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Doctor en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995 Campos de trabajo: historia ambiental, ecología política, cultura de la naturaleza

Panamá, ese país Caribe (a 26 años de entonces)

Comparto un texto ya antiguo, en términos humanos, que quizás contenga todavía algo de aquellas verdades a que se refería Martí, que una vez puestas en movimiento siguen andando hasta que dejan de serlo…

Panamá, ese país Caribe

Guillermo Castro Herrera / Panamá, 19 de mayo de 1988.

En medio del ir y venir de noticias sobre agresiones y resistencias, es poco lo que finalmente se dice sobre Panamá y los panameños en los medios internacionales de información. Queda a veces la impresión, incluso, de que se habla de un lugar poblado por banqueros, militares –gringos y nacionales- y políticos de traje blanco y habano en boca, todo ello rodeado por la nada. Sin embargo, este es uno de los rincones más fascinantes de la América Latina, poblado por descendientes de catorce etnias distintas, con una cultura popular rica y diversa, y con una fuerte personalidad nacional. No en balde fue el primer punto de tierra firme donde intentó Cristóbal Colón fundar un asentamiento de españoles, cuatrocientos años antes de que el Canal fuera construido con dólares norteamericanos y sudor de peones antillanos.

Para explicar Panamá, quizás haya que decir en primer término que este es un país Caribe y no centroamericano. La frontera con Costa Rica, en efecto, no solo define un límite político. Además, de eso, la raya imaginaria separa dos universos culturales, lingüísticos y conductuales profundamente distintos. Hasta allí, Centroamérica, indígena, española y mestiza, tierra de tortillas asadas de maíz blanco y alimentos finamente picados, con su polo cultural en México. Desde allí, el Caribe, africano, español e indígena también, enriquecido además con toda suerte de aportes de Asia y la Europa mediterránea, tierra de frituras y mariscos, con su polo cultural en Cuba y la Dominicana. La primera tierra de guitarra. Esta tierra de tambor. Allá, de Rubén Darío. Acá, de Nicolás Guillén.

El español es el idioma oficial de esta república de dos millones y medio de habitantes, que se comunican entre sí en otras trece lenguas adicionales, desde el guaymí y el kuna autóctonos, hasta el chino, el hindú y el bronco y musical inglés de las Antillas. La Constitución Nacional declara al catolicismo como religión mayoritaria del país. Lo practican, con matices muy del trópico, los descendientes de españoles y mestizos, junto a los musulmanes, los taoístas chinos, los budistas y el universo inacabable de las sectas evangélicas que pregonan la exclusiva salvación en Cristo. Todos los creyentes además, de uno u otro modo, participan de un ambiente de religiosidad popular fuertemente impregnado del culto a la santería, surgido del encuentro entre el catolicismo colonial y la religiosidad de los esclavos africanos de siglos ya idos.

Nadie puede extrañase, en una tierra así, de que sean el desenfado y un sentido íntimo y preciso de lo justo y lo injusto, los rasgos más característicos de la personalidad de este pueblo. El primero se traduce en una tendencia incontenible a vivir con toda la alegría posible una existencia a menudo difícil y esforzada. El segundo se expresa en una forma de solidaridad hacia los más débiles que, en su momento, llevó al general Torrijos a decir que este pueblo era más lastimero que justiciero. Ambos, además, confluyen en un orgullo nacional fuerte y sencillo, tan panameños para hacer de su país una nación, frente al empeño norteamericano por hacer de Panamá, simplemente, la periferia de un Canal.

Ese empeño en deshacernos hace parte de lo caribe que somos. En este mediterráneo americano surgieron a la condición de potencia Estados Unidos, a lo largo de una cadena de intervenciones que se inició en Cuba y Puerto Rico en 1898, siguió con Panamá en 1903 y llegó hasta Haití y la dominicana en 1914 y 1916.

Así se inició el camino en que andamos y andándolo así, en lucha por nuestro derecho a ser la nación que somos, lo seguiremos hasta el fin con todos nuestros hermanos.

Panamá: el país que merecemos ser

Panamá: el país que merecemos ser
Guillermo Castro H.[1]

Para Ricaurte Soler y José de Jesús Martínez, aquí, con nosotros

Época de cambios

El debate sobre los problemas que encara la sociedad panameña a comienzos del siglo XXI suele evadir lo que debería ser su premisa más evidente: el hecho de que el nuestro ha sido el último país de nuestra América en culminar su proceso de formación como Estado nacional soberano. Menos de un cuarto de siglo ha transcurrido desde que abandonaran nuestro territorio las últimas unidades del ejército extranjero que una vez estuvieran albergadas en las bases militares de la que fuera Zona del Canal de Panamá, y que tantas veces actuaran como factor decisivo en nuestra vida política, incluso mediante intervenciones de enorme violencia en nuestros asuntos internos. Por primera vez desde los inicios de la República, en aquel noviembre de 1903, somos enteramente responsables por su destino. Y por primera vez también, tras 485 años de control extranjero, la ruta interoceánica de Panamá está bajo control del Estado de los habitantes del Istmo.

Diversas circunstancias convergen en esta percepción alienada de la conquista del derecho a ejercer los deberes de la soberanía. Está el mal final de la lucha por la recuperación del Canal, tan tenazmente librada entre 1936 y 1979, que vino a descomponerse en la aventura autoritaria de 1984 a 1989, hasta desembocar en el golpe de Estado ejecutado por las fuerzas armadas acantonadas en las bases que alguna vez albergara la Zona del Canal y la puesta en marcha del programa de reforma del Estado y ajuste estructural que abarcó toda la década de 1990.

Esos azares de la política criolla han contribuido también a ocultar – tras una cortina de anécdotas, invectivas y recriminaciones finalmente pueblerinas – el hecho de que la incorporación del Canal a la economía interna aceleró el desarrollo del capitalismo en el país, de un modo que llevó a la liquidación de todo el sector productivo – estatal y privado -, asociado al modelo anterior de desarrollo protegido, al tiempo que catapultaba una economía atrasada a la vorágine del proceso de globalización. Y esto ocurrió, además, en el preciso momento en que el Estado se privaba de la mayor parte de sus capacidades para conducir el desarrollo económico del país, y delegaba esa función en las llamadas “fuerzas del mercado”, que en su accionar no reconocen otra ley que la del más fuerte.

No es de extrañar, en esas circunstancias, que los tres primeros quinquenios del siglo llevaran al país a una situación de crecimiento económico con degradación ambiental y deterioro social. El resultado inevitable ha sido una situación de anomia y desorden, de creciente riesgo para todas las partes involucradas.

Todo esto ha ocurrido, por otra parte, en otra circunstancia, tan elusiva como ubicua en nuestro caso. El mundo no atraviesa hoy por una época de cambios, como quisieran los liberales, sino por un cambio de épocas, que es lo que más temen los conservadores. Lo que ocurre en Panamá hace parte de los procesos de desintegración -y de la formación de opciones de re-integración – que recorren el sistema mundial. Faltan hoy aquellos referentes de la Guerra Fría, de tan aparente claridad, y todas las sociedades del planeta, la nuestra incluida, avanzan a tientas, sin columna de fuego que las guíe a través del desierto de la crisis. Así las cosas, lo sensato sería encarar los desafíos que nos plantea el futuro, para encaminar los cambios que ya están en curso hacia la transformación de la sociedad que hemos sido en la que podemos llegar a ser. Y esto obliga, en primer término, a pensar con orden, que siempre es más difícil que morir con honra.

Tiempos de transformación

Un problema que ha venido forjándose a lo largo de 500 años no puede ser encarado con la última teoría de moda, ni con la imitación de lo que imaginamos que ha sido el camino hacia el éxito de otras sociedades, distintas a la nuestra y que a menudo conocemos poco y mal. Por el contrario, conviene recordar que en el análisis de la formación y las transformaciones de las estructuras y las prácticas sociales tienen especial importancia tres tipos de proceso histórico distinto, estrechamente relacionados entre sí.

El primero de esos procesos se organiza en torno a estructuras de larga duración, como las derivadas de la función de tránsito desempeñada por el territorio de Panamá desde mucho antes de la Conquista europea. El segundo, de duración media, corresponde al despliegue de las estructuras de organización territorial y social correspondientes al papel desempeñado por el Istmo en el proceso de formación y desarrollo del moderno sistema mundial, a partir de la Conquista europea. A esta duración media corresponde, en particular, aquel tipo de formación económico – social que el historiador Alfredo Castillero designara en 1973 como “transitista”, esto es, organizada en torno al monopolio del tránsito y la concentración de sus beneficios por parte de formaciones estatales extranjeras, entre los siglos XVI y XX, y por el Estado nacional de Panamá en el XXI.

El tercer tipo de proceso, finalmente, se expresa en las transiciones entre aquellas grandes etapas y, en particular, entre los distintos momentos en el desarrollo de la segunda. Este último tipo de proceso, de corta duración con respecto a los otros dos, ve acentuarse los conflictos no resueltos del pasado, como ve formarse nuevas opciones de futuro. Bien comprendido y aprovechado, puede conducir tanto a superar y trascender los conflictos de ayer como a la previsión de los del mañana, abriendo paso al despliegue de todas las capacidades de progreso y transformación acumuladas por la sociedad en su desarrollo. Mal comprendido, bien puede conducir a una situación de estancamiento y descomposición por vía lenta, en el que – al decir de Antonio Gramsci -,

La vieja sociedad resiste y se asegura un período de “respiro”, exterminando físicamente a la élite adversaria y aterrorizando a las masas de reserva; o bien ocurre la destrucción recíproca de las fuerzas en conflicto con la instauración de la paz de los cementeros y, en el peor de los casos, bajo la vigilancia de un centinela extranjero.[2]

Nuestra sociedad se encuentra hoy, precisamente, inmersa en un proceso de transición entre dos etapas de su historia. No es el primero, por supuesto. No será el último, tampoco. Lo que realmente importa, aquí y ahora, es comprender que la larga, mediana y corta duración no definen tiempos distintos, sino tres dimensiones diferentes de un mismo devenir, íntimamente asociadas entre sí, aunque diversas en su función y su significado históricos. A lo largo de estos tiempos del tiempo, los diversos elementos de la vida social cosas dejan de ser lo que habían sido en un período anterior, cambian a ritmos muy desiguales, y terminan por desembocar en estructuras generales de una calidad distinta a la precedente.

Así, los cambios acumulados en la fase final del proceso de transición del Estado semicolonial al plenamente soberano constituyen el aspecto principal de la formación de las contradicciones que animan una transformación en curso, que hoy nos toca encarar. Esos cambios incluyen, por ejemplo:

  1. El paso de una economía de enclave, articulada a un canal vinculado a la economía interna de los Estados Unidos y organizada en torno a un sector agropecuario atrasado y a una Zona de Libre Comercio y un Centro Financiero Internacional volcados hacia el exterior, a una distinta y más compleja, rápidamente transnacionalizada, que hoy se estructura como una Plataforma de Servicios Globales en pleno desarrollo, y un mercado de servicios ambientales en proceso de formación.
  2. La incorporación a la vida nacional de nuevos sectores emergentes – desde corporaciones transnacionales hasta movimientos indígenas y campesinos, de trabajadores urbanos y de profesionales de capas medias -, que se combina con la declinación de actores tradicionales de gran influencia ayer apenas, como las organizaciones empresariales, cívicas y sindicales forjadas al interior del modelo de desarrollo protegido hoy en desintegración.
  3. El paso desde una sociedad de fuertes valores rurales y estrechos vínculos entre los sectores populares y capas medias profesionales de origen reciente, a otra de carácter urbano, de gran desigualdad estructural y precarios niveles de organización.
  4. La transformación de los pobres de la ciudad y el campo, y de amplios sectores de capas medias empobrecidas, desde la situación de aceptación más o menos pacífica de su condición de marginalidad, gestada sobre todo a partir del golpe de Estado de diciembre de 1989, hacia otra de creciente voluntad y capacidad para reclamar mejores condiciones de vida, a partir de la actividad tanto de sectores de trabajadores – del campo y de la ciudad, manuales e intelectuales -, cada vez mejor educados y organizados, como del incremento en el número y las mejoras en la educación y la organización de grupos antes marginales – como los pueblos originarios – y de la solidaridad internacional de reciben.
  5. La creciente vinculación de nuestros movimientos sociales a la vida política de la región, que va dejando atrás un prolongado período de aislamiento parroquial y abre posibilidades inéditas de aprendizaje y maduración política a una población que se caracteriza en su bajísimo nivel de organización, y su alto nivel de dependencia de los peores hábitos del clientelismo político.
  6. Una crisis de identidad que expresa, en primer término, el agotamiento de la autoridad moral y cultural de los viejos grupos dominantes, y se acentúa con el ingreso a la vida activa de nuevas generaciones de jóvenes que han crecido y maduran en el proceso de transición, sin más referencia al pasado que la que puede brindarles un sistema educativo hace tiempo agotado, y las mitologías cívicas de las que participan sus mayores.

Estos cambios, sin embargo, no se traducen todavía en un verdadero proceso de renovación de la sociedad panameña y su Estado. Señalan apenas el ingreso a un momento en nuestra historia en el que todo lo que ayer apenas parecía sólido hoy se desintegra ante los ojos de todos, y se inicia un proceso de transformación que, al menos en sus primeras fases, será por necesidad lento, contradictorio y de apariencia errática. De momento, y en ausencia de un liderazgo histórico capaz de conducirlo, ese proceso ha dado lugar a un fenómeno de apariencia aberrante: la formación de un Gobierno cada vez más fuerte y un Estado cada vez más débil, como se aprecia en cuatro ejemplos característicos.

Uno, el debilitamiento de la capacidad de gestión de los grandes organismos estatales a cargo de la atención a demandas sociales masivas, como las de educación, salud y seguridad social.  Otro, la multiplicación de agencias con mandatos puntuales en sectores como los del transporte, el agua, la recolección de desechos, la energía, la incorporación de tecnologías innovadoras a la gestión pública, la gestión de la ciencia, la recolección de impuestos, la titulación de tierras y la formación profesional. El tercero, la creciente militarización de la fuerza pública, en curso desde mediados de la década de 1990, y su implicación cada vez mayor en proyectos regionales de seguridad y control. Y el cuarto, por el que nos felicitamos cada día, corresponde a la decisión de proteger a la operación del Canal de los riesgos que genera el deterioro de la sociedad a la que debe servir, reconociendo en la práctica que ese deterioro puede ser administrado, en el mejor de los casos, pero no revertido en el marco del ordenamiento estatal y social vigente.

De momento, esto nos ha llevado a una circunstancia caracterizada por la erosión simultánea de la eficiencia del Gobierno y de la legitimidad del Estado en la tarea de conducir los cambios en curso en el país, que genera un riesgo creciente de anomia social y política. Con todo, el nuestro es todavía un tiempo “de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos”, en el que “las especies luchan por el dominio en la unidad del género”, como dijera Martí del suyo en 1881.[3]

En un tiempo así, el problema mayor que debemos encarar consiste en crear las condiciones que permitan hacer posible lo que va siendo percibido como necesario por sectores cada vez más amplios de nuestra sociedad, cada uno desde su propia perspectiva de interés.[4] Se trata, en otros términos, de ser capaces de identificar y expresar a través de una enérgica demanda de reforma cultural y moral – esto es, política – el interés general de la Nación que emerge en el siglo XXI, a partir de la descomposición de la que se forjó en la lucha contra el colonialismo y su Estado a lo largo del siglo XX.

Ese interés, como sabemos, es el de los grupos sociales fundamentales de nuestra sociedad en superar un conjunto de obstáculos a su propio desarrollo que afloran en ese proceso de descomposición, desde la ausencia de control de la gestión pública por parte de la ciudadanía hasta las limitaciones legales y prácticas al derecho de los trabajadores a la organización, pasando por las condiciones de desamparo en que se encuentran los productores nacionales, y por aquellas otras que fomentan el saqueo del patrimonio natural de la Nación y, en particular, de sus pueblos imaginarios.

Frente a todo esto, podemos tener motivos de optimismo bien fundados.  Nosotros, los panameños, hemos sido capaces en el pasado de encarar con éxito desafíos de tan extraordinaria complejidad como la negociación de los Tratados Torrijos Carter, que pusieron fin tanto al enclave colonial norteamericano en Panamá, como a la condición semicolonial de nuestro Estado. Trabajar con la gente, y desde ella, será la mejor manera de vincular entre sí las iniciativas que ya están en marcha en el país, y de proporcionarles la orientación que les permita contribuir a establecer en Panamá un Estado capaz de representar y ejercer el interés general de la nación en este momento de su historia.

Pausa (que no conclusión)

Al cerrar la nota de su cuaderno de apuntes sobre los tiempos de ebullición que le había correspondido vivir, se preguntaba Martí: “¿Se unirán en consorcio urgente, esencial y bendito, los pueblos conexos y antiguos de América? ¿Se dividirán, por ambiciones de vientre y celos de villorrio, en nacioncillas desmeduladas, extraviadas, laterales, dialécticas…?” La nuestra es, justamente, la última de aquellas nacioncillas, que por su propio esfuerzo – y a pesar de las conductas a menudo “desmeduladas, extraviadas, laterales” de sus propios dirigentes – ha sabido llegar a las vísperas de su plenitud.

Alcanzar esa plenitud, ejercerla y disfrutarla, es una meta que está al alcance – finalmente – de lo mejor de nosotros mismos. Por eso mismo, crear las condiciones que permitan a nuestra gente conocerse y ejercerse en la construcción de una vida justa y buena para todos es, sin duda, el más importante desafío que encaran hoy los hombres y mujeres de cultura de mi tierra.

Para nosotros, ha llegado el momento de poner en imperativo el himno de la Nación que fuimos, para anunciar que si deseamos un país distinto, debemos crear un sociedad diferente. Identificar esa diferencia, y las formas de construirla y ejercerla con todos y para el bien de todos los que aspiramos a vivir en una Patria libre, equitativa y efectivamente soberana, es la tarea más compleja que encaran hoy los panameños. Diga entonces el Himno del país que viene:

“Alcancemos por fin la victoria,

en el campo feliz de la unión.

Con ardientes fulgores de gloria,

se ilumine la nueva nación.

Es preciso quitar todo velo,

del pasado, el calvario y la cruz.

Y que alumbre el azul de tu cielo,

de justicia la espléndida luz.”

Universidad Autónoma de Chiriquí, 22 de septiembre de 2014

[1] Conferencia inaugural del XIV Congreso Centroamericano de Sociología. Universidad Autónoma de Chiriquí, Panamá. 22 de septiembre de 2014.

[2] Gramsci, Antonio, 2003: Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado Moderno. Nueva Visión, Buenos Aires. Traducción de José Aricó. “El príncipe moderno”, p. 61

[3] “No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana, hasta que no haya – Hispanoamérica. Estamos en tiempos de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos. Están luchando las especies por el dominio en la unidad del género. – El apego hidalgo a lo pasado cierra el paso al anhelo apostólico de lo porvenir. Los patricios, y los neopatricios se oponen a que gocen de su derecho de unidad los libertos y los plebeyos. Temen que les arrebaten su preponderancia natural, o no les reconozcan en el Gbno. su parte legítima – se apegan los indios con exceso y ardor a su Gbno. La práctica sesuda se impone a la poesía ligera. Las instituciones que nacen de los propios elementos del país, únicas durables, van asentándose, trabajosa pero seguramente, sobre las instituciones importadas, caíbles al menor soplo del viento. Siglos tarda en crearse lo que ha de durar siglos.[…] Lamentémonos ahora de que la gran obra nos falta, no porque nos falte ella, sino por que esa es señal de que nos falta aún el pueblo magno de que ha de ser reflejo, – que ha de reflejar – (de que ha de ser reflejo) ¿Se unirán en consorcio urgente, esencial y bendito, los pueblos conexos y antiguos de América? ¿Se dividirán, por ambiciones de vientre y celos de villorrio, en nacioncillas desmeduladas, extraviadas, laterales, dialécticas…?”

Martí, José (1975: XXI, 164): Cuadernos de Apuntes, 5 (1881). Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana. XXI, 164.

[4] Tal el interés que subyace, por ejemplo, en la demanda cada vez más generalizada de que se proceda a convocar a una Asamblea Constituyente para normar en nuevos términos las relaciones entre los panameños y su Estado.

Panamá: la construcción del futuro

Panamá: la construcción del futuro

Guillermo Castro H.

 

“A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve. La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos.”

José Martí, mayo de 1891.[1]

 

Poco a poco, afloran las interpretaciones más diversas sobre los comicios de mayo de 2014 y sus resultados. Toda clase de factores han sido implicados en ellas: culturales, morales, geopolíticos, económicos, ideológicos, políticos (sobre todo en sentido estrecho), sociales y demás. Hasta ahora, sin embargo, ha sido notoria la débil presencia en esos aportes de un abordaje en perspectiva histórica de los cambios en curso en la sociedad nacional a partir del proceso de ejecución de los Tratados Torrijos – Carter, que permita ubicar y comprender a esos comicios como un momento de aquel proceso mayor.

En este plano, se tiende más bien a ceñirse a la denuncia del gatopardismo de los grupos dominantes, de su carácter intrínsecamente corrupto, y de su compromiso con los valores y las políticas del neoliberalismo. Con ello, en la mayoría de los casos ha sido la continuidad, y no el cambio, el eje fundamental de reflexión. Y, sin embargo, el hecho es que aquel proceso electoral ocurrió precisamente en el momento en que aquellos cambios inician el tránsito de lo cuantitativo a lo cualitativo, y tienden a generar un proceso de transformación social y política cuyas consecuencias – mejores o peores – apenas empezamos a comprender.

En efecto, la incorporación del Canal a la economía interna – conducida por los sectores dominantes que emergieron victoriosos en la disputa por el control de los bienes y las oportunidades de negocios del enclave canalero, librada a lo largo de la década de 1980 – aceleró el desarrollo del capitalismo en el país de un modo que llevó a la liquidación de todo el sector productivo asociado al modelo anterior de desarrollo protegido, al tiempo que catapultaba una economía atrasada a la vorágine del proceso de globalización. Y esto ocurrió, además, en el preciso momento en que el Estado se privaba de la mayor parte de sus capacidades para conducir el desarrollo económico del país, y delegaba esa función en las llamadas “fuerzas del mercado”, que en su accionar no parecen reconocer otra ley que la del más fuerte.

En lo inmediatamente visible, el resultado de ello consistió en la liquidación de todo un segmento del capital nacional, que entre las décadas de 1950 y 1970 había conocido un importante crecimiento al calor de la protección y los subsidios que le brindaba una política estatal de corte liberal desarrollista. Privado de esa protección por el proceso de ajuste estructural de corte neoliberal dominante a partir de la década de 1990, dicho segmento del capital nacional optó en lo fundamental por liquidarse a sí mismo, vendiendo sus activos al capital transnacional, para vincular su suerte a la del capital financiero.

La debilidad de aquel capitalismo protegido se hizo patente en que ni siquiera fue devorado por sus competidores norteamericanos y europeos, sino por empresas mexicanas, colombianas, venezolanas y aun costarricenses, en vías ellas mismas de transnacionalización. Y ese proceso se vio favorecido a su vez por la política estatal de atracción de empresas transnacionales de países desarrollados, a las que se ofrecieron todas las concesiones necesarias para que establecieran en Panamá sus oficinas regionales para América Latina y el Caribe.

De un modo muy característico del atraso cultural y del carácter rural – conservador de los grupos dominantes en Panamá, este proceso – de tan extraordinaria complejidad – fue reducido a sus aspectos inmediatamente visibles: la publicitada compra de Panamá por extranjeros, y la necesidad de reivindicar nuevamente al país para sus habitantes ante la inmigración masiva de trabajadores colombianos, venezolanos y centroamericanos. El hecho de que toda compra supone un vendedor no mereció una atención equivalente, como tampoco el hecho de que una parte sustantiva de la inmigración de trabajadores extranjeros a Panamá haya tenido su origen en la incapacidad manifiesta de los grupos dominantes en el país para formar una clase trabajadora moderna y competitiva a lo largo de casi medio siglo de prosperidad subsidiada.

            Aquel intercambio de quejas y reproches contribuyó, además, a enmascarar otros cambios en curso en el mismo proceso. Tales son, por ejemplo, el paso desde una sociedad de fuertes valores rurales y vínculos a menudo estrechos entre los sectores populares y de capas medias profesionales de origen reciente, a otra de carácter urbano, de gran desigualdad estructural, que aún se encuentra en el proceso de construir su nueva identidad; la declinación de la autoridad de actores tradicionales de gran influencia ayer apenas, como las organizaciones empresariales, cívicas y sindicales forjadas al interior del modelo de desarrollo protegido y, en particular, la transformación de los pobres de la ciudad y el campo, y de amplios sectores de capas medias empobrecidas, desde una situación de aceptación más o menos pacífica de su condición de marginalidad hacia otra de creciente voluntad y capacidad para reclamar mejores condiciones de vida. Todo ello, en ausencia de una conducción política de complejidad correspondiente a la del proceso de cambios en curso, se tradujo en una crisis cultural y moral que expresa, en primer término, el agotamiento de la autoridad de los viejos grupos dominantes, y se acentúa con el ingreso a la vida activa de nuevas generaciones de jóvenes que han crecido y maduran en el proceso de transición, sin más referencia al pasado que la que puede brindarles un sistema educativo hace tiempo agotado, y las mitologías cívicas de las que participan sus mayores.

Ante este panorama, cabría decir que la sociedad panameña emergía de aquella fase de su desarrollo en la que, para el caso de la Italia de la década de 1920 como para el de Panamá entre 1950 y 1980, “la célula elemental del Estado era el propietario que en la fabrica somete a la clase obrera según su beneficio.” En esa “fase liberal”, añadía Gramsci,

 

el propietario era también empresario industrial: el poder industrial, la fuente del poder industrial, estaba en la fábrica, y el obrero no conseguía liberarse la consciencia de la convicción de la necesidad del propietario, cuya persona se identificaba con la persona del industrial, con la persona del gestor responsable de la producción, y, por tanto, también de su salario, de su pan, de su ropa y de su techo.

 

Por contraste, en la fase que entre nosotros se inaugura con la incorporación del Canal a la economía interna, el poder económico “se desprende de la fábrica y se concentra en un trust, en un monopolio, en un banco, en la burocracia estatal”, con lo cual “se hace irresponsable y, por tanto, más autocrático, más despiadado, más arbitrario”, mientras el obrero,

 

liberado de la sugestión del “jefe”, liberado del espíritu servil de jerarquía, movido por las nuevas condiciones generales en que se encuentra la sociedad, movido por las nuevas condiciones generales en que se encuentra la sociedad por la nueva fase histórica, el obrero consigue inapreciables conquistas de autonomía y de iniciativa.[2]

 

Y en ese mismo proceso, advertía Gramsci, los partidos políticos creados para la democracia liberal, que “servían para indicar hombres políticos de valía y para hacerlos triunfar en la concurrencia política”, se veían desplazados por el hecho de que los “hombres de gobierno” pasaban a ser “impuestos por los bancos, por los grandes periódicos, por las asociaciones de industriales”, mientras los partidos se descomponían “en una multitud de camarillas personales.”[3]

            Cumplido el primer decenio de ese proceso en Panamá, ¿qué ha venido a ser nuestra sociedad?¿Cuántos de sus integrantes son trabajadores manuales, cuántos son trabajadores intelectuales?¿Cuántos son propietarios de medios de producción, cuántos no tienen otra mercancía que ofrecer en el mercado que no sea su propia capacidad para trabajar?

Y las relaciones sociales de producción, ¿cómo han evolucionado?¿Cuántos trabajadores están organizados, en el campo y en la ciudad, y cuántos carecen de toda posibilidad de querer y poder cambiar sus condiciones de vida y de trabajo porque carecen de las organizaciones que les permiten ejercerse como ciudadanos? ¿Qué ocurre con los sectores de profesionales de capas medias, cuyas condiciones de trabajo y de vida se parecen cada vez más a las de los trabajadores manuales? Y entre los propietarios de medios de producción, ¿cuál es la situación? En el sector agropecuario, por ejemplo, ¿cuáles han salido ganando, y cuáles perdiendo con el salto a la economía global? ¿Y qué ha ocurrido entre sus pares urbanos?

            Estas no son meras preguntas retóricas. Por el contrario, las respuestas que puedan encontrar en el trabajo de científicos sociales realmente comprometidos con el conocimiento de la realidad nacional son imprescindibles para comprender en qué consiste, en esta circunstancia de nuestra historia, el interés general de la sociedad panameña. Y ese interés no es otra cosa que el de los distintos sectores fundamentales de la sociedad en superar un conjunto de obstáculos que en ese momento de su historia se oponen a su desarrollo como los sectores que son. Superados esos obstáculos, naturalmente, entre esos sectores se generan nuevas y más complejas contradicciones, que vienen a definir los nuevos términos en que se desarrolla la lucha política en la sociedad que cambia.

Tal fue el caso, en la década de 1970, de la conquista de la plena soberanía y del derecho a ejercerla para culminar la formación de un Estado nacional en el Istmo. Tal, el de la disgregación del bloque histórico creado para aquella conquista, hasta culminar en el golpe de Estado de diciembre de 1989 y la recomposición del ordenamiento democráticos necesario para legitimar la restauración en plenitud del poder de los grupos tradicionalmente dominantes en el país, que hoy culmina en la crisis de aquella legitimidad así restaurada, un cuarto de siglo después.

Nada de esto niega las razones que alegan los distintos análisis de los resultados de los comicios de mayo de 2014, cuyo comentario sirvió de inicio a esta reflexión. No cabe duda, por ejemplo, de que en esos resultados desempeñó un importante papel el factor moral de repudio a la corrupción y el deterioro de la institucionalidad vigente a lo largo de los últimos quince años. Y, sin embargo, el conjunto de las razones invocadas en el debate recuerda que lo falso es, siempre, el resultado de la exageración unilateral de uno de los aspectos de la verdad, y que esa verdad sólo puede emerger en plenitud puesta en la perspectiva histórica que la genera.

A ese respecto, y con todos sus males, el quinquenio 2009 – 2014 tuvo al menos la virtud de arrasar el entramado de las apariencias a que se refería José Martí en su reflexión de 1891, y dejar al desnudo las verdades más elementales e inmediatamente visibles de la sociedad que hemos venido a ser. El riesgo de anomia que esa situación estaba en vías de generar pasó a convertirse en un factor de interés general, pero la propuesta planteada al respecto no parece ir mucho más allá de restaurar las apariencias para devolver las realidades de la política al ámbito de lo que no se ve.         

Para nosotros, se ha hecho ya imperativo conocernos mucho mejor, pues de nuestra comprensión de los cambios que están ocurriendo en la realidad dependerá cada vez más la posibilidad de transformarla. Por eso mismo, nunca como ahora ha sido tan importante que el análisis materialista sea, también, un análisis histórico en el más rico, más pleno y más integral sentido del término. Porque es de la historia de lo que hablamos, en construcción por nosotros mismos, y porque si esa construcción no conduce a la transformación de la realidad por medios políticos, el proceso de cambios en curso no se detendrá, ni desembocará por sí mismo en el derrumbe espontáneo del orden que conocemos. Por el contrario, como lo advirtiera también Antonio Gramsci,

 

Si falta este proceso de desarrollo que permite pasar de un momento al otro, y si es esencialmente un proceso que tiene por actores a los hombres y su voluntad y capacidad, la situación permanece sin cambio, y pueden darse conclusiones contradictorias. La vieja sociedad resiste y se asegura un período de “respiro”, exterminando físicamente a la élite adversaria y aterrorizando a las masas de reserva; o bien ocurre la destrucción recíproca de las fuerzas en conflicto con la instauración de la paz de los cementerios y, en el peor de los casos, bajo la vigilancia de un centinela extranjero.”[4]

 

Ya hemos estado allí, y ya sabemos lo que eso implica.

 

Panamá, mediados de agosto de 2014

[1] “La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”. La Revista Ilustrada, Nueva York, mayo de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 158.

 

[2] Gramsci, Antonio, 1999 (1970): Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Siglo XXI Editores: 80. “El Consejo de Fábrica.” L’ Ordine Nuovo, 5 – VI – 1920.

 

[3] Gramsci, Antonio, 1999 (1970): Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Siglo XXI Editores: 110. “El Partido Comunista.” L’Ordine Nuovo, 4-IX y 9 – X – 1920.

 

[4] Gramsci, Antonio, 2003: Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado Moderno. Nueva Visión, Buenos Aires. Traducción de José Aricó. “El príncipe moderno”, p. 61.

 

Panamá: transitismo, Canal, ambiente

Panamá: transitismo, Canal, ambiente

Entrevista a Guillermo Castro Herrera

Luis Pulido Ritter / La Estrella de Panamá

 

 1. Playas, ríos, lagos, islas y el agua que tomamos. ¿Es irrazonable desear y exigir el control público de estos recursos?

Creo que la pregunta está mal planteada.

El problema no consiste tanto en qué controla el Estado, sino y sobre todo en quién controla al propio Estado.

Quienes lo vienen controlando en Panamá a lo largo de los últimos 20 o 30 años han encarado nuestra relación con el entorno natural como una serie de oportunidades de saqueo, y a la protección del mismo como un obstáculo para aprovechar esas oportunidades.

El control público de esos recursos es indispensable para garantizar que estén al servicio del bien común, pero eso supone la creación de un Estado que funcione a partir del control social de la gestión pública.

Una sociedad así tendrá que estar mucho más y mejor organizada que la que tenemos hoy, que no se sustenta en el pleno ejercicio de la libertad de organización de todos los habitantes del país, sino en las restricciones al ejercicio de ese derecho, sobre todo cuando quienes aspiran a ejercerlo son los trabajadores y los grupos comunitarios y populares.

 

2. En tu libro El agua entre los mares reconoces “una contradicción insoluble entre el transitismo y el tránsito” . ¿Quizás un diagnóstico apocalíptico para Panamá?

Solemos asociar el Apocalipsis con una suerte de fin catastrófico de todo lo existente, seguido de un largo período de caos y violencia sin fin.

En sentido estricto, sin embargo, el Apocalipsis designa el fin de los tiempos de la opresión y la llegada de una era de justicia.

Visto así, el tránsito como actividad puede llegar a ser mucho más productivo – y mucho más equitativo en la distribución de sus beneficios – de lo que ha sido y es el transitismo como modalidad histórica de organización de esa actividad.

Esa modalidad de organización ya fue descrita en 1973 por el historiador Alfredo Castillero: ella se caracteriza por el monopolio de una sola de las rutas de tránsito por un poder estatal extranjero; por la concentración de sus ingresos en manos de una élite, y por la centralización del poder derivado de esa organización para poner al país entero al servicio de esa actividad en particular.

El Apocalipsis de que aquí se trata es el del transitismo.

Ese Apocalipsis deberá liberar al tránsito del carácter opresivo y excluyente que le impone su modalidad transitista; permitirá disponer de sus beneficios para construir una vida mejor para todos, y restablecerá el papel de Panamá como puente terrestre y punto de encuentro de todos los pueblos y todas las economías de las Américas.

 

3. En esta dialéctica -de larga duración entre transitismo y tránsito-, ¿qué papel juega la ampliación del Canal de Panamá?

En su modalidad actual, toda expansión del tránsito es una expansión de las contradicciones del transitismo.

En ese sentido, en las condiciones del siglo XXI el transitismo conspira contra el tránsito en la medida en que lo torna cada vez más conflictivo, erosiona sus bases naturales de sustentación, y hace cada vez más difícil su gestión territorial, administrativa y política.

A su modo, el Presidente Ernesto Pérez Balladares captó lo más esencial de este problema al decir en alguna ocasión que Panamá se vería ante la disyuntiva de desarrollar el país o subdesarrollar el Canal.

Esa disyuntiva está más activa que nunca.

A modo de ejemplo, bastaría con el contraste entre la eficiencia en la administración del Canal y el caos reinante en sus áreas urbanas aledañas, que incluye a una parte cada vez mayor de la cuenca hidrográfica que abastece de agua a ambos.

La lógica del transitismo fragmenta lo que debería estar integrado, y centraliza lo que debería ser autónomo, siempre en aras de la concentración del poder en torno a la ruta interoceánica, cuya consecuencia inevitable es el subdesarrollo constante del resto del país.

 

4. Una agenda ambiental -”transformar para conservar” – en América Latina. ¿Es posible pensar y además gestionar más allá de las fronteras nacionales?

Si antes eso era imginable, hoy ya es imprescindible.

La crisis ambiental tiene un carácter global, pues resulta de las interacciones entre sistemas sociales y sistemas naturales a escala planetaria, con resultados no previstos ni deseados, como el cambio climático y la creación de los enormes basureros oceánicos.

Lo que opera a esa escala, a esa escala debe ser encarado.

El problema inmediato radica en que, en su forma actual, esa escala es la del mercado mundial gestado a partir del siglo XVI en torno a un núcleo Noratlántico de origen, que hoy tiende a desplazarse a la región de Asia – Pacífico.

Global, aquí, significa la primacía de las economías de esas regiones, que dependen para su crecimiento incesante de los subsidios en materias primas, alimentos, servicios y fuerza de trabajo que les proporcionan las demás sociedades del planeta.

En este sentido, estamos atrapados en una doble contradicción: no puede haber soluciones locales, pero tampoco las habrá globales en el marco del orden vigente.

Para América Latina, esto plantea dilemas de una singular complejidad.

Somos la última gran reserva de recursos naturales del planeta: hídricos, minerales, forestales, agrarios, energéticos y demás.

Por eso, el fenómeno dominante en nuestra historia ambiental contemporánea es la acelerada transformación del patrimonio natural en capital natural, mediante la expropiación de las comunidades humanas de nuestras fronteras interiores.

Esto ocurre por encima y más allá de nuestras fronteras nacionales, y tendría que ser enfrentado de la misma manera, mediante una política regional de integración de esas reservas de recursos, que fomente el trabajo con la naturaleza – y no contra ella – a partir del trabajo con nuestra gente, y no contra ellos.

Esa política de conservación para el desarrollo sostenible – que ponga fin a la de subsidiar el crecimiento económico mediante el despilfarro de las riquezas naturales – demanda un Estado de amplia base democrática, administrado por una sociedad culta y bien organizada, capaz de identificar y ejercer intereses comunes con sus vecinos.

Y por ahora, lo más parecido a eso es lo que se intuye en los programas de los nuevos movimientos sociales de la región, en particular aquellos que plantean la demanda del vivir bien todos, y la contraponen al deseo de una vida mejor para una minoría cada vez más reducida.

4. La ACP, como primera empresa del país, ¿no podría ser un gestor institucional en esta dirección?

En las circunstancias actuales, la ACP opera en una contradicción creciente con el resto de la institucionalidad estatal, y es percibida como cada vez más distante de los intereses y necesidades de las grandes mayoría nacionales.

Esto es muy peligroso para el país, y para la propia ACP.

Ese peligro debe y puede ser encarado modificando el entorno institucional de la ACP para facilitarle a ésta una interacción mucho más virtuosa con el resto del país.

De momento, seguimos teniendo una empresa muy moderna en una sociedad muy atrasada, en una relación que – dentro del ordenamiento estatal vigente – tenderá a ser conflictiva.

 

5. Soñemos un poco: es posible que, en la clase política de América Latina, se inserte el tema ambiental en una campaña política como lo han hecho -aunque ya no exclusivamente – los Verdes en Europa?

La clase política en América Latina se reduce, en lo fundamental, al conjunto de los administradores del Estado creado por el neoliberalismo triunfante de la década de 1990 en adelante.

Su propósito fundamental es el del Estado a su cargo: garantizar el crecimiento económico sostenido, y no el desarrollo sostenible, salvo en aquellos casos en que éste sea compatible con aquél.

Aquello que anunciaron los Verdes alemanes en tiempos de Petra Kelly emerge aquí en los nuevos movimientos sociales del campo y la ciudad.

En esos movimientos se combina tanto la lucha de los pobres del campo y la selva por conservar el control de su entorno, como el de los pobres de la ciudad por alcanzar el del suyo.

Cada vez que estas demandas han alcanzado algún grado de expresión en el sistema político formal, han sido devoradas, metabolizadas y convertidas en legislación y normas devueltas a la sociedad como imposiciones, y no como mecanismos de participación.

Con lo cual regresamos a lo realmente esencial: que el ambiente expresa el resultado de las interacciones entre la sociedad y entorno natural; que cada sociedad ha tenido un ambiente que le ha sido característico, como lo tiene la nuestra, y que el cambio de ese ambiente ha ocurrido como resultado de la transformación de la sociedad – estimulada, sin duda, por el deterioro de su entorno natural.

Si deseamos un ambiente distinto, debemos construir una sociedad diferente.

Identificar esa diferencia, y los modos de ejercerla, es el principal desafío cultural y político de nuestro tiempo.

Nota sobre la geometría política de nuestro tiempo

Nota sobre la geometría política de nuestro tiempo

Guillermo Castro H.

 

Un chiste amargo, como suelen serlo los de la política en estos tiempos, cuenta que los socialdemócratas se presentan como de izquierda, se imaginan como de centro, y en el gobierno aplican políticas de derecha.

Esto puede parecer exagerado – en eso, entre otras cosas, consiste lo chistoso – pero tiene un claro asidero en lo que han venido a ser los partidos que se llaman a sí mismos socialdemócratas de Estados nacionales como Inglaterra, Francia y España.

Ese venir a ser, a su vez, resulta de esa geometría política (así la llamaba el General Omar Torrijos), establecida a partir de la Revolución Francesa a nuestros días, a escala Noratlántica primero – cuando quienes así la ejercían eran apenas un puñado de potencias coloniales -, y del sistema internacional entero, tras la II Guerra Mundial.

Dentro de esa geometría, izquierda, centro y derecha constituyen opciones de política y maniobra al interior de cualquier régimen estatal establecido dentro del moderno sistema mundial.

Ninguna de esas opciones constituye, en verdad, una alternativa al régimen que se estructura en torno a ellas – y a través de esa estructura procesa sus contradicciones internas -, aunque en algunas de sus formas extremas puedan parecerlo, o contribuir a la creación de condiciones favorables para la transformación de ese régimen en otro.

Este modo de concebir y ejercer la política constituye uno de los grandes logros del liberalismo, junto a otros como la separación de poderes y las relaciones de equilibrio y control entre los poderes constitutivos del Estado.

No ha sido tan universal como lo hubiera querido el liberalismo, sin embargo.

Así, por ejemplo, frente al capitalismo y el Estado burgués de su tiempo – que fue por excelencia el del liberalismo triunfante -, Marx no se consideró nunca a sí mismo como un político de izquierda, sino como un antagonista que luchaba por un régimen económico y un ordenamiento estatal distintos en forma y propósito.

Lo mismo puede decirse de las otras personalidades que dieron forma y proyecto a la filosofía de la praxis en las condiciones de la transición del siglo XIX al XX, desde Rosa Luxemburgo y Vladimir Lenin hasta Antonio Gramsci.

Por contraste con ellos, por la misma época pasaron a ser “de izquierda” aquellos de sus compañeros de ruta que buscaron y encontraron un lugar para sí mismos como segmento crítico del mismo régimen que los socialistas y comunistas de origen buscaban derrocar.

La labor de deslinde entre ambas tendencias constituye una importante fuente para el estudio de la transformación de la filosofía de la praxis en una guía para la acción política.

La “Crítica del Programa de Gotha”, de Marx, y el folleto “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”, de Lenin, constituyen dos de sus expresiones más características.

Todo esto, además, tendría que ser examinado a la luz de las experiencias de aquella gran mayor parte de la Humanidad que sólo conoció del liberalismo triunfante sus rasgos más conservadores, y que no consiguió expresar en aquellos términos sus propias aspiraciones.

Tal el caso del General Torrijos, con su consigna de “Ni con la izquierda ni con la derecha: con Panamá.”

Tal el de Emiliano Zapata con su “Tierra y Libertad”.

Y tal, sobre todo, el de José Martí, con su advertencia de que no existía entre nosotros – como lo proclamaban los liberales – una batalla “entre la civilización y la barbarie”, sino otra, realmente decisiva en el camino a la construcción de un mundo nuevo, “entre la falsa erudición y la naturaleza.”

La lucha de los europeos y norteamericanos por la reconstrucción del Estado de Bienestar identifica a su izquierda dentro del mundo realmente existente para ellos, hoy bajo control de su derecha.

Nuestra demanda de construir un mundo nuevo – que sea popular por lo revolucionario, y revolucionario por lo democrático que llegue a ser – no es, en esta perspectiva, de izquierda.

Ella corresponde a la naturaleza más profunda de nuestra identidad, de nuestras necesidades y nuestras aspiraciones, definida en la batalla incesante contra la falsa erudición del liberalismo en crisis.

Ni con la izquierda, pues, ni con la derecha: con nuestra gente, en todo lo que ella puede llegar a ser.

 

Panamá, abril de 2014

 

Nota sobre nuestros vecinos de Occidente

Nota sobre nuestros vecinos de Occidente

Guillermo Castro H.

A segunda vista, todo sugiere que, aun con lo significativo del ascenso electoral de la izquierda y su representación parlamentaria en los reciente comicios realizados en Costa Rica – y pendiente aún de una segunda vuelta para definir el ganador a la Presidencia -, lo más trascendente ha sido la bancarrota política del mecanismo bipartidista de hegemonía. Esto no sería poca cosa, si buscamos sus raíces en la guerra civil de 1948 y los más de 60 años de estabilidad que le siguieron, sustentada en un modelo político cuya desintegración sigue a la del modelo económico que una vez expresó y contribuyó a consolidar.

En ese marco de más amplio aliento, la disputa por el nuevo centro del escenario político entre dos candidatos vinculados al Partido Liberación Nacional – el institucional Johnny Araya, y el disidente Luis Guillermo Solís, que se mudó con ideales y principios al Partido de Acción Ciudadana años atrás – adquiere su verdadera trascendencia la postura adoptada por el Frente Amplio tras las elecciones. El 13 de febrero, en efecto, la directiva del Frente, tras indicar que su participación en el proceso electoral había concluido, solicitó a la ciudadanía “valorar las respuestas de los dos partidos, PAC y PLN, y sus candidatos,” a una serie puntual de interrogantes respecto al compromiso de ambos partidos con “una reforma tributaria de conocimiento inmediato de la Asamblea Legislativa y que haga que los ricos paguen sus impuestos como ricos”; “aumentos reales en los salarios mínimos y la defensa de los derechos laborales”; ”estrechar los lazos de cooperación con todas las naciones latinoamericanas en el marco del fortalecimiento de la CELAC”; “rechazar la adhesión del país al TLC Transpacífico, que es lo más grave del ingreso a la Alianza Asia-Pacífico”; “la defensa y recuperación de los bienes públicos, en el área de la salud y la educación públicas”; “la refundación de la Caja Costarricense de Seguro Social revirtiendo su privatización y compromiso de pagar la deuda del Estado”; a recuperar la capacidad de construcción y ejecución de obras por parte del Ministerio de Obras Públicas y Transporte, dejando de lado el subterfugio de la “concesión de obra pública”; la defensa de los derechos humanos y la equidad de todos y todas, así como con los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres”; el “al fortalecimiento de la Banca Estatal[y] apoyar la creación de una verdadera Banca de Desarrollo […] al servicio de los sectores populares que hoy no tienen acceso al crédito”; “una verdadera política que busque la Soberanía Alimentaria, asegurando a nivel constitucional el fomento de la producción nacional de alimentos y el apoyo a los productores” del país; “con la aprobación de la reforma constitucional para proteger el agua como un bien público y garantizar que el acceso al agua sea considerado un derecho humano”; “frenar el regalo a embarcaciones extranjeras del recurso atunero de nuestros mares y a promover su aprovechamiento racional mediante formas cooperativas u otras figuras que den empleo a los habitantes de las zonas costeras”; “combatir frontalmente la corrupción y el clientelismo, impulsando el manejo transparente y participativo de los programas sociales, eliminando la inmunidad de los miembros de los supremos poderes y declarando los actos de corrupción como crímenes de lesa humanidad y por tanto imprescriptibles”. Propuestas son amores, y no meras consignas: el pronunciamiento del Frente Amplio definió en esos términos un programa de la izquierda costarricense para los próximos años, ayudando así a deslindar al propio tiempo el programa de la derecha.

En ese otro campo, todo sugiere que Solís está en vías de ganar. Con eso se gestaría una circunstancia en la que el PAC quedaría al centro; Liberación confirmaría su giro a la derecha – con la cauda de desperdicios conservadores del PUSC y libertarios a la rastra -, y el Frente Amplio ocuparía lo que va de la izquierda al centro, con mejores posibilidades de convertirse en una alternativa futura. En este sentido, la desintegración del tradicional mecanismo bipartidista de hegemonía vendría a crear una situación nueva, en la que – como decía Sun Tzu – la victoria consista en el control del equilibrio en una coyuntura de mediana duración.

La fractura del bipartidismo costarricense, por otra parte, parece expresar una tendencia más amplia en la región. Panamá conoció a lo largo del período 1990 – 2010 un intento de ordenar la casa tras la invasión norteamericana de 1989 mediante otro esquema del mismo tipo, organizado en torno a un polo liberal populista y otro populista conservador, que se sucedieron el uno al otro en la administración del Estado durante esos años. Ese bipartidismo panameño se caracterizó a sí mismo en la decisión de excluir a la Administración del Canal de los riesgos de su propia influencia política, en vez de intentar lo contrario: poner al sistema político en condiciones de representar el interés general de la Nación en todos los ámbitos de responsabilidad del Estado, Canal incluido.

En Panamá, sin embargo, el legado político del régimen militar de los 80; el sectarismo propio de la inmadurez política de grupos sociales aún en formación, y una política bien concebida de acoso y división a las organizaciones populares, dieron lugar a que no hubiera nada parecido al PAC / FA al ocurrir la crisis. Lo que había, y parece seguir habiendo, fue una tercera fuerza, si, pero bonapartista, asentada sobre la movilización permanente del lumpenproletariado, y dependiente de la crispación constante de la vida política.

En esto, aun Honduras parece ofrecer hoy un panorama de mayor complejidad, al contar con el Partido Libre como tercero en escena en un escenario antes dominado por la dupla liberal / conservadora. En El Salvador, tan acostumbrado a la victoria por exterminio, la consolidación de un mecanismo bipartidista de equilibrio político es un gran avance. De Nicaragua entiende uno poco, y sólo cabe imaginar que el intento de formar una suerte de régimen dinástico refleja lo primitivo de la sociedad, que sólo toleraría un esquema de dominación personalizada infinita del estilo de Yo, el Supremo.

Complicada región, y tan chiquita. Es mucho lo que ignoramos de ella, y va siendo hora de que la conozcamos mejor.

Desigualdad, prehistoria, historia

Desigualdad, prehistoria, historia

Guillermo Castro H.

Hace tiempo ya, el filósofo panameño Jorge Giannareas me dio una lección de sencillez ejemplar sobre lo más intrincado de los misterios del desarrollo social: la diferencia, me dijo, es un hecho natural, pero la desigualdad es una construcción social. En lo que hace a Panamá, los rasgos fundamentales de esa construcción social han sido puestos en evidencia, una vez más, por el Consejo de la Concertación Nacional, al señalar que el crecimiento económico del país, “si bien es importante […] no es suficiente para lograr un mayor bienestar de la sociedad”.

El Consejo, en efecto, destacó en su último informe “que en el país, con una de las “economías más dinámicas” de la región, persisten profundas desigualdades según región, género, color y etnia. Es decir, de acuerdo con la Concertación, se observan “grandes brechas entre la capital y su entorno, y el resto del país””. Al respecto, se añade allí, el compromiso de que parte de los ingresos del Canal fuesen para reducir “las disparidades sociales”, “no se ha cumplido”.[1]

La idea de que el crecimiento económico no ha sido lo bastante importante como para reducir la desigualdad social, en todo caso, puede ser engañosa. En realidad, podría incluso ocurrir que la desigualdad social es uno de los factores contribuyentes al tipo de crecimiento económico dominante en Panamá – esto al, al crecimiento generado por la formación económico social organizada en torno al control de los beneficios del tránsito interoceánico de bienes y capitales por parte de una minoría que, a partir de ese control, termina apropiándose como grupo privado de la inmensa mayor parte de la riqueza producida por el país entero.

Esto, por otra parte, no sólo no es nuevo, sino que tiende a empeorar. Observado el caso en perspectiva histórica, cabe recordar que hacia 1985 fue motivo de alarma descubrir que uno de cada cuatro panameños vivía. En aquellos tiempos eso representaba el 25% de dos millones de personas, o sea unos 500.000 panameños. A lo largo del siglo XXI, esa cifra ha tendido a estabilizarse en el 30%, poco más, poco menos. Pero la población es ahora de 3.8 millones de habitantes, con lo cual ahora son 1,250,000 los habitantes del Istmo que viven en la pobreza.

Esta situación, por otra parte, no es privativa de Panamá. Cerca de la mitad de los 7 mil millones de seres humanos que pueblan el planeta vive en condiciones de pobreza, sea absoluta, sea relativa. Así, resulta evidente que – en un mundo en el que el 1% de la población más rica acumula tanta riqueza como el 50% de la más pobre -, nos encontramos ante una situación estructural, no coyuntural, que se expresa con mayor crudeza (pero no exclusivamente) en las sociedades del capitalismo periférico.

De hecho, esta situación es consustancial al desarrollo de esa economía. Como alguna vez dijera Fernand Braudel, la desigualdad es una antigua compañera del desarrollo humano: ha existido en todas las sociedades, aunque sólo en la capitalista ha venido a ser organizada como un mecanismo de desarrollo.[2] Todo gira aquí en torno al intercambio entre trabajadores privados de propiedad, que no poseen más que su fuerza de trabajo, y propietarios privados que demandan fuerza de trabajo para producir la plusvalía que incremente el valor de su capital.

Al respecto, por ejemplo, Carlos Marx – escribiendo en tiempos en que el moderno sistema mundial llegaba a su primera madurez (que por cierto incluía el aporte de enormes masas de esclavos africanos en Brasil, Cuba y los Estados Unidos) – observaba que, en la economía realmente existente de entonces acá, la pobreza está implícita en la condición misma del trabajador. En este sentido, decía,

 Si ocurre que el capitalista no necesita el plustrabajo del obrero, éste no puede realizar su trabajo necesario, producir sus medios de subsistencia. Entonces, si no puede conseguirlos a través del intercambio, los obtendrá, caso de obtenerlos, sólo de limosnas, que sobren para él del rédito. […] Como, por añadidura, la condición de producción fundada en el capital es que él produzca cada vez más plustrabajo, se libera más y más trabajo necesario. Con lo cual aumentan las posibilidades de su pauperismo.[3]

 Cuando estas ideas fueron plasmadas, el autor consideraba que el mundo moderno se reducía a un núcleo integrado por Inglaterra, Alemania, Francia y los Estados Unidos, rodeado por una periferia de regiones coloniales y países atrasados. Siglo y medio después, ¿cómo opera esto en el proceso de globalización, cuando el sistema internacional está integrado por unos 200 Estados nacionales y la economía mundial funciona como una unidad en tiempo real?

En lo más visible, emerge ahora – nuevamente – una situación de pobreza estructural en las economías centrales, en la medida en que los trabajos más sencillos, que demandan mayor cantidad de mano de obra de bajo costo de producción, son desplazados hacia economías de la periferia, a cargo de lo que algunos llaman el “proletariado exterior”. Y esas economías centrales, por su parte, pasan a recibir una migración creciente de trabajadores desplazados de la periferia por el desarrollo de ese mismo capitalismo global, trabajadores excedentes con respecto a la demanda de trabajo para el propio proletariado exterior.

Esos trabajadores migrantes se dedican fundamentalmente a actividades que producen poco valor – como las labores de cosecha en la agricultura de agronegocio -, o no producen valor alguno, como las de prestación de servicios personales. Pero el mecanismo, además, se reproduce al interior de las propias economías periféricas con la descomposición de la vieja economía campesina, con sus virtudes culturales y sus muchas miserias físicas y morales, ante el auge del agronegocio de exportación; la emigración masiva que traslada la miseria del campo a las ciudades donde hoy residen 7 de cada 10 latinoamericanos, y el abultamiento del sector informal de baja calificación.

En vida de Marx, la población mundial ascendía a unos dos mil millones de personas el buque de vapor se imponía en los océanos como el ferrocarril en tierra firme, y el telégrafo era el medio más avanzado de comunicación. El cambio tecnológico y de escala es evidente, como debería serlo la continuidad del mecanismo fundamental. En la tensión entre ambos – con especial referencia a las condiciones subjetivas, entre las cuales destaca la añoranza por la edad dorada imaginaria del pequeño propietario rural, que tan a menudo acompaña a los descendientes de los migrantes del campo, hoy incorporados a labores de servicios de cuello blanco o de delantal – es donde cabe ubicar la definición de las estrategias de política para transformar esta situación en un sentido progresivo.

Al respecto, dice Marx, en el capitalismo realmente existente al desarrollo del plustrabajo “corresponde el de la población excedente. En diferentes modos de producción sociales, añade, diferentes leyes rigen el aumento de la población y la superpoblación; la última es idéntica al pauperismo.” Dichas leyes “se pueden reducir simplemente a las diferentes maneras en que el individuo se relaciona con las condiciones de producción o […] de reproducción de sí mismo como miembro de la sociedad, ya que el hombre sólo en la sociedad trabaja y practica la apropiación.” Y añade:

 La disolución de estas relaciones con respecto a tal o cual individuo, o a parte de la población, los pone al margen de las condiciones que reproducen esta base determinada, por ende en calidad de sobrepoblación y no sólo como privados de recursos, sino como incapaces de apropiarse de los medios de subsistencia por medio del trabajo, en consecuencia como paupers. No es sino en el modo de producción fundado en el capital donde el pauperismo se presenta como resultado del trabajo mismo, del desarrollo de la fuerza productiva del trabajo.[4]

 

¿Hasta dónde puede sostenerse un régimen de producción así constituido, en una época en la que a la universalización del pauperismo que produce se agrega la del deterioro de sus bases naturales de sustentación? Intuimos que esta situación de crecimiento económico mediocre, acompañado de deterioro social y degradación ambiental constantes, anuncia de algún modo una suerte de fin de los tiempos, lo cual a su vez debería remitirnos al problema de las transiciones entre los regímenes de población correspondientes a distintos regímenes históricos de producción, etc.[5]

Al respecto, por ejemplo, Perry Anderson nos dice que la experiencia histórica de procesos como los de las transiciones de la Antigüedad al feudalismo, y de éste al capitalismo contradice “las creencias ampliamente compartidas por los marxistas”, en las que un modo de producción entra en crisis cuando “unas vigorosas fuerzas (económicas) de producción irrumpen triunfalmente en una retrógradas relaciones (sociales) de producción y establecen rápidamente sobre sus ruinas una productividad y una sociedad más elevadas.”  Para Anderson, por el contrario, añade, la crisis opera a lo largo de un proceso en el que “las fuerzas de producción”

 

tienden normalmente a estancarse y retroceder dentro de las relaciones existentes de producción; estas tienen entonces que ser radicalmente cambiadas y reordenadas antes de que las nuevas fuerzas de producción puedan crearse y combinarse en un modo de producción globalmente nuevo. Dicho de otra forma: en una época de transición, las relaciones de producción cambian por lo general antes que las formas de producción, y no al revés.[6]

 

Tal vendría a ser la forma en que opera el principio de que una sociedad no cambia sino cuando se agotan las formas de producción y desarrollo que ella es capaz de generar. Y ese agotamiento, a su vez, vendría a operar a lo largo de una crisis prolongada, cuyo final no consiste en el paso a una forma superior de desarrollo del modo de producción antiguo, sino en la transición a un modo de producción nuevo.

Que sea nuevo, por otra parte, no significa que sea mejor. La novedad, por ejemplo, puede consistir en una mayor dependencia de la pobreza estructural o, si se quiere, de la población excedente necesaria para mantener deprimidos los salarios de la fuerza de trabajo, lo cual – en tanto que organización de la desigualdad, Braudel dixit – implicaría formas cada vez más brutales de discriminación y represión, y conflictos cada vez más peligrosos por el reparto de la renta global entre los grupos de poder dominantes en el sistema mundial.

Pero la novedad puede consistir también en que ocurra aquel tránsito del reino de la necesidad al de la libertad que ponga fin a la prehistoria de la humanidad, en cuyo caso lo excedente vendría a ser el pauperismo.[7] Con ello, la desigualdad social cedería su lugar a la diferencia natural, y la diferencia así socializada vendría a estimular y enriquecer los procesos que lleven a transformar el Nuevo Mundo de anteayer en el mundo nuevo de mañana. Lo importante, así, es comprender que no existe un pasado al cual regresar sino opciones de futuro entre las cuales escoger. Nuestra es, pues, la responsabilidad fundamental por nuestro propio destino, como personas y como especie.

 

Panamá, febrero / marzo de 2014

 

 

 

 

 


[1] Rodríguez, Isidro: “Crece la brecha social en el país”. La Prensa, 18 de febrero de 2014.

[2] En Dinámica del Capitalismo. Fondo de Cultura Económica, México, 2002.

[3] Marx, Carlos: Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política (Grundrisse) 1857 – 1858. Siglo XXI Editores, 2007. II, 110.

[4] Marx, 2007. II, 110 – 111. Y añade enseguida: “En cierto estadio de la producción social, pues, puede existir sobrepoblación, inexistente en otro estadio. Los colonos que enviaban los antiguos, por ejemplo, eran sobrepoblación, vale decir, no podían seguir viviendo en el mismo espacio sobre la base material de la propiedad, id est, las condiciones de producción. Su número puede parecer muy magro en comparación con las condiciones modernas de producción. De todos modos, estaban muy lejos de ser paupers. Pero sí lo era la plebe en Roma, con su panis et circenses. La sobrepoblación que llevó a las grandes Invasiones de los Bárbaros supone a su vez otras condiciones.”.

 

 

[5] Algo sabemos, por ejemplo, del papel que desempeñan en esas transiciones las catástrofes demográficas – que aceleran la reducción de la población excedente generada por el antiguo régimen, y contribuyen a modelar las opciones para el desarrollo de uno nuevo – en casos como el de las epidemias ocurridas en los procesos de desintegración del Imperio Romano de Occidente entre los siglo III y V; de la transición del feudalismo al capitalismo en el XIV, y de la incorporación de los territorios americanos al mercado mundial, particularmente en la América Española, entre los siglos XVI – XVIII. En los hechos, sin embargo, la catástrofe demográfica – tan del gusto de los imaginarios apocalípticos de la cultura de masas capitalista de nuestro tiempo – hace parte importante, pero no necesariamente decisiva, de procesos de complejidad mucho mayor.

 

[6] Así, pues, la consecuencia inmediata de la crisis del feudalismo occidental no fue una rápida liberación de nueva tecnología ni en la industria ni en la agricultura, que tendría lugar únicamente después de un intervalo considerable. La consecuencia directa y decisiva fue más bien una extensa transformación social en el campo de Occidente, porque las violentas rebeliones rurales de la época condujeron imperceptiblemente, a pesar de su derrota, a cambios en el equilibrio de las fuerzas de clase en pugna por la tierra.”. Anderson, Perry: Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo. Siglo XXI (1979) 2007, p. 208

[7] “Ninguna formación social, dice Marx, desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas de progreso en la formación económica de la sociedad el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana.” Marx, Carlos: Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859).

http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.htm

 

 

Panamá: el debate pendiente sobre la educación

Panamá: el debate pendiente sobre la educación

Guillermo Castro H.

El debate sobre la educación es, entre nosotros, una de las expresiones más visibles de la crisis de identidad de una sociedad que cambia sin terminar de transformarse. Esa peculiar parálisis histórica tiene dos causas visibles. Una consiste en la resistencia a todo cambio social verdadero por parte de los grupos dominantes. Otra, en la creciente resistencia a los sucedáneos de cambio entre los grupos subordinados, que en una importante medida quisieran regresar a un pasado crecientemente mitificado, en el que la educación ofreció a sus ancestros oportunidades de movilidad social ascendente que fueron, entonces, una gran novedad. Porque de eso se trata, a fin de cuentas.

La educación, en efecto, es un medio entre otros para unos fines socialmente determinados. Nuestra educación – pública y privada – funcionó más o menos bien cuando esa relación fue más o menos clara, digamos entre las décadas de 1930 y 1970. Lo que se hizo bastó entonces para crear un sentido de identidad nacional, dotar al joven Estado nacional de los funcionarios que requería, y a una economía atrasada y sencilla de los profesionales y técnicos que demandaba.

Todo eso empezó a dejar de funcionar cuando el consenso en torno a los fines dejó de ser posible, debido a las transformaciones en curso en la sociedad, y quedó paralizado a partir de la derogación de la Reforma Educativa en 1979. Esa parálisis se hizo evidente, por ejemplo, en el deterioro del sistema nacional de educación que se expresó en la evolución divergente de sus subsistemas público y privado.

Así, mientras el subsistema público pasó a funcionar de manera cada vez más evidente movido por la mera inercia burocrática, el privado experimentó un crecimiento que cabría calificar de tumoral a partir de la década de 1990, y empezó a deteriorarse después, entre otras cosas por su dependencia de educadores formados en el sistema público.

La solución de los grupos dominantes consistió en una doble evasión. Por un lado, trasladaron a sus hijos y sus esperanzas al pequeño subsistema de escuelas internacionales de alta calidad y altísimo costo, en desarrollo desde mediados de la década de 1990. Por el otro, asumieron como problema fundamental del sistema público la mala administración, el atraso tecnológico y los altos costos de su operación – en lo formal -, agregando en lo no formal la existencia de organizaciones magisteriales – y ya no de las estudiantiles, desde hace mucho borradas del mapa.

Así caracterizado el problema, se ha intentado encararlo mediante programas aislados, inconexos entre sí en el tiempo y el espacio, y manipulación burocrática, cuyas consecuencias se han ido acumulando durante veinte años. Entre esas consecuencias se incluye la incapacidad del sistema para proveer mano de obra calificada para el crecimiento económico, paliada en esta década por la migración legal e ilegal de trabajadores extranjeros a Panamá.

Pero aun eso tiene un límite. Se nos encima la hora de reconocer que la educación no nos plantea hoy un problema técnico ni económico, sino político, esto es, de fines, antes que de medios. Así habrá que encararlo, porque estamos llegando al fondo del callejón, con un sistema educativo que ni forma ni se deja transformar.

Es una mera ilusión que un sistema educativo en estas condiciones esté en capacidad de producir ni siquiera trabajadores calificados de mediana calidad. El que no sabe para dónde va, nunca sabrá qué camino escoger. Los países asiáticos que se convirtieron en economías emergentes en las décadas de 1980 y 1990 sí sabían a dónde querían ir – al menos, sus grupos dominantes estaban de acuerdo en eso, aunque divergieran en otros temas – y crearon un esquema de gran sencillez:

  1. Una educación básica organizada en torno a cuatro ejes fundamentales: lengua, historia, ciencias y matemáticas, con las dos primeras entendidas como formadoras de un sentido de identidad, y las otras dos como formadoras de capacidades indispensables para participar en una economía moderna.
  2. Una oferta amplia, diversa y de buena calidad de formación técnica para estudiantes egresados de educación básica, y
  3. Una oferta de educación superior de muy alta calidad, y de acceso restringido por requisitos de rendimiento previo y exámenes de ingreso muy exigentes, en universidades muy vinculadas además al sector productivo, sobre todo mediante programas de I+D financiados por este último.

Ese esquema permitió hacer competitivas ventajas comparativas como la de una abundante población joven, y permitió el paso a un crecimiento sostenido sin graves perturbaciones sociales. Pero lo primero fue el acuerdo político, basado en una clara identificación de propósitos y prioridades de interés general para toda la sociedad. Ese acuerdo es el que falta aquí.

 

El país del Canal

El país del Canal

 Guillermo Castro H.

 El conflicto contractual entre la Autoridad del Canal de Panamá y el Grupo Unidos por el Canal ha tenido, motivado por los sobrecostos en que alega haber incurrido el consorcio que tiene a su cargo la ampliación de la vía interoceánica, ha tenido – entre otras – la virtud de traer de vuelta al Canal al terreno del debate público en Panamá. Con ello se anuncia el fin – quizás, ojalá – del intento de proteger a la operación del Canal de los males políticos de la sociedad a cuyo servicio se encuentra, y se abre la posibilidad de enfrentar aquel riesgo encarando esos males, mediante una reforma constitucional de 1994, que hace de la Autoridad del Canal de Panamá una entidad pública dotada de una autonomía sin precedentes en la historia nacional.

Así planteado el problema, la pregunta clave viene a ser la siguiente: si el Estado controla el Canal, ¿quién controla al Estado? La búsqueda de una respuesta a una pregunta así planteada obligaría a abrir una discusión del mayor interés sobre una serie de temas conexos. Por ejemplo, si en 1994 el Gobierno nacional consideró necesario aislar el Canal de Panamá de los vaivenes de la política criolla, que expresaba a su vez las formas de organización de la economía y la sociedad panameños, ¿por qué no se consideró transformar esa economía y esa sociedad de modo que se convirtieran de elemento de riesgo en factor de estímulo y apoyo a una gestión eficiente del Canal?

La respuesta tendría que ser evidente: aquel gobierno era expresión de aquel país, y cualquier intento de cambiar el país hubiera significado su propia liquidación. Por lo mismo, en vez de abordar el desafío en su raíz, las autoridades estatales hicieron del Canal el espejo donde los panameños podemos contemplar a diario lo peligrosos que somos para nosotros mismos, debido a nuestra incapacidad para encarar los problemas de fondo que arrastramos desde (al menos) la derrota liberal en la Guerra de los Mil Días, librada entre 1899 y 1902 y culminada en una victoria conservadora al amparo de la amenaza de intervención por parte de los Estados Unidos. Se fueron en cambio por las ramas, y es la agitación del follaje por el diferendo administrativo sobre los costos de la ampliación del Canal lo que puede recordarnos – o no – que esas raíces existen.

Ernesto Pérez Balladares, Presidente de la República entre 1994 y 1999, dijo alguna vez que estábamos ante la disyuntiva de desarrollar el país o subdesarrollar el Canal. Nunca tuvo tanta razón como en estos días. Quizás ha llegado la hora de poner a la República en condiciones de encarar las responsabilidades que le corresponden para poner el Canal a su servicio. Para eso, habrá que empezar por preguntarse si la operación eficiente del Canal es compatible con la presencia de una sociedad democrática, equitativa y comprometida con la sostenibilidad de su propio desarrollo, y con un Estado que controle el Canal en correspondencia con esos propósitos.

Nota sobre el debate público en Panamá

Nota sobre el debate público en Panamá

Guillermo Castro H.

 

Empieza a ser común en el debate público en Panamá que se reconozca que el crecimiento económico es una condición necesaria pero no suficiente para el desarrollo. Eso es un gran progreso respecto a las ingenuidades que aún se dejan pasmar por la danza de los millones. También es un progreso denunciar lo que falta en las medias verdades de la propaganda oficial, así sea en la misma lógica de esa propaganda. Se empieza a entender que los problemas sociales no se resuelven mediante dádivas de filantropía interesada, meros subsidios pagados con los impuestos de todos, o inversiones millonarias en infraestructura que a menudo luce más de lo que resuelve, y nos deja en legado deudas que serán pagadas – también – con los impuestos de todos.

Todo esto, que para algunos podría parecer poco, va definiendo sin embargo una nueva línea base a partir de la cual avanzar en la construcción de propuestas más complejas. Entre nosotros, el neoliberalismo encontró un terreno fértil en el grave atraso general del desarrollo del capitalismo en el conjunto de la sociedad panameña. Ese retraso – característico de las viejas economías de enclave – encontraba expresión en la hegemonía  conservadora propia de pequeños y medianos campesinos, de un individualismo cerruno, tanto en las áreas rurales como en las comunidades urbanas de inmigrantes provenientes de esas áreas.

Aquella sociedad controlada por terratenientes, comerciantes y especuladores, que pudo finalmente derrotar al torrijismo, es la que se desintegra ante nuestros ojos. Ya en la década de 1980, cuando se empezaba a hablar de libre comercio y demás, resultaba evidente que los fabricantes de galletas en Panamá no le temían tanto a la Nabisco norteamericana como a sus pares colombianos, que podían devorarlos. Intuición cumplida. Nuestra vieja sociedad oligárquica y conservadora no fue derrotada por un alzamiento popular, ni salvada por una invasión extranjera, sino devorada por capitales extranjeros más maduros y competitivos.

Nadie ha escrito aún la historia del desarrollo del capitalismo en Panamá. En realidad, no ha sido escrita la historia de la formación económico – social que somos, y nadie parece estar trabajando en ello precisamente ahora, cuando se cumplen 50 años de la publicación de aquella obra pionera y solitaria que fue La Concentración del Poder Económico en Panamá, de Marco Gandásegui, y cuando ese proceso de desarrollo se acerca con toda evidencia a un momento de crisis.

Cuando esa historia sea escrita, habrá que señalar que la inserción del Canal en la economía interna inauguró una etapa enteramente nueva en ese proceso. Por un lado, en efecto, forzó la incorporación acelerada del país en el mercado global. Por el otro, enseguida, puso en movimiento las fuerzas que hoy vienen triturando la vieja economía en todos los rincones del Istmo, en un impulso sostenido que, si en lo más visible se inició con la venta de la Cervecería Nacional a capitalistas colombianos a comienzos del siglo XXI, nos conduce hoy a la firma de un Tratado de Libre Comercio con México que podía parecer inaceptable a fines del siglo XX, como último requisito pendiente para el ingreso de Panamá a la Alianza del Pacífico.

Ya no es el caso juzgar los méritos administrativos de nuestros últimos gobiernos. Uno hizo lo que pudo, y el otro descubrió que en realidad podía hacer lo que quería. Si es el caso, en cambio, reiterar que los próximos años serán, ahora sí, de transición a una etapa enteramente nueva. En ella, veremos hasta dónde puede o no puede un gobierno cada vez más fuerte, con un Estado cada vez más débil, mantener el crecimiento de la burbuja de prosperidad sostenida de 2009 acá por el gasto público masivo financiado con el masivo endeudamiento de nuestra sociedad.

No es el caso ser agoreros. Si lo es, en cambio, advertir que en un futuro cada vez más inmediato se definirán el carácter y el impacto que esa etapa nueva etapa habrá de tener en la concreción de nuestras opciones de futuro. Se nos viene encima la hora de pasar de la denuncia al análisis, y de la protesta a la propuesta. Hemos tenido, tenemos, una tradición de debate muy rica en adjetivos. Ha llegado el tiempo de lo sustantivo, y habrá que estar a ello, o encarar las consecuencias de no haber sido capaces de hacerlo.