Constantino en el año de Benedicto

Constantino en el año de Benedicto

Guillermo Castro H.
“Benedicto XVI se convierte en el séptimo Pontífice -o el quinto, según otras fuentes- que “renuncia” al Papado, tras hacerlo San Ponciano (año 235), San Silverio (537), Martin I (1044), Benedicto IX (1045), Celestino V (1294) y Gregorio XII (1415).[…] La historia de estas dimisiones, así como la historia de los papas, está plagada de turbulencias, intrigas, nepotismos e incluso crímenes. Sólo entre los siglos IX y XI (del año 882 al 984) unos nueve papas desaparecieron por la fuerza de la Silla de Pedro, envenenados unos, estrangulados o acuchillados otros, y el resto obligados al destierro.”
Rafael Plaza: “Un Vaticano corrupto y tenebroso obligó a dimitir a Benedicto XVI”
Flavio Valerio Aurelio Constantino (c. 272 – 337)[1] fue Emperador de los romanos desde su proclamación por sus tropas el 25 de julio de 306, y hasta su muerte. Su gobierno puso orden en un Imperio devastado por guerras civiles, de las que él emergió triunfante. Ese orden incluyó establecer la monarquía absoluta, hereditaria y por derecho divino; imponer legislación que ataba a los campesinos a la tierra y a los artesanos a sus oficios – rasgos que vendrían a ser dominantes en la economía feudal -, y legalizar el culto cristiano, asociando la organización eclesial a la burocracia imperial, y abriendo paso a la declaración del cristianismo como religión oficial del Imperio por su sucesor Teodosio, en 380.
En el año 313, Constantino decretó en Milán, en conjunto con su cuñado y aliado Licinio, el fin de las persecuciones y las restricciones a la práctica del cristianismo en el Imperio. Con ello culminaban tres siglos de una relación conflictiva que entre 303 y 311, durante el reinado de Diocleciano, predecesor de Constantino, había dado lugar a severas medidas represivas contra las organizaciones cristianas y sus creyentes. Pero, y sobre todo, de esa manera se sentaron las bases de una alianza entre Constantino y las iglesias cristianas, que contribuyó de manera decisiva no sólo a su lucha por el poder, sino a su programa de reordenamiento y consolidación del Imperio.
El Decreto de Milán, en efecto, abrió paso a la derogación de las restricciones al culto cristiano, a la devolución a la Iglesia de las propiedades que le habían sido confiscadas, y a la incorporación de los cristianos a las altas magistraturas del gobierno.
Aun así, Constantino no patrocinó únicamente al cristianismo. El Arco de Constantino, erigido tras su victoria en la Batalla del Puente Milvio, está decorado con imágenes de dioses como ApoloDiana, y Hércules, y no contiene ningún simbolismo cristiano. En 321, decretó que los cristianos y los no cristianos debían observar juntos el “día del sol” – el Día del Dóminus de los latinos, Sun Day de los anglosajones -, que hacía referencia al culto al Sol Invictus, como expresión de la dignidad imperial, representada en el halo solar que rodeaba las representaciones de la cabeza del Emperador.
En ese marco, Constantino convocó en 325 el Primer Concilio de Nicea, movido por la preocupación de que las disputas religiosas que caracterizaron al cristianismo primitivo afectaran la unidad del Imperio. Allí se formaron la veneración a María, las imágenes, la Trinidad, la naturaleza de Cristo, y otras creencias que serían dogmáticas luego.
El de Nicea fue el primer Concilio Ecuménico (universal), con la participación de alrededor de 300 obispos, del millar por entonces existente en todo el Imperio, cuyo transporte, alojamiento y alimentación corrieron a cuenta del Estado. El encuentro permitió formalizar la relación estado-iglesia que permitiría la expansión del cristianismo con una vitalidad inédita.Constantino, que supo retener el título de pontifex maximus – que los emperadores romanos llevaban como cabezas visibles del sacerdocio pagano – inauguró el concilio con un discurso inicial, ataviado con telas y accesorios de oro, para demostrar el poderío del Imperio por un lado, y su especial interés en el concilio, por el otro.
A este apoyo correspondió la Iglesia con un indeclinable respaldo al Emperador, que se prolonga en las leyendas creadas para justificarlo. Así, por ejemplo, la de la visión de una cruz sobrepuesta al sol cuando marchaba con sus soldados a la batalla, seguida de un sueño en el que se le ordenaba poner incorporar la cruz a su estandarte, con la inscripción «In hoc signo vinces» (“Con este signo vencerás”).  Así también la que, en el siglo VIII, atribuyó al Emperador una “Donación de Constantino”, que ponía en manos del Papa el gobierno temporal sobre RomaItalia y el occidente al papa, desenmascarada en el siglo XV por el experto filólogo y humanista Lorenzo Valla.
Con todo, Constantino, hombre pragmático, mantuvo vínculos políticos con la aristocracia imperial pagana hasta el final de su vida, y sólo fue bautizado en su lecho de muerte, en el año 337. Y ese pragmatismo se expresa también, sin duda, en las violencias inherentes a la conquista y preservación de su cargo por el Emperador. Así, por ejemplo,  en 325 ordenó la ejecución de su cuñado el Emperador romano de Oriente Licinio, y en 326 las de su hijo mayor, Crispo, y su segunda esposa, Fausta.
De todo ello resultó, a fin de cuentas, una Iglesia imperial, por un lado, y un Emperador eclesial, por el otro. Y ese resultado mueve a pensar que si el Emperador Diocleciano no pudo someter a los cristianos mediante la persecución, Constantino tuvo sin duda mayor éxito mediante la corrupción característica de un poder político así obtenido y ejercido.
Hasta hoy, en efecto, todos los signos externos del poder en el Vaticano – desde el ropaje color púrpura de los cardenales hasta el título de Pontífice que se otorga al Papa, pasando por el solio, el palio, el lábaro y la pompa – son de origen imperial, y han sido preservados con un cuidado notable. Pero la forma concreta, como sabemos, es siempre la de un contenido puntual y, por lo que se va sabiendo de la política interna del Vaticano a raíz de la renuncia de Benedicto XVI, se descubre que junto a los signos imperiales persistieron, también, muchos de los vicios del Imperio.
Aun así, Jesús el Cristo – el único participante en esta trama de dos mil años carente de bienes y ambiciones terrenales – sigue siendo el símbolo de la que Gramsci consideraba la primera gran revolución en la historia de la Humanidad: aquella que democratizó el derecho a la fraternidad universal en lo social; abrió el camino al planteamiento de la igualdad como un problema práctico, en lo político, y estableció la responsabilidad del individuo por las consecuencias de sus decisiones y sus actos, en lo ideológico. Quizás, con todo esto a la vista, podamos decir que toda meta es a fin de cuentas un nuevo punto de partida. Más, incluso, si ese punto de partida consiste en la crisis desatada – que no creada – por la renuncia al cargo de Papa de Benedicto XVI, un hombre cuyas características morales intelectuales habían venido a hacer de él, como lo señalar Mario Vargas Llosa, “un anacronismo dentro del anacronismo en que se ha ido convirtiendo la Iglesia.”
El tiempo ha dicho. El tiempo dirá.
Panamá, 25 de febrero de 2013


[1] Los datos históricos han sido obtenidos dehttp://es.wikipedia.org/wiki/Constantino_I_(emperador), donde puede ser consultados en detalle.

La universidad de que se trata

Guillermo Castro H.
El papel de la universidad ante la crisis que afecta el desarrollo de nuestra especie constituye un tema de debate en todo el mundo. Ese tema es tan importante para nuestro futuro, que conviene atender con el mayor cuidado a lo que puede enseñarnos el pasado, velado a menudo por mitos autocomplacientes.
Uno de esos mitos, por ejemplo, se refiere al vínculo de la institución universitaria con la Edad Media Occidental, que algunos remiten a los orígenes mismos de ese período histórico. Los comienzos de la Edad Media, sin embargo, se ubican hacia los siglos IX y X, tras la llamada “época oscura” que siguió a la desintegración del Imperio Romano de Occidente en el V.
La principal organización cultural y educativa de aquel período fue el monasterio, como fueron los monjes los únicos intelectuales profesionales. Esa organización, gestada a partir del modelo establecido por Benito de Nursia en el siglo VI, alcanzó una extraordinaria difusión como proveedora de los servicios ideológicos, técnicos y culturales que demandaba la sociedad feudal, cuyo desarrollo alcanzó su cúspide en el siglo XII.
La universidad entra en escena al iniciarse la Baja Edad Media. Su primer desarrollo – y posterior estancamiento – hace parte del proceso de crisis de la sociedad feudal. En efecto, si bien aquellas primera universidades compartían una fuerte impronta religiosa – con la teología como disciplina principal, y el derecho, la medicina y la administración como opciones formativas principales -, su existencia venía a satisfacer una demanda que excedía el alcance de los monasterios: la de formación de cuadros técnicos para atender las necesidades de nuevo tipo derivadas de las transformaciones económicas en curso en el reino de aquel mundo, que eventualmente conducirían a la transición del feudalismo al capitalismo.
Aquella universidad tuvo una participación muy limitada en los dos procesos más relevantes de esa transición en el plano ideológico y cultural: la Reforma protestante y el desarrollo de la ciencia como campo específico de actividad productiva. El control eclesial marginó en gran medida del primero, y limitó severamente su participación en el segundo, al punto en que ninguno de los grandes logros científicos obtenidos entre el siglo XVI y la primera mitad del XIX – incluyendo la formulación de la teoría de la evolución mediante la selección natural, por Darwin y Wallace – aparece vinculado a instituciones universitarias.
En realidad, las universidades modernas entran en escena a partir de mediados del siglo XIX, cuando la maduración de la Revolución Industrial, la economía de mercado y el Estado capitalista generan una demanda de cuadros técnicos especializados que las Academias y Sociedades Científicas señoriales creadas en los siglos XVII y XVIII no podían satisfacer. Así, el capitalismo revitaliza a la universidad al vincularla de nuevo a las tareas prácticas del desarrollo histórico, como un fósil cultural viviente, dotado de algún prestigio pero carente de significación verdadera.
Con todo, esa revitalización fue también una transformación. La economía pasa a ser la nueva disciplina central, como corresponde a un mundo organizado para la acumulación de ganancias antes que para la salvación del alma, mientras la vieja organización académica entríviums y quatriviums dio paso a otra, estructurada en facultades de ciencias naturales, ciencias sociales y humanidades.
Esa universidad moderna, a su vez, ingresó desde mediados del siglo XX en una crisis que ya es irreversible. Si en el XIX fue necesaria una organización autónoma para la formación de cuadros técnicos y ofrecer servicios científicos, culturales e ideológicos especializados, a comienzos del XXI las universidades de verdadero éxito son aquellas que han sabido encarar la demanda de una gestión nueva del conocimiento vinculándose de manera cada vez más estrecha con todas las partes interesadas en el desarrollo de soluciones glocales a los problemas que emergen en el proceso de globalización.
Esas universidades no tienen mayor éxito porque sus Estados nacionales sean más generosos, sino porque han sabido insertarse de manera mucho útil y productiva en una circunstancia cada vez más distinta a la de sus orígenes. Así, por ejemplo, la Ciudad del Conocimiento creada por el Emirato de Dubai mediante enormes inversiones en infraestructura y contratación de servicios académicos y científicos no ha logrado poner en uso la mitad de sus instalaciones, y dista mucho de haberse convertido en un centro relevante de gestión del conocimiento en la economía global.
Hoy, la calidad de la universidad refleja en una importante medida la de la empresa privada y de la organización estatal en cada sociedad. Cuando la misión de la universidad parece ser – en términos prácticos – proveer profesionales baratos para un sector privado que subsiste de franquicias y subsidios, y una burocracia estatal tan ineficiente como frondosa, resulta evidente que todas las partes se complementan. Por lo mismo, el problema de la universidad en nuestros tiempos no consiste en administrar su propia obsolescencia, sino en transitar con claridad de miras y entorno hacia una relación nueva entre la economía, la sociedad y la gestión del conocimiento en una circunstancia histórica inédita.
Los monasterios cistercienses cumplieron un importante papel en la consolidación y el progreso de la sociedad medieval, como lo cumplieron las universidades liberales de mediados del XIX en su relación con el primer capitalismo industrial. Hoy podemos entender con mucha mayor claridad las transformaciones en curso en las estructuras y modalidades de gestión del conocimiento que emergen en el desarrollo de la economía global. Por lo mismo, el debate que hace falta hoy es el destinado a objeto definir la sociedad que deseamos, para identificar el papel que la universidad puede cumplir en el proceso necesariamente colectivo de construirla.

Panamá, 27 de enero de 2013

Un Canal de Panamá

Guillermo Castro H.
Para Ascanio Arosemena, frente a la llama que lo ilumina
El Canal de Panamá está destinado a cambiar el país, pero el país aún debe llegar a entender lo que ese cambio implica. La primera manera de verlo consiste en imaginar que se dispondrá de más dinero para consumir más, sin salir de los hábitos y formas de producir que ya existían. Es la visión del nuevo rico que todos quisiéramos ser: fuimos pobres hasta que alguien descubrió petróleo en el patio de nuestra casa, y ahora somos sultanes tropicales. Sin embargo, sería mejor contraponer a esa visión de nuevo rico la de una prosperidad que siempre será precaria mientras que no sepamos entender que la inserción del Canal en nuestra economía interna nos ofrece – por primera vez en nuestra historia – los medios para encarar el vínculo entre la aspiración a una sociedad distinta, y las tareas que demanda crear una economía diferente, capaz de sostener esa sociedad, y desarrollarse con ella.
La relación entre ambas visiones es de tensión, no de armonía. La primera puede llevarnos matar la gallina de los huevos de oro, rebasando en corto plazo la capacidad de la Cuenca del Canal para proveer los múltiples servicios que se requieren de ella, aplastándola con el impacto ambiental del desarrollo predatorio de su entorno, e incrementando la huella ecológica de la región interoecéanica sobre todos los ecosistemas del Istmo. La segunda nos obliga a entender que sólo podrá haber un uso sostenido de la Cuenca del Canal si hay un desarrollo sostenible del país, esto es, uno que combine la equidad en el acceso a sus frutos con el trabajo con la naturaleza, y no contra ella.
La tensión entre esas opciones se expresa, por ejemplo, en las críticas a la ACP por haberse constituido en un “Estado dentro del Estado”, dirigido por un “Emperador del Canal”. Y, sin embargo, lo que esas críticas expresan es, en realidad, la contradicción evidente entre el Canal como empresa de Estado, y el estado general de la economía, la sociedad y la administración pública en el país. En ese sentido, el distanciamiento entre la población general y la administración del Canal no es sino otra faceta del que se viene acentuando en la relación entre el Estado y sus  ciudadanos. En ese marco, es inevitable preguntarse – ante el hecho de que el Estado controla el Canal -, quién (y para qué) controla el Estado.
Enmascarar esta contradicción con programas comunales de micro inversión financiados con una micro fracción de los ingresos generados por el Canal, o con fondos de ahorro de recursos para los que no se encuentra de momento empleo adecuado, no sólo no la resuelve, sino que termina por agravarla. Lo sensato sería utilizar esos ingresos para financiar el desarrollo del país en su conjunto, mediante inversiones estratégicas destinadas a producir las condiciones de producción – fuerza de trabajo, infraestructura, organización de la base territorial de la economía – necesarias para un desarrollo mucho más armónico de las relaciones de nuestros distintos grupos sociales entre sí, y con nuestro medio natural.
El camino hacia este tipo de decisiones es largo, todavía. Precisamente por eso, es necesario empezar a reconocerlo y recorrerlo lo antes posible, y en primer término desde las organizaciones sociales, culturales y científicas de nuestra sociedad. Anteayer nos preguntábamos si seríamos capaces de administrar el Canal. Algo hemos avanzado en eso, exitosamente: lo bastante para darnos cuenta de que aquello era apenas el primer paso hacia la tarea verdadera, que es la de administrar mucho, muchísimo mejor nuestro propio país, con todos y para el bien de todos.

Panamá: un puente al futuro

Pma topografico
La noticia de que la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) entregó el 8 de enero a la empresa francesa Vinci Construction Grands Projets la orden de construir el primer puente sobre la vía acuática en el sector Atlántico pasó casi desapercibida en nuestro país. Sin embargo, tiene tanta importancia histórica como valor simbólico, si se considera que el 9 de enero se conmemoraba el Día de los Mártires de la lucha por nuestra soberanía.
La construcción del puente sobre el Canal en el Atlántico facilitará, en efecto, plantear en nuevos términos la solución a una de las contradicciones ocultas que se opone a un desarrollo sostenible de Panamá: aquella que enfrenta la organización natural de nuestro territorio con la organización territorial del Estado nacional. El territorio, en efecto, está organizado en múltiples corredores interoceánicos, a lo largo de los principales ríos que corren hacia el Atlántico y hacia el Pacífico desde nuestra Cordillera Central. Los primeros habitantes del Istmo hicieron un uso constante de esos corredores, sobre los cuales se asentaban sus sociedades más avanzadas en el momento de la Conquista europea.
El Estado, en cambio, fue siendo organizado desde el siglo XVI a partir de la decisión de concentrar el tránsito interoceánico únicamente por el valle del Chagres, relegando al litoral Atlántico y el Darién a la condición de fronteras interiores. Esto se combinó con la creación de un corredor agroganadero a lo largo de la vertiente Pacífica, entre Chepo y Chiriquí, con el fin de ofrecer soporte a la actividad de tránsito, dando lugar a un eje de organización Este – Oeste. Ese eje segmentó todas las cuencas de la subregión, privilegiando el uso de su sector medio para actividades agropecuarias, y aislando entre sí sus segmentos bajo y alto, en condición de áreas marginales.
Esta decisión limitó nuestras posibilidades de desarrollo, y contribuyó al empobrecimiento del interior rural en ambas vertientes del Istmo. La situación así creada se vio agravada y perpetuada, después, por el Tratado Hay – Buneau Varilla de 1903, que vedaba a Panamá crear vías de comunicación interoceánica alternas al Canal, y establecía una Zona del Canal bajo control extranjero, que dividía en dos al territorio panameño y acentuaba su desarticulación funcional.
Todo ello empezó a revertirse a partir de la ejecución de los Tratados Torrijos – Carter, entre 1979 y 1999, que liquidaron la Zona del Canal y transfirieron la administración del Canal del Estado norteamericano al panameño. La construcción del puente sobre el Canal en el lado Atlántico hace parte de ese proceso de reordenamiento territorial y tendrá consecuencias de gran importancia para nuestro futuro. Esas consecuencias incluyen, por ejemplo:
  1. Re – establecer las vías de comunicación indígenas entre la cuenca del río Coclé del Norte en el Atlántico, y las del Zaratí y el Coclé, en el Pacífico. Esto hará de Colón el principal puerto de Penonomé en el Atlántico, facilitará el desarrollo minero del distrito de Donoso, y el desarrollo turístico y agropecuario de la vertiente Nor – Atlántica de la región del Valle de Antón.
  2. Re – establecer las vías de comunicación indígenas entre las cuencas del río Chagres y la del río Indio, vinculando a Colón con La Chorrera a lo largo de la ribera Occidental del lago Gatún.
  3. Abrir al desarrollo turístico de alto costo la Costa Abajo de Colón, desde Sherman hasta la boca del río Belén.
  4. Facilitar la construcción de una carretera Colón – Bocas del Toro, con un empalme hacia Veraguas por la vía Calovébora – Cañazas, y otro a Chiriquí por la vía Rambala – Gualaca.
  5. Facilitar el movimiento de mercancías desde y hacia Centro América por vía de Guabito y, eventualmente,
  6. Facilitar la vinculación física entre Colón y la región Atlántica de Colombia.
La ACP, añade el despacho de EFE, “adjudicó la licitación del nuevo puente de acuerdo con la Ley que aprueba la ampliación de la vía interoceánica mediante la construcción de un tercer juego de esclusas y que dispone la edificación de este cruce de vehículos en el sector Atlántico que comunique ambas riberas del Canal. Este cruce contribuirá al desarrollo de la provincia de Colón, señala el comunicado.” En realidad, como vemos, se trata de mucho más que eso, aunque ninguna autoridad estatal ha presentado una visión de conjunto sobre las implicaciones de esta decisión para el futuro del país.
El abordaje de esas implicaciones, si llega a ocurrir, será el producto de la iniciativa de las organizaciones sociales, culturales y políticas de Panamá, y pondrá a prueba lo mucho que ignoramos los panameños sobre la historia, la geografía y las opciones de futuro de nuestro país. No hay certeza de que esto ocurra. Debe haber certeza, en cambio, de que una inversión de ese monto y trascendencia haya sido ya objeto de consideración y decisiones por parte de los sectores económicos dominantes en Panamá. Las consecuencias que se deriven de la inacción de unos y la iniciativa de los otros se verán con toda claridad en el curso de los años por venir.
Panamá, 10 de enero de 2013.

Nosotros los de ahora y los de entonces

Guillermo Castro H.
Conferencia inaugural en el XIV Congreso Nacional de Sociología
Universidad de Panamá, 16 de agosto de 2012
Para Lourdes, siempre
1929 – 2009
La crisis de 1929 tiene especial importancia para el análisis de la que enfrentamos hoy, al menos en dos sentidos. El primero y más general corresponde a su alcance y su importancia histórica. Con ella, el ciclo de desarrollo liberal clásico, que a partir de 1914 había ingresado en plenitud a su fase imperialista, recibió el impulso final que lo llevaría a desembocar – a través de la II Guerra Mundial, y las que la precedieron en España y China – en la fase de desarrollo del moderno sistema mundial que hoy designamos con el término “globalización”. El segundo tiene un carácter más específico. La gestión de la crisis de 1929 proporcionó un importante modelo de referencia en la formación de varias generaciones de científicos sociales latinoamericanos, en lo relativo a la comprensión del lugar y el papel de la región en los procesos de formación y transformación del sistema mundial.
            Así, para las ciencias sociales latinoamericanas en las décadas de 1950 y 1960, el manejo de la crisis de 1929 fue percibido como exitoso en cuanto había logrado dos importantes objetivos. Uno, contener y revertir su terrible impacto inicial y, otro, conducir al sistema mundial a un escalón superior de desarrollo civilizatorio. En el proceso, la ideología del progreso – sucesora a su vez de la de la civilización, tan cercana a las oligarquías de nuestra América – cedió su lugar a la del desarrollo, más adecuada a un mundo que dejaba de estar organizado en metrópolis y colonias para constituirse en una comunidad de Estados independientes vinculados entre sí por un único mercado mundial. Y, de una manera en nada casual, fue entre nosotros donde el desarrollo vino a convertirse en un cuerpo teórico y un imaginario colectivo determinante en la conducta de nuestras sociedades y sus Estados hasta la década de 1980.
Como todo modelo explicativo, éste contiene imprecisiones. Lo descrito en el párrafo anterior, por ejemplo, corresponde a las formas más visibles de gestión de aquella crisis, tales como la intervención masiva del Estado en la economía, la ampliación de los derechos democráticos de las capas medias y los trabajadores en los Estados nacionales de la época, y la creación de servicios públicos eficientes de salud pública, educación masiva y seguridad social en esos países. John Maynard Keynes, en lo económico, como Franklin Delano Roosevelt en lo político y lo social constituyen sin duda los héroes más relevantes de aquel momento histórico en este nivel de visibilidad.
            Un segundo nivel, que ha ganado en visibilidad en estos tiempos, hace a las dos grandes reformas que conoció el sistema mundial en el camino hacia la superación de la crisis. La primera se refiere a la creación de un verdadero sistema monetario internacional a partir de los acuerdos de Breton Woods, en julio de 1944. La segunda, y más notoria, a la creación del moderno sistema interestatal, estructurado como una Organización de las Naciones Unidas, que pasó de medio centenar de Estados fundadores en octubre de 1945, a casi doscientos medio siglo después.
            Estos dos niveles de visibilidad en la gestión de aquella crisis fueron el resultado, también, de circunstancias que hoy no tienen equivalente. La primera y más notoria en el plano político fue la claridad de las opciones enfrentadas: el liberalismo al centro, con el fascismo a la derecha y el comunismo estalinista a la izquierda, definieron de manera prístina el escenario de la geopolítica mundial entonces. Y a eso cabría agregar la amplitud de los espacios sociales, ambientales y políticos de maniobra conque contaba entonces el sistema mundial, y de los que carece hoy.
La baja presión demográfica de una población muy inferior a la actual, sometida en su mayor parte a un vasto sistema colonial – al que cabía agregar los que en aquellos años eran considerados como “espacios vacíos” de la América Latina -, permitía contar con reservas de recursos humanos y naturales que ya no están disponibles. En lo político, el espacio de maniobra se desplegaba en dos vertientes. Por un lado, el carácter restrictivo de la vieja democracia liberal imperante en las sociedades de capitalismo más maduro estimulaba la construcción de consensos en torno a la ampliación de los derechos ciudadanos de las capas medias y los trabajadores. Por el otro, se desplegaba la lucha por alcanzar esos derechos a través de la conformación de Estados nacionales en las regiones coloniales de Asia, África y Oceanía.
Allí, además – como en nuestra América -, esa lucha por derechos elementales se combinaba con el carácter primario de las expectativas sociales. Si el analfabetismo supera la mitad de la población adulta, la expectativa de vida al nacer no va más allá de los cincuenta años, la industrialización no se ha iniciado y la organización de los trabajadores es una novedad, concesiones relativamente pequeñas por parte de los grupos dominantes en materia de educación, salud y seguridad social pueden producir transformaciones importantes y de impacto duradero en el desarrollo social.
Y estaba, por supuesto, el enorme espacio de maniobra que ofrecía el sistema colonial para un crecimiento económico renovado. Si éste ya había cumplido su función inicial de subsidio masivo al despegue del capitalismo en los países centrales, su reorganización como sistema de economías nacionales pudo ofrecer – como en efecto lo hizo – un enorme impulso al nuevo ciclo de expansión económica que tuvo lugar entre las décadas de 1950 y 1970, hasta desembocar en la creación de algunas de las condiciones previstas por Gramsci a comienzos de la década de 1930, cuando en sus cuadernos de la cárcel anotaba lo siguiente:
Atlántico – Pacífico. Función del Atlántico en la civilización y en la economía moderna. ¿Se trasladará este eje al Pacífico?  Las masas de población más grandes del mundo están en el Pacífico: si China y la India se convierten en naciones modernas con grandes masas de producción industrial, su alejamiento de la dependencia europea rompería el equilibrio actual: transformación del continente americano, traslado desde la orilla atlántica a la orilla del Pacífico del eje de la vida americana, etcétera. Ver todas estas cuestiones en términos económicos y políticos (tráficos, etcétera).[1]
Otros niveles de visibilidad en la gestión de la crisis de 1929, muy cercanos a este comentario de Gramsci, han sido y son mucho menos percibidos. En lo que hace a la geocultura del sistema mundial, por ejemplo, el énfasis en la formación del concepto de desarrollo puede ocultar la maduración de formas complejas de identidad, pensamiento y organización política en la periferia del sistema, que han venido a tener importantes consecuencias hasta hoy. Así, por ejemplo, los casos del pensamiento radical democrático de José Martí (1853 – 1895) en América Latina, sintetizado en su ensayo Nuestra América, de enero de 1891; del pensamiento nacional democrático de Sun Yat Sen (1886 – 1925), en China, sintetizado en los Tres Principios del Pueblo – democracia, nacionalismo y bienestar -, y los del humanismo patriótico de Mahatma Gandhi (1869 – 1948) y Nelson Mandela.
Tampoco recibe la atención debida el hecho de que la transición al sistema internacional a partir de la gestión de la crisis de 1929 dependió en una constante medida del recurso a la violencia y el autoritarismo en su periferia. Convertida primero en zona caliente de la Guerra Fría, pasó a ser después el escenario de los llamados “Estados fallidos”, cuya viabilidad depende de la presencia de fuerzas de ocupación extranjeras. Así, a la secuencia inicial de violencias en Palestina, Corea, Argelia, el África ecuatorial, el Sudeste asiático y América Latina, ha sucedido la situación de conflicto endémico, abierto o soterrado en los Balcanes, el Asia Central, el Medio Oriente, el África sub sahariana, y México y Colombia, por mencionar sólo casos muy visibles.
Hoy, en todo caso, está en crisis lo que resultó de aquellas transformaciones. La crisis financiera de 2008, en efecto, se vio precedida por crecientes dificultades en el funcionamiento de los mecanismos de gestión del sistema internacional. Esta dificultad se hizo evidente ya a principios de la década de 1990, en el intento de conciliar el imaginario del desarrollo en el sistema internacional – expresado en el papel del organismo creado para promoverlo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo -, con el reconocimiento de la insostenibilidad de ese objetivo que emerge como problema en la Cumbre de la Tierra de 1992.
A esa dificultad de orden ideológico y cultural se agrega, poco después, la de orden político que resulta del fracaso del intento de transitar hacia un sistema internacional organizado en torno a la Organización Mundial del Comercio, como resultado de la resistencia masiva a la versión neoliberal de la globalización. A partir de allí, el proceso de globalización pasó a tener dos voceros enfrentados entre sí: los Foros de Davos y de Porto Alegre. Y si bien el primero expresa la aspiración a una organización mucho más eficiente del desarrollo desigual y combinado a escala mundial, y el otro la demanda de un mundo en el que la equidad y la sostenibilidad se requieran mutuamente para un desarrollo que mereciera ser llamado humano, el enfrentamiento entre ambos – como lo advirtiera Immanuel Wallerstein en 2004 -, no está referido “a si estamos o no a favor del capitalismo como sistema mundial”, si no al hecho de que la que está en cuestión es
en lo más esencial, si el sistema de reemplazo será jerárquico y polarizante (esto es, igual o peor que el sistema actual) o será en cambio relativamente democrático e igualitario. Estas son opciones morales básicas, y estar de uno u otro lado determina nuestras políticas.[2]
XXI
Esta crisis – nuestra crisis – ha venido a expresar, así, el agotamiento de las premisas políticas, culturales y ambientales que habían sostenido la transformación del moderno sistema mundial a partir de la segunda postguerra, y definido el de las ciencias sociales como discurso explicativo de su desarrollo.[3] Por lo mismo, ella se ubica de lleno en el terreno de la hegemonía, en cuanto expresa la incapacidad de la geocultura del sistema mundial para dar cuenta de su contradicción más profunda: la del carácter desigual y combinado del desarrollo que ese sistema organiza, del cual depende para existir, y en cuyo marco debe encarar sus problemas o enfrentar el riesgo de su propia implosión.
La complejidad de esta circunstancia nos obliga – y seguirá haciéndolo – a reexaminar una y otra vez nuestras conclusiones sobre el carácter y el significado de esta crisis en el desarrollo del mundo que hemos conocido. Nos encontramos, así, en una circunstancia muy semejante a la que encaraba la generación de jóvenes revolucionarios latinoamericanos de la que formaba parte José Martí en 1881:
Nacidos en una época turbulenta, arrastrados al abrir los ojos a la luz por ideas ya hechas y por corrientes ya creadas, obedeciendo a instintos y a impulsos, más que a juicios y determinaciones, los hombres de la generación actual vivimos en un desconocimiento lastimoso y casi total del problema que nos toca resolver. […] Establecer el problema es necesario, con sus datos, procesos y conclusiones.- Así, sinceramente y tenazmente, se llega al bienestar: no de otro modo. Y se adquieren tamaños de hombres libres.[4]
            El proceso de globalización ha creado ya, en efecto, opciones de un nuevo tipo – desde ciudades – Estado como Singapur hasta regiones económicas de creciente integración política y ascendiente global, como las de Asia Pacífico y el Mercosur -, cuyos oportunidades y necesidades de desarrollo desbordan las capacidades de las estructuras políticas de cooperación intergubernamental, y de las economías organizadas a partir de mercados nacionales. En ese marco, también, están en marcha nuevos y complejos procesos de concentración y centralización del capital. Asistimos otra vez a la destrucción masiva de empleos y de organizaciones productivas; a incrementos en la productividad derivados de la innovación tecnológica combinada con la sobrexplotación de los trabajadores; a la formación de sectores de actividad económica nueva, como el mercado de servicios ambientales, y al conflicto entre nuevas fracciones del capital.
En nuestra América, en conjunto con – y más allá de- los procesos de reforma democrática y estabilización económica que ocurren en Estados tan diversos como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba, Brasil, Chile, Uruguay y Argentina, se acentúa el proceso de reorganización territorial de las economías iniciado en la década de 1990. Nuestra región, cada vez más urbanizada, expande sus fronteras de recursos, organiza como verdaderas biofábricas sus espacios de agroexportación, e intensifica la transformación de la naturaleza en capital natural por los medios más diversos, desde la inversión en megaproyectos de infraestructuras, el desarrollo de nuevas y más eficientes modalidades de inserción en el mercado global de servicios ambiéntales, y la creación de los marcos legales y culturales que esos mercados requieren para operar con eficiencia en el nivel glocal.
Todo esto, naturalmente, se presenta acompañado de una cauda de conflictos entre estructuras de convivencia y modelos de gestión política, social, económica y ambiental viejos y nuevos. Esto abre espacio a la formación de alianzas de estas nuevas fracciones con sectores de capas medias urbanas y de pobres de la ciudad y el campo resocializados para bien o para mal en el curso de estos procesos. Y, frente al carácter esencialmente defensivo de las luchas populares en este terreno, establece un campo fecundo para el desarrollo de opciones alternativas que sean viables en cuanto faciliten la creación colectiva de nuevas formas de expresión del interés general de comunidades territoriales, regionales nacionales complejas.
            Nada de esto implica que las luchas sociales – y sin duda la lucha de clases – hayan dejado de ser el motor de la historia. Supone, simplemente, que ese motor ha pasado a operar en un nivel de complejidad que nos obliga a replantearnos una vez más lo que sabíamos o creíamos saber sobre su funcionamiento. ¿De qué clases se trata, en esta etapa de esta historia?; ¿cuáles son, cómo son, dónde están?; ¿qué tienen de común, qué de distinto con el pasado inmediato y mediato del que proceden?; ¿cómo y dónde se estructuran las relaciones que mantienen entre sí en las distintas regiones y las diversas escalas del sistema mundial en que actúan? Y en estos términos, ¿qué posibilidades existen de identificar y establecer formas nuevas de expresión de intereses colectivos, y las formaciones sociales y políticas capaces de ejercer ese interés en cada región y cada ámbito del sistema?
Para las ciencias sociales en general, y para las nuestras en particular, esto plantea singulares desafíos. El primero y más complejo, sin duda, es dejar de ser lo que han sido y son: ámbitos especializados para el estudio del mercado, la sociedad y el Estado en un mundo en el que la historia sólo puede ocuparse del pasado. Estamos otra vez en aquella situación de 1845, en que cabía afirmar que la tarea de interpretar el mundo debía ceder su lugar a la explicarlo para transformarlo. Nos toca, otra vez, recuperar y ejercer aquella negativa “a separar las diferentes disciplinas académicas” a que se refiere Eric J. Hobsbawn cuando, al analizar el significado contemporáneo de la obra de Carlos Marx, señala que, para éste,
Las relaciones sociales (es decir, la organización social en el sentido más amplio) y las fuerzas materiales de producción, a cuyo nivel corresponden, no pueden ser divididas. “La estructura económica de la sociedad está formada por la totalidad de estas relaciones de producción”.[…] El desarrollo económico no puede quedar reducido a “crecimiento económico”, y mucho menos a la variación de factores aislados como la productividad o el índice de acumulación de capital”.[5]
Esto es tanto más necesario en cuanto que la nuestra es, en lo político, una circunstancia de hechos cumplidos. El programa neoliberal es uno de esos hechos, al menos en su forma de Consenso de Washington, por más que muchas de sus políticas lo hayan sobrevivido. El programa inicial de resistencia a las consecuencias del neoliberalismo está agotado también. Los sectores subordinados carecen de un proyecto alternativo. Los sectores dominantes también. En ambos campos se acentúan las contradicciones internas, con la salvedad de que es más viable la resistencia desde estructuras profundas de encuadramiento y dominación que permanecen esencialmente intactas, que el paso a una ofensiva general de los dominados contra esas estructuras.
Las cosas, en suma, ya no son lo que eran, ni volverán a serlo. Tampoco, sin embargo, han llegado a ser lo que serán. Por lo mismo, cabe recordar que, si bien nunca existe un pasado al cual regresar, la crisis abre ante nosotros múltiples opciones de futuro a construir. A esas opciones es que cabe referir todas las propuestas que afloran por todos los ámbitos de nuestra cultura, desde el bien vivir hasta  la demanda de un mundo en que quepan todos los mundos.
Al propio tiempo, esta circunstancia – en que los conflictos que emergen de la crisis se combinan con los que fueron mediatizados pero no resueltos en el ciclo hegemónico que culmina – ofrece nuevas posibilidades de construcción de entendimientos entre movimientos sociales emergentes que se expresan desde racionalidades y con voces sin cabida en la geocultura que implosiona. El detalle de esos entendimientos en casos particulares será diverso, pero sus lineamientos fundamentales ganan cada día en claridad: gobierno basado en el consenso; autoridad funcional, no jerárquica ni de casta; igualdad sustentada en la equidad; armonía en las relaciones sociales, y en las interacciones entre sistemas sociales y sistemas naturales, y una producción centrada en valores de uso, y en la valoración de los recursos a partir de la función que cumplen en los ecosistemas que los proveen.
Lo esencial, ahora, es que los sectores oprimidos – siempre a la defensiva, siempre empujados a la dispersión por el acoso incesante de los opresores- despliegan capacidades de iniciativa y concertación que habían estado ausentes de la política latinoamericana desde la década de 1980. Una vez más: no hay en nuestra América batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. Volvemos al camino que va de Martí a Mariátegui, y allí al Che, a la Teología de la Liberación y a los movimientos sociales nuevos. El pequeño género humano que dio de sí a Bolívar ha dicho otra vez ¡basta!, y otra vez ha echado a andar.
Buenos Aires – Panamá, septiembre de 2009 / agosto de 2012


[1] Cuadernos de la Cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci. A cargo de Valentino Gerratana. Ediciones ERA, México, I, 276.
[2] “Después del desarrollismo”. Ponencia presentada en la conferencia “Development Challenges for the 21st Century”, Universidad de Cornell, Octubre 1, 2004.
[3] En estas circunstancias – sobre todo a partir del derrumbe del socialismo en la Unión Soviética y Europa Oriental, que hace recaer todo el peso de la crisis sobre el centro liberal – no es de extrañar que  se multipliquen lo que Gramsci llamó “fenómenos morbosos” que caracterizan la fragmentación de los marcos preexistentes de referencia y control. Tal es el caso de la creciente importancia política que adquiere la difusión de los fundamentalismos de todo tipo, regresiones populistas, fragmentación y disolución de formaciones estatales, migraciones sin control y situaciones de carácter cuasi maltusiano que asolan regiones completas, como el África subsahariana, en un marco de erosión generalizada de las formas tradicionales de autoridad moral y política y de generalización del recurso a la violencia como medio de control social.
[4] José Martí, Cuadernos de apuntes, 1881. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.
[5] Cómo Cambiar el Mundo. Marx y el marxismo 1840 – 2011. Crítica, Barcelona, pp. 143 – 144.

Panamá: ayer desde mañana

Panamá: ayer desde mañana
Guillermo Castro H.
Para Luis Pulido Ritter, allá entre teutones
Como lo destacara Luis Pulido Ritter en su columna del 23 de diciembre pasado en La Estrella de Panamá, 1989 fue tanto el año de la caída del muro de Berlín como de la invasión norteamericana a Panamá. Si la caída del muro – dice – lo hizo sentir “que el mundo giraba, que se abría una nueva época”, la invasión destruyó aquella “corta ilusión”, para devolverlo a la realidad de una clase política panameña que había fracasado “históricamente … en crear unas instituciones estables, serias, y democráticas, abriendo así el espacio para que se instalaran los militares y floreciera un personaje como Noriega & Co.” [1]
El artículo de Pulido refleja muy bien el carácter contradictorio de los tiempos que vivimos en esta crisis larga, cuyas raíces quizás se remontan a 1968, que fue a su modo el 1848 del siglo XX. Algunos, ante la caída del muro, podían preguntarse en qué podrían creer de allí en adelante. Esa pregunta, sin embargo, no estuvo en la mente siquiera de toda una multitud – grande o pequeña, da igual – de latinoamericanos que siguieron creyendo en lo que ya creían, que era en sí mismos, y en sus pueblos.
Fuera su verdad la de José Martí, la de José Carlos Mariátegui, o la de Gustavo Gutiérrez, la caída del muro lo que hizo fue estimular la reflexión y el debate sobre los términos en que de allí en adelante sería necesario luchar por ella. Y pocos años después, en México, llegaron los mayas zapatistas a plantear un problema sin solución en el capitalismo salvaje – que es, a su modo, la otra cara del socialismo real-: el de la creación de un mundo en el que cupieran todos los mundos, y en el que la forma normal de hacer política consistiera en mandar obedeciendo. De entonces acá, nada les ha quitado la razón que tenían y tienen, y que resaltaron una vez más la semana pasada, con su marcha del silencio por las ciudades de Chiapas.
En lo que hace a la invasión, se le hace un servicio a nuestros grupos dominantes al encararla como un conflicto entre Estados, desconociendo el carácter histórico de éstos, y de las relaciones que habían mantenido entre sí. Una vez vaciado de historia el asunto, toda interpretación es posible, y la más cómoda para el tercio superior de la sociedad es sin duda aquella que nos hace a todos culpables.
Siempre cabe, por supuesto, interrogar al pasado a partir de preguntas diferentes a las usuales en nuestro medio:¿quién tuvo la culpa? ¿Noriega, la Cruzada, la oligarquía o la nación perdedora en pleno? Cabría preguntar en cambio, por ejemplo, por qué todos los Tratados que conducen a la liquidación del enclave militar – industrial del Estado norteamericano en Panamá fueron firmados, por la parte panameña, por mandatarios vinculados a golpes de Estado: Harmodio Arias en 1931, José Remón en 1951, y Omar Torrijos en 1968 – dos de los cuales, además, tuvieron una muerte violenta.
Y a esa pregunta tendría que seguir la del papel de esos Tratados en el desarrollo del capitalismo en Panamá (pues el desarrollo siempre es el desarrollo de algo, y en este caso, con toda evidencia, es el de esa economía y – con ella – el del Estado más adecuado a sus necesidades). La apertura del mercado del enclave militar – industrial a la producción agropecuaria e industrial criolla, a partir de 1936; la captura para el mercado panameño de los salarios de los criollos afortunados que trabajaban en el enclave como empleados federales, a partir de 1955, y finalmente la captura del propio enclave para el mercado interior, y para optimizar la inserción de nuestra economía en el mercado global podría ser una respuesta adecuada.
En esa lógica, la invasión extranjera es la forma que adopta, en nuestra circunstancia, un golpe de Estado ejecutado por las fuerzas armadas de la potencia hegemónica en el Istmo, para establecer el régimen correspondiente a las necesidades de una nueva etapa en el desarrollo del capitalismo en nuestra tierra. Por lo mismo, fue ejecutado no sólo contra el adversario del momento, sino además contra el que pudiera haber surgido de una evolución distinta de los acontecimientos.
El régimen encabezado por Noriega sin duda había corrompido hasta el tuétano a su entorno militar y político, tras utilizar para sus propios propósitos a lo que quedaba de sano y popular en el torrijismo. El poder realmente existente en la sociedad – aquel que algunos han llamado el de “los dueños de Panamá” -, por su parte, había utilizado las aspiraciones democráticas de nuestras capas medias, las había alentado a organizarse y enfrentar al norieguismo, y las había desmovilizado en cuanto se hizo evidente que aquel régimen hubiera podido ser derrocado por esa movilización. Era necesaria una solución militar, con su secuela inevitable de terrorismo de Estado, no por falta de otra alternativa, sino porque era indispensable que el derrocamiento del régimen no condujera a una revolución democrática en Panamá, precisamente en las vísperas del reparto del botín del enclave.
Uno de los problemas de nuestro entender criollo radica en el mal mal hábito de hacer historia mirando al pasado, no al futuro. De eso resulta, siempre, que se termine por pensar que el mañana será por necesidad una réplica a escala ampliada del ayer. Así, para una multitud de algunos, el objetivo de la invasión no fue sentar las bases para una etapa nueva de desarrollo, sino el restablecimiento del ayer en nuestras vidas o, dicho en criollo, para restaurar a la Oligarquía en el poder. Para otra (menor) multitud, la clave de todo misterio está en el Talmud del Documento de Santa Fe.
En esa perspectiva – regida por el principio de que siempre que pasa igual sucede lo mismo – no cabe realmente imaginar que era necesario establecer un Estado capaz de llevar a cabo una reforma neoliberal de nuestra economía en un plazo breve y de manera enérgica. Y sin embargo ese fue el caso, con la creación de un Estado neoliberal en el que – si bien la impronta social retornó a los sectores más tradicionales del poder criollo -, la económica se tradujo en el sometimiento de los sectores agropecuario, comercial e industrial de la economía a la hegemonía del capital financiero.
En todo caso, lo surgido entonces se agota hoy. Vivimos en una crisis global, sin duda. Pero esto sólo quiere decir que esa crisis se expresa en cada Estado de acuerdo a su circunstancia histórica particular. Desde el Bravo a la Patagonia, toda la América Latina ha entrado en una fase de transición, que se expresa de manera distinta en Cuba que en Chile, o en Colombia y Panamá, pero de la cual todos estos países saldrán transformados en algo distinto, que bien puede ser mucho mejor, o mucho peor.
Hoy, como nunca, es importante volver a estudiar el pasado desde las preocupaciones que nos inspira el futuro. Una vez más, acudiendo a todo lo que va del Papel histórico de los grupos humanos en Panamá, de Hernán Porras en 1953, y La concentración del poder económico en Panamá, de Marco Gandásegui en 1964, a – en este siglo –  La filosofía de la nación romántica de Luis Pulido Ritter y el estudio de Patricia Pizzurno sobre el papel del racismo en nuestra historia contemporánea. Y, de nuevo, atendiendo a la advertencia que nos legara  José Martí, en tiempos de otra crisis, con sus propias posibilidades de futuro:
Estudien, los que pretenden opinar. No se opina con la fantasía, ni con el deseo, sino con la realidad conocida, con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo. Evitar lo pasado y componernos en lo presente, para un porvenir confuso al principio, y seguro luego por la administración justiciera y total de la libertad culta y trabajadora: ésa es la obligación, y la cumplimos. Ésa es la obligación de la conciencia, y el dictado  científico. […] Amemos la herida que nos viene de los nuestros. Y fundemos, sin la ira del sectario, ni la vanidad del ambicioso.”[2]
Panamá, 26 de diciembre de 2012.


[2] “Crece”.[Patria, 5 de abril de 1894]. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. III, 121.

Tiempos nuevos, Estado nuevo. Panamá en las vísperas de 2010.

Tiempos nuevos, Estado nuevo.
Panamá en las vísperas de 2010.
Guillermo Castro H.
Se dice desde hace mucho que la política es el arte de lo posible. En esa misma perspectiva, cabría decir que la administración es el arte de crear las condiciones que hagan posible aquello que el desarrollo de la sociedad revela ya como necesario. Comprender de esta manera el vínculo entre administración y política tiene especial importancia en países en los que el desarrollo se manifiesta en formas heterogéneas y contradictorias, que tienden a acentuar los conflictos internos sin llegar a crear realmente las premisas para su pronta solución. Y aunque esto no es privativo de los países más afectados por las asimetrías de la interdependencia global, es en ellos donde esos conflictos suelen manifestarse de manera más aguda y más compleja.
Esta situación se acentúa en casos como el de Panamá, donde está en curso un proceso de transición entre un país que ya no existe, y otro que aún se encuentra en construcción. Aquí, en efecto, la sociedad y su administración pública se encuentran desde hace ya una década en el proceso de pasar de un Estado concebido para promover un estilo de desarrollo protegido al margen de un enclave de capital monopólico estatal extranjero – no fue otra cosa la antigua Zona del Canal – a otro, nuevo, que fomente un estilo de desarrollo abierto, organizado a partir de la Plataforma de Servicios Transnacionales que viene tomando forma en el entorno de la vía interoceánica.
Hoy, los desencuentros y las diferencias de ritmo entre los diversos sectores de la vida nacional en el marco de dicho proceso explican los graves problemas que aquejan a los servicios públicos que el Estado debe ofrecer en materia de educación, salud, seguridad y transporte. Esos servicios, en efecto, se encuentran a cargo de instituciones que fueron diseñadas para cumplir sus funciones en una circunstancia social, económica, cultural y demográfica que ya no existe, y tendrán que ser objeto de una re – creación, de un alcance no menor – y de una complejidad mucho mayor – que el de los esfuerzos equivalentes llevados a cabo en el pasado por las administraciones encabezadas por estadistas como Belisario Porras, Harmodio Arias y Omar Torrijos Herrera.
De lo que se trata hoy, en efecto, no es tanto de administrar con mayor eficiencia una estructura consolidada, sino y sobre todo de fomentar y orientar de manera eficaz la formación de las nuevas estructuras de gestión que el desarrollo del país requiere. Son muchos ya los problemas que el viejo Estado ya no puede resolver, pero el mayor de todos consiste, sin duda alguna, en que las estructuras de gestión pública – y las mentalidades correspondientes a las mismas – perdieron hace mucho la capacidad que alguna vez tuvieron para propiciar la formación de tejido social nuevo, que permita al Estado actuar en acuerdo de conjunto con la ciudadanía, y que permita a la ciudadanía ejercer un verdadero control social de la gestión estatal.
En esta circunstancia, convendría empezar por un examen atento de experiencias y logros muy valiosos que ya han sido obtenidos en esta transición. En lo que respecta a la cooperación entre el ámbito privado y el sector público para ofrecer soluciones innovadoras a problemas nuevos, por ejemplo, la Ciudad del Saber es un caso destacado. En lo que respecta a la oferta de servicios internacionales de gran complejidad, la Autoridad del Canal de Panamá ya es, sin duda, el más destacado caso de innovación exitosa en el país.
Hay mucho que hacer, en verdad, y mucho que aprender. Para encarar con éxito el desafío de la transición hacia un Estado nuevo, conviene recordar que el mejor camino es el que nos lleve desde lo que somos a lo que aspiramos a ser. Aquí, ahora, no basta crecer en el mundo. Hay que ir más allá. Hay que crecer con el mundo, para ayudarlo a crecer y cambiar de un modo que nos permita colaborar a todos en la superación de las estructuras globales, regionales y locales que generan la desigualdad en el acceso a los frutos del progreso, y renuevan sin cesar – entre nosotros y en torno nuestro – los obstáculos al desarrollo que surgen de la pobreza, la incultura y el atraso.
Esto tiene especial importancia, además, porque nuestros problemas ya no son administrativos, sino políticos. Por lo mismo, demanda la creación – justamente – de las condiciones necesarias para establecer una administración nueva, mucho más ágil, mucho más participativa: en breve, mucho más democrática. Hasta ahora, en campos como los de la provisión de servicios de educación y de salud, el esfuerzo nacional se ha orientado mucho más a preservar que a transformar las estructuras de gestión que hemos heredado del viejo Estado proteccionista. Y esto nos ha llevado al intento imposible de encarar, contra los vientos y mareas de los tiempos nuevos, los problemas del mañana desde las mentalidades del anteayer.
Ante todo esto, hay que ser creativos, sin duda. Pero la creatividad sólo será útil en la medida en que hunda sus raíces en la realidad que debemos transformar. Hay que tener extremo cuidado aquí con la transformación de las experiencias de otros en modelos a imitar por nosotros. A ese cuidado se debe, por ejemplo, el gran éxito de Singapur y de Corea del Sur. El primero, por haber adoptado la estrategia de desarrollo más adecuada para una economía que carece de agricultura y de una amplia reserva de mano de obra barata. El segundo, por haber resuelto primero en un mismo empeño los problemas – íntimamente relacionados entre sí – del atraso agrario y el atraso industrial, mediante una reforma agraria que garantizó el abastecimiento de alimentos para los trabajadores de la industria urbana, y creó al mismo tiempo un mercado de trabajo para los hijos de los campesinos, y un mercado rural para la producción industrial. Y ambos, además, llevaron a cabo la tarea gracias a la consolidación de un Estado nacional que ha sido fuerte en la medida en que ha sido eficaz.
¿Cómo será el nuevo Estado panameño? Es difícil imaginarlo en detalle en las actuales circunstancias, tan marcadas por el conflicto entre lo nuevo que emerge, y lo viejo que se resiste a desaparecer. Aun así, cabe imaginar que no será simplemente el Estado que resulte más adecuado para llevar a su culminación los primeros grandes logros de nuestra transición, como la creación de una verdadera plataforma de servicios transnacionales en torno al Canal, y la proyección de un nuevo lugar de Panamá en la economía mundial que hoy se reconstituye en torno a la cuenca del Pacífico Norte. Además, y sobre todo, deberá ser el Estado que resulte más capaz de encarar, encauzar y convertir en una fuerza transformadora toda la enorme energía social que surge de la acentuación de las desigualdades y los conflictos internos de nuestra propia sociedad. Este ha de ser, por necesidad, el punto de partida de un debate que entre nosotros apenas empieza.

Nota sobre el país que viene

Panamá: Nota sobre las transformaciones en curso en la sociedad y el Estado

Guillermo Castro Herrera
En el análisis de la formación y las transformaciones de las estructuras y las prácticas sociales tienen especial importancia dos tipos de proceso histórico distinto, estrechamente relacionados entre sí. El primero corresponde a procesos organizados en torno a estructuras de larga duración, como las derivadas de la función de tránsito desempeñada por el territorio de Panamáen la formación y desarrollo del mercado mundial desde el siglo XVI. El segundo, a procesos de transición entre momentos distintos de organización de la vida social.
A lo largo de estos procesos, los diversos elementos de la vida social cosas dejan de ser lo que habían sido en un período anterior, cambian a ritmos con frecuencia muy desiguales – a menudo acompañadas por formas aberrantes de ejercicio de la política -, y terminan por desembocar en estructuras generales de una calidad distinta a la precedente. Nuestra sociedad se encuentra hoy inmersa en un proceso de ese tipo.
No es el primero, por supuesto. Uno ocurrió a lo largo del siglo XVI, cuando el Istmo transitó desde una situación de desarrollo humano separado del mercado mundial, a otra de desarrollo integrado al de ese mercado. Otro tuvo lugar durante el período de adhesión a la Gran Colombia, en cuyo marco ocurrió nuestra transición desde la condición de dominio de la Corona española a la de Estado nacional independiente. Y otro más tuvo lugar a lo largo del siglo XX, que llevó a ese Estado desde su condición semicolonial de origen hasta la de Estado nacional en vías de maduración, en que se encuentra hoy.
Las contradicciones inherentes a la maduración de ese Estado y de su sociedad constituyen el aspecto principal del proceso de transformación que encaramos hoy. Este proceso se expresa en una serie de transformaciones en curso, de entre las cuales cabe mencionar por ejemplo las siguientes:
  1. La transformación de una economía de enclave, articulada en torno a un canal vinculado a la economía interna de los Estados Unidos, y dotada apenas de un sector agropecuario atrasado, y de una Zona de Libre Comercio y un Centro Financiero Internacional volcados hacia el exterior, que hoy se estructura a partir de una Plataforma de Servicios Globales en pleno desarrollo, y de un mercado de servicios ambientales en proceso de formación.
  2. La incorporación a la vida nacional de nuevos sectores emergentes – desde corporaciones transnacionales hasta movimientos indígenas y de trabajadores -, que se combina con la declinación de actores tradicionales de gran influencia ayer apenas, como las organizaciones empresariales, gremiales y sindicales forjadas al interior de la vieja sociedad semicolonial.
  3. La transformación de una sociedad de fuertes valores rurales y estrechos vínculos entre los sectores populares y capas medias profesionales de origen reciente, en otra de carácter urbano, de gran desigualdad estructural, que aún se encuentra en el proceso de construir su nueva identidad.
  4. La transformación de los pobres de la ciudad y el campo desde una situación de aceptación más o menos pacífica de su condición de marginalidad hacia otra de creciente voluntad y capacidad para reclamar mejores condiciones de vida, a partir de la actividad tanto de sectores de trabajadores urbanos cada vez mejor educados y organizados, como del incremento en el número y las mejoras en la educación y la organización de grupos antes marginales, como los pueblos originarios.
  5. La creciente vinculación de nuestros movimientos sociales a la vida política de la región, que deja atrás un prolongado período de aislamiento parroquial y abre posibilidades inéditas de aprendizaje y maduración política a una población que se caracteriza en su bajísimo nivel de organización y su alto nivel de dependencia de los peores hábitos del clientelismo político.
  6. El deterioro ideológico, político y moral de los grupos dirigentes tradicionales y sus organismos de participación política y concertación social, que han perdido toda capacidad de expresar el interés general de la nación en un proyecto de desarrollo realmente alternativo.
En este marco general, en el que todo lo que apenas ayer parecía sólido hoy se desintegra ante los ojos del país entero, el proceso de transformación del Estado es por necesidad lento, contradictorio, de apariencia errática, y se presenta preñado de riesgos de confrontación interna. En ausencia de un bloque histórico capaz de conducirlo, ese proceso ha operado a partir de tres factores principales.
El primero ha sido el debilitamiento de la capacidad de gestión de los grandes organismos estatales a cargo de la atención a demandas sociales masivas, como las de educación, salud y seguridad social. El segundo, la multiplicación de agencias con mandatos específicos en sectores como los del transporte, el agua, la recolección de desechos, la energía, la incorporación de tecnologías innovadoras a la gestión pública, y la administración de bienes públicos, como las tierras del Estado. Y el tercero consiste en la creciente militarización de la fuerza pública, en curso desde fines de la década de 1990, y su implicación cada vez mayor en proyectos regionales de seguridad y control.
De momento, esto nos ha llevado a la situación – paradójica solo en apariencia – de que Panamá haya venido a tener en el siglo XXI un gobierno cada vez más fuerte en un Estado cada vez más débil. Con ello, atravesamos por una circunstancia caracterizada por la erosión simultánea de la eficiencia del Gobierno y de la legitimidad del Estado en la tarea de conducir las transformaciones en curso en el país, que genera un riesgo creciente de anomia social y política.
Aun así, el nuestro es todavía un tiempo “de ebullición, no de condensación; de mezcla de elementos, no de obra enérgica de elementos unidos”, en el que “las especies luchan por el dominio en la unidad del género”, como dijera del suyo José Martí del suyo en 1881. En estas circunstancias, el problema mayor que debemos encarar es el de crear las condiciones que permitan hacer posible lo que ya es percibido como necesario por sectores cada vez más amplios de nuestra sociedad, cada uno desde su propia perspectiva de interés.
Frente a todo esto, podemos tener motivos de optimismo bien fundados. Nosotros, los panameños, hemos sido capaces en el pasado de encarar con éxito desafíos de tan extraordinaria complejidad como la negociación de los Tratados Torrijos Carter, que pusieron fin tanto al enclave colonial norteamericano en Panamá, como a la condición semicolonial de nuestro Estado.
Dado que a fin de cuentas la política es cultura en acto, trabajar con la gente, y desde ella, será la mejor manera de vincular entre sí las iniciativas que ya están en marcha en el país, y de proporcionarles la orientación que les permita contribuir a establecer en Panamá un Estado capaz de representar y ejercer el interés general de la nación en este momento de su historia. Por eso mismo, crear las condiciones que permitan a nuestra gente conocerse y ejercerse en la construcción de una vida justa y buena para todos es, sin duda, el más importante desafío que encaran hoy los hombres y mujeres de cultura de mi tierra.

Panamá en transformación

La sociedad panameña está inmersa en un proceso de transformación que sólo podría ser comparado al que conoció  en las primeras décadas del siglo XX.
Esa transformación es consecuencia de la incorporación del Canal a la economía interna, que ha llevado hasta sus últimas consecuencias el viejo modelo de desarrollo transitista imperante en Panamá.
De ello ha resultado – tras el caos aparente de los cambios en curso – la formación de una compleja plataforma de servicios globales, y de un mercado emergente de servicios ambientales.
El cambio económico, como suele ocurrir, ha operado a velocidad mucho mayor que el cultural, y aún está pendiente de encontrar expresión adecuada en lo político y en lo social.
Ya no somos lo que fuimos, y no sabemos realmente hacia dónde nos encaminamos.
Pero el proceso está en marcha, y una sola cosa es cierta: que no hay un pasado al cual regresar, sino únicamente alternativas de futuro entre las cuales optar, si es que somos capaces de identificarlas, y encararlas en sus dificultades como en sus promesas.
En su momento, tendremos un nuevo Harmodio Arias que encauce este torrente hacia meandros más productivos.
Esto, me parece, es lo real.
Y me lo parece más sobre todo porque, en particular en política, lo real es lo que no se ve.
He seguido reflexionando sobre el tema, gracias a su interés.
En realidad, estamos viviendo un período de transformaciones extraordinariamente complejas, que marchan además a velocidades distintas y se contradicen entre sí.
A primera vista, podría parecer que vivimos tiempos que se repiten, en espiral o en círculo.
En realidad, ocurre todo lo contrario.
Vivimos tiempos inéditos en nuestra historia, empezando por el hecho de que nunca antes, jamás, había estado la sociedad panameña en control de su principal recurso económico y tecnológico, y en la posibilidad de empezar a definir por sí misma su lugar en la economía global, y sus opciones para ocuparlo y ejercerlo.
En ese proceso, nuestra economía ha experimentado una rápida transformación, que en lo más visible se expresa en tres factores: la liquidación de todo un sector de empresas de capital local – industriales, comerciales, de servicios y de agronegocios -, adquiridas por empresas transnacionales; la formación de una plataforma de servicios globales, uno de cuyos componentes más importantes – y menos visibles – está formado por el centro regional de empresas transnacionales, que ya incluye las oficinas para América Latina de 73 de éstas y, por supuesto, el programa de inversión pública masiva en el corredor interoceánico, que ya alcanza unos 8 mil millones de dólares según cálculos de Orlando Acosta.
Al propio tiempo, sin embargo, nuestras mentalidades y una parte sustantiva de nuestra organización estatal siguen siendo las que correspondían a la sociedad que fuimos, y no consiguen expresar las posibilidades de sociedad nueva que podemos llegar a ser.
En esta perspectiva, podría decirse que al gobierno actual le ha correspondido la fase de culminación de este proceso, iniciado en realidad a partir de la administración de E. Pérez Balladares y continuado – con altibajos, contradicciones, retrocesos y desviaciones de todo tipo – por las de Moscoso y Torrijos.
En esta fase se exacerban las contradicciones entre los componentes cultural, político, social y económico del proceso.
En lo más visible, esa exacerbación se expresa en la creciente conflictividad de la vida política.
En lo más profundo, se expresa en un fenómeno singular: la presencia de un Gobierno cada vez más fuerte, operando al interior de un Estado cada vez más débil.
Esto ayudaría a entender la contradicción aparente de que el Gobierno pueda utilizar toda su fortaleza, por ejemplo, para adelantar legislación como la minera, pero no cuenta con la capacidad política para conseguir que la sociedad la acate.
Con ello, lo que debería resolverse entre los diputados en el órgano legislativo termina definiéndose entre manifestantes y policías antidisturbios en las calles de todo el país.
En este sentido, la crisis de la institucionalidad adquiere diversas expresiones, pero todas ellas expresan el mismo hecho: que el Estado ha dejado de ser funcional respecto a las tendencias dominantes en el desarrollo general de la sociedad.
La labor de los comunicadores sociales se torna, así, tan especialmente difícil como importante.
Les corresponde una enorme cuota de responsabilidad en lo que hace a propiciar que este proceso discurra mediante la promoción de una cultura de entendimientos, y no de una de enfrentamientos.
Y eso es tanto más difícil cuanto no hay un pasado al cual regresar, sino múltiples futuros posibles a construir.
Por suerte, se trata de una sociedad en la que abunda la gente buena y trabajadora, de gran sensatez y conciencia de sus limitaciones, como de una natural disposición solidaria.
El hecho de que no podamos aún aprovechar a plenitud ese recurso – al punto de que no falte quien ponga en duda su existencia – es, justamente, uno de los mejores indicadores de la necesidad de ir a una completa renovación de nuestra institucionalidad, para lograr finalmente llegar a ser lo que con toda evidencia podemos ser.