sanitaria”. La América, Nueva York, mayo de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII: 437.

[3] “Garfield”. La Opinión Nacional. Caracas, 19 de octubre de 1881. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XIII:199.

[4] “Respeto a nuestra América”. La América, Nueva York, agosto de 1883. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI:24.

[5]Cuentos de Hoy y de Mañana, por Rafael Castro Palomares”. La América, Nueva York, octubre de 1883. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. V:109.

[6] “Emerson”. La Opinión Nacional, Caracas, 19 de mayo de 1882. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XIII: 25 – 26.

El camino a un orden nuevo

Guillermo Castro H.

“Estudien, los que pretenden opinar.

No se opina con la fantasía, ni con el deseo,

sino con la realidad conocida,

con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras

que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo. […]

Y fundemos, sin la ira del sectario, ni la vanidad del ambicioso.”

José Martí, 1894[1]

Quizás el relato más importante a nuestro alcance sobre la crisis de un orden mundial sea la novela El Nombre de la Rosa, del semiólogo y medievalista italiano Umberto Eco, publicada allá por 1980.[2] Hoy, cuando vemos a la Humanidad al borde del gran desorden mundial que puede anunciar (o no) la generalización de la guerra contra la OTAN librada por Rusia en el territorio de Ucrania, podemos ver también que a la Rosa de Eco no le falta ningún pétalo a medio siglo de haber florecido.

            En la novela, ubicada hacia 1327, el agotamiento de la Edad Media se hace evidente en el conflicto y las guerras entre el Papado y el Sacro Imperio Romano-Germano por la hegemonía en lo que hoy llamamos Europa. En el plano de la cultura, este conflicto se expresaba ya en los primeros signos de ruptura entre la vieja cultura medieval y la que anuncia la transición a la modernidad, representadas en el monje ciego Jorge de Aragón, y el sacerdote franciscano Guillermo de Baskerville, respectivamente. Faltaban aún doscientos años para el cisma de Occidente, y cien más para el nacimiento del mercado mundial. No en balde, la últimas palabras del franciscano, son “Hay demasiada confusión aquí. Non in conmotione, non in conmotione Dominus.”[3]

De esa clase de conmoción son los cambios que nos ha tocado conocer a principios del siglo XXI. Al respecto, dice el analista argentino Julio Gambina,

La globalización o mundialización impulsada desde los 80/90 del siglo pasado se sustentaba en la “cooperación” global para el “libre comercio”, afirmada en la base del desarrollo de las fuerzas productivas impulsadas por la innovación tecnológica, la informática, la inteligencia artificial y la difusión de la digitalización. Esa base material supuso un crecimiento de la productividad del trabajo que interviene en la disputa del ingreso a favor de la ganancia y en contra de los ingresos populares, especialmente ante los problemas económicos del 2020/22, cierre económico y pandemia mediante. La situación se expresa en el alza de los precios, que se manifiesta como inflación y que preocupa al poder mundial ante la desestabilización y aliento al conflicto social que ello puede generar. De ese modo, lo que aparece en la coyuntura de los últimos años del sistema mundial, es una dinámica de “no cooperación” que viene desde antes de la pandemia. [4]

Para Gambina, tales cambios en el llamado “tablero de las relaciones internacionales” constituyen señales del “desorden” del orden vigente desde 1991, “e indicios de búsquedas de nuevos rumbos en la conducción del sistema mundial.” La circunstancia inmediata, sin embargo, es de tal complejidad que muchos perciben este cambio de épocas desde la perspectiva de un fin de los tiempos, agravada además por la activa deshistorización de toda cultura llevada a cabo por el noeliberalismo de 1990 acá.

Porque en efecto, esto es a un tiempo nuevo y no. Los cambios de época se han expresado siempre en un incremento de las tensiones sociales, las contradiciones económicas y los conflictos políticos que, llevado a sus grados extremos, han dado lugar a enfrentamientos militares. El surgimiento del mercado mundial, por ejemplo, fue un periodo de guerras de conquista y de enfrentamientos que condujeron a la creación de monarquías coloniales, primero, y de Estados republicanos después. ¿Y qué decir de la transición entre aquel la primera organización colonial del sistema mundial y su subsiguiente organización internacional, intermediada por la Gran Guerra de 1914-1945?

Lo importante, ahora, es que un tiempo se agota ante nuestra vista, mientras otro emerge de las posibilidades que esa alteración en el curso de lo que hasta hace poco tendíamos a considerar “normal”. Porque en efecto, ¿cómo puede ser “normal” un circunstancia en la cual – dice Gambina – “la preocupación por la pandemia continua  y la inflación volvió a la agenda de los problemas en la economía mundial, en un marco no resuelto de “cambio climático”, a lo que ahora se agrega el conflicto bélico por la hegemonía en Eurasia?

            Quizás cabría decir que todo esto se agrava debido a que – en la misma medida en que aún no alcanzamos a comprenderlo en toda su complejidad – carecemos aún del lenguaje correspondiente a la nueva realidad que emerge. Por lo mismo, debemos cuidar el uso del lenguaje que muere, y contribuir a la construcción del que demanda el tiempo que viene.  

En tiempos así, Guillermo de Baskerville aconsejaría tomar como punto de partida el lugar y la función de cada parte en la evolución del todo, recordándonos además la superioridad de de lo real sobre lo ideal, la del tiempo sobre el espacio y, en particular, la de la unidad sobre el conflicto. Eso nos ayudará a comprender el curso del mundo si conocemos el camino que nos ha traido a la circunstancia que hoy llamamos nuestra. A eso se refiere Christopher Wickham – historiador de otra gran transición, la del mundo antiguo al medieval-  cuando nos dice que el desarrollo histórico “no va a ninguna parte, sino que, al contrario, procede de algún sitio.”[5] Para Guillermo de Baskerville había demasiada confusión en la fase inicial de la descomposición del mundo medieval en que Umberto Eco le dio vida. Hoy, probablemente, podría construir mejor sus preguntas desde el reino de este mundo.

Alto Boquete, Panamá, 7 de marzo de 2022


[1] “Crece”. Patria, 5 de abril de 1894. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. III:121.

[2] El Nombre de la Rosa y apostillas. (2016) Traducción de Ricardo Pochtar. Lumen, España.

[3] Op. Cit., p. 667.

[4] Julio C. Gambina / 27/02/2022. “El conflicto entre Rusia y Ucrania es expresión del desorden mundial. https://www.alainet.org/en/node/215009.”

[5] Europa en la Edad Media. Una nueva interpretación. Crítica, Barcelona, 2017. http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/europa_en_la_edad_media.pdf

Para el debate sobre la historia en Panamá

Guillermo Castro H.

El debate en torno a la ley que regularía la profesión de historiador en Panamá es apenas un síntoma de un mal más amplio y complejo. Toda ley, en efecto, es un medio para un fin mayor. Y en este caso ese fin mayor consiste en encontrar remedio a la deplorable situación de los estudios históricos en Panamá.

Se han dado algunos pasos al respecto, como la creación del CIHAC-AIP en el Ministerio de Cultura, y el inicio (finalmente) de las actividades del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de Panamá. El país cuenta además con el programa de becas de postgrado que maneja SENACYT, que si bien ha beneficiado sobre todo a especialistas de las ciencias naturales también está a disposición de sus colegas en ciencias sociales y Humanidades.

Otros elementos positivos incluyen lo avanzado en la investigación de la historia del Panamá antiguo desde entidades como el Instituto Smithsonian y la Fundación El Caño, así como los avances en materia de protección de nuestro patrimonio histórico. Y a esto se agrega la enorme cantidad de información histórica sobre Panamá en entidades culturales de países como Estados Unidos, España y Colombia, constantemente enriquecida por nuevos estudios sobre el pasado del Istmo producidos por historiadores de Panamá como de esos y otros países.

Ante este panorama, nuestra comunidad de partes interesadas en el desarrollo de la historia debería contribuir a establecer una agenda de temas pendientes de importancia para el futuro de Panamá. Necesitamos, realmente, conocer y dar a conocer mucho mejor la historia del trabajo, de la tecnología, de la agricultura, de la ciencia, del ambiente, de la cultura y del lugar de Panamá en la historia del mercado mundial. Desde la identificación de esas necesidades será mucho más sencillo identificar los medios necesarios para atenderlas, y trabajar juntos para obtenerlos.

La presencia de autores vinculados a esos campos constituye un valioso aporte inicial para tareas de tal complejidad. El Estado, sin embargo, debe comprender esta tarea y comprometerse con ella. El conocimiento de la propia historia es un elemento fundamental en la formación y desarrollo de la identidad nacional, tanto más valiosa en tiempos de reordenamiento del sistema mundial, y de nuestras propias opciones de futuro.

Panamá, 10 de marzo de 2022

Nota sobre la ecología política de la sostenibilidad del desarrollo humano en Panamá

Guillermo Castro H.

En lo más sencillo, un conflicto socioambiental ocurre cuando grupos sociales distintos aspiran a hacer usos mutuamente excluyentes de los recursos de un mismo ecosistema. Este tipo de conflicto nunca ha estado ausente en la historia de Panamá, pero ha tendido a incrementarse desde fines del siglo XX.

Para entonces hubo dos conflictos de gran importancia histórica. El primero, en la década de 1970, ocurrió en torno al proyecto estatal de poner en explotación el yacimiento de cobre de Cerro Colorado, rechazado por la población del Oriente Chiricano y, en particular, por el pueblo Ngöbe, que finalmente lograron su cancelación. El segundo, entre 1999 y 2006, tuvo lugar ante el intento de la Autoridad del Canal de Panamá de inundar la cuenca media del río Indio, con el fin de trasvasar agua al Canal de Panamá ante el incremento del caudal que requeriría la ampliación de este.

En este caso, el foco principal de resistencia estuvo en la población campesina de la cuenca, que contó con apoyo de movimientos sociales del campo y la ciudad, y obligó al gobierno a cancelar el proyecto para hacer viable políticamente la ampliación del Canal. Con ello, la lucha campesina por el control del agua del río Indio constituyó el punto de partida en el desarrollo del ambientalismo moderno en Panamá. Esto se hizo visible sobre todo en la multiplicación de las organizaciones sociales de lucha en defensa de su derecho al agua, frente a la expansión del negocio hidroeléctrico, sobre todo en Veraguas y en Chiriquí.

            Aquel movimiento de lucha por el agua había sido precedido por focos rurales de resistencia a la política oficial de fomento de la minería metálica a cielo abierto. Para mediados de de la década de 1990, esa resistencia se expresó con especial vigor en torno al proyecto minero de Cerro Quema, en Los Santos, y en otros como los de Remance y Cañazas, en Veraguas. Para mayo de 2012, un nuevo intento de poner en explotación el yacimiento de Cerro Colorado generó una protesta del pueblo Gnöbe que fue enfrentada con gran violencia por el Estado.

Entretanto, casi en los márgenes de la percepción nacional, se había iniciado la explotación del yacimiento de cobre y oro de Petaquilla, en el Distrito de Donoso, provincia de Colón, que al igual que el de Cerro Colorado venía siendo evaluado desde la década de 1970. Así, para 2021, el economista Guillermo Chapman, estrechamente vinculado a los estratos superiores del sector empresarial, pudo afirmar que en la década de 2010 – 2019 “la minería fue el sector de mayor crecimiento. Hasta el año 2018, en buena medida, su producción se centraba en materiales para la construcción y, en el año 2019, se inició la producción de concentrado de cobre por Minera Panamá.”[1]

El proceso de desarrollo de la minería dejó en evidencia que los sectores dominantes en la economía panameña, ante la posibilidad de incorporar el Canal a la economía nacional como un medio para el desarrollo integral del país, optaron en cambio por utilizar ese valioso activo para conformar un enclave logístico y financiero, al que se agregaba ahora otro, dedicado a la minería. El alcance de esa decisión, por otra parte, resaltaba ante el hecho de que la crisis detonada por la pandemia en 2020 incluía, además de una situación de crecimiento económico incierto, otras de inequidad social persistente; degradación ambiental constante y deterioro institucional creciente.

En ese marco, la creación de un nuevo enclave minero -que genera y exporta enormes ganancias a favor de inversionistas extranjeros mientras contribuye al deterioro del patrimonio natural de la nación -, agrava esa crisis en todos sus planos, sin contribuir a resolverla. Para los sectores dominantes en Panamá, todo se reducía a si antes habíamos sido un país canalero ahora se había decidido que fuera, además, minero. Para los movimientos sociales, en cambio, se hizo evidente que si antes esos mismos sectores decían que sin el Canal no habría país, ahora se hacía evidente que sin país no habrá Canal, ni minería metálica a cielo abierto, pus ambos hacen parte de un modelo de desarrollo que atenta contra las condiciones de producción – sociales, naturales, de infraestructura – que sólo el país puede proporcionarles.

El principal recurso natural de Panamá son los ecosistemas que garantizan la abundancia de agua y biodiversidad en el territorio del país. Esos recursos han sido sometidos a una presión constante desde la década de 1950 la cual, por ejemplo, ha reducido la cobertura forestal de Panamá desde el 70 a entre el 30 y el 40 por ciento del territorio. En cuanto al agua, los principales ríos del país han visto deteriorarse sus cuencas y contaminarse sus aguas, sea por el desarrollo urbano desordenado, por una agricultura intensiva en agroquímicos o por actividades como la minería, hoy en proceso de expansión.

            Esto ocurre además en momentos en que la humanidad enfrenta una crisis ambiental planetaria en la que se combinan, por un lado, la contaminación masiva del agua, la tierra y la atmósfera y, por otro, el colapso de los ecosistemas cuyos servicios son el factor fundamental de sostenibilidad del desarrollo humano en el planeta. Así las cosas, la minería que tenemos es la que corresponde a una economía organizada para su propio crecimiento sostenido, medido por los ingresos inmediatos que genera, y no por su apote a la sostenibilidad del desarrollo humano, expresado en la calidad de vida de las grandes mayorías sociales. Con ello, la brecha metabólica entre lo que esa economía demanda de la naturaleza y lo que ésta está en capacidad de ofrecer, tiende por necesidad a convertirse en una brecha política entre los grandes beneficiarios y las masas perdedoras en ese modelo de desarrollo, que ahora ha ingresado a una nueva fase expansiva en Panamá.

            En todo caso, la lucha contra ese modelo de crecimiento sostenido, finalmente destructivo, debe ser encarada desde la realidad histórica de cada sociedad. En el caso de Panamá, las circunstancias históricas en que ha ocurrido nuestro desarrollo han dado lugar a que el extractivismo minero aparezca como una novedad del siglo XXI, en momentos en que se combinan una creciente demanda de empleo en una economía subsidiada por la desigualdad social.

De momento, la estrategia de lucha por la sostenibilidad del desarrollo humano en Panamá debería contemplar al menos tres momentos de política bien articulados entre sí. El primero, ya en curso, consiste en el paso de la denuncia a la crítica del proceso de transformación del patrimonio natural del país en capital natural del sector privado. El segundo se refiere al paso de la protesta contra la política de hechos consumados en esta materia a la propuesta de una política que garantice la gestión adecuada de nuetro patrimonio natural. Con esto, se crearán las condiciones para encarar finalmente el verdadero problema central que está en discusión aquí.

El ambiente, en efecto, es el producto de las interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales a lo largo del tiempo. Esas interacciones operan a partir de procesos de trabajo socialmente organizados, en lo que va desde la agricultura campesina hasta los servicios de tránsito interoceánico. Así, cada sociedad tiene el ambiente que corresponde a sus formas de relación con la naturaleza, cuya organización responde a los intereses de los sectores dominantes en esa sociedad.

En este sentido y en este momento en la historia de Panamá y del mundo, si deseamos un ambiente distinto tendremos que construir una sociedad diferente. Esto es fácil de decir, pero requerirá de un prolongado periodo de lucha cultural y política, y de fomento de formas innovadoras de interacción con la naturaleza tanto en el plano tecnológico como en el del pensamiento económico.

Hoy, la lucha por la sostenibilidad del desarrollo humano debe enfrentar el enorme poder acumulado por la cultura del crecimiento económico sostenido. Al propio tiempo, sin embargo, el deterioro acumulado por ese poder – expresado por su incapacidad política para enfrentar las consecuencias ambientales de sus propia dinámica – conspira a favor de la lucha por la sostenibilidad, que garantice la sobrevivencia del género humano. Dice un viejo proverbio que un viaje de mil días comienza con un paso. Ese paso ya lo dieron los campesinos de río Indio al comenzar el siglo XXI. En verdad, la gente hace camino al andar.

Alto Boquete, Panamá, 10 de marzo de 2022


[1] https://www.indesa.com.pa/wp-content/uploads/2021/04/HACIA-UNA-NUEVA-VISION-ECONOMICA-Y-SOCIAL-EN-PANAMA-GUILLERMO-CHAPMAN-JR..pdf, y agrega: “Como no contamos con leyes generales que ameriten la confianza de los inversores internacionales, nos hemos convertido en el país de las leyes especiales y de los contratos-ley, aquellos de las explotaciones mineras, el oleoducto de petróleo, las plantaciones de bananos y, en su momento, la refinería de petróleo.” Ese inicio había sido precedido a partir de 2014 por un largo proceso de inversión en infraestructura, que incluyó la construcción de un puerto y caminos de acceso, pese a una diversidad de problemas legales y críticas al contrato entre la empresa y el Estado finalmente negociado en 2021. Al respecto:

https://cobrepanama.com/cronologia.

Elogio de las picotas

Guillermo Castro H.

“Se ha de tener fe en lo mejor del hombre

y desconfiar de lo peor de él.

Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca.

Si no, lo peor prevalece.

Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles;

y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.”

José Martí[1]

Hace años ya, de paso por Panamá, Ricardo Alarcón – en aquel entonces Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba -, nos dijo a muchos en una charla que los medios de comunicación podían manipular la realidad, pero no podían crearla. De entonces acá esos medios se han multiplicado, como lo han hecho su influencia en la vida social, y su capacidad de manipulación de lo real – que hoy llega al extremo de privar de voz propia a una de las partes del conflicto que se libra en Ucrania.

En estas cosas, explican poco las explicaciones manidas, como aquella de que la verdad es la primera víctima de toda guerra. En efecto, las explicaciones que necesitamos incluyen las que permiten entender cómo y para qué se procura manipular a la verdad. Y para eso, hay que acudir a opiniones expertas.

Veamos por ejemplo el caso de Paul Joseph Goebbels, quien dirigió el Ministerio de Educación Popular y Propaganda, creado por Adolf Hitler a su llegada al poder en 1933. Desde allí, el ministro Goebbels desarrolló los 11 principios de la propaganda nazi, que operaron con gran eficacia y que hoy animan la mayor parte de las noticias engañosas que circulan por las grandes cadenas noticiosas y las llamadas redes sociales. [2]

En lo más esencial, esos principios buscan individualizar al adversario en un único enemigo, como fue el caso del judío comunista que además era un intelectual. A esto se agrega atribuir al adversario los propios errores o defectos, procurando transformar cualquier anécdota en una amenaza grave. Y esto a su vez demanda que toda propaganda deba “ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar.”

La propaganda, por otra parte, “debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto.”  Para garantizar su eficacia, además, es necesario “acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario”, operando “a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales”, para difundir argumentos que puedan “arraigar en actitudes primitivas.” Y la calidad del resultado puede medirse mediante el “principio de la unanimidad”, que busca convencer a cada uno de que piensa “como todo el mundo”.

Por aquellos años, otro alemán, de nombre Bertolt Brecht enfrentó los 11 principios del Dr. Goebbels con un texto que se levanta de sus cenizas ante cada intento del fascismo por ensangrentar nuevamente sus laureles. El texto – breve, claro, directo – se titulas Cinco dificultades para decir la verdad [3].

La primera dificultad, dice Brecht, consiste en tener el valor de escribir la verdad aunque se la se desfigure por doquier. A esto se añade tener la inteligencia necesaria para descubrir la verdad; disponer del arte necesario para que resulte manejable como un arma; saber a quién confiar la verdad para que resulte útil, y proceder con astucia para difundirla. Tales dificultades, añade, “son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.”

Identificar la verdad para poder escribirla con propiedad no es fácil, sobre todo en tiempos como los que vivimos, cuando ha entrado de lleno en escena el poder de veto en el acceso a la información. Y sin embargo, es más importante que nunca, como lo entendió José Martí al señalar que

“A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve. La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, para salvar al país de la enemistad abierta o la amista codiciosa de los demás pueblos”.[4]

Para Brecht, descubrir la verdad implica trascender las apariencias y reconocer las relaciones que le dan sentido a los distintos aspectos de la realidad, sobre todo en una época “confusa y rica en transformaciones”, para transmitirla a quienes sean capaces de transformarla en acción.  En este terreno, Brecht es tajante. “Los que ignoran la verdad”, dice, “se expresan de un modo superficial, general e impreciso”, y en realidad “no se dirigen a nadie.” Para ellos, terminar con la barbarie demanda “predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a “aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes.”

Por ello, dice, quien quiera describir el fascismo y las guerras “debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras.” Para presentar verídicamente un estado de cosas nefats, dice, esnecesario mostrar que tiene “causas remediables”, porque “cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.”

Y esto plantea otra dificultad, dado que para ser revelado “el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo.” Ella, añade, “es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.” En este terreno, dice, lo importante es “enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables”, pues los dirigentes del orden establecido

“odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.”

Para Brecht, en suma “la gran verdad de nuestra época […] es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia.” Decir esto, añade enseguida, “nos hará perder muchos amigos: todos los que, matizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad. Y aún así, se reitera en su planteamiento fundamental:

“Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.”

En estas cosas no fue en balde que Martí nos dijera que la política “es la verdad”, y que el mérito de decirla “es de la verdad, y no de quien la dice”[5], y que hiciera de esa verdad, así entendida, una norma de conducta en su vida intelectual y política. Por eso pedía a los pueblos de nuestra América instalar aquellas dos picotas: una “para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.” Con esto, al acercarse a la hora de su ingreso en el provenir, confirmaba lo que había intuido con plena claridad en la hora de su primera madurez:

“Y esto es absolutamente cierto, con toda la honrada verdad de que es susceptible la palabra humana, – con toda la escrupulosa exactitud de quien considera un crimen alimentar esperanzas políticas que no tienen razón de existir – por el placer mezquino de hacer triunfar la vanidad ridícula, o el interés sórdido, – o de disimular – so capa de fáciles combates y cómodas oposiciones, inveteradas y reales flaquezas. Se ha de vivir y morir abrazado a la verdad. Y así, si se cae, se cae con una hermosa compañía. Que enferma, pero nunca muere. Triunfaremos.”[6]

Alto Boquete, Panamá, 4 de marzo de 2022


[1] 1975, VI, 22: “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.

[2] “Los 11 principios de la propaganda nazi de Joseph Goebbels”

https://www.altaveu.com/opinio/los-11-principios-de-la-propaganda-nazi-de-joseph-goebbels_1597_102.html

[3] Cinco dificultades para decir la verdad. Bertolt Brecht, 1934 https://www.jstor.org/stable/27820480

[4] “La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”. La Revista Ilustrada, Nueva York, mayo de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana,1975. VI:158.

[5] “Ciegos y desleales”. Patria, Nueva York, 28 de enero de 1893. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. II: 215.

[6] 1975, XXI, 242: Cuadernos de Apuntes, 8 (1880 – 1882).

Ucrania desde nos

Ucrania desde nos

Guillermo Castro H.

“En cosas de tanto interés, la alarma falsa fuera tan culpable como el disimulo.

Ni se ha de exagerar lo que se ve, ni de torcerlo, ni de callarlo.

Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima,

sino cuando se les puede evitar.

Lo primero en política, es aclarar y prever.”

José Martí[1]

Se atribuye al estratega chino Sun Tzu haber definido la victoria como el control del equilibrio Pocos países hubiera imaginado uno con la capacidad de Ucrania para ejercer el papel de un centro de equilibrio entre Europa y Eurasia, por su posición geográfica, su historia y su riqueza. En cambio, a partir de 2014 optó por convertirse en un protectorado de la OTAN, que ni siquiera la invita a participar en las negociaciones para evitar una guerra que se libraría en su propio territorio.

Al respecto, un artículo de Ilán Semo,[2] señala que en el 2020, el ingreso per capita de Ucrania –3 mil 726 dólares por persona– era un poco más bajo que el de El Salvador –3 mil 796 dólares–. “No siempre fue así”, añade, “Desde la muerte de Stalin,” quien “castigó duramente” al mundo rural durante la colectivización de la tierra entre 1928 y 1934, Ucrania

devino una de las repúblicas más prósperas de la región. Desde los años 50, Moscú trasladó a su territorio la construcción integral de los aviones Antonov, la industria de los reactores nucleares, sus bases enteras de submarinos atómicos (situadas en Crimea precisamente) y la convirtió en el granero soviético.

Sin embargo, al desaparecer la Unión Soviética, la mayor parte de las empresas que fueron privatizadas “cayeron en manos de una de las más inverosímiles oligarquías modernas.” Así,

Cuatro grupos empresariales (concentrados en la construcción, la banca, la producción de alimentos, los medios de comunicación y el comercio) acabaron concentrando 70 por ciento del ingreso nacional. Aunque la mayor parte de ese ingreso proviene de dos fuentes: la renta que Rusia paga a Kiev por permitir el paso de su gas hacia Europa y las exportaciones de trigo a través de los puertos del mar Negro. Desde los años 90, se promulgó una ley que hizo posible (y protege) la concentración de 80 por ciento de la tierra fértil en manos de 21 latifundistas. […] A partir de 1993, la pauperización de los trabajadores del campo y la ciudad resultó prácticamente salvaje. Otro de los ingresos vitales lo representan las remesas anuales de 10 millones de ucranianos, los cuales trabajan estacionalmente en Europa. Cuatro millones de jóvenes han emigrado para siempre. Todos y cada uno de los presidentes (incluido el actual, Volodymyr Zelensky) han provenido de esta casta seudoempresarial.

Esta situación ilustra lo dicho por Immanuel Wallerstein a fines del siglo XX, cuando señaló que la desintegración de la Unión Soviética anunciaba el fin del sistema mundial organizado por los vencedores en la Gran Guerra de 1914-1945, y aceleraría la descomposición de las estructuras de mediación social y política en todos los Estados que integran ese sistema. Conviene recordar, si, que la garantía mayor en el equilibrio de ese sistema – más allá del control por el FMI de una economía mundial dolarizada, o del papel del Consejo de Seguridad de la ONU como garante del equilibrio político del subsistema internacional – fue la Destrucción Mutua Asegurada, como llamaron algunos a un eventual enfrentamiento guerra nuclear entre las dos grandes potencias de la época: Estados Unidos, con el respaldo de la OTAN, y la Unión Soviética, con el del Pacto de Varsovia.

Muchos asumieron que el fin del equilibrio bipolar de 1945 – 1989 abría paso finalmente a un mundo unipolar, organizado por y para la llegada de “el siglo norteamericano” en la historia universal. Ese siglo, sin embargo, tardó apenas diez años en empezar a desintegrarse a partir del brutal atentado contra los miles de trabajadores que ocupaban las Torres Gemelas de Nueva York en el año 2001.

Tras esa acción criminal, de los rescoldos de la Guerra Fría emergió la “guerra sin fin” contra el terrorismo – como la llamara el presidente George W. Bush -, librada en “los rincones más oscuros del mundo” como Afganistán, Irak, Libia, Somalía y Siria, por mencionar algunos ejemplos. A ello se agregó, con la aniquilación de la antigua Yugoeslavia – el desmembramiento del antiguo campo socialista europeo y la limpieza ideológica de sus fragmentos, usualmente a cargo de fuerzas políticas conservadoras colindantes con el fascismo, en países como Hungría, Polonia y (justamente) la Ucrania que vemos hoy.

Ese acontecer, además, liberó al viejo orden mundial de las restricciones que limitaban el despliegue de sus propias contradicciones en las distintas sociedades que lo integraban, incluyendo a la Federación Rusa y los Estados Unidos, cuya democracia liberal se cuenta entre las víctimas de este proceso. Con ello ocurrió lo impensable, pues la batalla por la conquista de la unipolaridad ha venido a convertirse en su contrario: la creciente multipolarización del sistema mundial, visible en casos como los de China, Rusia y, a escala menor aún, India y Brasil.

De esa variante inesperada no ha estado ausente Europa. La salida de la Unión Europea de Gran Bretaña, la creciente autonomía de Alemania y Francia y el carácter retrógrado de los regímenes de Europa Central quizás ayude a entender la reticencia de varios miembros de la OTAN a involucrarse en Ucrania al nivel en que los Estados Unidos lo necesitaría para demostrar en el exterior el liderazgo que la administración Biden no puede mostrar en casa.

En este proceso, nos dice Semo, la nueva oligarquía ucraniana en contró en el nacionalismo europeísta “la fórmula para desmantelar las protestas contra la casta local y construir un nuevo enemigo: la minoría rusa que habita las regiones del este y el sur del país.” El problema, añade, fue que “nunca calculó la respuesta: el secesionismo”, que llevó a la población de Crimea y de la región del Don por integrarse a Rusia, ofreciendo a Estados Unidos la justificación para desatar la crisis mediante una confrontación militar que en la que Ucrania, Europa y Rusia pondrían el mayor número de víctimas y de territorios arrasados.

En esta circunstancia, dice Semo, lo que interesa a la OTAN – que no necesariamente a la Unión Europea -, consiste en “continuar replegando la zona de influencia rusa en Europa, como ha sucedido desde 1993.” Ante esta situación, por cierto el actual presidente de Ucrania, ganó las elecciones de 2021 con el lema “Ni la OTAN, ni Rusia”, lo cual, observa Semo, podría ser “la autentica aspiración de la población ucrania: una postura similar a la que ocupa Finlandia desde la Segunda Guerra Mundial en Europa.” Faltará ver si llega a tener el valor de hacer ahora lo que propuso entonces, o seguirá esperando por una invitación a la mesa en que se discute el destino de la patria de todos los ucranianos.

Alto Boquete, Chiriquí, 4 de febrero de 2022


[1]: “Congreso Internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias. I. Nueva York, 2 de noviembre de 1889”. La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de 1889. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI: 46 – 47

[2] “Ucrania: el subsuelo de la crisis”. La Jornada, México, 3 de febrero de 2022. https://www.jornada.com.mx/2022/02/03/opinion/015a2pol

Los tiempos del tiempo

Los tiempos del tiempo

Guillermo Castro H.

“Todo está dicho ya; pero las cosas, cada vez que son sinceras, son nuevas.

Confirmar es crear.

Lo que hace crecer el mundo no es el descubrir cómo está hecho,

sino el esfuerzo de cada uno para descubrirlo.”

José Martí, 1890[1]

En verdad, vivimos tiempos de gran incertidumbre, en los que por momentos no parece haber siquiera dónde reposar la mirada. El mundo está sumergido en una crisis ambiental – en gran parte provocada por nosotros mismos, los humanos –, en la cual va tomando forma un sistema Tierra muy distinto al que ayer apenas dábamos por normal. A eso se agregan una crisis geopolítica, que por momentos parece llevarnos a los linderos de una nueva guerra mundial, y transformaciones geoeconómicas que anuncian una etapa enteramente nueva en la historia del mercado mundial.

            Nada esto, sin embargo, significa que vayamos hacia un destino ya definido. Estamos en un cambio de épocas, como aquel en que Martí se refería a la angustia “con que se vive en todas partes del mundo en la época de transición en que nos ha tocado vivir”.[2] Y buscaba, como el hombre culto que era, las razones de esa transición en la historia de su tiempo.

“El siglo último”, decía – refiriéndose al XVIII, que culminó con la Revolución Francesa – “fue el del derrumbe del mundo antiguo: éste es el de la elaboración del mundo nuevo”.[3] Con ello, viendo más allá de la angustia que generaba la incertidumbre de tan vasto proceso, no vacilaba en afirmar – como podemos hacerlo nosotros -, que la ciencia y la libertad “son llaves maestras que han abierto las puertas por donde entran los hombres a torrentes, enamorados del mundo venidero.”[4]

Ese optimismo sobre el futuro no se asentaba en ilusiones, sino en una clara visión de las contradicciones que emergían en aquella transición, y la impulsaban. “El mundo”, decía,

está en tránsito violento, de un estado social a otro. En este cambio, los elementos de los pueblos se desquician y confunden; las ideas se obscurecen; se mezclan la justicia y la venganza; se exageran la acción y la reacción; hasta que luego, por la soberana potencia de la razón, que a todas las demás domina, y brota, como la aurora de la noche, de todas las tempestades de las almas, acrisólanse los confundidos elementos, disípanse las nubes del combate, y van asentándose en sus cauces las fuerzas originales del estado nuevo.[5]

Para nosotros, en nuestra América, lo realmente importante es preguntarse por el origen de nuestro cambio de épocas, las opciones de futuro que nos ofrece, y lo que podemos hacer al respecto. La respuesta a estas preguntas (aún) no llega al detalle necesario. De momento, solo podemos intuir la tendencia general, dentro de la cual lo importante, como nos dice Martí, es el esfuerzo de cada uno por contribuir al aporte de todos en la construcción de esa verdad.

Los caminos de ese aporte son muchos. Quizás el más importante sea, en cualquier caso, el que lleve a la transformación de los términos del ejercicio de la dependencia de la especie humana respecto al entorno natural que sostiene su existencia. Esto tiene especial importancia en al menos tres sentidos.

Uno consiste en que esa dependencia respecto al entorno natural vincula nuestros problemas locales con los que afectan al conjunto de la Humanidad en el planeta entero. Otro, en que ese vínculo nos ayuda a comprender que el ambiente es el resultado de las interacciones que hemos establecido las sociedades humanas y su entorno natural, y que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear sociedades diferentes. Y el tercero, en que nos ayuda a comprender que nuestra dependencia respecto al mundo natural es insostenible en una perspectiva de crecimiento económico sostenido, cuando lo que ahora necesitamos es hacer sostenible nuestro propio desarrollo como especie.

Se trata, en breve, de alcanzar aquel fin de la prehistoria de la Humanidad que para Marx anunciaba el comienzo de la etapa de nuestro propio desarrollo humano en la que finalmente todos podamos compartir la visión que inspiraba en Martí su lectura del filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson:

El objeto de la vida es la satisfacción del anhelo de perfecta hermosura; porque como la virtud hace hermosos los lugares en que obra, así los lugares hermosos obran sobre la virtud. Hay carácter moral en todos los elementos de la naturaleza: puesto que todos avivan este carácter en el hombre, puesto que todos lo producen, todos lo tienen. Así, son una la verdad, que es la hermosura en el juicio; la bondad, que es la hermosura en los afectos; y la mera belleza, que es la hermosura en el arte. […] La naturaleza inspira, cura, consuela, fortalece y prepara para la virtud al hombre. Y el hombre no se halla completo, ni se revela a sí mismo, ni ve lo invisible, sino en su íntima relación con la naturaleza.[6]

            Alto Boquete, Panamá, 24 de febrero de 2020


[1] “Francisco Sellén”. El Partido Liberal, México, 28 de septiembre de 1890. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.V:190.

[2] “La exhibición sanitaria”. La América, Nueva York, mayo de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII: 437.

[3] “Garfield”. La Opinión Nacional. Caracas, 19 de octubre de 1881. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XIII:199.

[4] “Respeto a nuestra América”. La América, Nueva York, agosto de 1883. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI:24.

[5]Cuentos de Hoy y de Mañana, por Rafael Castro Palomares”. La América, Nueva York, octubre de 1883. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. V:109.

[6] “Emerson”. La Opinión Nacional, Caracas, 19 de mayo de 1882. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XIII: 25 – 26.

Los riesgos del Foro

Los riesgos del Foro

Guillermo Castro H.

El Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) ha publicado la 16ª edición de su Informe de Riesgos Globales.[1] Elaborado a partir de una encuesta a un millar de empresarios, científicos y comunicadores, el Informe busca identificar y analizar “los riesgos clave que emanan de las tensiones económicas, sociales, ambientales y tecnológicas actuales.” 

En esta ocasión, el Informe aborda las consecuencias económicas y sociales de la pandemia de COVID-19, las cuales – dice – “continúan representando una amenaza crítica para el mundo.” Sin embargo, el verdadero tema de fondo es el de las crecientes dificultades que encara el proceso de transición desde la organización internacional del sistema mundial hacia otra que podríamos llamar transnacional, así sea tentativamente.

            En esta perspectiva, solo el 16 % de los encuestados expresa optimismo sobre las perspectivas del mundo, y solo el 11 % cree que la recuperación global se acelerará. En cambio, la mayoría espera “que los próximos tres años se caractericen por una volatilidad constante y múltiples sorpresas o trayectorias fracturadas que separarán a los ganadores y perdedores relativos.”

La mayoría de los encuestados señala a los riesgos sociales y ambientales como los más preocupantes en un horizonte de cinco años, y a los ambientales como los más críticos y potencialmente dañinos para un plazo de 10 años, en particular los relacionados con el fracaso de la “acción climática”, el “clima extremo” y la “pérdida de biodiversidad.” Para el mismo plazo, los encuestados también señalaron las “crisis de la deuda” y las “confrontaciones geoeconómicas” como algunos de los riesgos más graves. Finalmente, dice el Informe, los riesgos tecnológicos como la “desigualdad digital” y la “falla de ciberseguridad”, constituyen otras amenazas críticas a corto y mediano plazo.

Esta visión del WEF otorga especial importancia a la persistencia de los desafíos económicos derivados de la pandemia. Las perspectivas de recuperación siguen siendo débiles, agravadas como están por “los desequilibrios del mercado laboral, el proteccionismo y la ampliación de las brechas digitales, educativas y de habilidades”, que generan “el riesgo de dividir el mundo en trayectorias divergentes.” 

“Las presiones internas a corto plazo”, añade el Informe “dificultarán que los gobiernos se concentren en las prioridades a largo plazo y limitarán el capital político asignado a las preocupaciones globales.” Con ello, la “erosión de la cohesión social” – forma elegante de referirse al deterioro de la hegemonía neoliberal en lo ideológico – es percibida como “una de las principales amenazas a corto plazo”, lo cual crearía el riesgo de que las disparidades “que ya eran un desafío para las sociedades” incrementen “la polarización y el resentimiento dentro de las sociedades.” 

            En el plano ambiental, existe especial preocupación por el cambio climático, que se manifiesta “en forma de sequías, incendios, inundaciones, escasez de recursos y pérdida de especies, entre otros impactos” – que incluyen las crecientes pérdidas de las empresas de seguros, y las potenciales de las empresas de combustibles fósiles. Y aún así, el Informe hace constar que “alejarse de las industrias intensivas en carbono, que actualmente emplean a millones de trabajadores, desencadenará volatilidad económica, profundizará el desempleo y aumentará las tensiones sociales y geopolíticas.” 

Los factores de riesgo incluyen a pilares fundamentales del proceso de globalización, como es el caso de las tecnologías de la información y la comunicación. “La creciente dependencia de los sistemas digitales”, dice el Informe, “ha alterado las sociedades.” Así, la rápida digitalización de las empresas ha estimulado el trabajo remoto y la multiplicación de plataformas y dispositivos que facilitan este cambio. Al propio tiempo,se han incrementado las amenazas a la ciberseguridad, “con consecuencias que van desde los ataques a sistemas grandes y estratégicos hasta el incremento de la desinformación, el fraude y la falta de seguridad digital.” 

La creciente inseguridad resultante de las dificultades económicas, la intensificación de los impactos del cambio climático y la inestabilidad política ya están obligando a millones de personas a abandonar sus hogares en busca de un futuro mejor en el extranjero. Con ello, tienden a incrementarse las barreras de entrada a quienes migran en busca de oportunidades o refugio. Estas barreras, a su vez, “crean el riesgo de bloquear un camino potencial para restaurar los medios de vida, mantener la estabilidad política y cerrar las brechas laborales y de ingresos”, y exacerban “las tensiones internacionales, pues cada vez más son utilizadas como instrumento geopolítico.”

Cabría decir, en breve, que estamos inmersos en una crisis del proceso mismo de globalización, amenazado hoy en su curso original por las consecuenciasde su propio desarrollo. El cambio tecnológico que lo ha sustentado ha ocurrido en el marco de la creciente ineficacia de la organización internacional del sistema mundial entre las décadas de 1950 y 1960, debilitada a partir de la de 1990 por el ascenso del neoliberalismo, la más resistente al cambio político de entre todas las ideologías contemporáneas.

Para decirlo a una vieja usanza, este deterioro ha llegado al punto en que las fuerzas productivas generadas por la IV Revolución Industrial han entrado en contradicción con las relaciones de producción y la superestructura política del sistema mundial. Con ello, la política se acerca cada vez más a su forma extrema, que es la confrontación militar, sin llegar aún a ella por aquello de que todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere llegar primero, empezando por quienes más promueven la confrontación en Eurasia, en busca de una victoria en que las bajas las pongan los europeos y, quién sabe, todos los demás, incluyéndonos, si la crisis se pone nuclear.

Alto Boquete, Panamá, 27 de enero de 2020


[1] https://www.weforum.org/reports/global-risks-report-2022/in-full/grr2022-executive-summary

El ambiente en el colibrí

Guillermo Castro H.

Tres décadas ha durado ya el imperio de la combinación de los males del viejo liberalismo oligárquico con los del neoliberalismo…oligárquico. Allí han coexistido en mutua atracción y repulsión los descendientes de los señores de ayer, y los ascendentes de la lumpen burguesía que va dando de si los de su pasado mañana. Y desde allí, también, nuestra América ha ingresado en una crisis “multimodal” – para decirlo en el lenguaje elegante de los organismos interestatales -, en que se combinan un crecimiento económico incierto, una inequidad social persistente, una disfuncionalidad institucional creciente, y una degradación ambiental constante.

            Esos problemas no pueden ser resueltos por separarado. Tal solución, en efecto, depende de nuestra capacidad para comprender las relaciones que guardan entre sí, y el peso relativo de cada uno en la crisis generada por las modalidades que esas relaciones adoptan en la circunstancia que nos ha tocado encarar. Podemos entender, por ejemplo, que la contradicción principal que anima al conjunto es el conflicto entre una producción cada vez más integrada y unas sociedades cada vez más fragmentadas. Pero debemos entender, también, que el aspecto principal de esa contradicción radica, hoy, en la dimensión ambiental de la crisis general, que ya genera una amenaza para el desarrollo de la especie humana.

La lucha contra esa amenaza, que surge del conflicto entre la especie y el entorno natural del que depende su existencia, cuenta con un recurso invaluable en el corazón mismo del legado cultural de José Martí: la fe en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud, y en el poder transformador del amor triunfante. Desde aquí cabe regresar una y otra vez a aquel “cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria.”[1]

En lo que hace a la dimensión ambiental de la crisis, la primera de esas verdades consiste en la necesidad de abordar los problemas que hoy afectan a nuestro entorno natural a partir del principio de la interdependencia universal de los fenómenos, que Federico Engels planteó con gran sencillez en 1876, en su texto – desgraciadamente inconcluso – El Papel del Trabajo en la Transformación del Mono en Hombre. Allí señaló que en la naturaleza

nada ocurre en forma aislada. Cada fenómeno afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de ésta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples.[2]

Desde allí resulta más sencillo entender otra verdad elemental: que la especie humana crea su propio ambiente mediante el trabajo, que constituye su vínculo orgánico con el medio natural, en un proceso constante en el que al propio tiempo se forma y transforma a sí misma. De ese modo,  los animales se limitan a “utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina.” 

Este dominio, sin embargo -como bien sabemos hoy-, puede producir el riesgo de nuestra propia extinción. De aquí la importancia de recordar una tercera verdad, que nos advierte que después de cada una de nuestras victorias la naturaleza “toma su venganza”, con lo cual

A cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somo capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente.[3]

Una cuarta verdad nos recuerda que en el proceso de modificar su entorno natural mediante el trabajo, la especie humana se modifica también a sí misma y modifica sus formas de existencia. Con ello, a lo largo del tiempo cada sociedad ha producido un ambiente y unos paisajes que le han sido característicos.

Esto nos lleva a una quinta verdad en el ala del colibrí: la que nos dice que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear una sociedad diferente, que tenga como guía en la interacción con su entorno la necesidad de trabajar con la naturaleza, no contra ella, para cambiar con ella, y no forzarla a cambiar. Esa verdad se hace evidente a través del cúmulo enorme de desastres en que ha venido a desembocar la historia de nuestras modalidades de interacción con el entorno natural, que hoy alcanzan una escala planetaria, en cuyo marco ha sido formulada la hipótesis del Antropoceno.

            Ese término define con cierta precisión científica – en lo que hace a las ciencias de la naturaleza, en primer término – el impacto humano sobre el sistema Tierra a partir de la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII y, en particular, de la llamada “Gran Aceleración” de los resultados de esa revolución entre las décadas de 1950 y 1990. En ese sentido, el Antropoceno vendría a estar asociado a la transición entre la organización colonial del mercado mundial entre 1650 / 1950, y la subsiguiente organización interestatal / internacional de ese mercado – que de 1990 en adelante ha ingresado a un proceso de nueva organización transnacional al que se ha venido designando con el término “globalización.

En verdad, hemos participado, sin saberlo ni quererlo, de un extraordinario desarrollo de las fuerzas productivas asociado a la liberación del acceso del capital a las enormes reservas de fuerza de trabajo y recursos naturales de la periferia del sistema mundial, que antes se veía limitado por el sistema colonial.  Todo ello, además, legitimado y promovido por el discurso organizado en torno a la opción entre el desarrollo y el subdesarrollo, dominante en el moderno sistema mundial, donde vino a subsumir y sustituir a los discursos precedentes organizados en torno a la opción entre la civilización y la barbarie, primero, y el progreso y el atraso, después.

En todo caso, la discusión en torno al Antropoceno estimula la formación de nuevas perspectivas analíticas que expresan la transición desde una geocultura organizada en torno a la acumulación incesante de ganancias, hacia otra que toma cuerpo en torno a la sostenibilidad del desarrollo de la especie que somos – y de las formas de organización del trabajo intelectual correspondientes, en todos los campos del saber y en todos nuestros ámbitos de existencia.

En esto, el ambientalismo debe recordarnos a lo que Martí decía de sí mismo en sus Versos Sencillos, de 1891: “Yo vengo de todas partes / y hacia todas partes voy / arte soy entre las artes / y en los montes, monte soy”. Desde allí, también, vemos al ambientalismo incorporarse a aquel vasto proceso cultural planteado por Antonio Gramsci al señalar que

La filosofía de la praxis presupone todo este pasado cultural, el Renacimiento y la Reforma, la filosofía alemana y la Revolución francesa, el calvinismo y la economía clásica inglesa, el liberalismo laico y el historicismo que se encuentra en la base de toda la concepción moderna de la vida. La filosofía de la praxis es la coronación de todo este movimiento de reforma intelectual y moral, cuya dialéctica es el contraste entre cultura popular y alta cultura. Corresponde al nexo de Reforma protestante más Revolución francesa: es una filosofía que es también política y una política que es también filosofía.[4]

Alto Boquete, Panamá, 20 de diciembre de 2021


[1] “Maestros Ambulantes “. La América. Nueva York, mayo de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII: 288 – 292.

[2] “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. Editorial Progreso, Moscú, 1969:385.

[3] Engels (1969:387)

[4] Gramsci, Antonio: Introducción a la filosofía de la praxis. Selección y traducción de J. Solé Tura.