Panamá: mucho, poco, nada, y pendiente.

Guillermo Castro Herrera
La disputa electoral acerca de lo hecho o dejado de hacer por el Estado en materia de inversión pública en los últimos 45 años en Panamá elude lo realmente esencial del problema que la genera. Sin duda, la inversión bruta en infraestructura iniciada en 2006 por el Gobierno que presidiera Martín Torrijos con la ampliación del Canal, y continuada por el que preside Ricardo Martinelli – sobre todo en los sistemas vial, aeroportuario y de transporte público -, carece de precedentes en la historia nacional. Aun así, en ese panorama destacan tres elementos de contraste.
El primero de ellos consiste en lo limitado de la inversión pública en el desarrollo del capital humano y social, reducida a una política de subsidios que elude mucho, y palia muy poco, las causas de origen de la inequidad en nuestra sociedad. Otro, en la desmesura de la inversión en el corredor interoceánico, que incrementa a su vez el subsidio del resto del país al crecimiento económico de las área aledañas al Canal – donde ya reside más de la mitad de la población del país, en menos del 10% de su territorio -, incrementando con ello las amenazas a la sustentabilidad del desarrollo futuro en Panamá. Y el otro, finalmente, en la pobreza del análisis relativo al origen, la naturaleza y la sustentabilidad del crecimiento económico en los años por venir, en el seno de las principales agrupaciones políticas y sociales del país.
El factor fundamental, aquí, ha sido la integración del Canal a la economía interna. Todo lo demás – desde la necesidad de las inversiones realizadas, hasta la posibilidad de disponer de los fondos necesarios – ha dependido de ello. La trascendencia y complejidad de ese factor se hace evidente en el hecho de que la creación de las condiciones necesarias para su despliegue en profundidad generara una crisis que en la práctica paralizó políticamente al país entre 1981 y 1994, para iniciar a partir de allí – con idas y venidas bien conocidas – el proceso de transformaciones que ha venido a alcanzar su impulso mayor en los últimos cuatro años.
Ese impulso mayor, por otra parte, también empieza a definir con claridad creciente los límites del proceso de transformaciones en curso. Ese proceso surge de la solución de la parálisis de la voluntad política de los grupos sociales y económicos dominantes en el país entre 1999 y 2009 mediante el uso – en grado de paroxismo – de los valores y procedimientos inherentes a una cultura política tradicional, para la construcción de una economía y una sociedad renovadas.
La solución así encontrada al problema de la parálisis política ha generado, como era de prever, problemas nuevos y más complejos. En efecto, los medios utilizados han determinado los fines que podían ser alcanzados, y uno de los resultados del proceso ha sido el oscurecimiento de las contradicciones asociadas a esos fines.  Así, por ejemplo, aquí se sigue discutiendo como si los problemas del país tuvieran su origen en incapacidades e irregularidades administrativas, y bastara con encontrar mejores gerentes y disponer de mejores manuales de procedimiento para resolverlos.
En realidad, no podremos resolver los problemas del siglo XXI sin entenderlos en sus riesgos como en sus oportunidades. Pero no podremos entender esos problemas ni desde la cultura política del siglo XX – correspondiente al anhelo de llegar a tener un Estado nacional, que ya tenemos -, ni desde el llamado “criterio empresarial” que se limita a imitar aquella consigna de los años 50 que tanto contribuyó finalmente a los problemas que hoy enfrentan la economía y la sociedad norteamericana: “Lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos.” Dígalo, si no, la ciudad de Detroit, capital del automóvil, cuyo gobierno municipal acaba de declararse en quiebra.
Para encarar los problemas del país, hará falta aún identificar aquellos que definen, hoy, el interés general de nuestra sociedad. Esto, en breve, demanda la creación de una agenda que sintetice los obstáculos fundamentales que el proceso de crecimiento económico sin cambio social y con deterioro ambiental le plantea a los grupos sociales fundamentales en su desarrollo como tales grupos. Ese fue el punto de partida en la etapa final de la lucha por la recuperación del Canal en la década de 1970, en relación a los problemas de aquella etapa de nuestra historia. En ese terreno, nadie en su sano juicio podría decir que se ha hecho más de 1980 a nuestros días de lo que se hizo entre 1972 y 1977.
También habría que aprender mucho, por supuesto, del hecho de que una vez resueltos aquellos problemas comunes quedó superada la agenda que los expresaba, en la medida en que florecieron y se desplegaron en otro nivel de complejidad las contradicciones entre los grupos que habían concurrido a forjarla. El resultado neto, entonces, fue que el Estado que negoció el Tratado del Canal vino a ser muy distinto del que asumió la responsabilidad de implementarlos. Así, por ejemplo, el propósito de hacer “el uso más colectivo posible” de la Zona del Canal, propuesto por el Estado que negoció el Tratado, cedió su lugar a a la más completa privatización posible de las tierras e infraestructuras de esa Zona, por parte del que lo implementó.
La forja de una nueva agenda nacional deberá encarar el problema mayor de pasar del crecimiento sostenido de la economía entre 2004 y 2014 a un desarrollo que sea sustentable por la equidad en las relaciones sociales, y en las que lleguen a existir entre la sociedad y su entorno natural. Esta es la clase de problemas que podemos plantearnos hoy, desde la nación que hemos venido a ser como resultado de la conquista de nuestra soberanía y de las transformaciones desatadas por ese logro decisivo en nuestra historia. Queda pendiente, ahora, la tarea de definir estos problemas de nuevo tipo con la claridad necesaria para encararlos y resolverlos del modo que demande la nación que queremos llegar a ser.

 

Panamá, 25 de julio de 2013

Sobre el martiano Gramsci y el gramsciano Martí.

MT26. Nota sobre el martiano Gramsci y el gramsciano Martí.
Guillermo Castro H.
En sus notas sobre Maquiavelo como primer teórico de la política moderna, Gramsci hace una reflexión del mayor interés sobre los vínculos entre la socialidad y la eficacia histórica de los partidos políticos.[1] Así, tras preguntarse en qué consiste la elaboración de la historia de un partido político, señala lo siguiente:
¿Será la mera narración de la vida interna de una organización política? ¿Cómo nace, los primeros grupos que lo constituyen, las polémicas ideológicas a través de las cuales se forma su programa y su concepción del mundo y de la vida? En ese caso se trataría de la historia de grupos restringidos de intelectuales y a veces de la biografía política de un individuo aislado. El marco del cuadro, por lo tanto, tendrá que ser más amplio y global. Deberá hacerse la historia de una determinada masa de hombres que habrá seguido a los promotores, los habrá apoyado con su confianza, con su lealtad, con su disciplina, o los habrá criticado “realistamente” dispersándose o permaneciendo pasivos frente a algunas iniciativas.
            Y enseguida procede a ampliar sus propias interrogantes de una manera característica de su proceder en la reflexión teórica. Esa masa, se pregunta, ¿será únicamente la de los afiliados al partido, cuya conformación y desarrollo puede ser rastreada a partir de “los congresos, las votaciones, etcétera, o sea todo el conjunto de actividades y de modos de existencia con que una masa partidaria manifiesta su voluntad?” Al respecto, plantea enseguida:
Evidentemente habrá que tener en cuenta el grupos social del que el partido es expresión y parte más avanzada: la historia de un partido, pues, no podrá dejar de ser la historia de un determinado grupo social. Pero este grupo no está aislado: tiene amigos, afines, adversarios, enemigos. Sólo del complejo cuadro de todo el conjunto social y estatal (y a menudo incluso con interferencias internacionales) se desprenderá la historia de un determinado partido, por lo que puede decirse que escribir la historia de un partido significa lo mismo que escribir la historia general de un país desde el punto de vista monográfico, para poner de relieve un aspecto característico.
A esto añade un criterio tan sencillo como el siguiente para que lo anterior conduzca a un juicio de valor: “Un partido”, dice, “habrá tenido mayor o menor significado y peso en la medida en que su particular actividad haya pesado más o menos en la determinación de la historia de su país.” Y, al respecto, señala que el modo de escribir la historia de un partido se corresponde con el concepto que se tiene “de lo que es un partido o lo que debe ser.”:
El sectario se exaltará en los detalles internos, que tendrán para él un significado esotérico y lo llenarán de místico entusiasmo; el historiador, aun dando a cada cosa la importancia que posee en el cuadro general, pondrá el acento sobre todo en la eficiencia real del partido, en su fuerza determinante, positiva y negativa, en el haber contribuido a crear un acontecimiento y también en el haber impedido que otros acontecimientos se realizasen.
Valdrá la pena cotejar estas observaciones de Gramsci con los documentos producidos por José Martí para el Partido Revolucionario Cubano y con los artículo que dedicara a divulgar – justamente – “su programa y su concepción del mundo y de la vida”. En ese cotejo, tendrá especial importancia la idea fundamental de que el Partido Revolucionario Cubano “es el pueblo cubano.”[2] Los textos fundamentales para ese cotejo figuran entre las páginas 279 y 486 del I Tomo de la Obras Completas de Martí, en la edición aquí citada. De entre esos textos, tienen especial relevancia, por supuesto, los correspondientes a las Bases y a losEstatutos Secretos del Partido Revolucionario Cubano, y aquellos otros dedicados a la divulgación de la concepción del mundo y de la vida que alentaba en la nueva organización. Pero el conjunto es mayor y más complejo, pues incluye desde discursos hasta correspondencia menuda, todo ello vinculado con el propósito mayor de construir la autoridad moral, cultural y política – que es el modo martiano de definir lo que Gramsci llamó la hegemonía – del Partido en la comunidad de los cubanos.
En la indagación acerca del contenido histórico y la eficacia práctica de labor de organización y educación política, será de gran utilidad lo afirmado por Gramsci en el sentido de que “la historia de un partido, pues, no podrá dejar de ser la historia de un determinado grupo social. Pero este grupo no está aislado: tiene amigos, afines, adversarios, enemigos.” Al respecto, por ejemplo, cabrá preguntarse si una organización de frente nacional como la gestada por el Partido Revolucionario Cubano no se correspondía acaso con la visión y los intereses de un
determinado grupo social que buscaba estructurar en en torno a sí a sus amigos y afines con el fin de aislar a sus adversarios – integristas, autonomistas y anexionistas – desenmascarando su compromiso abierto o vergonzante con la defensa del statu quo colonial cubano de fines del XIX?
            Y, por otra parte, el compromiso del Partido Revolucionario Cubano con la idea de alcanzar con la independencia los medios necesarios para lograr el fin mayor de liberar a su sociedad del legado terrible del colonialismo y proceder a la construcción de una sociedad democrática en Cuba, ¿no expresa acaso con singular claridad la voluntad de contribuir a crear un acontecimiento histórico de nuevo tipo, e impedir que se prolongaran en la República los males de la colonia? De allí, sin duda, aquella reflexión sobre los modos de ser de la política, de tan singular contemporaneidad, en la que Martí nos explica que
Cuando la política tiene por objeto cambiar de mera forma un país, sin cambiar las condiciones de injusticia en que padecen sus habitantes; cuando la política tiene por objeto, bajo nombres de libertad, el reemplazo en el poder de los autoritarios arrellanados por los autoritarios hambrientos, el deber del hombre honrado o será nunca, ni aun con esa excusa, el de echarse a un lado de la política, para dejar que sus parásitos la gangrenen. Es la casa en que vive lo que le gangrenan y ha de entrar en ella para purificarla. Cuando la política tiene por objeto poner en condiciones de vida a un número de hombres a quienes un estado inicuo de gobierno priva de los medios de aspirar por el trabajo y el decoro a la felicidad, falta al deber de hombre quien se niega a pelear por la política que tiene por objeto poner a un número de hombres en condición de ser felices por el trabajo y el decoro.[3]
Hay, sin duda, singulares afinidades entre Martí y Gramsci, que sólo pueden ser explicadas en el marco del moderno sistema mundial, donde ambos se vinculan a sociedades periféricas o semiperiféricas, como la cubana y la italiana de sus respectivos tiempos. Esto nos presenta un vasto terreno pendiente de indagación histórica y política, que no podrá llevarse a cabo a partir de la lectura de América Latina desde Marx o del propio Gramsci, sino de la lectura inversa, de ambos desde nuestra región.
No sólo se trata de que el gracejo relativo al MT26 – esto es, a un marxismo de la tendencia 26 de julio, que busca resaltar la originalidad de la práctica revolucionaria cubana a partir del asalto al Cuarte Moncada en 1953 y hasta por lo menos los primeros años de la década de 1970, con importantes persistencias que animan la reforma política en curso en ese país – deje así de referirse a una característica meramente cultural, para pasar a ser un referente histórico concreto, en su potencial como en sus limitaciones. Además, y sobre todo, se trata de recuperar los medios que demanda la construcción de un futuro que deje de ser, finalmente, imaginado como la mera culminación de pasados ya cancelados, para convertirse de una vez por todas en la transformación del Nuevo Mundo de ayer apenas en el Mundo Nuevo que nuestro presente reclama ya.
Panamá, junio 29, 2013


[1] Gramsci, Antonio, 1999: Cuadernos de la Cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci. Ediciones ERA, México. Notas breves sobre la política de Maquiavelo. V, 74 – 75.
[2] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. I, 366: “El Partido Revolucionario Cubano” [Patria, Nueva York, 3 de abril de 1892].
[3] “La política”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. I, 336.