El legado de Hugo Chávez

El legado de Hugo Chávez
Guillermo Castro Herrera
La muerte de Hugo Chávez priva a nuestra América de una de sus voces más características en la primera década del siglo XXI, y de uno de sus espíritus más solidarios. Su inspiración fue Bolívar, como lo fue de José Antonio Páez, el caudillo “sin más escuela que sus llanos, ni más disciplina que su voluntad, ni más estrategia que el genio, ni más ejército que su horda, [que] sacó a Venezuela del dominio español en una carrera de caballo que duró dieciséis años” [1], como lo caracterizara José Martí en 1888, en el momento en que emprendía su retorno a Caracas, tras morir en el exilio en Nueva York en 1873. Y, como Páez, “jamás fue tan grande como el día en que de un pueblo lejano mandó llamar al cura, para que le tomase, ante la tropa, el juramento de ser fiel a Bolívar”.
En el ejercicio de esa lealtad fue – junto a otros compatriotas de su Patria Grande que también han partido ya, como Néstor Kirchner – de los primeros en promover la resistencia más activa a los males del neoliberalismo en nuestra América, y la reconquista de nuestra personalidad política en el concierto de las naciones en esta hora de crisis y creciente desgobierno mundial. De su política interior – tan contraria siempre al dogma de trasladar a las espaldas de los pobres el peso de los problemas generados por economías deformadas hasta la médula misma por la dependencia -, criticada por algunos como mero subsidio a la pobreza, podría decirse lo que reclamaba Martí a la política social de los liberales de su tiempo: “¡Yerra, pero consuela!  Que el que consuela, nunca yerra.” [2] Y de su política exterior sólo cabe decir, también desde Martí, que contribuyó de una manera decisiva a injertar a nuestra América en el mundo, para crecer con él, y ayudarlo a crecer.
Fue tal fue el éxito de esa política de construcción de espacios de equilibrio en un mundo que se desliza hacia el caos, que aun su adversario más eficaz de sus últimos días optó por hacerlo suyo, y llamar a preservarlo, tras haberse sumado en los años iniciales de aquella labor al intento de cercenarla mediante las violencias de un golpe de Estado. Ahora toca a su pueblo todo – el de la mayoría que le dio su apoyo, como el de la minoría que lo adversó – dar fe de su capacidad para preservar lo mejor de esos frutos, para sí mismos y para el mundo, y de ir más allá de los yerros que hubieran podido limitar la eficacia transformadora de su gestión de estadista. Eso, en lo inmediato. Porque en lo trascendente la verdad de ese legado ya está en movimiento, y seguirá andando hasta que deje de serlo.


[1]“Un héroe americano”. La Nación. Buenos Aires, 13 de mayo de 1888. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VIII.
[2] “La futura esclavitud”. La América. Nueva York, abril de 1884. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XV, 391.

Benedicto y la cristiandad

Benedicto y la cristiandad
Guillermo Castro H.
Es nuestro deseo que todas las diversas naciones que están sometidas a nuestra Clemencia y Moderación, deben continuar en la profesión de esa religión que fue transmitida a los romanos por el divino apóstol Pedro […] De acuerdo con la enseñanza apostólica y la doctrina del Evangelio, creamos en una sola deidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en igual majestad y en una santa trinidad. Autorizamos a los seguidores de esta ley que asuman el título de católicos cristianos; pero por lo que se refiere a los otros, pues, en nuestro juicio ellos son locos insensatos, decretamos que sean señalados con el ignominioso nombre de herejes, y no pueden pretender dar a sus conventículos el nombre de iglesias. Ellos sufrirán en primer lugar la reprensión de la condena divina y en segundo lugar el castigo de nuestra autoridad que de acuerdo con el deseo del Cielo decidirá infligir.
Teodosio I, Decreto de Tesalónica, 380 a.d.
 constantino
Constantino I preside el Concilio de Nicea, en 325
Flavio Teodosio (347 – 395), Emperador desde 379, reunió en 392  las porciones oriental y occidental del Imperio, y fue el último en gobernarlas como una unidad, pues a su muerte se escindieron de manera definitiva. Su carrera política, como solía ocurrir en la época, se forjó en las guerras civiles propias de un Imperio en descomposición, atravesadas además por el conflicto entre la Iglesia cristiana – legalizada por su predecesor Constantino mediante su Edicto de Milán, en 313 -, y los remanentes de los viejos cultos paganos, que conservaban una importante influencia en el medio rural y entre la vieja aristocracia terrateniente de la época.
No es de extrañar, así, que si en su camino al trono Teodosio fuera tolerante con los paganos, en 380 – una vez que se hubo asegurado el cargo – proclamara al cristianismo como  religión oficial del Imperio, mediante el Edicto de Tesalónica, consolidando su alianza estratégica con una Iglesia ya organizada a escala del Imperio entero, sin cuya colaboración activa era imposible dirigirlo. El Edicto, en efecto, renovó  y amplió el respaldo oficial a la Iglesia en su lucha contra el paganismo, cuyas primeras manifestaciones se habían producido tras la legalización del cristianismo en 313 por el Emperador Constantino, mediante el Edicto de Milán.
A partir de allí, el conflicto con el paganismo en el ámbito imperial se prolongaría hasta el siglo VI, con la persecución de creyentes y sacerdotes; el saqueo y destrucción de templos y sitios de culto, y un agresivo programa de construcción de templos cristianos, siempre al amparo de las leyes y autoridades imperiales. La energía desplegada por la Iglesia en ese proceso de confrontación – que se remontaba a los orígenes del cristianismos – fue atribuida por el historiador inglés Edward Gibbon, en su obra clásica Decadencia y Caída del Imperio Romano, a “las cinco causas siguientes”:
I) el inflexible, y si se nos permite la expresión, intolerante celo de los cristianos, heredado, es verdad, de la religión judía, pero purificado del espíritu estrecho e insaciable que, en lugar de atraer, disuadía a los paganos de abrazar la ley de Moisés; II) la doctrina de la vida venidera, mejorada con cuantas circunstancias pudieran dar peso y eficacia a tan importante verdad; III) el poder milagroso atribuido a la Iglesia primitiva, IV) la moralidad austera y pura de los cristianos; V) la unión y disciplina de la república cristiana, que gradualmente formó un Estado próspero e independiente en el corazón del Imperio Romano.[1]
Del siglo VI en adelante, aquella “república cristiana” vendría a convertirse, en la porción Occidental del Imperio, en la Iglesia universal de un universo cada vez más fragmentado por la descomposición de las estructuras de poder a las que había atado su destino doscientos años antes, y de las que ella vino a ser la única porción sobreviviente. Esa Iglesia, organizada en una estructura de claro legado imperial, y estructurada territorialmente en obispados, monasterios y centros de culto distantes pero vinculados entre sí, desempeñó un papel decisivo en la tarea de civilizar, organizar y encauzar las energías y violencias de los nuevos reinos que emergían de las ruinas del Imperio en torno a un proyecto común: la expansión constante de un espacio de cristiandad, con base en Europa Occidental y sin otro límite que el de la convicción, las capacidades y el interés de sus gobernantes.
Para fines del siglo VIII, ese proyecto alcanzó su primera gran expresión en el Imperio de Carlomagno, tanto en lo que éste intentó llevar a cabo en la organización y defensa de sus territorios, como en sus guerras de evangelización contra los pueblos paganos del Norte y el Este de sus dominios. Así, dice Richard Fletcher en su obra sobre la conversión de los bárbaros del Noreste de Europa en la Alta Edad Media:
Lo que hizo Carlomagno fue estrechar aún más el vínculo entre el imperialismo secular y el espiritual. Dadas su energía y sus recursos, el podía ejercer ambos con una nueva intensidad y a una escala sin precedentes; y más aun, como en Sajonia, con una brutalidad desconocida hasta entonces. Por primera vez en la historia cristiana, una actividad misionera auspiciada por el Estado utilizó desvergonzadamente la fe como un medio para subyugar a un pueblo conquistado. Hoy sabemos, como Carlos no pudo saber, que esta conquista de Sajonia proveería antecedentes para desagradables episodios en la Prusia del siglo XIII o en México en el XVI.[2]
            El éxito de Carlomagno – coronado Emperador del Sacro Imperio Romano Germano por el Papa León XIII en Roma, en la Navidad de 800 -, inauguró así una modalidad de relación entre la Iglesia imperial y el Imperio eclesial que se prolongaría a través de violencias como las de la cruzada promovida por el Papa Inocencio III contra los cátaros del Suroeste de Francia (1209 – 1244); las promovidas para disputar el control de Siria y Palestina a los musulmanes entre 1095 y 1291, y otras convocadas en distintos momentos contra los eslavos paganos, los judíos, los cristianos ortodoxos, los mongoles y, en lo general, contra los enemigos políticos del proyecto de cristiandad.
            El ciclo expansivo vendría a culminar en una doble espiral de violencia y crisis gestada en el siglo XVI. Por una parte, en la Conquista de América para el proyecto de Cristiandad, entre 1500 y 1550. Por otra, en la descomposición del propio proyecto a partir de la Reforma protestante proclamado por Martín Lutero a partir de 1517, rápidamente transformada en una serie de guerras civiles dentro de la antigua república cristiana, que terminó condenando al Vaticano a una permanente actitud defensiva, contra el protestantismo, primero; contra el liberalismo, después; contra el socialismo, en seguida, y contra sus propias disidencias internas desde fines del siglo XX.
            Cada una de esas resistencias tuvo un Papa que la simbolizó. Benedicto XVI, como ninguno, fue el símbolo de la última. El alcance de su renuncia, en esta perspectiva, va mucho más allá de la reforma de normas y procedimientos eclesiales en materia de celibato sacerdotal, moral sexual, sacerdocio femenino o compromiso con los pobres. El problema, aquí, consiste en recuperar para sí misma un lugar y una función en un mundo que tanto ha cambiado de 380 acá. La alternativa a ese desafío mayor ha sido señalada con toda claridad por el teólogo Hans Küng, otro de los sancionados por el Cardenal Ratzinger cuando aún se desempeñaba como responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe:
Si el próximo cónclave llegase a elegir a un papa que siga el mismo, viejo camino, la Iglesia nunca experimentará una nueva primavera sino que caerá en una nueva era del hielo y correrá el peligro de quedar reducida a una secta crecientemente irrelevante.[3]
Así las cosas, quizás sea éste después de todo el inicio del último acto de la cristiandad y, quizás también, el comienzo del renacer de la promesa de igualdad, fraternidad y libertad que en su momento de origen ofreció a la Humanidad el cristianismo.


[1] Turner, Madrid, 2006. I, 338.
[2] The Barbarian Conversion. From paganism to christianity. University of California Press, 1999, p. 195. Cursiva: gch
[3] Granovsky, Martín: “No estoy jugando con metáforas. Cuando la Inquisición sentó a Boff en la silla de Giordano Bruno y Galileo”

Constantino en el año de Benedicto

Constantino en el año de Benedicto

Guillermo Castro H.
“Benedicto XVI se convierte en el séptimo Pontífice -o el quinto, según otras fuentes- que “renuncia” al Papado, tras hacerlo San Ponciano (año 235), San Silverio (537), Martin I (1044), Benedicto IX (1045), Celestino V (1294) y Gregorio XII (1415).[…] La historia de estas dimisiones, así como la historia de los papas, está plagada de turbulencias, intrigas, nepotismos e incluso crímenes. Sólo entre los siglos IX y XI (del año 882 al 984) unos nueve papas desaparecieron por la fuerza de la Silla de Pedro, envenenados unos, estrangulados o acuchillados otros, y el resto obligados al destierro.”
Rafael Plaza: “Un Vaticano corrupto y tenebroso obligó a dimitir a Benedicto XVI”
Flavio Valerio Aurelio Constantino (c. 272 – 337)[1] fue Emperador de los romanos desde su proclamación por sus tropas el 25 de julio de 306, y hasta su muerte. Su gobierno puso orden en un Imperio devastado por guerras civiles, de las que él emergió triunfante. Ese orden incluyó establecer la monarquía absoluta, hereditaria y por derecho divino; imponer legislación que ataba a los campesinos a la tierra y a los artesanos a sus oficios – rasgos que vendrían a ser dominantes en la economía feudal -, y legalizar el culto cristiano, asociando la organización eclesial a la burocracia imperial, y abriendo paso a la declaración del cristianismo como religión oficial del Imperio por su sucesor Teodosio, en 380.
En el año 313, Constantino decretó en Milán, en conjunto con su cuñado y aliado Licinio, el fin de las persecuciones y las restricciones a la práctica del cristianismo en el Imperio. Con ello culminaban tres siglos de una relación conflictiva que entre 303 y 311, durante el reinado de Diocleciano, predecesor de Constantino, había dado lugar a severas medidas represivas contra las organizaciones cristianas y sus creyentes. Pero, y sobre todo, de esa manera se sentaron las bases de una alianza entre Constantino y las iglesias cristianas, que contribuyó de manera decisiva no sólo a su lucha por el poder, sino a su programa de reordenamiento y consolidación del Imperio.
El Decreto de Milán, en efecto, abrió paso a la derogación de las restricciones al culto cristiano, a la devolución a la Iglesia de las propiedades que le habían sido confiscadas, y a la incorporación de los cristianos a las altas magistraturas del gobierno.
Aun así, Constantino no patrocinó únicamente al cristianismo. El Arco de Constantino, erigido tras su victoria en la Batalla del Puente Milvio, está decorado con imágenes de dioses como ApoloDiana, y Hércules, y no contiene ningún simbolismo cristiano. En 321, decretó que los cristianos y los no cristianos debían observar juntos el “día del sol” – el Día del Dóminus de los latinos, Sun Day de los anglosajones -, que hacía referencia al culto al Sol Invictus, como expresión de la dignidad imperial, representada en el halo solar que rodeaba las representaciones de la cabeza del Emperador.
En ese marco, Constantino convocó en 325 el Primer Concilio de Nicea, movido por la preocupación de que las disputas religiosas que caracterizaron al cristianismo primitivo afectaran la unidad del Imperio. Allí se formaron la veneración a María, las imágenes, la Trinidad, la naturaleza de Cristo, y otras creencias que serían dogmáticas luego.
El de Nicea fue el primer Concilio Ecuménico (universal), con la participación de alrededor de 300 obispos, del millar por entonces existente en todo el Imperio, cuyo transporte, alojamiento y alimentación corrieron a cuenta del Estado. El encuentro permitió formalizar la relación estado-iglesia que permitiría la expansión del cristianismo con una vitalidad inédita.Constantino, que supo retener el título de pontifex maximus – que los emperadores romanos llevaban como cabezas visibles del sacerdocio pagano – inauguró el concilio con un discurso inicial, ataviado con telas y accesorios de oro, para demostrar el poderío del Imperio por un lado, y su especial interés en el concilio, por el otro.
A este apoyo correspondió la Iglesia con un indeclinable respaldo al Emperador, que se prolonga en las leyendas creadas para justificarlo. Así, por ejemplo, la de la visión de una cruz sobrepuesta al sol cuando marchaba con sus soldados a la batalla, seguida de un sueño en el que se le ordenaba poner incorporar la cruz a su estandarte, con la inscripción «In hoc signo vinces» (“Con este signo vencerás”).  Así también la que, en el siglo VIII, atribuyó al Emperador una “Donación de Constantino”, que ponía en manos del Papa el gobierno temporal sobre RomaItalia y el occidente al papa, desenmascarada en el siglo XV por el experto filólogo y humanista Lorenzo Valla.
Con todo, Constantino, hombre pragmático, mantuvo vínculos políticos con la aristocracia imperial pagana hasta el final de su vida, y sólo fue bautizado en su lecho de muerte, en el año 337. Y ese pragmatismo se expresa también, sin duda, en las violencias inherentes a la conquista y preservación de su cargo por el Emperador. Así, por ejemplo,  en 325 ordenó la ejecución de su cuñado el Emperador romano de Oriente Licinio, y en 326 las de su hijo mayor, Crispo, y su segunda esposa, Fausta.
De todo ello resultó, a fin de cuentas, una Iglesia imperial, por un lado, y un Emperador eclesial, por el otro. Y ese resultado mueve a pensar que si el Emperador Diocleciano no pudo someter a los cristianos mediante la persecución, Constantino tuvo sin duda mayor éxito mediante la corrupción característica de un poder político así obtenido y ejercido.
Hasta hoy, en efecto, todos los signos externos del poder en el Vaticano – desde el ropaje color púrpura de los cardenales hasta el título de Pontífice que se otorga al Papa, pasando por el solio, el palio, el lábaro y la pompa – son de origen imperial, y han sido preservados con un cuidado notable. Pero la forma concreta, como sabemos, es siempre la de un contenido puntual y, por lo que se va sabiendo de la política interna del Vaticano a raíz de la renuncia de Benedicto XVI, se descubre que junto a los signos imperiales persistieron, también, muchos de los vicios del Imperio.
Aun así, Jesús el Cristo – el único participante en esta trama de dos mil años carente de bienes y ambiciones terrenales – sigue siendo el símbolo de la que Gramsci consideraba la primera gran revolución en la historia de la Humanidad: aquella que democratizó el derecho a la fraternidad universal en lo social; abrió el camino al planteamiento de la igualdad como un problema práctico, en lo político, y estableció la responsabilidad del individuo por las consecuencias de sus decisiones y sus actos, en lo ideológico. Quizás, con todo esto a la vista, podamos decir que toda meta es a fin de cuentas un nuevo punto de partida. Más, incluso, si ese punto de partida consiste en la crisis desatada – que no creada – por la renuncia al cargo de Papa de Benedicto XVI, un hombre cuyas características morales intelectuales habían venido a hacer de él, como lo señalar Mario Vargas Llosa, “un anacronismo dentro del anacronismo en que se ha ido convirtiendo la Iglesia.”
El tiempo ha dicho. El tiempo dirá.
Panamá, 25 de febrero de 2013


[1] Los datos históricos han sido obtenidos dehttp://es.wikipedia.org/wiki/Constantino_I_(emperador), donde puede ser consultados en detalle.

Un Canal de Panamá

Guillermo Castro H.
Para Ascanio Arosemena, frente a la llama que lo ilumina
El Canal de Panamá está destinado a cambiar el país, pero el país aún debe llegar a entender lo que ese cambio implica. La primera manera de verlo consiste en imaginar que se dispondrá de más dinero para consumir más, sin salir de los hábitos y formas de producir que ya existían. Es la visión del nuevo rico que todos quisiéramos ser: fuimos pobres hasta que alguien descubrió petróleo en el patio de nuestra casa, y ahora somos sultanes tropicales. Sin embargo, sería mejor contraponer a esa visión de nuevo rico la de una prosperidad que siempre será precaria mientras que no sepamos entender que la inserción del Canal en nuestra economía interna nos ofrece – por primera vez en nuestra historia – los medios para encarar el vínculo entre la aspiración a una sociedad distinta, y las tareas que demanda crear una economía diferente, capaz de sostener esa sociedad, y desarrollarse con ella.
La relación entre ambas visiones es de tensión, no de armonía. La primera puede llevarnos matar la gallina de los huevos de oro, rebasando en corto plazo la capacidad de la Cuenca del Canal para proveer los múltiples servicios que se requieren de ella, aplastándola con el impacto ambiental del desarrollo predatorio de su entorno, e incrementando la huella ecológica de la región interoecéanica sobre todos los ecosistemas del Istmo. La segunda nos obliga a entender que sólo podrá haber un uso sostenido de la Cuenca del Canal si hay un desarrollo sostenible del país, esto es, uno que combine la equidad en el acceso a sus frutos con el trabajo con la naturaleza, y no contra ella.
La tensión entre esas opciones se expresa, por ejemplo, en las críticas a la ACP por haberse constituido en un “Estado dentro del Estado”, dirigido por un “Emperador del Canal”. Y, sin embargo, lo que esas críticas expresan es, en realidad, la contradicción evidente entre el Canal como empresa de Estado, y el estado general de la economía, la sociedad y la administración pública en el país. En ese sentido, el distanciamiento entre la población general y la administración del Canal no es sino otra faceta del que se viene acentuando en la relación entre el Estado y sus  ciudadanos. En ese marco, es inevitable preguntarse – ante el hecho de que el Estado controla el Canal -, quién (y para qué) controla el Estado.
Enmascarar esta contradicción con programas comunales de micro inversión financiados con una micro fracción de los ingresos generados por el Canal, o con fondos de ahorro de recursos para los que no se encuentra de momento empleo adecuado, no sólo no la resuelve, sino que termina por agravarla. Lo sensato sería utilizar esos ingresos para financiar el desarrollo del país en su conjunto, mediante inversiones estratégicas destinadas a producir las condiciones de producción – fuerza de trabajo, infraestructura, organización de la base territorial de la economía – necesarias para un desarrollo mucho más armónico de las relaciones de nuestros distintos grupos sociales entre sí, y con nuestro medio natural.
El camino hacia este tipo de decisiones es largo, todavía. Precisamente por eso, es necesario empezar a reconocerlo y recorrerlo lo antes posible, y en primer término desde las organizaciones sociales, culturales y científicas de nuestra sociedad. Anteayer nos preguntábamos si seríamos capaces de administrar el Canal. Algo hemos avanzado en eso, exitosamente: lo bastante para darnos cuenta de que aquello era apenas el primer paso hacia la tarea verdadera, que es la de administrar mucho, muchísimo mejor nuestro propio país, con todos y para el bien de todos.

Nosotros los de ahora y los de entonces

Guillermo Castro H.
Conferencia inaugural en el XIV Congreso Nacional de Sociología
Universidad de Panamá, 16 de agosto de 2012
Para Lourdes, siempre
1929 – 2009
La crisis de 1929 tiene especial importancia para el análisis de la que enfrentamos hoy, al menos en dos sentidos. El primero y más general corresponde a su alcance y su importancia histórica. Con ella, el ciclo de desarrollo liberal clásico, que a partir de 1914 había ingresado en plenitud a su fase imperialista, recibió el impulso final que lo llevaría a desembocar – a través de la II Guerra Mundial, y las que la precedieron en España y China – en la fase de desarrollo del moderno sistema mundial que hoy designamos con el término “globalización”. El segundo tiene un carácter más específico. La gestión de la crisis de 1929 proporcionó un importante modelo de referencia en la formación de varias generaciones de científicos sociales latinoamericanos, en lo relativo a la comprensión del lugar y el papel de la región en los procesos de formación y transformación del sistema mundial.
            Así, para las ciencias sociales latinoamericanas en las décadas de 1950 y 1960, el manejo de la crisis de 1929 fue percibido como exitoso en cuanto había logrado dos importantes objetivos. Uno, contener y revertir su terrible impacto inicial y, otro, conducir al sistema mundial a un escalón superior de desarrollo civilizatorio. En el proceso, la ideología del progreso – sucesora a su vez de la de la civilización, tan cercana a las oligarquías de nuestra América – cedió su lugar a la del desarrollo, más adecuada a un mundo que dejaba de estar organizado en metrópolis y colonias para constituirse en una comunidad de Estados independientes vinculados entre sí por un único mercado mundial. Y, de una manera en nada casual, fue entre nosotros donde el desarrollo vino a convertirse en un cuerpo teórico y un imaginario colectivo determinante en la conducta de nuestras sociedades y sus Estados hasta la década de 1980.
Como todo modelo explicativo, éste contiene imprecisiones. Lo descrito en el párrafo anterior, por ejemplo, corresponde a las formas más visibles de gestión de aquella crisis, tales como la intervención masiva del Estado en la economía, la ampliación de los derechos democráticos de las capas medias y los trabajadores en los Estados nacionales de la época, y la creación de servicios públicos eficientes de salud pública, educación masiva y seguridad social en esos países. John Maynard Keynes, en lo económico, como Franklin Delano Roosevelt en lo político y lo social constituyen sin duda los héroes más relevantes de aquel momento histórico en este nivel de visibilidad.
            Un segundo nivel, que ha ganado en visibilidad en estos tiempos, hace a las dos grandes reformas que conoció el sistema mundial en el camino hacia la superación de la crisis. La primera se refiere a la creación de un verdadero sistema monetario internacional a partir de los acuerdos de Breton Woods, en julio de 1944. La segunda, y más notoria, a la creación del moderno sistema interestatal, estructurado como una Organización de las Naciones Unidas, que pasó de medio centenar de Estados fundadores en octubre de 1945, a casi doscientos medio siglo después.
            Estos dos niveles de visibilidad en la gestión de aquella crisis fueron el resultado, también, de circunstancias que hoy no tienen equivalente. La primera y más notoria en el plano político fue la claridad de las opciones enfrentadas: el liberalismo al centro, con el fascismo a la derecha y el comunismo estalinista a la izquierda, definieron de manera prístina el escenario de la geopolítica mundial entonces. Y a eso cabría agregar la amplitud de los espacios sociales, ambientales y políticos de maniobra conque contaba entonces el sistema mundial, y de los que carece hoy.
La baja presión demográfica de una población muy inferior a la actual, sometida en su mayor parte a un vasto sistema colonial – al que cabía agregar los que en aquellos años eran considerados como “espacios vacíos” de la América Latina -, permitía contar con reservas de recursos humanos y naturales que ya no están disponibles. En lo político, el espacio de maniobra se desplegaba en dos vertientes. Por un lado, el carácter restrictivo de la vieja democracia liberal imperante en las sociedades de capitalismo más maduro estimulaba la construcción de consensos en torno a la ampliación de los derechos ciudadanos de las capas medias y los trabajadores. Por el otro, se desplegaba la lucha por alcanzar esos derechos a través de la conformación de Estados nacionales en las regiones coloniales de Asia, África y Oceanía.
Allí, además – como en nuestra América -, esa lucha por derechos elementales se combinaba con el carácter primario de las expectativas sociales. Si el analfabetismo supera la mitad de la población adulta, la expectativa de vida al nacer no va más allá de los cincuenta años, la industrialización no se ha iniciado y la organización de los trabajadores es una novedad, concesiones relativamente pequeñas por parte de los grupos dominantes en materia de educación, salud y seguridad social pueden producir transformaciones importantes y de impacto duradero en el desarrollo social.
Y estaba, por supuesto, el enorme espacio de maniobra que ofrecía el sistema colonial para un crecimiento económico renovado. Si éste ya había cumplido su función inicial de subsidio masivo al despegue del capitalismo en los países centrales, su reorganización como sistema de economías nacionales pudo ofrecer – como en efecto lo hizo – un enorme impulso al nuevo ciclo de expansión económica que tuvo lugar entre las décadas de 1950 y 1970, hasta desembocar en la creación de algunas de las condiciones previstas por Gramsci a comienzos de la década de 1930, cuando en sus cuadernos de la cárcel anotaba lo siguiente:
Atlántico – Pacífico. Función del Atlántico en la civilización y en la economía moderna. ¿Se trasladará este eje al Pacífico?  Las masas de población más grandes del mundo están en el Pacífico: si China y la India se convierten en naciones modernas con grandes masas de producción industrial, su alejamiento de la dependencia europea rompería el equilibrio actual: transformación del continente americano, traslado desde la orilla atlántica a la orilla del Pacífico del eje de la vida americana, etcétera. Ver todas estas cuestiones en términos económicos y políticos (tráficos, etcétera).[1]
Otros niveles de visibilidad en la gestión de la crisis de 1929, muy cercanos a este comentario de Gramsci, han sido y son mucho menos percibidos. En lo que hace a la geocultura del sistema mundial, por ejemplo, el énfasis en la formación del concepto de desarrollo puede ocultar la maduración de formas complejas de identidad, pensamiento y organización política en la periferia del sistema, que han venido a tener importantes consecuencias hasta hoy. Así, por ejemplo, los casos del pensamiento radical democrático de José Martí (1853 – 1895) en América Latina, sintetizado en su ensayo Nuestra América, de enero de 1891; del pensamiento nacional democrático de Sun Yat Sen (1886 – 1925), en China, sintetizado en los Tres Principios del Pueblo – democracia, nacionalismo y bienestar -, y los del humanismo patriótico de Mahatma Gandhi (1869 – 1948) y Nelson Mandela.
Tampoco recibe la atención debida el hecho de que la transición al sistema internacional a partir de la gestión de la crisis de 1929 dependió en una constante medida del recurso a la violencia y el autoritarismo en su periferia. Convertida primero en zona caliente de la Guerra Fría, pasó a ser después el escenario de los llamados “Estados fallidos”, cuya viabilidad depende de la presencia de fuerzas de ocupación extranjeras. Así, a la secuencia inicial de violencias en Palestina, Corea, Argelia, el África ecuatorial, el Sudeste asiático y América Latina, ha sucedido la situación de conflicto endémico, abierto o soterrado en los Balcanes, el Asia Central, el Medio Oriente, el África sub sahariana, y México y Colombia, por mencionar sólo casos muy visibles.
Hoy, en todo caso, está en crisis lo que resultó de aquellas transformaciones. La crisis financiera de 2008, en efecto, se vio precedida por crecientes dificultades en el funcionamiento de los mecanismos de gestión del sistema internacional. Esta dificultad se hizo evidente ya a principios de la década de 1990, en el intento de conciliar el imaginario del desarrollo en el sistema internacional – expresado en el papel del organismo creado para promoverlo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo -, con el reconocimiento de la insostenibilidad de ese objetivo que emerge como problema en la Cumbre de la Tierra de 1992.
A esa dificultad de orden ideológico y cultural se agrega, poco después, la de orden político que resulta del fracaso del intento de transitar hacia un sistema internacional organizado en torno a la Organización Mundial del Comercio, como resultado de la resistencia masiva a la versión neoliberal de la globalización. A partir de allí, el proceso de globalización pasó a tener dos voceros enfrentados entre sí: los Foros de Davos y de Porto Alegre. Y si bien el primero expresa la aspiración a una organización mucho más eficiente del desarrollo desigual y combinado a escala mundial, y el otro la demanda de un mundo en el que la equidad y la sostenibilidad se requieran mutuamente para un desarrollo que mereciera ser llamado humano, el enfrentamiento entre ambos – como lo advirtiera Immanuel Wallerstein en 2004 -, no está referido “a si estamos o no a favor del capitalismo como sistema mundial”, si no al hecho de que la que está en cuestión es
en lo más esencial, si el sistema de reemplazo será jerárquico y polarizante (esto es, igual o peor que el sistema actual) o será en cambio relativamente democrático e igualitario. Estas son opciones morales básicas, y estar de uno u otro lado determina nuestras políticas.[2]
XXI
Esta crisis – nuestra crisis – ha venido a expresar, así, el agotamiento de las premisas políticas, culturales y ambientales que habían sostenido la transformación del moderno sistema mundial a partir de la segunda postguerra, y definido el de las ciencias sociales como discurso explicativo de su desarrollo.[3] Por lo mismo, ella se ubica de lleno en el terreno de la hegemonía, en cuanto expresa la incapacidad de la geocultura del sistema mundial para dar cuenta de su contradicción más profunda: la del carácter desigual y combinado del desarrollo que ese sistema organiza, del cual depende para existir, y en cuyo marco debe encarar sus problemas o enfrentar el riesgo de su propia implosión.
La complejidad de esta circunstancia nos obliga – y seguirá haciéndolo – a reexaminar una y otra vez nuestras conclusiones sobre el carácter y el significado de esta crisis en el desarrollo del mundo que hemos conocido. Nos encontramos, así, en una circunstancia muy semejante a la que encaraba la generación de jóvenes revolucionarios latinoamericanos de la que formaba parte José Martí en 1881:
Nacidos en una época turbulenta, arrastrados al abrir los ojos a la luz por ideas ya hechas y por corrientes ya creadas, obedeciendo a instintos y a impulsos, más que a juicios y determinaciones, los hombres de la generación actual vivimos en un desconocimiento lastimoso y casi total del problema que nos toca resolver. […] Establecer el problema es necesario, con sus datos, procesos y conclusiones.- Así, sinceramente y tenazmente, se llega al bienestar: no de otro modo. Y se adquieren tamaños de hombres libres.[4]
            El proceso de globalización ha creado ya, en efecto, opciones de un nuevo tipo – desde ciudades – Estado como Singapur hasta regiones económicas de creciente integración política y ascendiente global, como las de Asia Pacífico y el Mercosur -, cuyos oportunidades y necesidades de desarrollo desbordan las capacidades de las estructuras políticas de cooperación intergubernamental, y de las economías organizadas a partir de mercados nacionales. En ese marco, también, están en marcha nuevos y complejos procesos de concentración y centralización del capital. Asistimos otra vez a la destrucción masiva de empleos y de organizaciones productivas; a incrementos en la productividad derivados de la innovación tecnológica combinada con la sobrexplotación de los trabajadores; a la formación de sectores de actividad económica nueva, como el mercado de servicios ambientales, y al conflicto entre nuevas fracciones del capital.
En nuestra América, en conjunto con – y más allá de- los procesos de reforma democrática y estabilización económica que ocurren en Estados tan diversos como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba, Brasil, Chile, Uruguay y Argentina, se acentúa el proceso de reorganización territorial de las economías iniciado en la década de 1990. Nuestra región, cada vez más urbanizada, expande sus fronteras de recursos, organiza como verdaderas biofábricas sus espacios de agroexportación, e intensifica la transformación de la naturaleza en capital natural por los medios más diversos, desde la inversión en megaproyectos de infraestructuras, el desarrollo de nuevas y más eficientes modalidades de inserción en el mercado global de servicios ambiéntales, y la creación de los marcos legales y culturales que esos mercados requieren para operar con eficiencia en el nivel glocal.
Todo esto, naturalmente, se presenta acompañado de una cauda de conflictos entre estructuras de convivencia y modelos de gestión política, social, económica y ambiental viejos y nuevos. Esto abre espacio a la formación de alianzas de estas nuevas fracciones con sectores de capas medias urbanas y de pobres de la ciudad y el campo resocializados para bien o para mal en el curso de estos procesos. Y, frente al carácter esencialmente defensivo de las luchas populares en este terreno, establece un campo fecundo para el desarrollo de opciones alternativas que sean viables en cuanto faciliten la creación colectiva de nuevas formas de expresión del interés general de comunidades territoriales, regionales nacionales complejas.
            Nada de esto implica que las luchas sociales – y sin duda la lucha de clases – hayan dejado de ser el motor de la historia. Supone, simplemente, que ese motor ha pasado a operar en un nivel de complejidad que nos obliga a replantearnos una vez más lo que sabíamos o creíamos saber sobre su funcionamiento. ¿De qué clases se trata, en esta etapa de esta historia?; ¿cuáles son, cómo son, dónde están?; ¿qué tienen de común, qué de distinto con el pasado inmediato y mediato del que proceden?; ¿cómo y dónde se estructuran las relaciones que mantienen entre sí en las distintas regiones y las diversas escalas del sistema mundial en que actúan? Y en estos términos, ¿qué posibilidades existen de identificar y establecer formas nuevas de expresión de intereses colectivos, y las formaciones sociales y políticas capaces de ejercer ese interés en cada región y cada ámbito del sistema?
Para las ciencias sociales en general, y para las nuestras en particular, esto plantea singulares desafíos. El primero y más complejo, sin duda, es dejar de ser lo que han sido y son: ámbitos especializados para el estudio del mercado, la sociedad y el Estado en un mundo en el que la historia sólo puede ocuparse del pasado. Estamos otra vez en aquella situación de 1845, en que cabía afirmar que la tarea de interpretar el mundo debía ceder su lugar a la explicarlo para transformarlo. Nos toca, otra vez, recuperar y ejercer aquella negativa “a separar las diferentes disciplinas académicas” a que se refiere Eric J. Hobsbawn cuando, al analizar el significado contemporáneo de la obra de Carlos Marx, señala que, para éste,
Las relaciones sociales (es decir, la organización social en el sentido más amplio) y las fuerzas materiales de producción, a cuyo nivel corresponden, no pueden ser divididas. “La estructura económica de la sociedad está formada por la totalidad de estas relaciones de producción”.[…] El desarrollo económico no puede quedar reducido a “crecimiento económico”, y mucho menos a la variación de factores aislados como la productividad o el índice de acumulación de capital”.[5]
Esto es tanto más necesario en cuanto que la nuestra es, en lo político, una circunstancia de hechos cumplidos. El programa neoliberal es uno de esos hechos, al menos en su forma de Consenso de Washington, por más que muchas de sus políticas lo hayan sobrevivido. El programa inicial de resistencia a las consecuencias del neoliberalismo está agotado también. Los sectores subordinados carecen de un proyecto alternativo. Los sectores dominantes también. En ambos campos se acentúan las contradicciones internas, con la salvedad de que es más viable la resistencia desde estructuras profundas de encuadramiento y dominación que permanecen esencialmente intactas, que el paso a una ofensiva general de los dominados contra esas estructuras.
Las cosas, en suma, ya no son lo que eran, ni volverán a serlo. Tampoco, sin embargo, han llegado a ser lo que serán. Por lo mismo, cabe recordar que, si bien nunca existe un pasado al cual regresar, la crisis abre ante nosotros múltiples opciones de futuro a construir. A esas opciones es que cabe referir todas las propuestas que afloran por todos los ámbitos de nuestra cultura, desde el bien vivir hasta  la demanda de un mundo en que quepan todos los mundos.
Al propio tiempo, esta circunstancia – en que los conflictos que emergen de la crisis se combinan con los que fueron mediatizados pero no resueltos en el ciclo hegemónico que culmina – ofrece nuevas posibilidades de construcción de entendimientos entre movimientos sociales emergentes que se expresan desde racionalidades y con voces sin cabida en la geocultura que implosiona. El detalle de esos entendimientos en casos particulares será diverso, pero sus lineamientos fundamentales ganan cada día en claridad: gobierno basado en el consenso; autoridad funcional, no jerárquica ni de casta; igualdad sustentada en la equidad; armonía en las relaciones sociales, y en las interacciones entre sistemas sociales y sistemas naturales, y una producción centrada en valores de uso, y en la valoración de los recursos a partir de la función que cumplen en los ecosistemas que los proveen.
Lo esencial, ahora, es que los sectores oprimidos – siempre a la defensiva, siempre empujados a la dispersión por el acoso incesante de los opresores- despliegan capacidades de iniciativa y concertación que habían estado ausentes de la política latinoamericana desde la década de 1980. Una vez más: no hay en nuestra América batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. Volvemos al camino que va de Martí a Mariátegui, y allí al Che, a la Teología de la Liberación y a los movimientos sociales nuevos. El pequeño género humano que dio de sí a Bolívar ha dicho otra vez ¡basta!, y otra vez ha echado a andar.
Buenos Aires – Panamá, septiembre de 2009 / agosto de 2012


[1] Cuadernos de la Cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci. A cargo de Valentino Gerratana. Ediciones ERA, México, I, 276.
[2] “Después del desarrollismo”. Ponencia presentada en la conferencia “Development Challenges for the 21st Century”, Universidad de Cornell, Octubre 1, 2004.
[3] En estas circunstancias – sobre todo a partir del derrumbe del socialismo en la Unión Soviética y Europa Oriental, que hace recaer todo el peso de la crisis sobre el centro liberal – no es de extrañar que  se multipliquen lo que Gramsci llamó “fenómenos morbosos” que caracterizan la fragmentación de los marcos preexistentes de referencia y control. Tal es el caso de la creciente importancia política que adquiere la difusión de los fundamentalismos de todo tipo, regresiones populistas, fragmentación y disolución de formaciones estatales, migraciones sin control y situaciones de carácter cuasi maltusiano que asolan regiones completas, como el África subsahariana, en un marco de erosión generalizada de las formas tradicionales de autoridad moral y política y de generalización del recurso a la violencia como medio de control social.
[4] José Martí, Cuadernos de apuntes, 1881. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.
[5] Cómo Cambiar el Mundo. Marx y el marxismo 1840 – 2011. Crítica, Barcelona, pp. 143 – 144.

Panamá: ayer desde mañana

Panamá: ayer desde mañana
Guillermo Castro H.
Para Luis Pulido Ritter, allá entre teutones
Como lo destacara Luis Pulido Ritter en su columna del 23 de diciembre pasado en La Estrella de Panamá, 1989 fue tanto el año de la caída del muro de Berlín como de la invasión norteamericana a Panamá. Si la caída del muro – dice – lo hizo sentir “que el mundo giraba, que se abría una nueva época”, la invasión destruyó aquella “corta ilusión”, para devolverlo a la realidad de una clase política panameña que había fracasado “históricamente … en crear unas instituciones estables, serias, y democráticas, abriendo así el espacio para que se instalaran los militares y floreciera un personaje como Noriega & Co.” [1]
El artículo de Pulido refleja muy bien el carácter contradictorio de los tiempos que vivimos en esta crisis larga, cuyas raíces quizás se remontan a 1968, que fue a su modo el 1848 del siglo XX. Algunos, ante la caída del muro, podían preguntarse en qué podrían creer de allí en adelante. Esa pregunta, sin embargo, no estuvo en la mente siquiera de toda una multitud – grande o pequeña, da igual – de latinoamericanos que siguieron creyendo en lo que ya creían, que era en sí mismos, y en sus pueblos.
Fuera su verdad la de José Martí, la de José Carlos Mariátegui, o la de Gustavo Gutiérrez, la caída del muro lo que hizo fue estimular la reflexión y el debate sobre los términos en que de allí en adelante sería necesario luchar por ella. Y pocos años después, en México, llegaron los mayas zapatistas a plantear un problema sin solución en el capitalismo salvaje – que es, a su modo, la otra cara del socialismo real-: el de la creación de un mundo en el que cupieran todos los mundos, y en el que la forma normal de hacer política consistiera en mandar obedeciendo. De entonces acá, nada les ha quitado la razón que tenían y tienen, y que resaltaron una vez más la semana pasada, con su marcha del silencio por las ciudades de Chiapas.
En lo que hace a la invasión, se le hace un servicio a nuestros grupos dominantes al encararla como un conflicto entre Estados, desconociendo el carácter histórico de éstos, y de las relaciones que habían mantenido entre sí. Una vez vaciado de historia el asunto, toda interpretación es posible, y la más cómoda para el tercio superior de la sociedad es sin duda aquella que nos hace a todos culpables.
Siempre cabe, por supuesto, interrogar al pasado a partir de preguntas diferentes a las usuales en nuestro medio:¿quién tuvo la culpa? ¿Noriega, la Cruzada, la oligarquía o la nación perdedora en pleno? Cabría preguntar en cambio, por ejemplo, por qué todos los Tratados que conducen a la liquidación del enclave militar – industrial del Estado norteamericano en Panamá fueron firmados, por la parte panameña, por mandatarios vinculados a golpes de Estado: Harmodio Arias en 1931, José Remón en 1951, y Omar Torrijos en 1968 – dos de los cuales, además, tuvieron una muerte violenta.
Y a esa pregunta tendría que seguir la del papel de esos Tratados en el desarrollo del capitalismo en Panamá (pues el desarrollo siempre es el desarrollo de algo, y en este caso, con toda evidencia, es el de esa economía y – con ella – el del Estado más adecuado a sus necesidades). La apertura del mercado del enclave militar – industrial a la producción agropecuaria e industrial criolla, a partir de 1936; la captura para el mercado panameño de los salarios de los criollos afortunados que trabajaban en el enclave como empleados federales, a partir de 1955, y finalmente la captura del propio enclave para el mercado interior, y para optimizar la inserción de nuestra economía en el mercado global podría ser una respuesta adecuada.
En esa lógica, la invasión extranjera es la forma que adopta, en nuestra circunstancia, un golpe de Estado ejecutado por las fuerzas armadas de la potencia hegemónica en el Istmo, para establecer el régimen correspondiente a las necesidades de una nueva etapa en el desarrollo del capitalismo en nuestra tierra. Por lo mismo, fue ejecutado no sólo contra el adversario del momento, sino además contra el que pudiera haber surgido de una evolución distinta de los acontecimientos.
El régimen encabezado por Noriega sin duda había corrompido hasta el tuétano a su entorno militar y político, tras utilizar para sus propios propósitos a lo que quedaba de sano y popular en el torrijismo. El poder realmente existente en la sociedad – aquel que algunos han llamado el de “los dueños de Panamá” -, por su parte, había utilizado las aspiraciones democráticas de nuestras capas medias, las había alentado a organizarse y enfrentar al norieguismo, y las había desmovilizado en cuanto se hizo evidente que aquel régimen hubiera podido ser derrocado por esa movilización. Era necesaria una solución militar, con su secuela inevitable de terrorismo de Estado, no por falta de otra alternativa, sino porque era indispensable que el derrocamiento del régimen no condujera a una revolución democrática en Panamá, precisamente en las vísperas del reparto del botín del enclave.
Uno de los problemas de nuestro entender criollo radica en el mal mal hábito de hacer historia mirando al pasado, no al futuro. De eso resulta, siempre, que se termine por pensar que el mañana será por necesidad una réplica a escala ampliada del ayer. Así, para una multitud de algunos, el objetivo de la invasión no fue sentar las bases para una etapa nueva de desarrollo, sino el restablecimiento del ayer en nuestras vidas o, dicho en criollo, para restaurar a la Oligarquía en el poder. Para otra (menor) multitud, la clave de todo misterio está en el Talmud del Documento de Santa Fe.
En esa perspectiva – regida por el principio de que siempre que pasa igual sucede lo mismo – no cabe realmente imaginar que era necesario establecer un Estado capaz de llevar a cabo una reforma neoliberal de nuestra economía en un plazo breve y de manera enérgica. Y sin embargo ese fue el caso, con la creación de un Estado neoliberal en el que – si bien la impronta social retornó a los sectores más tradicionales del poder criollo -, la económica se tradujo en el sometimiento de los sectores agropecuario, comercial e industrial de la economía a la hegemonía del capital financiero.
En todo caso, lo surgido entonces se agota hoy. Vivimos en una crisis global, sin duda. Pero esto sólo quiere decir que esa crisis se expresa en cada Estado de acuerdo a su circunstancia histórica particular. Desde el Bravo a la Patagonia, toda la América Latina ha entrado en una fase de transición, que se expresa de manera distinta en Cuba que en Chile, o en Colombia y Panamá, pero de la cual todos estos países saldrán transformados en algo distinto, que bien puede ser mucho mejor, o mucho peor.
Hoy, como nunca, es importante volver a estudiar el pasado desde las preocupaciones que nos inspira el futuro. Una vez más, acudiendo a todo lo que va del Papel histórico de los grupos humanos en Panamá, de Hernán Porras en 1953, y La concentración del poder económico en Panamá, de Marco Gandásegui en 1964, a – en este siglo –  La filosofía de la nación romántica de Luis Pulido Ritter y el estudio de Patricia Pizzurno sobre el papel del racismo en nuestra historia contemporánea. Y, de nuevo, atendiendo a la advertencia que nos legara  José Martí, en tiempos de otra crisis, con sus propias posibilidades de futuro:
Estudien, los que pretenden opinar. No se opina con la fantasía, ni con el deseo, sino con la realidad conocida, con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo. Evitar lo pasado y componernos en lo presente, para un porvenir confuso al principio, y seguro luego por la administración justiciera y total de la libertad culta y trabajadora: ésa es la obligación, y la cumplimos. Ésa es la obligación de la conciencia, y el dictado  científico. […] Amemos la herida que nos viene de los nuestros. Y fundemos, sin la ira del sectario, ni la vanidad del ambicioso.”[2]
Panamá, 26 de diciembre de 2012.


[2] “Crece”.[Patria, 5 de abril de 1894]. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. III, 121.