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Doctor en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995 Campos de trabajo: historia ambiental, ecología política, cultura de la naturaleza

Construir la certidumbre

Guillermo Castro H.

“la vida no es sólo el comercio ni el gobierno, sino es más,

el comercio con las fuerzas de la naturaleza y el gobierno de sí:

de aquéllas viene éste: el orden universal inspira el orden individual:

la alegría es cierta, y es la impresión suma;

luego, sea cualquiera la verdad sobre todas las cosas misteriosas,

es racional que ha de hacerse lo que produce alegría real,

superior a toda otra clase de alegría, que es la virtud:

 la vida no es más que ‘una estación en la naturaleza’.”

José Martí, 1882[1]

La crisis general que está en curso en el sistema mundial tiene una dimensión socioambiental que ha de ser decisiva en su desarrollo. Allí viene tomando cuerpo una contradicción entre la geocultura y la geopolítica del sistema que se hace sentir en la creciente tensión que tiene lugar entre el pensar económico y el ecológico como ejes dominantes en el análisis de los problemas que genera esa crisis en su desarrollo.

Esa tensión se expresa, por ejemplo, en la organización de los campos del saber generada por el desarrollo del capitalismo hacia mediados del siglo XIX, a partir de la segregación de las ciencias de lo natural, de lo social y de lo humano. En ese plano, la crisis socioambiental plantea problemas que demandan establecer vínculos cada vez más fecundos entre esos campos, como los que toman forma en torno a la discusión sobre el Antropoceno, esta “época actual, en la que los humanos y nuestras sociedades nos hemos convertido en una fuerza geofísica global.”[2]

Desde allí, por ejemplo, hemos podido enriquecer nuestra comprensión de los vínculos entre la biosfera, como ámbito del planeta en el que la vida crea las condiciones para su propia existencia, y actúa así como una fuerza geológica, y la noosfera, que resulta de la transformación de la biosfera por la actividad de la especie humana. [3] Con ello, podemos ver que el Antropoceno se expresa hoy como una noosfera enloquecida desde la Gran celeración en la que vinieron a culminar, a mediados del siglo XX, las contradicciones entre la especie humana y su entorno natural forjadas por el desarrollo del capital desde fines del siglo XVIII.[4]

Esa noosfera enloquecida ha generado ahora la transición a un nuevo sistema Tierra, que continuará con o sin la presencia de los humanos. Vemos desplegarse por el planeta una expansión incesante del extractivismo, sobre todo en el Sur global, acompañada por un colapso incremental de ecosistemas y de la pérdida de la biodiversidad que albergan, y de una  creciente variabilidad climática. La expansión de los conflictos socioambientales contribuye a masificar migraciones internacionales desde el caos incremental que azota al Sur hacia el Norte en el que los eventos climáticos extremos encienden las alarmas de las compañías aseguradoras.

El gran conflicto cultural y político que anima a esta transición es aquel que enfrenta la necesidad sistémica de un crecimiento económico sostenido para la acumulación infinita de ganancias, con la necesidad de luchar por la sustentabilidad del desarrollo humano. La compleja magnitud de estos problemas ha generado ya un creciente clima de incertidumbre en nuestras sociedades, que resulta paralizante y aun regresivo cuando sirve de caldo de cultivo a toda la fauna de pastores y profetas del apocalipsis que medra en las redes sociales, y en algunos sectores del ambientalismo.

Esta circunstancia demanda construir una certidumbre sustentada en la capacidad de nuestra gente para el mejoramiento humano, para el ejercicio de la utilidad de la virtud, y para luchar por el equilibrio del mundo. Esa certidumbre es indispensable para recurrir al debate como catalizador del cambio político – esto es, como un ejercicio de cultura en acto – que permita trascender el catastrofismo para avanzar en la lucha por la sustentabilidad.

Esto demandará abordar el ambiente como el producto de relaciones históricas entre las sociedades humanas y su entorno natural, para identificar las opciones de cambio que resultan de esa historia ambiental. En nuestra circunstacia, construir la certidumbre sobre nuestra capacidad para encarar la crisis socioambiental es imprescindible para encarar problemas globales desde las realidades glocales en que la crisis se hace sentir en primer término. Esto ayudará a entender que si deseamos un ambiente distinto, será necesario construir – desde lo glocal hacia lo global – una sociedad que sea diferente en su capacidad para generar un desarrollo humano sustentado en una prosperidad equitativa y democrática.

Identificar los rasgos fundamentales de esa diferencia, y los medios para construirla, es el mayor desafío del saber en el Antropoceno. Se trata, en breve, de construir una ruta de tránsito hacia el trabajo con la naturaleza y ya no contra ella, pasando de una visión ecológica de la crisis a una socioambiental, que vincule la innovación tecnológica al cambio social que demanda la sustentabilidad del desarrollo humano.

A fin de cuentas, la fuente mejor de la certidumbre que demanda esta tarea nos vienede nosotros mismos. La crisis socioambiental, en efecto, ha venido a constituir en nuestra América espacios de encuentro cada vez más amplios entre movimientos sociales y culturales de resistencia al despojo y la devastación, que nos dan voz y actitud propias en la batalla global por la sustentabilidad del desarrollo humano.

Así, desde nosotros mismos podemos decir, como lo hiciera José Martí cuando el antropoceno iniciaba el camino que lo llevaría a la Gran Aceleración cuyas consecuencias padecemos hoy, que

Estos países se salvarán porque, con el genio de la moderación parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.[5]

Alto Boquete, Panamá, 19 de abril de 2024


[1] “Emerson”. La Opinión Nacional, Caracas, 19 de mayo de 1882. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XIII, 24.

[2] Steffen, Will; Crutzen, Paul J. Crutzen and McNeill, John R.: “The Anthropocene: Are Humans Now Overwhelming the Great Forces of Nature?”. Ambio Vol. 36, No. 8, December 2007 Royal Swedish Academy of Sciences 2007, 615. http://www.ambio.kva.se https://openresearch-repository.anu.edu.au/bitstream/1885/29029/2/01_Steffen_The_Anthropocene%3A_Are_Humans_2007.pdf

[3] Al respecto: Vernadsky, Vladimir (2007): La Biosfera y la Noosfera. Ediciones lVIC / Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. https://pdfcoffee.com/v-i-vernadsky-la-biosfera-y-la-noosfera-pdf-free.html

[4] Al respecto, la plenitud de la conciencia con que fue llevada a cabo la devastación de ecosistemas y culturas completas por las potencias coloniales en la periferia del mercado mundial es puesta en evidencia en Fressoz, Jean-Baptiste (2014): “Losing the Earth knowingly. Six environmental grammars around 1800”, ilustra.

https://www.academia.edu/19596740/_Loosing_the_earth_knowingly_Six_environmental_grammars_around_1800_in_Hamilton_Gemenne_and_Bonneuil_The_Anthropocene_and_the_global_environmental_crisis_Routledge_2014

[5] Martí, José: “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Ibid. VI, 19-20.

Aludir al futuro, eludir el presente

Guillermo Castro H.

“¿Cómo es posible pensar en el presente

o un presente bien determinado

con un pensamiento elaborado

para problemas del pasado

a menudo bien remoto y superado?

Si esto sucede, significa

que se es “anacrónico” en el tiempo propio,

que se es fósiles

y no seres modernamente vivientes.”

Antonio Gramsci[1]

Cuando nos proponemos ver el mundo de cierta manera, y no de otra, es bueno definir esa visión con la debida propiedad. Si aspiramos a un desarrollo humano que sea sostenible, por ejemplo, conviene reflexionar sobre el contenido de los términos de esa expresión.

Esto puede parecer simple, pero no es sencillo. Esos términos, para empezar, se refieren a circunstancias que debemos construir desde una realidad ya construida, y no a partir de metas ya establecidas a las que debemos llegar. Todos ellos, además, constituyen expresiones originadas en el pasado que deseamos superar, y a menudo se presentan en forma de metáforas que expresan más (y menos) de lo que parecen decir a primera vista.

Ese es por ejemplo el caso de la sostenibilidad, asociada normalmente a la expresión “desarrollo sostenible”. De ese desarrollo se dice poco que vaya más allá de la necesidad de encontrar alguna solución duradera a los graves conflictos que hoy aquejan a las relaciones de las sociedades humanas entre sí, con sus propios integrantes, y con su entorno natural. En este terreno, las Humanidades nos ayudan a comprender mejor el lugar que ocupa esa carencia en el proceso mayor de la historia natural de la especie humana, a partir del examen de la función que desempeñan las metáforas en la formación del conocimiento.

La metáfora, en efecto, posee la capacidad de combinar simultáneamente a múltiples significados no excluyentes entre sí. Así lo hace José Martí al decir que su verso es “como un puñal / que por el puño echa flor” y al mismo tiempo “un surtidor / que da un agua de coral”. Esto le permite aludir a aquellos factores de incertidumbre que nutren las situaciones de malestar en la cultura, facilitando el paso de la intuición a la certeza, y de ésta a la acción. 

En esta tarea, la metáfora operar mediante intercambios muy diversos entre campos distintos de la cultura y el conocimiento. Así, por ejemplo, la comprensión básica de nuestras relaciones de el mundo natural se ve facilitada cuando nos referimos a la naturaleza como una madre generosa que trabaja para sostener a sus hijos, pero que puede también someterlos a duro castigo si éstos abusan de ella.

A la inversa, la noción de desarrollo – heredera de las de civilización y progreso, y de los fósiles correspondientes a la vida pasada de la que surgieron esas nociones – opera a partir de la apropiación, por parte de las ciencias sociales, de un concepto proveniente de la biología, que designa el proceso de formación, maduración y muerte de los organismos vivientes. La metáfora, sin embargo, alude y elude a un tiempo el sentido más profundo de aquello que señala.

Así, al atribuir al excluir del desarrollo como categoría social y económica la muerte del organismo que se desarrolla, atribuye un carácter natural a hechos de carácter cultural, limitando la posibilidad de comprender las contradicciones que los animan. En este sentido, visto como metáfora, el desarrollo sostenible alude al agotamiento de aquella visión del mundo que, entre las década de 1950 y 1970, sintetizó en el desarrollo (sin adjetivos) la esperanza de que el crecimiento económico sostenido permitiera que el progreso técnico y sus frutos llegaran a toda la Humanidad, y garantizara bienestar social y participación política crecientes para todos.

Sin embargo, la metáfora del desarrollo sostenible elude al propio tiempo referir ese agotamiento al de las condiciones históricas en que tomó forma aquel concepto original. En verdad, el desarrollo del que se trata es el de nuestra especie a lo largo de los últimos diez mil años en su doble dimensión biológica y sociocultural. Los problemas de ese desarrollo incluyen, por supuesto, aquellos que se derivan de las condiciones creadas por ese proceso en el curso de los últimos cinco siglos – y del XX en particular.

Esas condiciones van desde el extraordinario crecimiento del número de los humanos hasta la formación de nuestra primera comunidad mundial, el despliegue de formas de intervención en la naturaleza y de niveles de producción de bienes y desechos sin precedentes. En el proceso, las formas de relación social y cultural que hicieron posible todo esto vinieron a entrar en contradicción creciente con las necesidades que se derivan de esos resultados.

La metáfora, aquí, elude considerar el hecho de que ese proceso general tiene una historia particular, y no puede ser confundido con las formas históricas que contribuyeron a su despliegue hasta generar problemas nuevos y más complejos de los que en contribuyó a resolver. Esto nos obliga a decidir si aún cabe subordinar el desarrollo humano a la preservación de una forma histórica de organización social que hoy conspira contra sus bases naturales de sustentación, o si va llegando la hora de encarar la construcción de formas nuevas de socialidad, que faciliten el pleno aprovechamiento de las enormes conquistas que ha logrado nuestra especie en materia de ciencia y tecnología.

Asumir esta disyuntiva obliga a trascender la metáfora del desarrollo sostenible, para pasar del problema de hacer sostenible una forma histórica particular del desarrollo humano, a encarar la necesidad de encontrar y construir las formas nuevas que hagan sostenible ese desarrollo en el futuro. Hoy, en suma, ya resulta evidente que nuestro desarrollo será sostenible por lo humano que llegue a ser y que ese carácter tiene y tendrá su expresión más clara en nuestras capacidades para la cooperación solidaria.

Haber llegado a esta disyuntiva constituye quizás el mayor de nuestros logros como especie. La forma en que la encaremos definirá no solo nuestro destino en el planeta en que ha tenido lugar el desarrollo de nuestra especie que hemos llegado a ser a lo largo de los últimos dos millones de años, al menos.

Alto Boquete, Panamá, 26 de marzo de 2024


[1] Gramsci, Antonio, 1999: Cuadernos de la Cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci. Ediciones ERA, México. IV, Cuaderno 11 (1932 – 1933): “Apuntes para una introducción y una iniciación en el estudio de la filosofía y de la historia de la cultura”, p. 245 – 247.

Las ideas, y el viento

Guillermo Castro H.

“Andan por el aire las ideas del siglo,

porque cada siglo tiene su atmósfera de ideas:

[con] aquel brío, color e influjo que tienen las ideas vivas,

surgidas, como un ave del nido sorprendido,

de cada tajo en el pecho, o noche del cerebro,

que trae luego la luz.”

José Martí, 1885[1]

Está en curso un vasto proceso de cambios en las formas del pensar, que expresa paso a paso aquellos otros que la especie humana va ocasionando en el entorno socioambiental del que depende su existencia, y en los valores que norman su conducta. Atender a esto es tanto más importante si recordamos que estos cambios en la intensidad del viento en el mundo – para utilizar la feliz expresión del argentino Aníbal Ponce-, pueden conducirnos tanto a huracanes tan violentos como el desatado por el sionismo sobre el pueblo palestino, como vientos que nos ayuden a llegar a buen puerto en un mundo nuevo.

            Estos cambios nunca ocurren de súbito: se llega a ellos, y es posible incluso preverlos si se cuenta con la cultura necesaria para identificar y comprender los signos que los anuncian. Uno de esos signos, por ejemplo, radica en nuestra percepción de los problemas que esta circunstancia plantea al desarrollo humano.

Así, por ejemplo, la cultura aún dominante en esta época que concluye percibe a la biosfera como una fuente de materia prima para la producción de ganancias. Esto, a su vez, se expresa en el hecho de que esa cultura hace de la racionalidad del capital una de sus vigas maestras. Hoy, sin embargo, la creciente conciencia sobre los problemas que emergen en nuestras relaciones con el entorno natural explica la importancia que viene adquiriendo otra disciplina, la ecología, como astrolabio mayor en nuestra circunstancia.

El camino que nos trae a este cambio viene de mediados del siglo XIX. De entonces datan las primeras manifestaciones del deterioro del entorno natural debido a la intensificación de las presiones humanas generadas a partir de la I Revolución Industrial. Y de entonces viene también la indagación en torno al origen y el desarrollo de la materia viviente, que llevó a la teoría de la evolución mediante la selección natural, planteada por Charles Darwin (1809-1882) en su libro El Origen de las Especies, en 1859.[2]

A partir de allí, el conocer de la naturaleza fue ganando en riqueza y complejidad. Así, en 1869 el biólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919) creó el término ecología, para designar “el estudio de la interdependencia y la interacción entre los organismos vivos – animales y plantas- y su ambiente – seres inorgánicos”.[3] Para entonces, también, Carlos Marx entraba de lleno a discutir la especificidad de las formas de relación entre nuestra especie y su entorno natural, y el modo en que se esa relación metabólica se veía alterada por las modalidades que le imponía el desarrollo del capital.[4]

Esta expansión del conocer de la complejidad de nuestro entorno natural la naturaleza abrió el camino por el cual el biogeoquímico ruso Valdimir Vernadsky (1863-1945) llegó -entre mediados de las décadas de 1930 y 1940 – a dos conceptos de gran valor para el pensar ecológico.  Uno fue el de biosfera, que designa el ámbito de la Tierra en el que la interacción de los seres vivientes entre sí y con su entorno abiótico crea las condiciones para la existencia de la vida en nuestro planeta.[5] El otro fue el de noosfera – o esfera del saber hacer – que designa las transformaciones de la biosfera generadas por la especie humana para adaptarla a sus necesidades. Ambos conceptos, como vemos, guardan entre sí una relación semejante a los de naturaleza y ambiente en nuestro tiempo.

Para 1995, los biólogos norteamericanos Lynn Margulis y Dorion Sagan, en un hermoso libro titulado ¿Qué es la vida?, sintetizan lo que va de la obra de Darwin a la de Vernadsky en los siguientes términos:

Vernadsky hizo en relación al espacio lo que Darwin en relación al tiempo: así como Darwin demostró que todas las formas de vida descienden de un ancestro remoto, Vernadsky demostró que todas las formas de vida habitan un espacio materialmente unificado, la biosfera.[6]

De allí resultó, además, que la interacción entre múltiples especies en la Tierra daba lugar a un gigantesco ecosistema planetario, capaz de sobrevivir a múltiples desafíos, así fuera a costa de extinciones masivas en su biodiversidad.

Aportes como esos fueron creando las condiciones para que, de 1972 en adelante, se advirtiera el desarrollo de la noosfera – sobre todo a partir de la década de 1950- alteraba la biosfera de una manera que ponía en riesgo la sustentabilidad del desarrollo de la especie humana. Así lo advirtió el informe Los Límites del Crecimiento,[7] elaborado por un equipo de científicos del Instituto de Tecnología de Massachussets y publicado por un centro de pensamiento empresarial -el Club de Roma- en las vísperas de la primera conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, realizada ese año en Estocolmo.[8] De entonces data, y de ese legado cultural proviene, el viento del mundo generado por la grave crisis socioambiental – como bien la definiera el papa Francisco en su encíclica Laudato Si’ – que padece hoy la especie humana.

El viento que impulsa ese cambio ya constituye un rasgo de nuestro tiempo. Aun así, para comprenderlo en cabalidad en cuanto a su origen y sus opciones, es bueno recordar lo observado por Federico Engels en 1876, cuando advertía que en la naturaleza “nada ocurre en forma aislada”, pues cada fenómeno “afecta a otro y es, a su vez, influenciado por éste; y es generalmente el olvido de este movimiento y de esta interacción universal lo que impide a nuestros naturalistas percibir con claridad las cosas más simples.” Y desde allí resaltaba la característica distintiva de nuestra especie en esa trama de interacciones:

Resumiendo: lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina. Y ésta es, en última instancia, la diferencia esencial que existe entre el hombre y los demás animales, diferencia que, una vez más, viene a ser efecto del trabajo.

Sin embargo, no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. […] Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente.[9]

A esto solo cabría agregar que la organización de esos procesos de trabajo está determinada por los intereses dominantes en cada sociedad. De allí que, si deseamos un ambiente distinto, tendremos que construir sociedades diferentes. De esa noche del cerebro, operando en la oscuridad de la crisis, “que luego trae la luz” nos vienen las ideas vivas de que nos hablara Martí. Ellas nos llevan a buscar y encontrar los vientos del mejoramiento humano, la utilidad de la virtud y el equilibrio del mundo que nos permitirán establecer un orden futuro en el que la armonía de nuestras relaciones con la naturaleza exprese la de las relaciones de los seres humanos entre sí.

Alto Boquete, Panamá, 4 de marzo de 2024


[1] “Cartas de Martí”. La Nación, Buenos Aires, 11 de enero de 1885. X, 134-135.

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Selecci%C3%B3n_natural La teoría de Darwin tuvo un equivalente, por las mismas fechas, en los descubrimientos del naturalista – inglés, también – Alfred Russell Wallace (1823-1913).

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Ernst_Haeckel

[4] Para John Bellamy Foster, por ejemplo, “la relación del trabajo y el capitalismo con el metabolismo de la Tierra está en el centro de la crítica del orden existente”, pues allí radica la contradicción principal en nuestras relaciones con la biosfera en esta fase de la historia de nuestra especie. “Introducción” a The Dialectics of Ecology: Society and Nature. Monthly Review Press, New York, 2024. https://monthlyreview.org/2024/01/01/the-dialectics-of-ecology-an-introduction/?mc_cid=76986b72f2&mc_eid=ea9c7c4b70

[5] https://www.academia.edu/22554569/V_I_Vernadsky_La_biosfera_y_la_noosfera; https://es.wikipedia.org/wiki/Bi%C3%B3sfera

[6] Margulis, Lynn, y Sagan, Dorion (1995): ¿Qué es la vida? Prólogo de Niles Eldridge. Tusquets Editores, España, 2009: 45. Y agregan: “Vernadsky describió la vida como un fenómeno global en el que la energía solar era transformada. Veía en el crecimiento fotosintético de bacterias verdes y rojas, algas y plantas verdes el ‘fuego verde’ cuya propagación, alimentada por el sol, obligaba a los otros seres a hacerse más complejos y más dispersos.”

[7] https://es.wikipedia.org/wiki/Los_l%C3%ADmites_del_crecimiento

[8] https://www.un.org/es/conferences/environment/stockholm1972

[9] “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (1876) https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/1876trab.htm 

Transiciones (la nuestra, y aquellas otras)

Guillermo Castro H.

“La angustia con que se vive en todas partes del mundo

en la época de transición en que nos ha tocado vivir”

José Martí, 1884[1]

La angustia de Martí en 1884 no era – y, sin embargo, también es – semejante a la que recorre nuestro propio tiempo. Desde su exilio en Nueva York entre 1881 y 1895, la suya se refería a la creciente incertidumbre que se iba haciendo sentir en el sistema mundial ante el agotamiento de la capacidad de su organización colonial de entonces para encauzar las enormes energías acumuladas por el desarrollo del capitalismo en los dos siglos anteriores. Y faltaban aún sesenta años para que esa transición culminara en la creación del sistema internacional que surgiría de la Gran Guerra de 1914-1945.

Del agotamiento de la capacidad del breve sistema internacional que hemos tenido para encarar las contradicciones de su propio desarrollo vienen las angustias de hoy. Salvo su brevedad, esto es menos nuevo de lo que parece, si lo vemos a la luz de las grandes transiciones de anteayer y ayer.

Al respecto, por ejemplo, el medievalista irlandés Peter Brown, al referirse a la transición entre la Antigüedad y la Edad Media, nos dice que el año 1000 estaba ya “tan cerca de 1520, fecha en la que los conquistadores españoles descubrieron las ciudades-templo de México y Perú, como de la abdicación de Rómulo Augústulo”, quien fuera el último emperador romano de Occidente entre 475 y 476.[2] Para aquella fecha, en efecto, ya estaba en curso la formación de las tres regiones que la cultura Noratlántica designa como la Europa Oriental, la Occidental, y el Cercano Oriente.

En cuanto a la historia de la cristiandad, que es el tema de interés para Brown, la formación de nuestra Europa Oriental encontraría su punto de partida en un imperio bizantino de organización centralizada, que se consideraba a sí mismo “una isla de orden providencialmente conservada por Dios en un espacio de barbarie”. Allí correspondió a la organización eclesial procurar que la armonía celestial de los creyentes se hiciera manifiesta “en la ordenada conducta de los fieles ortodoxos.”

En el Occidente políticamente fragmentado, en cambio, la cristiandad vino a forjarse a partir de una prolongada interacción entre el legado cultural y político de Roma, y los de las sociedades que ocuparon los espacios creados por la desintegración del imperio en aquella región. Con ello persistió “una cultura profana, profundamente enraizada en el pasado no cristiano, que sustentaba la ley, el poder y el trabajo de la tierra,” que pasó a ser objeto de rectoría por un clero cuyos elementos “más cultivados”

eran los únicos que tenían acceso a bibliotecas bien surtidas y al estudio de la lengua latina”, según lo dispuesto por la Regula pastoralis de san Gregorio Magno, “que hacía hincapié, con singular energía, en el uso responsable y exquisitamente calculado del poder espiritual.”[3]

Aquel Gregorio fue un monje romano de familia senatorial, terrateniente y ya cristiana por varias generaciones. Nacido en 540, tras una brillante carrera al servicio de Vaticano pasó a ocupar la posición de Pontífice desde 590 hasta su muerte en 604. La estima lograda por su gestión estuvo asociada al hecho de que provenía de una intelectualidad formada en una institución innovadora: los monasterios benedictinos, establecidos a partir de 530 por Benito de Nursia.

Esos monaterios constituyeron una red de entidades de gestión del conocimiento para la construcción de sociedades nuevas en un mundo se esforzaba por poner orden en el caos de la Alta Edad Media, entre los siglos V y X. En ese mundo, Gregorio fue el primer monje benedictino que alcanzó la dignidad pontificia, y apoyado en esa red contribuyó a hacer del papado un poder temporal separado del Imperio, pero vinculado al mismo a través de las ordenes monásticas. Con ello, abrió paso a la alianza entre ambas partes que se vería culminada dos siglos después con la coronación de Carlomagno como emperador de Occidente por el papa León III en la misa de Navidad del año 800, en la catedral de San Pedro en Roma.

Si aquella transición transcurrió a lo largo cinco siglos, la de la Edad Media a la Moderna tardó apenas lo que fue de 1450 a 1650.  A lo largo de ese siglo “largo”, una sociedad de base agraria con una cultura de corte religioso se vio desplazada por otra orientada al comercio, la industria y las finanzas, con una cultura centrada en la racionalidad económica. Esa sociedad se dio a sí misma el primer mercado mundial en la historia de la Humanidad, organizado como un sistema colonial entre mediados del siglo XVII y mediados del XX, cuando fue transformado en el sistema internacional a cuya crisis asistimos hoy.

Nuestra transición será probablemente aún más breve que las anteriores: hacia la década de 1970 Immanuel Wallerstein estimaba que tomaría unos 50 años.Aun así, comparte mucho con las que la precedieron. Tal, por ejemplo, la incertidumbre sobre lo que llegue a ocurrir con el mundo que conocemos, y el desafío de encararla desde las estructuras de gestión cultural y política que establezcan sus opciones de futuro.

Para 1889, aquella angustia de Martí cedía ya su lugar a la a mediados de esa década había dado lugar a su certidumbre en lo que llamara “la promesa de final ventura en el equilibrio y la gracia del mundo.”[4] Desde esa certidumbre, el equilibrio del mundo, y la necesidad de luchar para conquistarlo y preservarlo, habían llegado ya a constituirse en un elemento articulador en el pensar martiano.

Así, para diciembre de aquel año podía afirmar ya que el congreso internacional americano -convocado por los Estados Unidos para abrir paso a lo que eventualmente llevaría a crear una Organización de Estados Americano con sede en Washington- permitiría distinguir entre aquellos gobiernos que defendían “la independencia de la América española, donde está el equilibrio del mundo”, y lo que fueran capaces “por el miedo o el deslumbramiento”, de “mermar con su deserción” las fuerzas indispensables para que nuestra América pudiera contener “con el respeto que imponga y la cordura que demuestre”, el expansionismo norteamericano que con tal fuerza emergía entonces.[5]

            Desde esa perspectiva, la angustia se traducía en la energía credora que vendría a dar de sí aquella organización político-cultural innovadora que fue el Partido Revolucionario Cuba, capaz de dar de sí la política exterior de una lucha por la independencia de Cuba cuyo dinamismo la llevaría a convertirse en la primera de nuestras luchas de liberación nacional. De eso da cuenta el magnífico vigor del Manifiesto de Montecristi, de 1895, que convocara a constituir en las Antillas una comunidad de repúblicas dignas de ser libres “por el orden de la libertad equitativa y trabajadora” que garantizaran “en el continente” el equilibrio

de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio […] hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.”[6]

            Aún está por verse a qué opciones habrá de llevarnos nuestra transición de hoy. De lo que no cabe duda es que en la construcción de esas opciones desempeñará un papel de primer orden la lucha por el equilibrio del mundo que llevan a cabo gobiernos como los de Cuba, México y Brasil. Hoy, la renovación cotidiana de la vigencia del pensar martiano confirma la de los problemas que supo identificar en su raíz, y nos proporciona una herramienta para encararlos en nuestra propia circunstancia.

Alto Boquete, Panamá, 22 de febrero de 2024


[1] “La exhibición sanitaria”. La América, Nueva York, mayo de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII, 437.

[2] Brown, Peter (1997:257): El Primer Milenio de la Cristiandad Occidental. Colección “La Construcción de Europa”, Jaceques Le Goff, director. Crítica. Barcelona. Traducción de (1996): The Rise of Western Christendom. Triumph and diversity, AD 200-1000.

[3] Brown, 1997: 270-271. https://es.wikipedia.org/wiki/Gregorio_Magno

[4] “El poeta Walt Whitman”. El Partido Liberal, México, 1887. Ibid. XIII, 131.

[5] “Congreso Internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias. II. Nueva York, 2 de noviembre de 1889”. La Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1889. Ibid. VI, 62-63. El “político rapaz” a que se refería Martí era James Blaine, por entonces Secretario de Estado en el gobierno de los Estados Unidos.

[6] “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución y el deber de Cuba en América”. Patria, 17 de abril de 1894. Ibid. III, 141-142.

Francisco en el Istmo

Guillermo Castro H.

“A Dios no es necesario defenderlo;

la naturaleza lo defiende.”

José Martí, 1883[1]

Ha sido noticia en Panamá esta semana que el papa Francisco aceptara la renuncia del cardenal José Luis Lacunza a su cargo como obispo de la Diócesis de David, al acercarse éste a sus 80 años de edad. En su lugar, fue designado el padre Luis Enrique Saldaña, quien se desempeñaba como ministro provincial de la provincia Franciscana Nuestra Señora de Guadalupe en Centroamérica y Panamá.

            El nombramiento tiene lugar en una compleja circunstancia política y pastoral. En lo político, porque en mes y medio tendrán lugar elecciones elecciones presidenciales, legislativas y municipales, cargadas a un tiempo de certezas e incertidumbre. Estas, porque las nóminas enfrentadas están integradas en lo fundamental por políticos de viejo cuño. Aquellas, porque el país está inmerso en una difícil situación económica, ante las cuales destaca la posibilidad de ingresos y empleos que ofrece la minería de cobre y oro en la región Centro-occidental del Istmo, suspendidas tras la declaración de inconstitucionalidad del contrato que la amparaba.

En lo pastoral, porque los franciscanos demostraron un franco compromiso con el amplio movimiento social de resistencia a dicho contrato minero. Esa solidaridad se correspondió con la que habían expresado ya en 2009, cuando en su compromiso con la “promoción del cuidado de la naturaleza”, y en el marco del llamado “a instaurar una sociedad de justicia, de liberación y de paz en Cristo resucitado”, plantearon su rechazo al contrato firmado entre la empresa Petaquilla Minerals y el Estado en 1997, que tras sucesivas cesiones derechos, abrió paso a la mina hoy en cuestión. Al respecto, decía aquel comunicado,

No se puede hablar de desarrollo sostenible excluyendo la ética en la economía y en el progreso de los pueblos, por eso «El signo más profundo y grave de las implicaciones morales, inherentes a la cuestión ecológica, es la falta de respeto a la vida, como se ve en muchos comportamientos contaminantes… Los intereses económicos se anteponen al bien de cada persona, e incluso el de poblaciones enteras. En estos casos, la contaminación o destrucción del ambiente son fruto de una visión reductiva y antinatural que configura a veces un verdadero y propio desprecio del hombre» (Juan Pablo II, Pastores gregis, 70). [2]

Para 2023, ya en el marco creado por las encíclicas Laudato Si’ (2015), Fratelli Tutti (2020) y Laudate Deum (2023), la Red Eclesial Ecológica Mesoamericana -creada en 2019, y a la que Panamá se sumó en 2020 – pudo expresar que

Desde diversos territorios sacrificados por el impacto de la minería en América Latina y El Caribe, abrazamos a nuestros hermanos y hermanas de Panamá que resisten día a día a las empresas mineras que se han propuesto destruir para siempre uno de los territorios más biodiversos del planeta. Nuestra admiración y solidaridad por la resistencia pacífica al pueblo panameño. [3]

Esa manifestación solidaria invocaba, en particular, la necesidad de ponerse “del lado de las víctimas de la injusticia ambiental y climática, esforzándose por poner fin a la guerra sin sentido contra nuestra Casa Común, que es una terrible guerra mundial,” expresada por el papa Francisco el 30 de agosto de 2023.[4] Al respecto, expresaba el agradecimiento y admiración de sus integrantes

a las organizaciones juveniles, de mujeres, de estudiantes, profesores, trabajadores, grupos culturales y comunidades religiosas que exigen a sus autoridades legislativas que no se apruebe el contrato con “Minera Panamá”, por afectar directamente la calidad de vida de la naturaleza y de toda la sociedad humana. [5]

 

            En este terreno, la jerarquía católica panameña se expresó con su usual prudencia. Así, el semanario Panorama Católico señaló que si por un lado la “actividad minera” formaba parte de “un proyecto económico ligado a la globalización”, por otro hacía parte tamién de “un proyecto político, social, cultural cuyos impactos alcanzan múltiples niveles de la vida de las personas y las comunidades que ponen en peligro su comunidad.”

Desde esa perspectiva, si bien el contrato en disputa establecía “una regalía de entre el 12% y 16% de la ganancia bruta, así como mejoras significativas en materia laboral y ambiental para el Estado”, también implicaba “la arrasadora extracción de cobre y minerales que es rechazada por ecologistas, ambientalistas, y los más afectados, campesinos y pueblos ubicados en los alrededores de la mina.” En ese sentido, recordaba que “También la Iglesia ha expresado se ha expresado al respecto y manifestado su preocupación por la exploración y explotación mineras en diversas regiones del país.”

            El hecho, en todo caso, consiste en que la Corte Suprema de Justicia declaró finalmente inconstitucional el contrato entre el Estado y la minera canadiense. Y esto deja abierta la posibilidad de negociar un nuevo contrato estrictamente constitucional. Tal ha venido siendo la postura adoptada, de manera abierta o encubierta, por la mayor parte de los candidatos que se disputarán la presidencia de la República el próximo 5 de mayo. Todos ellos ven en un nuevo contrato con la empresa minera la posibilidad de obtener ingresos relevantes para encarar problemas que van desde financiar el servicio a la enorme deuda externa del país hasta atender los problemas de la seguridad social, pasando por el subsidio oculto a la evasión fiscal que algunos denuncian.

Lo fundamental de la oposición a la actividad minera se sustenta en la denuncia de los daños irreversible que ocasiona al entorno natural, y los costos ambientales que resultan de ello. Sin embargo, el ambientalismo dominante en Panamá es (aún) de un carácter ecologista de corte a un tiempo cientificista y conservador. Con ello, aún estamos en camino a comprender en toda la riqueza de sus implicaciones que “aquello que entendemos como naturaleza es un espejo ineludible que la cultura sostiene ante su medio ambiente, y en el que se refleja ella misma.” [6]

La tarea pendiente pendiente de abrir la puerta entre las ciencias de lo natural y las de lo social contribuye a explicar que nuestro ambientalismo no haya estado aún en capacidad de proponer una política social y económica capaz de disputar la hegemonía neoliberal aún imperante en Panamá. Es probable que el obstáculo radique, aquí, en la necesidad de comprender – y ejercer – el hecho de que, siendo el ambiente el producto de las formas históricas de interacción entre los humanos y su entorno natural mediante procesos de trabajo socialmente organizados, si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear sociedades diferentes.

En lo que hace a nuestra cultura ambiental, esto se hace sentir en el hecho de que disciplinas como la ecología política, la historia ambiental y la economía ecológica, de tan amplio desarrollo en nuestra América, no tengan (aún) una presencia significativa en lo ambiental como objeto de política en el Istmo. Esa carencia se ha visto compensada de momento con el juridicismo característico de nuestra cultura política en unos casos, mientras en otros nuestro conservacionismo conservador ha tendido a acercarse al colapsismo característico de movimientos ecologistas Noratlánticos que políticamente lindan con el anarquismo.

Falta mucho para llegar a entender que, así como la educación ambiental es la educación, y la historia ambiental la historia, la política ambiental debe llegar a ser la política fundamental para encarar el mayor problema de nuestro tiempo, que es el de la sustentabilidad del desarrollo de nuestra propia especie. Entre nosotros, esto se ve agravdado por el hecho de que nuestra cultura política, forjada a golpes de mazo sobre el yunque de la intervención militar norteamericana de 1989, aún carece del sentido de transición indispensable para comprender y encarar todo proceso de transformación social.

Más, si se trata de una transformación socioambiental. Estamos, en efecto, inmersos en una transición civilizatoria en la cual la sustentabilidad de nuestro propio desarrollo como especie demanda ya

buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza.[7]

Alto Boquete, Panamá, 16 de febrero de 2024


[1] “Agrupamiento de pueblos”. La América, Nueva York, junio de 1883. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VII, 326.

[2] https://redescristianas.net/panama-explotacion-minerahermanos-franciscanos/

[3] https://adn.celam.org/la-red-eclesial-ecologica-mesoamericana-dice-no-a-la-mineria-en-panama/

[4] https://infovaticana.com/2023/08/30/el-papa-pide-poner-fin-a-la-guerra-sin-sentido-contra-nuestra-casa-comun-que-es-una-terrible-guerra-mundial/

[5] https://panoramacatolico.com/mineria-actividad-que-impacta-la-ecologia-vida-y-economia/

[6] “The Two Cultures Revisited: Environmental History and the Environmental Sciences”. Environment and History 2 (1996), 3 – 14. The White Horse Press, Cambridge, UK. Traducción de Guillermo Castro H. https://www.environmentandsociety.org/mml/two-cultures-revisited-environmental-history-and-environmental-sciences

[7] Francisco (2015): Carta Encíclica Laudato Si’ Sobre el Cuidado de la Casa Común

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Immanuel para este tiempo

Guillermo Castro H.

“El que en el silencio del mundo ve encendidas a solas la luz de su corazón,

o la apaga colérico, y se queda el mundo a oscuras,

o abre sus puertas a quien le reconoce la claridad, y sigue con él el camino.”

José Martí, 1892[1]

Días atrás, Antonio Guterres, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, advirtió que el mundo “está entrando en la era del caos” Existen gobiernos, dijo, “que ignoran y socavan los mismos principios del multilateralismo, sin rendir en absoluto cuentas. El Consejo de Seguridad, principal herramienta para la paz mundial, está estancado debido a las fisuras geopolíticas”.[2] El mundo, agregó, está sometido a “una peligrosa e impredecible ley de la selva” en la cual reina “la total impunidad.” Y esto, además, cuando en 2024 la mitad de la humanidad irá a elecciones en momentos en los que “cada vez más gente está perdiendo confianza en las instituciones y la fe en el proceso político”.

Días después, en un artículo para La Jornada, Raúl Zibechi planteaba que problemas como el cambio climático y la guerra “convergen mostrando el delirio del sistema y la proximidad del colapso”, mientras las bolsas de valores siguen al alza, porque al 1 o 2 por ciento más rico “poco le importa la vida, siempre que no sea la suya”. [3] Esto, mientras la economía global pasa del crecimiento a la contracción en un proceso de larga duración, y “la riqueza del sistema se distribuye cada vez más entre los ricos y los muy poderosos”, dejando atrás a los sectores populares y medios.[4]

En este marco, dice, diversos factores agravan el problema: “las poblaciones tienden a crecer, pero los recursos que las sustentan no lo hacen”, al tiempo que la fractura de las líneas de suministro implica comprar productos más caros, lo cual “retroalimenta el problema de las cadenas de suministro y la escasez de recursos”. A esto se agrega, dice, que mientras estos y otros factores prefiguran situaciones críticas”, el capitalismo ha logrado llevarnos de cabeza al colapso “mientras miramos la pantalla, ignorando la destrucción y la masacre de la vida”.

Así, Guterres y Zibechi Guterres confluyen en sus preocupaciones sobre el presente, aunque divergen en sus perspectivas de futuro. Para el primero, el mundo debe aprovechar la ocasión de la “Cumbre del futuro” que tendrá lugar en septiembre en Nueva York, durante la reunión anual de la Asamblea General de la ONU para “modelar el multilateralismo para los años venideros”. mediante “una reforma en profundidad del Consejo de Seguridad y del sistema financiero internacional, cuyo diseño es ‘anticuado, disfuncional e injusto’ además de que ‘favorece a los países ricos que lo diseñaron’”. Para el segundo, en cambio, la crisis del sistema internacional de organización del mercado mundial establecido a mediados de la década de 1940 – y sustentado justamente en el Fondo Monetario Internacional y la ONU – ha llegado a un punto en que ya es imposible reformarlo, y de lo que se trata es de transformarlo.

Cabe recordar que este proceso ya estaba en curso a fines del siglo XX. Para entonces tuvo dos escenarios mayores: el Foro Social Mundial y el Foro Económico Mundial. De ambos dijo en su momento Immanuel Wallerstein que no se enfrentaban entre sí en la crítica y la defensa del capitalismo, sino en la búsqueda de las vías para sustituirlo. Y de ambos cabe decir hoy que sólo sobrevive el segundo, pues el primero se disolvió años atrás en las aguas del oenegismo progresista.

Para 1997, en todo caso, Wallerstein estaba convencido de que “la primera mitad del siglo XXI será más dificultosa, más perturbadora y, sin embargo, más abierta que todo lo que hemos conocido durante el siglo XX.” [5] Para decirlo se basaba en tres premisas. Una, “que los sistemas históricos, como todos los sistemas, tienen vidas finitas. Tienen un comienzo, un largo período de desarrollo y, finalmente, mueren, cuando se alejan del equilibrio y alcanzan puntos de bifurcación”. Otra, que en esos puntos de bifurcación

surgen dos nuevas propiedades: pequeños inputs provocan grandes outputs (mientras que durante el desarrollo normal se produce lo contrario: grandes inputs provocan pequeños outputs) y el resultado de tales bifurcaciones es intrínsecamente indeterminado.

Y la tercera, “que el moderno sistema-mundo, como sistema histórico, ha entrado en una crisis terminal, y no resulta verosímil que exista dentro de 50 años.” Esto, para apuntar enseguida que el resultado de esa crisis “es incierto”, pues

no sabemos si el sistema (o los sistemas) resultante será mejor o peor que el actual, pero sí sabemos que el período de transición será una terrible etapa llena de turbulencias, pues los riesgos de la transición son muy altos, los resultados inciertos y muy grande la capacidad de pequeños inputs para influir sobre dichos resultados.

De allí llegaba Wallerstein a tres “conclusiones morales.” La primera, “que el progreso no es inevitable, a diferencia de lo que la Ilustración, en todas sus variantes, predicó. Pero no acepto que sea por ello imposible. El mundo no ha avanzado moralmente en los últimos miles de años, pero podría hacerlo.” La seguna era que “la creencia en certezas, una premisa fundamental de la modernidad, ciega y mutila.” Y, por útimo, planteaba que “en los sistemas sociales humanos, los más complejos del universo -por lo que resultan aún más difíciles de analizar-”

la lucha por una buena sociedad es un rasgo permanente. Además, esa lucha toma su mayor significado en los períodos de transición entre un sistema histórico y otro (cuya naturaleza no podemos conocer de antemano) [pues] sólo en esos tiempos de transición resulta posible que las presiones del sistema existente hacia la vuelta al equilibrio puedan ser superadas por lo que denominamos libre albedrío. Por tanto, un cambio fundamental es posible, aunque nunca es seguro, por lo que corresponde a nuestra responsabilidad moral el actuar racionalmente, de buena fe y con energía en busca de un sistema histórico mejor.

Al respecto, dijo, en estos tiempos solo era posible plantear “aquellos criterios que serían la base de lo que llamaríamos un sistema histórico sustantivamente racional”, pues

Un sistema histórico no puede ser igualitario si no es democrático, porque un sistema no democrático distribuye el poder desigualmente, lo que implica que también distribuirá desigualmente todas las demás cosas. Y no puede ser democrático si no es igualitario, ya que en un sistema desigualitario algunos disponen de más medios materiales que otros, y, por tanto, es inevitable que también tengan más poder político

Su cuartaconclusión tiene especial valor para nosotros. La incertidumbre, dijo, “es maravillosa”, pues “la certeza, si fuera real, sería la muerte moral.” Si pudiáramos estar seguros del futuro, no habría apremio moral alguno para hacer cualquier cosa. En cambio, “si todo está por decidir”

entonces el futuro está abierto a la creatividad, no sólo a la creatividad meramente humana, sino también a la creatividad de toda la naturaleza. Está abierto a la posibilidad y, por lo tanto, a un mundo mejor. Pero solamente podemos conseguir un mundo mejor si estamos dispuestos a emplear nuestras energías morales para lograrlo, y estamos prestos a enfrentarnos con los que, bajo cualquier disfraz y arropados en cualquier excusa, prefieren un mundo desigualitario y no democrático.

Alto Boquete, Panamá, 9 de febrero de 2024


[1] “Sobre los oficiosde la alabanza”. Patria, 3 de abril de 1892. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. I, 369-370.

[2] https://www.dw.com/es/ant%C3%B3nio-guterres-nuestro-mundo-ha-entrado-en-una-era-de-caos/a-68195888#:~:text=El%20mundo%20%22est%C3%A1%20entrando%20en,prioridades%20de%20trabajo%20para%202024.

[3] “Cada año más cerca del colapso”, La Jornada / 09 de febrero de 2024

https://www.jornada.com.mx/noticia/2024/02/09/opinion/cada-ano-mas-cerca-del-colapso-2258

[4] oilprice.com (https://goo.su/15lSt)

[5] Conferencia en el Forum 2000: Inquietudes y esperanzas en el umbral del nuevo milenio, Praga, 3 al 6 de septiembre, 1997. https://www.herramienta.com.ar/incertidumbre-y-creatividad

El camino de Monseñor

Guillermo Castro H.

“Las heridas políticas, como las del cuerpo, de sí mismas se curan,

sin más que cuidar de no envenenarlas o reabrirlas;

y así como la carne crece, y acerca con un tejido nuevo los bordes abiertos,

así de los males excesivos brota, como su fruto natural, el remedio. 

Las leyes de la política son idénticas a las leyes de la naturaleza.

Igual es el Universo moral al Universo material. 

Lo que es ley en el curso de un astro por el espacio,

es ley en el desenvolvimiento de una idea en el cerebro.

Todo es idéntico.”

José Martí, 1885[1]

Panorama Católico es una publicación modesta, que se vende en la puerta de las iglesias, en la cual la Arquidiócesis de Panamá informa de cuando en tanto sobre su postura ante los problemas del país. Así ocurrió en su edición del 12 de diciembre de 1999, publicó una Carta Abierta que el obispo de Colón y Guna Yala, monseñor Carlos María Ariz, le dirigía a la señora Mireya Moscoso, dirigente del conservador partido Panameñista, que por entonces inauguraba su periodo presidencial.

            En su carta – cuyo texto acompaña esta reflexión -, el obispo informaba a la presidenta que los evangelizadores y misioneros de la Costa Abajo de Colón, tras informarse sobre la Ley 44 del 31 de agosto de 1999, que establecía la base legal para la construcción de un embalse en el río Indio para trasvasar agua al Canal de Panamá, habían decidido rechazarla. La Ley, decían, imponía a la población afectada “una autoridad que se ha hecho dueña de sus vidas y su futuro, quedando así sumergidas en la más absoluta indefensión e inseguridad”, pues expropiabalas tierras de “los humildes agricultores” para entregarla a “un nuevo amo”, en este caso la Autoridad del Canal de Panamá.

A esto se agregaba que “la construcción de lagos y transvases de aguas para el Canal” afectaría profundamente “los ríos, quebradas y valles, además de causar muertes irreparables en la biodiversidad de su flora y su fauna.” Ante esa situación decían que, como cristianos, no aceptaban “que en nombre del Canal se permita y tolere todo”, puesto que éste

no es un dios o un ídolo ante cuyo altar se deben inmolar víctimas humanas y la historia cultural de los pueblos. Si bien el Canal es un símbolo nacional y una fuente importante de riqueza, no es argumento para el acaparamiento ni para fomentar el “capitalismo salvaje”.

La Ley, añadía la carta, había sido aprobada “aprisa y corriendo, el último día de la Asamblea Legislativa anterior” sin una discusión apropiada por los diputados, diálogo con las personas afectada, ni discusión pública en los medios de comunicación. Para agravar las cosas, “las autoridades del Canal en su historia no hicieron en esta región, un metro de carretera asfaltada, ni un centro de salud, y han devuelto una selva contaminada de bombas sin explotar. […] La historia pasada no invita a ser optimistas.”

Ante tal situación, el obispo le decía a la presidenta que, “conociendo su sensibilidad social y su adopción de grandes compromisos a favor de nuestro pueblo marginado”, acudía a ella “plenamente confiado” de que adoptaría

las decisiones oportunas a favor de las familias campesinas que van a ser duramente golpeadas por el proyecto de modernización del Canal si no se resuelven los planteamientos e inquietudes que han hechos esos campesinos y campesinas evangelizadores.

Y concluía expresando su esperanza de que “el proyecto de modernización del Canal no conlleve la desolación a muchos de nuestros hermanos campesinos, sino que todos los panameños nos veamos enriquecidos con una profunda satisfacción y un permanente bienestar social.”

            En la práctica, la resistencia campesina a la Ley 44 encontró amplio respaldo en otras zonas rurales del país en las que se iniciaba la lucha contra el acaparamiento del agua por empresas hidroeléctricas. Eso llevó al siguiente gobierno a derogar la Ley en cuestión para proceder sin ese factor de resistencia política a la ampliación del Canal, que hoy enfrenta serios problemas de dotación de agua para su funcionamiento, asociados al cambio climático y agravados por 24 años adicionales de deterioro ambiental en el Corredor Interoceánico como en el resto del país.

            Estos problemas convergen ahora con los asociad os a una gran explotación de minería metálica a cielo abierto en las cercanías de la cuenca del Canal, en la región centro-occidental del Atlántico panameño, y el deterioro del relleno sanitario de la Capital del país. A eso se agregan otros de deforestación, contaminación de ríos, uso excesivo de agroquímicos y gestión de desechos en todo el territorio. Todo esto, en un país de rápido crecimiento económico, que coincide con una concentración del ingreso que lo ubica entre los más desiguales del mundo.

            Panamá ha ingresado, en breve, a la situación advertida en 2015 por el papa Francisco en su encíclica Laudato Si’, al señalar que al hablar de “medio ambiente” se hace referencia a “una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita.” Esto, agrega, nos obliga a entender que en nuestra relación con la naturaleza “somos parte de ella y estamos interpenetrados.”

Atendiendo a esto, dice Francisco, encarar los problemas de la contaminación demanda “un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad”, pues se requieren soluciones “que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales”. En efecto,

No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza.[2]

            Ese requisito aún está más allá de las posibilidades de la cultura política dominante en el país, cuya caja de razonamiento es cada vez más estrecha: los problemas, de uno en uno; las soluciones, solo si son rentables en una economía que se presume neoliberal pero sigue atada al liberalismo oligárquico de mediados del siglo pasado, y el método adecuado, solo aquel que ofrezca resultados inmediatos, o al menos lo aparente. Por lo mismo, así ligada por un lado a la necesidad de eludir los problemas de la inequidad en el acceso a los servicios básicos para el bienestar social, y atada por el otro al fetichismo de la tecnología que prometa resultados y ganancias inmediatas, esa cultura no está en capacidad de generar una agenda política socioambiental.

En esto, lo fundamental radica en que el ambiente el resultado de las interacciones de los humanos con su entorno natural mediante procesos de trabajo socialmente organizados. Por lo mismo, si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear una sociedad diferente. El carácter de esa diferencia, y los medios para crearla, llegarán en su momento a estar en el corazón del debate político nacional.

Ese momento aún no ha llegado, pero lo hará por el camino que abrieran hace un cuarto de siglo el obispo de Colón y Guna Yala y los misioneros y evangelizadores de la Costa Abajo de Colón. La carta que abrió ese camino sigue sin respuesta, pero llegará a tenerla el día en que la sociedad panameña se dé a sí misma un Estado nacional que haga del ejercicio de la soberanía nacional la expresión de la soberanía popular.

Una verdad, puesta a caminar, sigue andando hasta que deja de serlo, y va sumando apoyos en el camino que abre. Tal hizo la carta de Monseñor Ariz: encaminar las cosas de una manera que seguirá siendo nueva hasta llegar a su destino.

Alto Boquete, Panamá, 20 de enero de 2024

Panorama Católico

Panamá, 12 de diciembre de 1999, p. 3

Carta abierta a la Excma. Señora Mireya Moscoso

Presidenta de la República,

Del Obispo de Colón y Kuna Yala

Muy estimada señora Presidenta:

Me es sumamente grato enviarle un cordial saludo en nombre de todos los misioneros y evangelizadores, con nuestras humildes oraciones por el éxito de su gestión presidencial a favor de todos los panameños.

            Durante los días 11 al 14 de noviembre próximo pasado se celebró la reunión de formación para evangelizadores de las comunidades de la Costa Abajo, en la comunidad de Bocas de Toabré, y en la misma se compartieron algunas informaciones sobre el proyecto de modernización y extensión de la cuenca del Canal.

            Con anterioridad, el Equipo Misionero de la Costa Abajo, Diócesis de Colón – Kuna Yala, tuvo un encuentro con el Obispo para tratar el origen de esa ley y sus consecuencias para los campesinos de la costa atlántica.

            Ambos grupos, evangelizadores y misioneros, estuvieron de acuerdo en rechazar la ley 44 del 31 de agosto de 1999 por las siguientes razones:

  1. Razones humanitarias: No hay un solo acápite de la ley donde se tenga en cuenta el más mínimo de los derechos humanos. Son miles de personas, hombres, mujeres y niños, a quienes de la noche a la mañana se les ha impuesto una autoridad que se ha hecho dueña de sus vidas y su futuro, quedando así sumergidas en la más absoluta indefensión e inseguridad.
  2. Razones de justicia: La ley expropia y enajena la tierra que han trabajado durante generaciones. No es de justicia social que, de improviso, sin que se les restituya o reconozca absolutamente nada, sin respetar los derechos posesorios y el principio de “la tierra para el que la trabaja”, se quite el terruño a los humildes agricultores y se la entregue a un nuevo amo.
  3. Razones ecológicas: Aunque la ley en sí misma no lo dice, fueron argumentos para su aprobación la construcción de lagos y transvases de aguas para el Canal. Esta transformación proyectada va a afectar profundamente los ríos, quebradas y valles, además de causar muertes irreparables en la biodiversidad de su flora y su fauna. No conocemos un estudio científico que nos exima de pensar que no va a ser éste el impacto ambiental.
  4. Razones morales: Como cristianos no aceptamos que en nombre del Canal se permita y tolere todo, incluyendo la vida, tradiciones y costumbres de muchas comunidades del Atlántico colonense, oeste de Panamá y coclesano. El Canal no es un dios o un ídolo ante cuyo altar se deben inmolar víctimas humanas y la historia cultural de los pueblos. Si bien el Canal es un símbolo nacional y una fuente importante de riqueza, no es argumento para el acaparamiento ni ara fomentar el “capitalismo salvaje”.
  5. Razones éticas: Mientras se proclama un discurso político y social de que las tierras del Canal deben estar al servicio de los pobres y de que hay que atender a los pequeños agricultores, se aprueba una ley a través de la cual se arrebata la tierra a los campesinos marginados, para dársela al Canal.
  6. Razones de método: la metodología utilizada para esta ley de la república nos parece, al menos, precipitada. Apenas se discutió en la Asamblea, no hubo diálogo con las personas afectada, no salió a discusión pública en los distintos medios de comunicación y se aprobó, aprisa y corriendo, el último día de la Asamblea Legislativa anterior. Tenemos serias dudas de que en su aprobación se contara con estudios imparciales, especialmente antropológicos y sociales.
  7. Razones de acaparamiento: No compartimos que el Canal necesite más de dos mil kilómetros cuadrados de tierra para su mantenimiento futuro. ¿No existirán otras opciones que impliquen menos sacrificios de vidas humanas y menor atentado a la naturaleza, aunque dejen menos dividendos? Nuestras sospechas sobre los lagos que se están proyectando, no son tanto las aguas del Canal, cuanto los negocios hidroeléctricos y otros que se están fraguando. ¿No es el ingreso más neto de la Autoridad del Canal a producción de energía eléctrica?
  8. Razones históricas: La ley acapara en la provincia de Colón más de dos mil kilómetros cuadrados de tierra, casi la mitad de los que es la Costa Abajo. Sin embargo, las autoridades del Canal en su historia no hicieron en esta región, un metro de carretera asfaltada, ni un centro de salud, y han devuelto una selva contaminada de bombas sin explotar. Ahora, se proyecta un puente sobre el Canal, pero no por la Costa Abajo, y las carreteras de acceso a los proyectos son por Panamá y Coclé. La historia pasada no invita a ser optimistas.
  9. Como Equipo Misioneros y Evangelizadores:  Aunque nos oponemos a la ley, sí queremos la vida y el desarrollo integral de la Costa Abajo. Abrigamos la esperanza de un futuro nuevo para tantos miles de campesinos, sin la ley 44. A ellos, dedicamos nuestras vidas y con ellos estamos dispuestos a cooperar, ¡Dios primero!

Muy estimada Sra. Presidenta, conociendo su sensibilidad social y su adopción de grandes compromisos a favor de nuestro pueblo marginado, me es grato acudir a su Excelencia, plenamente confiado de que adoptará las decisiones oportunas a favor de las familias campesinas que van a ser duramente golpeadas por el proyecto de modernización del Canal si no se resuelven los planteamientos e inquietudes que han hechos esos campesinos y campesinas evangelizadores.

      Ojalá que el proyecto de modernización del Canal no conlleve la desolación a muchos de nuestros hermanos campesinos, sino que todos los panameños nos veamos enriquecidos con una profunda satisfacción y un permanente bienestar social.

      Hago propicia la ocasión para reiterar a la Sra. Presidenta nuestro testimonio de consideración y aprecio.

      Atentamente,

      Carlos María Ariz, cmf

      Obispo de Colón – Kuna Yala


[1] “Cartas de Martí”. La Nación, Buenos Aires, 9 de mayo de 1885. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. X, 197.

[2] Carta Encíclica Laudato Si’ Del Santo Padre Francisco Sobre el Cuidado de la Casa Común (2015-139). Cursiva: gc.

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Mundo en tránsito

Guillermo Castro H.

“El mundo está en tránsito violento, de un estado social a otro.

En este cambio, los elementos de los pueblos se desquician y confunden;

las ideas se obscurecen; se mezclan la justicia y la venganza;

se exageran la acción y la reacción; hasta que luego,

por la soberana potencia de la razón,

que a todas las demás domina, y brota, como la aurora de la noche,

de todas las tempestades de las almas,

acrisólanse los confundidos elementos, disípanse las nubes del combate,

y van asentándose en sus cauces las fuerzas originales del estado nuevo”

José Martí, 1883[1]

2023 fue un año terrible en muchos sentidos. Vimos progresar ante nuestros ojos, en forma como en sentido, la desintegración de la organización internacional del mercado mundial surgida de la II Guerra Mundial, que ya genera problemas que no es capaz siquiera de eludir. Tal, la incapacidad para encarar los desafíos del cambio climático. Tales, también, el conflicto entre Rusia y la OTAN que se libra en Ucrania; la indiferencia cómplice de los poderes Noratlánticos ante el genocidio del pueblo palestino, mientras en nuestra América, a la vigilancia advertida por Estados Unidos sobre Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, y el cerco implacable a Cuba, se agregan los rumbos al caos en Ecuador, Perú y Argentina.

Al final, todo indica que tenía razón Immanuel Wallerstein al advertir a fines del siglo XX que el derrumbe de la URSS era el primer aviso del caos en el moderno sistema mundial, y el inicio de otro proceso de transición histórica de resultados (aún) impredecibles.[2] De ese caos, por ejemplo, resultan también opciones de cambio como las que apuntan a la formación de un sistema mundial de corte multipolar, alentadas ante todo desde el Sur global a través de iniciativas promovidas desde países como Brasil, Rusia, la India, China, Sudáfrica – BRICS, es llamado el grupo -, a las que de un modo u otro se suman México, Irán y diversos Estados países árabes, asiaticos y africanos.

Identificar esas opciones, y escoger aquellas por las que valga el riesgo luchar, implica asumir una racionalidad que aún parece nueva, aunque la situación misma no lo sea. Entre las dificultades que esto plantea se encuentra el hecho de que la transición en curso incluye la de las formas del pensar que fueron dominantes en el sistema mundial entre mediados y fines del siglo pasado.

Ante esa transición, la primera reacción en los medios intelectuales ha sido la de intentar actualizar esa formas del pensar, elaboradas sobre todo a partir del liberalismo desarrollista triunfante de la década de 1950, reelaborado en las más diversas vertientes ideológicas y regionales. A esa reacción se han sumado, además, otras que cuestionan las formas estatales de ese desarrollismo en descomposición, sea en la perspectiva del populismo neoliberal, sea en la de sectores vinculados a movimientos étnicos y de trabajadores del campo y la ciudad que reclaman una distribución del poder y la riqueza que otorgue prioridad a la atención a sus necesidades.

Aquí no solo se trata de que las ideologías tiendan a naturalizar los fenómenos históricos, para presentar los conflictos generados por el control de la fuerza de trabajo y los recursos del Sur global en una lucha sin fin entre la civilización y la barbarie o -para ponerlo en simple- entre el jardín y la jungla del señor Borrell. Más allá de eso, ocurre en la cultura aquello que Martí llamara un proceso de reenquiciamiento y remolde, que da lugar a cambios finalmente irreversibles en las formas de organización de la vida en sociedad y, con ello, en la del pensar, y la del hacer social y político.

Ese proceso aún está pendiente de una discusión que lo lleve a trascender sus formas de origen, y a encarar sus opciones de futuro. Mucho de lo que aún subsiste en él ha venido adquiriendo un carácter mítico que, parafraseando a Marx “somete, domina, moldea” las fuerzas que operan en la historia “en la imaginación y mediante la imaginación”, hasta que desaparece “con el dominio real” sobre esas fuerzas.[3] El análisis de este tipo de procesos de transición cultural – y recordemos que la política es la forma más clara y extrema de la expresión de toda cultura – cuenta con valiosos antecedentes a nuestra disposición.

La crisis mundial de 1973 generó una primera oleada de este tipo de estudios, que en nuestra América se expresó con especial riqueza en el campo de la historia del pensar marxista. Aquí destacó el interés en el aporte de José Carlos Mariátegui, en particular en cuanto al planteamiento de un enfoque de nuestro desarrollo histórico centrado en la noción de formación económico-social antes que en la de modos de producción sucesivos. En ese marco, se produjo además una convergencia con otras corrientes histórico-culturales, como las que llevaban a una recuperación del pensar de Antonio Gramsci en el plano político-cultural, al tiempo en que la crítica de las superestructuras del liberalismo oligárquico se veía enriquecida por la formación de una teología de la liberación.

De Wallerstein acá, la bancarrota ideológica del neoliberalismo y del marxismo soviético abrieron paso – sobre todo en el mundo Noratlántico, aquel que se denomina a si mismo “el Occidente”- a estudios y debates del mayor interés en lo que vino a ser llamado una “crisis civilizatoria”. En este campo han tenido especial importancia tanto en el campo de los estudios referidos a transiciones previas, como al de las perspectivas de la que está en curso. [4]

En el conjunto del proceso en que andamos, destaca el hecho de que, si la teología fue el eje articulador de la cultura medieval, y la economía el de la cultura del capital, la ecología está destinada a ser el de la cultura que emerge en esta transición – para bien, o para mal. Ese eje ha dado lugar ya a múltiples aportes que traen a cuenta políticamente los problemas y las opciones que van dando forma a la crisis, en lo que va de La Ecología de Marx. Marxismo y naturaleza (2000), de John Bellamy Powell, a la encíclica Laudato Si’ (2015), del papa Francisco.

Tal es la clase de textos que signan de un modo u otro el debate sobre la transición que andamos, en muchos sentidos distinta a cualquiera de las precedentes, pues lo que se decide en esta no es ni la salvación del alma ni la de la acumulación de capital, sino la sustentabilidad del desarrollo de la especie humana. Tal es la perspectiva que demanda ampliar la búsqueda de medios para abrir a discusión a la transición misma, y a sus expresiones.

Esto significa, aquí, ahora, que en el curso de ese debate tendrá una importancia decisiva la participación del Sur global, en su experiencia histórica como en los problemas que le impone su condición periférica en las estructuras de poder de un sistema mundial que cada vez se parece menos al imaginado en 1944 y 1945 por los creadores del Fondo Monetario Internacional y de las Organización de las Naciones Unidas. Sin nosotros, estará siempre incompleta “la soberana potencia de la razón, que a todas las demás domina” que Martí invocara al iniciarse la transición entre la organización colonial de origen y la internacional / interestatal del sistema mundial que ha venido organizando el mercado mundial desde su origen a nuestros días.

Esa potencia será indispensable para comprender y encarar el hecho de que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear sociedades diferentes y resolver el problema fundamental que nos presenta esta crisis. Y tal es, en efecto, el problema central que le plantea a la Humanidad entera la transición en que estamos inmersos ya.

Alto Boquete, Panamá, 3 de enero de 2024


[1]  “Cuentos de Hoy y de Mañana, por Rafael Castro Palomares”. La América, Nueva York, octubre de 1883. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. V, 109.

[2] Después del Liberalismo. Siglo XXI editores. México, 1996. https://www.academia.edu/36468811/Despues_del_liberalismo_Immanuel_Wallerstein

[3] Al discutir la vigencia del arte clásico griego, Marx señala que “Toda mitología somete, domina, moldea las fuerzas de la naturaleza en la imaginación y mediante la imaginación: desparece por lo tanto con el dominio real sobre ellas.” Introducción general a la Crítica de la Economía Política (1857). Introducción de Umberto Curi. Siglo XXI Editores. Biblioteca del Pensamiento Socialista. México. 2019: 61.

[4] En el primer caso, por ejemplo, El Legado de Roma. Una historia de Europa de 400 a 1000, (2009) del medievalista inglés Christopher Wickham. Pasado y Presente, Barcelona, 2016. En el segundo, Algo Nuevo Bajo el Sol. Historia medioambiental del mundo en el siglo XXI, (2000) del historiador norteamericano John R. McNeill. Alianza Editorial, Madrid, 2003.

Panamá: desenclavar la historia

Guillermo Castro H.

“Del abuso de la tierra pública, fuente primaria de toda propiedad,

vienen esas atrevidas acumulaciones de riquezas

que arruinan en la competencia estéril a los aspirantes pobres:

vienen esas corporaciones monstruosas que inundan

o encogen con su avaricia y estremecimientos la fortuna nacional:

vienen esos inicuos consorcios de los capitales que compelen al obrero

a perecer sin trabajo, o a trabajar por un grano de arroz:

vienen esas empresas cuantiosas que eligen a su costo senadores y representantes;

o los compran después de elegidos,

para asegurar el acuerdo de las leyes que les mantienen en el goce de su abuso;

y les reparten, con la autoridad de la nación, nuevas porciones de la tierra pública,

en cuyo producto siguen amasando su tremenda fuerza.”

José Martí, 1886[1]

Panamá cerró su 2023 de una manera imprevista, como suele ocurrir en tiempos de crisis. La opacidad de las relaciones entre el Estado y una minera canadiense que venía explotando a una escala sin precedentes en el país un yacimiento de cobre y oro en una región apartada de la vertiente Atlántica del Istmo vino a convertirse en el detonante de una crisis social que venía larvándose de la pandemia acá.

Todo ello, a su vez, en las vísperas de una campaña electoral, cuyos protagonistas visibles – y de los otros – aprovecharon la coyuntura para desprestigiar al gobierno que llevaba las relaciones con la empresa minera, y desgarrarse a dentelladas entre sí. En el debate así ocurrido unos rechazaban la inconstitucionalidad y las desventajas del contrato entre el Estado y la empresa propuesto por el gobierno, pero no la minería como actividad económica. Otros exaltaban la mina como un privilegio de la fortuna, y otros más rechazaban a un mismo tiempo el contrato, la mina y la minería.

Estos últimos generaron un movimiento nacional masivo de capas medias, liderado por un grupo de organizaciones ambientalistas de presencia hasta ahora marginal en nuestra vida política, pero de muy activa presencia en las redes sociales. A estos se agregaron, en paralelo, organizaciones sindicales y movimientos sociales que en la cultura política nacional son considerados como de izquierda. La irrupción de lo ambiental en un debate político que hasta entonces tenía su ala izquierda en los Objetivos de Desarrollo Sostenible del PNUD, y la derecha en un conservacionismo de espíritu tecnocrático, generó una circunstancia que desembocó en que la Corte Suprema de Justicia decretara la inconstitucionalidad del contrato previamente aprobado con extrema celeridad por la Asamblea Nacional, a lo que se agregó la aprobación de una ley de moratoria minera.

A partir de allí, se ha producido un realineamiento de las partes involucradas. Por una parte, ninguno de los partidos políticos en funciones desde la instalación del régimen político vigente desde la intervención militar norteamericana de 1989 se ha pronunciado contra el negocio minero y, como suele ocurrir en el país, parecen esperar que eventualmente la masa entre en razón y acepte un contrato adecentado. Por otra parte, la izquierda del caso – que buscaba imponer la derogación del contrato Ley-, debió resignarse a que las capas medias impusieran la declaración de inconstitucionalidad por el Poder Judicial.

De momento, el conflicto se ha desplazado a la lucha por el control del proceso de cierre de la mina, que no tiene nada de sencillo en el plano técnico, y seguirá siendo muy volátil en el plano político. Ambos planos se vinculan en la posibilidad de que el cierre de la mina pueda ser encarado desde una visión de desarrollo alternativo para el país, que prevenga tanto el fracaso en que desembocó el desmantelamiento del enclave bananero de Chiquita Brands en el Pacífico occidental de Panamá, que pasó a ser administrada por una cooperativa de trabajadores en 2003, como el gigantesco despilfarro de instalaciones construidas generado por la estrategia de liquidación comercial inmobiliaria de las áreas revertidas de la antigua Zona del Canal.

El proceso de cierre, en este sentido, podría ser visto como uno de desenclave, que permita aprovechar en lo posible la infraestructura construida por la empresa minera para avanzar hacia un ordenamiento territorial de la región Centro Occidental del Atlántico panameño que estimule y facilite su integración económica y social al resto del país. Un paso en esa dirección debería ser el de crear un corredor interoceánico desde el puerto de Aguadulce, en el Pacífico, al construido para la mina, y de allí al puente sobre el Canal en el Atlántico para establecer un corredor hasta los puertos de la terminal Atlántica del Canal en la ciudad de Colón. Esto, además, proporcionaría nuevos puertos auxiliares a un Canal cuyas dificultades de abastecimiento del agua necesaria para su funcionamiento no tendrán solución en el corto plazo.

Sería útil también incluir en el proceso de integración a la termoeléctrica de la mina, pasando del uso del carbón mineral a otro combustible menos contaminante, para proveer la energía que facilite el desarrollo de toda la región. Y todo ello, además, debería verse en su relación con el plan de creación de un embalse en el río Indio, cercano a la mina, para trasvasar agua al Canal, en el marco de un plan de desarrollo socioambiental sostenible, en alianza con la Autoridad del Canal de Panamá.

Todo esto, sin embargo, demandaría que el Estado estuviera en capacidad (y disposición) de articular la participación activa de la población del área con la de otros sectores productivos de la región y el país. Un Estado así tuvo una primera expresión en la década de 1970, pero fue desmantelado en lo político en la de 1980, y en lo económico a partir de 1990.

Crear un Estado capaz de ejercer la soberanía nacional como expresión de la soberanía popular, es el mayor reto político que ya encara Panamá. De momento, es muy probable que buena parte de las energía acumulada por los movimientos sociales en la lucha contra el contrato minero se vea despilfarrada en el intercambio de culpas, improperios y descalificaciones, como ha ocurrido en otros casos en el pasado. Aun así, aquí ha ocurrido una fractura del sentido común neoliberal, que deja abierta la necesidad de ejercer la experiencia ganada en la construcción de un movimiento social capaz de trascender los límites a la imaginación y la acción impuestos desde hace tanto tiempo por una formación económico-social que ha entrado en su fase de agotamiento.

En esa perspectiva, siempre convendrá distinguir entre la contradicción principal -en este caso, el impacto destructivo del modelo de gestión territorial dominante en el país desde el siglo XVI – y el aspecto principal de esa contradicción en cada momento histórico, que esta vez correspondió al conflcito en torno al contrato minero. Sea cual sea la solución de ese aspecto principal, la contradicción de fondo seguirá agudizándose porque el modelo de gestión territorial hasta ahora dominante ha entrado ya en una fase de autofagia senil.

Alto Boquete, Panamá, 7 de enero de 2024


[1] “Nueva York en junio”. La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto de 1886. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XI, 19.

Panamá: el cambio social para el cambio ambiental

Guillermo Castro H.

“como ellos los del Arte, nosotros tenemos los monumentos de la Naturaleza;

como ellos catedrales de piedra, nosotros catedrales de verdor;

y cúpulas de árboles más vastos que sus cúpulas,

y palmeras tan altas como sus torres”

José Martí, 1881[1]

A medida que se torna más compleja la crisis socioambiental que encaramos, ganan en importancia los problemas relacionados con la mitigación de sus efectos y la adaptación a sus consecuencias. Dado que uno de los factores de mayor gravedad en esa crisis radica en el colapso de los ecosistemas que organizan la vida en la Tierra, se presta atención cada vez mayor al impacto de ese colapso sobre los servicios que esos ecosistemas ofrecen al desarrollo de nuestra especie.

Estos problemas ganan en claridad al referirlos a conceptos como los de biosfera y noosfera, elaborados hacia la década de 1930 por el biogeoquímico ruso Vladimir Vernadsky. [2] Así, la biosfera designa el ámbito del sistema Tierra en el que la vida crea las condiciones para su propia existencia, y se constituye en una fuerza geológica de alcance planetario al crear procesos y elementos que no exisistirían sin ella, como la presencia de oxígeno en la atmósfera y la de hidrocarburos en el subsuelo, la formación de suelos y la de rocas calcáreas.

La noosfera, por su parte, designa el ámbito de la biosfera transformado por el hacer y el saber que distinguen a la especie humana. En lo cotidiano, esos términos equivalen aproximadamente a los de naturaleza y ambiente, si entendemos al segundo como el producto de los procesos de trabajo socialmente organizados mediante los cuales nos relacionamos con nuestro entorno natural.

Vista así, la crisis socioambiental expresa el deterioro de las relaciones entre la biosfera y la noosfera generado por el desarrollo del mercado mundial. En ese deterioro desempeña un importante papel el colapso de ecosistemas asociado a la expansión urbana, y la extracción incesante de recursos naturales y la generación masiva de desechos de la producción y el consumo. Así, en 2011 Will Steffen et al señalaron cómo “la erosión de los servicios ecosistémicos, es decir, [de] aquellos beneficios derivados de los ecosistemas que sustentan y mejoran el bienestar humano, durante los últimos dos siglos” generaba “consecuencias no deseadas sobre el sistema global de soporte vital que sustenta la empresa humana en rápida expansión, que se encuentran en el centro de los desafíos interconectados del siglo XXI.” [3]

Al respecto los autores presentaron una visión de tales servicios organizada en dos grandes grupos, elaborada a partir de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio 2005.[4] El primer grupo correspondía a la oferta de bienes y servicios, “usualmente llamados ‘recursos’”, que incluyen “alimentos, fibras y agua dulce (recursos naturales) y, ahora, abarcan además combustibles fósiles, fósforo, metales, y otros materiales derivados de los recursos geológicos de la Tierra.”

El segundo consistía en dos grupos de servicios ecosistémicos. Uno correspondía a servicios de apoyo, como “el ciclo de nutrientes, la formación del suelo y la producción primaria”, necesarios para el buen funcionamiento de los sistemas agrícolas, “que algunos llaman también ‘recursos ambientales’”. En una escala más amplia, incluían también “procesos geofísicos de beneficio para la humanidad”, como “la provisión a largo plazo de suelos fértiles […], los flujos ascendentes de la circulación oceánica que traen nutrientes desde las profundidades del océano para sustentar muchos de los ecosistemas marinos que proporcionan alimentos ricos en proteínas,” y el papel de los glaciares como una infraestructura natural “de almacenamiento para el suministro de recursos hídricos.”

El otro grupo ofrecía servicios de regulación considerados “gratuitos”, como el control ecológico de plagas y enfermedades y la regulación del sistema climático mediante la absorción y almacenamiento de carbono por los ecosistemas, que contribuyen a mantener “un entorno propicio para la vida humana”. Esto incluye, por ejemplo, el almacenamiento de carbono por los ecosistemas, como parte de “un servicio regulador más amplio del sistema terrestre”, “el conjunto de reacciones químicas en la estratosfera que continuamente forman ozono, esencial para filtrar la radiación ultravioleta biológicamente dañina del sol, y el papel de las grandes capas de hielo polares en la regulación de la temperatura.”

            Con todo, al referirse a elementos de la biosfera desde su significado para la noosfera sin considerar la relación entre ambas como un proceso histórico de interacción mediado por el trabajo, se pierde de vista el vínculo entre categorías como las de elementos (naturales) y recursos (económicos), y aun las de naturaleza y ambiente. Desde otra perspectiva, el economista norteamericano James O’Connor (1930-2017) consideraba a esos servicios ecosistémicos como parte de un conjunto más amplio de condiciones naturales de producción, que abarcan “la contribución de la naturaleza a la producción física, independiente de la cantidad de tiempo de trabajo (o la cantidad de capital) aplicado a la producción.”

Al respecto, decía que el mercado  trataba “a las condiciones naturales de producción como mercancías ficticias”, de donde resultaba que

Con un ingenio a la vez torturado y excéntrico, los economistas neoclásicos intentan hoy asignar precio al aire limpio, a los paisajes atractivos y a otros elementos de interés ambiental; a la vida silvestre, e incluso al bosque húmedo tropical. Sin embargo, por mucho capital que se aplique al suelo, a los acuíferos y a los yacimientos minerales, éstos son producidos por Dios, que no los hizo para la venta en el mercado mundial. [5]

Esto, por otra parte, no excluye el hecho de que, en ese mercado, la ley del valor opera en la relación biosfera / noosfera en lo que hace a la transformación de elementos presentes en la primera en recursos que demande la segunda mediante el trabajo. En este sentido, los llamados servicios ecosistémicos hacen parte de la biosfera y como tales pueden incluso ser considerados gratuitos desde el punto de vista de la producción mercantil. Su ausencia, sin embargo, encarece los procesos productivos que hacían tal uso gratuito de ellos en sus primeras fases de su desarrollo.

Con ello, el colapso de ecosistemas genera un mercado de servicios ambientales que hace parte de la noosfera, en cuanto estos producidos para compensar la pérdida de los ecosistémicos. El mercado al que se destina esa producción abarca, por ejemplo, todo lo que va desde la captura de gases de efecto invernadero a la restauración de ecosistemas degradados, y la gestión de los desechos que hoy contaminan y alteran el funcionamiento de todos los ámbitos de la biosfera.

Ese mercado se ubica, así, en el eje de contradicción entre la biosfera y la noosfera, pues la necesidad de encarar el impacto de la crisis socioambiental genera una demanda creciente de servicios ambientales. Esto explica que la producción y la apropiación de esos servicios tiende a constituirse en un factor de conflicto socioambiental de importancia cada vez mayor, en cuanto sean encaradas como un medio para promover – o retrasar – el cambio social como una condición para el ambiental.

Panamá ingresa a ese conflicto en la transición desde una circunstancia de soberanía limitada por una situación de protectorado militar que se prolongó por casi todo el siglo XX hacia otra de pleno ejercicio de los deberes y los derechos de la soberanía en el XXI. Esto ayuda a entender que, si en el plano ambiental hemos ingresado de golpe en el Antropoceno al calor de la lucha contra la minería metálica a infierno abierto, el saber y el hacer aún dominantes en nuestra sociedad son, en el mejor de los casos, los del desarrollismo liberal de la segunda mitad del siglo pasado.

Hoy, la producción de servicios ambientales abre un amplio espacio de oportunidades fomentar el cambio social necesario para proteger y hacer cada vez más competitivas nuestras ventajas comparativas en materia, por ejemplo, de dotación de agua y biodiversidad. Tal será -junto a la diversificación de nuestros servicios al comercio mundial – el camino que nos lleve a construir en el Istmo, finalmente, una sociedad próspera, inclusiva, sostenible y democrática. El camino será largo, pero ya hemos echado a andar.

Alto Boquete, Panamá, 15 de diciembre de 2023


[1] Fragmento del discurso pronunciado en el Club del Comercio, en Caracas, Venezuela, el 21 de marzo de 1881. Obras Completas. Editorial de Cienicas Sociales, La Habana, 1975. VII, 286.

[2] Vernadsky, Vladimir (1938): “The Transition From the Biosphere To the Noösphere. Excerpts from Scientific Thought as a Planetary Phenomenon”. 21st Century, Spring-Summer 2012.

[3]  Will Steffen, Asa Persson, Lisa Deutsch, Jan Zalasiewicz, Mark Williams, Katherine Richardson, Carole Crumley, Paul Crutzen, Carl Folke, Line Gordon, Mario Molina, Veerabhadran Ramanathan, Johan Rockstrom, Marten Scheffer, Hans Joachim Schellnhuber, Uno Svedin (2011): “The Anthropocene: From Global Change to Planetary Stewardship”. Cursivas: gch. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3357752/

[4] https://www.millenniumassessment.org/es/About.html

[5] “The conditions of production and the production of conditions”. Natural Causes. Essays in ecological Marxism. The Guilford Press, New York London, 1998. Traducción de Guillermo Castro H., Panamá, 2000. Otra versión disponible en https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6812683